Número 68 (julio de 2017)
Shhhhhhhh...
Amalia Creus

Uno de los recuerdos más peculiares que guardo de mi primer viaje a Berlín fue la visita a la Habitación del Silencio (Raum der Stille). Esta pequeña habitación escondida en uno de los laterales de la puerta de Brandenburgo ofrece a cualquier persona que logre encontrarla un oasis de silencio y tranquilidad en pleno corazón de la capital alemana. Recuerdo esa experiencia como una mezcla de desconcierto y fascinación. Desconcierto por la falta de familiaridad con algo tan sencillo como el hecho de permanecer sentada, inmóvil, sola y en silencio en un lugar desconocido. Fascinación por el contraste con el bullicio exterior, y por lo intenso que me pareció —y me sigue pareciendo— ese inesperado instante de tranquilidad. 

En 1654 el científico y filósofo francés Blaise Pascal afirmó que todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse tranquilamente solo en una habitación. Tres siglos más tarde el cineasta Andrei Tarkovsky nos hablaría desde la gran pantalla de la importancia de aprender a disfrutar en solitud y silencio de nuestra propia compañía. En efecto, muchos son los artistas, poetas y científicos que han defendido la combinación entre soledad y silencio como fuente de inspiración, paz interior o crecimiento personal. Beethoven, Dostoievski, Kafka, Einstein, Newton... todos han buscado en algún momento apartarse de la multitud para desarrollar sus ideas, aunque sin dejar de reconocer el valor de lo que se aprende y comparte con otros. Un equilibrio seguramente necesario, pero no tan fácil de alcanzar en nuestra sociedad hiperconectada.
 
Resulta interesante explorar estas ideas desde la perspectiva de la evolución tecnológica. Del caminar al viaje en automóvil, de la toalla al secador de pelo, de la escoba a la aspiradora, de la lectura analógica al multimedia, ganamos en velocidad pero también en volumen; el ruido —informacional, sonoro, visual— forma parte de la vida cotidiana de la ciudad moderna. 
 
En un interesante artículo titulado “A Brief History of Noise. From the big bang to cellphones” Rose Eveleth nos transporta a diferentes momentos de esta evolución y nos habla de sus personajes más destacados: Édouard-Léon Scott y la invención del fonoautógrafo en 1857 (primer aparato que nos permitió grabar sonidos); Alexander Graham Bell y la transmisión de las primeras vibraciones sonoras entre dos receptores en 1875; la primera retransmisión en radio de la voz humana en 1900 por Reginald Aubrey Fessenden; la primera llamada desde un teléfono móvil realizada en 1973 por el ingeniero Martin Cooper… Es innegable que todos estos increíbles inventos han dado lugar a beneficios importantísimos para la humanidad, igual que más tarde internet y las redes sociales multiplicarían nuestra capacidad de compartir información, conocimiento y experiencias. 
 
Entonces, ¿dónde está el problema? Posiblemente en los excesos. Algunos estudios alertan que la imparable ubicuidad de las tecnologías digitales sumada a las dinámicas de aceleración e hiperconectividad social puede estar poniendo en peligro lo que el psicólogo Adam Phillips ha denominado "fértil soledad": esos tiempos y espacios de desconexión, libres del ruido y de la influencia externa, tiempos para el silencio y la autorreflexión. Algo que, afirma, es esencial no solo para potenciar nuestra creatividad, sino para el tejido básico de nuestra felicidad. Aproximaciones como la que nos propone Phillips ayudan a romper con el tópico de que la soledad por definición es negativa, o que se limita a un aspecto que nos margina y nos separa de los otros. En su lugar Phillips nos habla de una soledad creativa, no como un estado permanente, pero como un necesario complemento a la vida en compañía. 
 
La Habitación del Silencio es para mi uno de esos lugares un poco mágicos a los que siempre intento volver cada vez que tengo la oportunidad de visitar Berlín. Quizás porque de alguna manera me recuerda la importancia de buscar alguna medida de equilibrio en unos tiempos donde el exceso (de ruido, de información, de desinformación, de consumo, de acumulación de capital…) puede llegar a abrumarnos. Un espacio de silencio y tranquilidad que puede ayudarnos a recordar lo que afirmó en cierta ocasión la escultora francesa Louise Bourgeois: «Nacemos solos y morimos solos. El valor del espacio entre medio está en la confianza y en el amor». Silencio, para pensar en sus palabras...
 
creatividad;  medios sociales; 
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