El príncipe, Niccolò Machiavelli: elogio del pasado, crítica del presente, proyecto del futuro
Àngels B. Miró

 Diplomada por la Escuela Internacional de Diseñadores de Interiores y Arte de Cataluña
mbuisan@uoc.edu


Resumen: El príncipe es una obra fundamental dentro de la historia de la filosofía política. Mas no podemos entender la obra cumbre de Maquiavelo sin detenernos en la trayectoria personal y literaria del autor, así como en el entorno en que vivió.

Maquiavelo nació en un momento convulso de la siempre agitada historia italiana. Su adolescencia se vio marcada por los discursos de Savonarola. Una vez iniciada su propia carrera, Maquiavelo fue muy receptivo y basó su pensamiento en las deducciones que hacía de la manera de pensar y actuar de los hombres poderosos que iba conociendo.

Asimismo, Maquiavelo no puede estudiarse como un fenómeno aislado. El Renacimiento fue una época rica y profusa que no sólo generó grandes genios del arte, sino también autores de la talla de Tomás Moro y La Boétie. Por ello también se les dedica un apartado, contextualizando así la obra y el autor en estudio.




El príncipe, Niccolò Machiavelli: elogio del pasado, crítica del presente, proyecto del futuro

1. Introducción

Aunque a veces parece que Eliade tenía razón y que la historia es un eterno retorno, que se va repitiendo sin solución de continuidad, una revisión del pasado nos permite comprobar que esta propensión reiterativa es parcial. Se pueden repetir las tendencias —períodos de esclavismo seguidos de democracias, una larga noche de feudalismo despersonalizante seguida de una profunda reforma social, el auge de los totalitarismos seguido del despertar de la libertad...—, pero debemos estudiarlas y, sobre todo, comprenderlas dentro de su contexto y su modus vivendi.

En todas las épocas de renovación se ha mirado hacia lo mejor del pasado para tener un modelo, una referencia que dé la seguridad de estar haciéndolo bien, que haga sentir que esto aún se puede salvar y que se pueden construir un mundo y una vida mejores.

Después de la Edad Media, durante las primeras décadas del siglo XVI se vivió una catarsis colectiva. Se tomaba conciencia de los problemas sociales, aunque su estudio y la búsqueda de soluciones no se consolidaron hasta siglos después. Los intelectuales empezaban a entender que el pueblo era "algo más" que una masa anónima buena sólo para trabajar, y que la ociosidad de nobles y clérigos era tan perniciosa como la de mendigos y vagabundos.

De los círculos políticos, entre los que se mueven las únicas personas con acceso a la cultura, empiezan a surgir llamadas al cambio, unas llamadas que pueden ser distribuidas por doquier gracias a la incipiente imprenta y que pronto hallarán ayuda en los preceptos morales del cristianismo, el cual se está expandiendo vertiginosamente. El Renacimiento no fue solamente una época de grandes pintores y escultores, de grandilocuentes arquitectos y de nuevas teorías científicas que cambiaron el concepto del mundo y la mentalidad de las personas. También fue época de una nueva visión de la política que volvía los ojos al pasado para aprender y que, sin saberlo, estaba poniendo los cimientos del futuro. Muchos trabajaron y vivieron en aquellos años convulsos y cambiantes, pero sólo los nombres de unos pocos han llegado hasta nosotros.

En las páginas que siguen queremos centrar nuestra atención en un hombre, Nicolás Maquiavelo, y en una de sus obras, El príncipe, pero sin olvidar el entorno en el que vivió y trabajó.

Para ello, hemos planteado nuestro trabajo en dos partes: la primera, dedicada a hablar de Maquiavelo y su entorno, hace hincapié en las conexiones y los paralelismos que hemos hallado con Tomás Moro y los utopistas; la segunda analiza la obra y las ideas en que se sustenta. Debido a la limitación espacial y temática, no hemos podido incluir muchas referencias a otras obras del autor que hiciesen más explícita la explicación contextual e histórica; pensamos, sin embargo, que los datos aportados son suficientemente clarificadores para una perfecta conexión con la época del autor. Tampoco hemos querido hacer un estudio extenso sobre la bibliografía existente, formada por obras de gran calidad y erudición, sino expresar nuestras opiniones personales y las impresiones recibidas al analizar la obra, así como las conclusiones personales extraídas tras estudiar la bibliografía escogida para el trabajo.

Contextualizar y analizar las obras del pasado intentando comprender el momento y lugar en que se realizaron, pensamos que es lo más importante, ya que no podemos mirar el pasado con los ojos, la mentalidad y los preceptos del presente. Hemos intentado ser fieles a esta máxima.


2. Maquiavelo y sus contemporáneos: conexiones y paralelismos con Tomás Moro y los utopistas

Los grandes cambios, aquellos que transforman una vida, ya sea individual o colectiva, suelen partir de una utopía. Sin las utopías, la humanidad no habría llegado a las cimas culturales, tecnológicas, científicas, etc. que vivimos en los primeros pasos del tercer milenio. Sin las utopías tampoco habríamos modificado los conceptos vitales; sin ellas, no habríamos permutado los sistemas políticos, derrocando los malos y mejorando los menos malos; no habríamos llegado a consensos para unir esfuerzos en organismos internacionales que intentan paliar los males del mundo ni creado ONG que preservan los derechos humanos o intentan mejorar la situación de los pobres y curar sus enfermedades.

Pero Utopía, ahora como antes, es eso: una utopía.

Como hemos dicho en el prefacio, el Renacimiento fue un tiempo de darse cuenta; darse cuenta de la injusticia del feudalismo; darse cuenta de que los gobernantes podían mejorar y enfocar la política de otra manera; darse cuenta de que hay otras maneras de pensar, organizarse y vivir. También hemos dicho que, entre otros teóricos, destacaron Tomás Moro y Nicolás Maquiavelo.

Hombres de su tiempo, vivieron por y para sus ideas; ambos sufrieron desprestigio y fueron destituidos de sus cargos. Moro, además, pagó con su propia vida, víctima de las maquinaciones de su entorno, de aquellos inmovilistas que pretendían mantener la política basada en maquinaciones, chantajes, falsas acusaciones y demás estrategias.

Aunque, a simple vista, puede dar la impresión de que están a años luz uno de otro, una aproximación a sus obras y a sus teorías nos indica que ello no es así y que tienen muchos más puntos en común de lo que una mirada superficial pueda dejar traslucir; eso sí, cada uno dentro de su contexto.

Quizá el rasgo más distintivo que los diferencia sea el idealismo de Moro y el realismo de Maquiavelo. Moro soñaba con un mundo mejor, no mejorando el presente, sino soltando amarras, dejándolo todo atrás y empezando de nuevo, en una nueva tierra poblada de personas morales, buenas y dispuestas a vivir en armonía y a luchar por la vida.

Maquiavelo, en cambio, aspiraba a mejorar lo que ya existía, a crear un sistema que garantizara la paz y el orden e hiciera que los humanos salvaguardaran la estabilidad luchando contra los instintos.

Moro contaba con realizar su sueño gracias a su creencia inalterable en la bondad humana, una bondad que, dirigida por personas sabias e instruidas, construyera un trozo de paraíso en la Tierra. Pero Moro no debía de confiar mucho en sus compatriotas y en sus capacidades, ya que ese lugar mítico no lo sitúa en una reformada Inglaterra, sino en algún lugar del recién descubierto Nuevo Mundo[1]. La Utopía de Moro no era un lugar físico, aunque la descripción que nos hace de ella lo pueda dar a entender. Moro sabe que no se puede crear un estado así, que es un sueño inalcanzable. Pero nos explica cómo quisiera él que el hombre fuera en realidad[2]. Sólo entonces, Utopía tomaría cuerpo como una dimensión del espíritu humano, tal como nos indica, etimológicamente, su nombre en griego: ou 'no' y topos 'lugar', es decir: 'un lugar que no es' o 'lo que no está en ningún lugar'.

¿Era Moro consciente de que su sueño sólo era un sueño y que nunca sería realidad, pero no quiso privarse de la ilusión de expresarlo, aunque sólo fuera como desahogo? Y, sobre todo, ¿a qué se refería cuando hablaba de Utopía? Se refería a su personal ilusión sobre el mundo. Moro era muy consciente de las manipulaciones de los miembros de la corte para mantener y aumentar su poder personal; asimismo, era consciente de que cada uno miente a su manera y que no se puede arrancar la maldad humana. Pero él creía en la bondad humana y, por tanto, quería cerrar los ojos a la realidad, quería no ver que era su contraria la que dominaba la existencia; así que se construyó su mundo propio y nos lo dejó escrito en su obra. El mundo, su mundo, ya no podía cambiarse, así que fantaseó sobre la posibilidad de que el nuevo podría estar lleno de posibilidades culturales, religiosas y antropológicas[3]. Seguramente debió de decepcionarse mucho cuando vio la esquilmación a la que se sometía a los dueños legítimos de las nuevas tierras y cómo sus culturas eran diezmadas y destruidas.

En cambio, Maquiavelo elucubraba sobre su Italia amada, sobre cambiarla y transformarla en una tierra de promisión, en un remanso de paz y orden bajo un príncipe enérgico y con carácter que doblegara cualquier rebeldía. Porque Maquiavelo partía de que el hombre tiende a la maldad de manera innata, una maldad que sólo la puede doblegar un hombre fuerte y firme.

Tanto esa Utopía moroniana como esa Italia maquiaveliana eran utopías: ni se puede crear una república perfecta con habitantes buenos, solidarios, respetuosos y dispuestos a ayudar al prójimo en cualquier momento y ocasión, ni se puede crear una república sumisa, con habitantes doblegados, sometidos, callados y dispuestos a aguantar eternamente el yugo; porque hasta los humanos más solidarios se cansan de dar y hasta a los humanos más dóciles se les agota la paciencia. Y, evidentemente, porque siempre hay disensiones y excepciones, por muy uniformada, estricta y estereotipada que sea la educación.

Al mismo tiempo, los rasgos definitorios de uno también se hallan en el otro. Moro no está exento de realismo, ya que su utopía nace de la cruda y dura realidad de la Inglaterra de su tiempo: robos y violencia se habían adueñado de su amada patria, y el poder fáctico, en un intento desesperado por controlarlos, empleaba la pena de muerte de manera indiscriminada y excesiva. Moro, detractor de semejante barbarie, intenta con sus escritos paliar dicha situación y hacer recapacitar a sus compatriotas.

Paralelamente, encontramos en Maquiavelo una vena utopista: sus conocimientos de la obra de Petrarca, los acontecimientos acaecidos durante el mandato de Savonarola y su conocimiento de la República romana le llevan a elucubrar sobre un "regreso al pasado", un nuevo resurgir de su época idolatrada y soñada, imaginando que el tiempo puede volver atrás.

Son muchos los puntos en común entre ambos autores, como vemos. Entre ellos queremos destacar los que nos han parecido más relevantes para demostrarlo, aun sabiendo que nos dejamos muchos; pero las dimensiones del trabajo nos obligan a estas omisiones.


2.1. Formación humanística

Tanto Maquiavelo como Tomás Moro recibieron la formación propia de su tiempo conociendo la obra de los autores grecorromanos, lo cual les ayudó a comprender su presente y desarrollar sus ideas y escalas de valores. Ambos compusieron versos y tradujeron a los clásicos: Maquiavelo a Tito Livio y Moro, junto a Erasmo, a Luciano.

2.2. Actividad política [4]

La política fue para Maquiavelo su vida y también su muerte. Perdió todos sus cargos en 1512 y fue confinado en su finca. Los fracasos al intentar volver a la política activa, la indiferencia de Lorenzo de Médicis ante su obra El príncipe y la sensación de rechazo, le sumieron en una profunda depresión. Rehabilitado en 1520, fue cronista de Florencia hasta 1527 y murió el 27 de junio del mismo año.

Moro fue magistrado de Londres, miembro del Parlamento y portavoz de la Cámara de los Comunes. Embajador en Flandes y Calais, canciller del Reino y consejero real, perdió todos sus cargos en 1534, cuando se opuso al matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena y al Acta de supremacía, que convirtió al rey en cabeza de la Iglesia anglicana. Acusado de traidor por Cromwell, fue encerrado en la Torre de Londres y decapitado el 6 de julio de 1535.
2.3. Crítica de su tiempo

Aunque las críticas de Maquiavelo y Moro se centran en sus respectivos países, no pierden de vista el resto del continente, que conocen gracias a sus embajadas. Sus pensamientos convergen hacia una conclusión común: la política debe concebirse como algo inmanente al ser humano, por lo que se ha de planificar según la condición social de los súbditos y el marco moral en que desarrollan sus actividades. Para garantizar el éxito de la empresa, es indispensable que haya un estado:

que formule un nuevo estilo en el arte de gobernar,

que esté formado por sabios,

que estos sabios sean el consejo asesor de un príncipe, también sabio.

El Estado ideal de Moro es aquel que es justo, equilibrado, con igualdad interior y paz exterior. En este estado, la política se funde con lo social a la vez que se mantiene la religión dentro del ámbito privado. Debe haber una pluralidad religiosa capaz de difuminar los rasgos particulares de cada credo, ya que lo único que importa es lo común que tienen: el amor al prójimo, la ayuda mutua, el respeto y la tolerancia. En Utopía, ello conlleva el nacimiento de un concepto de lo religioso como algo universal, natural y racional, intrínseco a todos los hombres.

El Estado de Moro, como ya hemos comentado, debe estar gobernado por sabios, tal como decía Platón, porque sólo los sabios tienen la lucidez y la clarividencia suficientes para tomar decisiones que mantengan la estabilidad social. Ésta sólo se romperá cuando falle su única garantía, a saber, la igualdad social. Y ésta se consigue convirtiendo el trabajo en un imperativo legal. Al hacer esta proposición se aleja de Platón, ya que preconiza la supervisión de la doble división entre laboriosos y ociosos y entre civiles y guerreros. El mal y, por tanto, la descomposición social llegarán cuando los gobernantes pierdan el timón y vuelvan la dominación política y la división social entre ricos y pobres, con la consiguiente desigualdad económica y desórdenes sociales.

En cambio, el Estado maquiaveliano ha de ser garante de la paz, pero no por un consenso, sino bajo la mano de un solo príncipe; alguien que no base su poder en los principios morales de la justicia y la paz, sino en los principios que le son propios, es decir, las leyes y la fuerza. Porque, como hemos dicho, Maquiavelo pensaba que el hombre es malo por naturaleza, y, por tanto, el príncipe ha de saber modelarse a la catadura moral de sus súbditos. Como veremos en el segundo apartado, el príncipe ha de ser adaptable a las circunstancias, e incluso debe adoptar la posición contraria cuando convenga. Su moral ha de ser un arma más dentro del juego político.

El príncipe maquiaveliano debe ser astuto para utilizar la religión y la moral en provecho de su política, porque lo que importa es el resultado de su acción, es decir, la preservación del Estado, independientemente de los medios. Esta lógica de la política ha evolucionado hasta el actual concepto de razón de Estado.

En Maquiavelo, como veremos, más que de religión hay que hablar de moral en cuanto a la relación que los hombres mantenían entre sí.

Pero esto también lo hallamos en Moro. Ambos autores ven la moral del hombre como la única responsable de la degeneración y la regeneración del Estado.

Moral y política son antagonistas, pero se pueden reconciliar: según Maquiavelo, cuando la política se supedite a la moral; según Moro, cuando la moral se supedite a la política. Sus expresiones son muestra de una dialéctica indisociable entre sus posiciones también antagónicas pero complementarias: lo que es real y lo que es ideal; entre lo que es y lo que debe ser; entre lo pragmático y lo utópico; en definitiva, entre lo político y lo moral.

2.4. Formas de gobierno

Para Maquiavelo y Moro, un estado es perfecto o corrupto según cómo sea su gobernante, ya que con su comportamiento y las leyes que promulgue forjará el estado a su imagen y semejanza.

Pero un dirigente no está solo en su labor, sino que tiene asesores, ayudantes, representantes; es decir, todo un equipo de personas que le ayudan en su tarea. Aunque la decisión final siempre debe ser suya.

Ninguno de los dos autores, al buscar el consenso entre política y moral (o entre moral y política), entra a discutir los sistemas clásicos de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia) y, por tanto, no se pronuncia sobre la conveniencia o la no conveniencia de uno y otro. Sin embargo, cada uno toma partido por un sistema al que declara menos malo que los demás[5]:


Moro se declara partidario de un sistema democrático, encabezado por un jefe de Estado. El cargo sería de carácter vitalicio. Se tendría derecho a voto secreto, siguiendo un sistema representativo. El jefe de Estado estaría asesorado por un consejo de sabios.

Maquiavelo se inclina por un sistema mixto, en el cual el poder está consensuado entre los grandes, el pueblo y el príncipe, quien, en última instancia, es el que asume las responsabilidades y toma las decisiones.

2.5. Conclusiones

Después de todo lo estudiado, El príncipe de Maquiavelo y el jefe utopiano de Moro se asemejan más de lo que, a simple vista, puede parecer.

Ambos autores consideran que un jefe de Estado ha de tener por misión construir un estado; pero no recuperar del caos o rehacer de la destrucción un estado preexistente, sino construir un Estado de nueva planta. Para ello, ambos teóricos proponen la articulación de la teoría con la práctica, basándose en la moral humana. Esta articulación estriba en un desplazamiento de lo religioso hacia lo político, trazando así un camino que lleve al colectivo humano hacia el perfeccionamiento moral. Al quedar la religión supeditada a la política, el camino que hay que seguir no es trazado por Dios, sino por el esfuerzo humano. Moro añade la moral como garantía de que el camino será seguido por todos, ya que su bondad innata les lleva a ello de manera inconsciente. En cambio, Maquiavelo utiliza la moral como fuerza coercitiva para dominar la maldad intrínseca a los humanos. Si las directrices son seguidas correctamente, se llega a crear un estado en el cual se pueda vivir en pacífica convivencia.

Para finalizar, hemos comprobado la convergencia entre ambos discursos, convergencia palpable en:

El discurso político: analizan los mecanismos de funcionamiento de los estados.

El discurso utópico: dan los fundamentos para la creación de un estado según una concepción determinada del hombre, sin tener en cuenta las excepciones.

El discurso histórico: demuestran que los hechos tienen un carácter progresivo e irrepetible.

Pero, aunque sea irrepetible, la historia debe servir como modelo para vivir el presente y construir el futuro.
3. Maquiavelo y el príncipe: análisis de la obra y de las ideas en que se sustenta

"Lunga esperienza delle cose moderne e una continua lezione delle antique". Maquiavelo, De principatibus.


En el primer apartado hemos visto el contexto europeo en que vivió Maquiavelo y su interconexión con Tomás Moro. En este apartado vamos a ver cómo el marco político de Italia condicionó al hombre y configuró las ideas políticas que Maquiavelo desarrolló en sus obras, que culminaron con El príncipe.


3.1. Contexto histórico
Maquiavelo nació en el año 1469, el mismo en que ascendía al poder Lorenzo de Médicis, con quien renació el platonismo ficiano, rama hermetizante, mágica y astrológica con una clara orientación cosmológica[6].

Las clases ilustradas acogieron la redescubierta filosofía con entusiasmo, pero su auge estuvo vinculado con las corrientes profético-apocalíptico-milenaristas de base popular. Ambas filosofías, la culta y la popular, se fusionaron puesto que preconizaban la depuración de la Iglesia y del género humano, iniciándose así un período de paz y concordia universales que culminaría con la renovación universal de raigambre platónica.

La ilusión de la renovación dio esperanzas a las clases populares, que redoblaron sus exigencias. Las clases altas, esperando alcanzar las cotas de poder que creían merecer, también reclamaban el cambio, atizadas por Savonarola y sus piagnoni ('lloronas').

Sin embargo, las conclusiones de las clases pronto fueron divergentes. Mientras el vulgo, a causa de las influencias astrológicas, empezó a tener visiones catastrofistas, las clases acomodadas eran muy optimistas, empujadas por un Savonarola cada vez más pletórico y seguro, convencido de que Dios es el origen de la revolución.

En efecto, Savonarola no duda en utilizar las teorías de Aristóteles para explicar sus ideas: la sustancia aristotélica —en Savonarola, la sociedad— sabe que ha llegado la entelequia, momento del cambio político, porque el motor universal —en Savonarola, Dios— ha penetrado en ella[7]. ¿Y cómo se manifiesta Dios? A través de prodigios y profecías:

Prodigios: Savonarola interpreta, y hace creer, como tal la caída de un rayo sobre la cúpula de Santa Maria dei Fiore.

Profecías: transmitidas por Dios, a través del propio Savonarola, en dos fases:

Sucesión de guerras, calamidades y pestes, que Dios manda sobre su Iglesia como castigo por la corrupción y que sólo se detendrán con purgaciones y penitencias.

Exigencia de la conversión de los infieles para recuperar la paz y la unidad bajo una sola Iglesia. Con ello se volvería a la pureza original y, además, Florencia se convertiría en la "Nueva Jerusalén".


Aunque Savonarola muere en 1498, sus ideas persisten hasta 1530. Por tanto, el joven Maquiavelo crece en medio de una época tumultuosa en la que conviven el profetismo, las expectativas renovadoras y la individualización del Anticristo, el cual va adquiriendo diferentes rostros: el papa Alejandro VI cede el puesto al Turco; éste es sustituido por un príncipe cristiano... Lógicamente, el pueblo en general empieza a clamar por la aparición de un reformador que ponga un poco de orden. De este modo, se proclama primero al papa o pastor angélico y después a diferentes príncipes hasta que, finalmente, ensalzan la figura de León X. Según cálculos de Piero Bernardino, Francesco da Montepulciano y Francesco da Meleto, quienes trabajaron sobre la base de las Escrituras, la renovatio llegó en 1517.

Pero, mientras esto sucedía, el joven Nicolás se iba formando. Según un diario de su padre, intitulado Libro di ricordi[8] y fechado entre 1474 y 1487, el joven recibió la educación propia de su tiempo, pero sin llegar a los niveles superiores. Su formación se completó con la lectura de los clásicos y la asistencia junto a su padre al círculo literario del canciller, lo que le permitió entrar en contacto con los studia humanitatis.

Maquiavelo asistió, asimismo, a los sermones de Savonarola. Las ideas que se había forjado por educación y las palabras del dominico le convirtieron en uno de sus detractores. En una carta que dirigió a su amigo Riccardo Becchi, entonces embajador florentino en Roma, fechada en marzo de 1498[9], podemos entrever las raíces de su filosofía mientras explica por qué le disgustó tanto uno de los últimos discursos de Savonarola: Maquiavelo se siente molesto por la utilización que el dominico hizo de las Escrituras para "asimilar los adversarios y los adherentes a las "escuadras" de Cristo y Satanás" [sic] —las escuadras diabólicas encarnadas por el rey francés Carlos VII—, y por cómo justifica la demanda de ayuda divina, arguyendo el origen célico de los hechos. Asimismo, remarca que Savonarola critica la tiranía pero luego se pone a su favor, cuando la nueva Signoria[10] quiere convertir al Papa en blanco de sus iras.

Maquiavelo no entra en consideraciones teológicas, ya que comprende que Savonarola usa la religión como instrumento de control y como "tapadera" para su verdadera ambición, es decir, asumir el poder político. Pero Savonarola no vio su empresa coronada por el éxito: a pesar de que su mediación salvó a Florencia de la intervención francesa y, con ella, de un sacco ('saqueo') que hubiera destruido la bella ciudad italiana y la hubiera convertido en parte del territorio francés, Savonarola fue detenido el 8 de abril de 1498 y quemado en la plaza de la Signoria el 23 de mayo. Su caída fue esencial para la vida de Maquiavelo.

En efecto, junto a Savonarola cayeron unos cuantos funcionarios, entre los que estaba Ser Alexandro Braccesi, secretario de la Segunda Cancillería. Como estaba previsto que los puestos se renovaran en junio, su sucesor sólo estuvo hasta esa fecha, momento en el cual ganó la candidatura de Maquiavelo, tanto en el Consejo de los Ochenta como en el Consejo Mayor. Maquiavelo ocupó el cargo de manera permanente hasta 1500 y a partir de entonces, y hasta 1512, con renovaciones anuales.

El cargo de Maquiavelo, de no mucha trascendencia política ya que estaba supeditado a la Primera Cancillería, era sin embargo una plataforma ideal para aspirar a otros puestos. Así, en 1498 fue nombrado secretario de los Dieci di Libertà e Pace, nuevo nombre de los Dieci di Balia, lo que le permitió entrar en contacto con las relaciones exteriores. En 1507 vio aprobada su propuesta para crear la magistratura Nove di Milizia, de la que fue nombrado máximo responsable.

El cargo de segundo secretario acabó de perfilar su pensamiento político. Como hemos dicho, no estaba en primera línea política, pero sí leía y transcribía toda la documentación y ejecutaba los acuerdos de la Signoria y los consejos. Por tanto, Maquiavelo aprendió mediante la observación qué es y cómo se hace la política. Esta observación se vio complementada con su cargo en los Dieci di Libertà e Pace, su auténtica facultad de politicología.

Maquiavelo tenía pasión por escribir, y gracias a ello hoy podemos seguir su crecimiento personal y político. De su juventud conocemos la correspondencia oficial que mantuvo con sus superiores durante las legaciones y sus escritos privados, formados por unos opúsculos escritos en prosa y en verso.

Además, conocemos otros escritos también de esa primera época como el Discorso fatto al magistrato dei Dieci sopra la cose di Pisa, datado en 1499, sobre la guerra que Florencia mantenía desde 1494 para recuperar Pisa. El texto es una muestra inestimable de cuál será su manera de pensar, actuar y hablar; es decir, sin artificios, planteando el problema sin ambigüedades y dejando claro su descontento con la actitud política florentina. En una de sus frases encontramos la piedra filosofal de su vida, a saber, usar los medios necesarios para lograr el fin.


"Sólo examinaré los medios que conduzcan o que puedan conducir a ello [la recuperación de Pisa], los cuales me parecen ser la fuerza o el amor; por ejemplo: el recuperarla por asedio o que ella nos venga a las manos por su propia voluntad"[11].


Una idea análoga (la entrega de una ciudad por voluntad propia) la hallamos en El príncipe III, cuando aconseja que se deben respetar las normas y las costumbres del territorio conquistado para ganarse la voluntad del pueblo.

Maquiavelo se desilusiona cada vez más con la política florentina, disgusto que se acrecienta con el fracaso en el ataque y asedio de Pisa. Cree que la Signoria está siguiendo una línea ineficaz e incorrecta que no se puede cambiar sin arrancar de raíz el sistema.

En ese momento crucial de su crecimiento, como persona y como político, le son encomendadas las legaciones exteriores:

1500: Francia

1502-1503: ante César Borgia

1504: Alemania

1508 y 1509: ante el emperador

1510 y 1511: vuelve a Alemania


Enviándole a conocer otras culturas, la Signoria le ofrece la mejor ocasión para forjar definitivamente su pensamiento político: en Alemania y en el Imperio ve los últimos rescoldos del mundo medieval y en Francia contacta con el primer Estado moderno, donde el observador Maquiavelo capta los puntos esenciales en que debe sustentarse la estructura de un estado y los principios que deben mover la política cotidiana.

¿Podemos decir que fue la monarquía francesa el germen que hizo nacer la concepción de su obra culminante? Pensamos que la respuesta puede ser afirmativa sobre la base de un poder unitario y centralizado, cuyo eje es la administración dependiente de la voluntad real. El dominio real tiene garantizado el crecimiento gracias a su carácter hereditario. La estabilidad entre clases sociales y la aglutinación en torno a la monarquía quedan garantizadas por la cohesión entre los ordini, entre sí y con la Corona. Maquiavelo deduce que el rey francés, gracias a este férreo control, ha conseguido unas arcas ricas y un gran prestigio, tanto dentro como fuera de su país. Éxito internacional que, además, puede mantener gracias a un ejército no feudal, es decir, integrado por soldados que quieren serlo y, por tanto, se toman su trabajo seriamente, al contrario de los soldados forzosos.

El aprendizaje continúa en el Imperio, el cual le ofrece el panorama contrario al de Francia. El Imperio está fraccionado, presenta una imagen caótica donde campan por sus reales el desequilibrio y los enfrentamientos entre el emperador, las ciudades y los príncipes aún feudales. Deduce que el emperador es un mal administrador económico y un hombre voluble, ingenuo y manejable, opinión que se afianza cuando visita Alemania y comprueba la intrínseca libertad y rudeza de los alemanes, especialmente los "suizos"[12].

La culminación de su aprendizaje fue ante las dos legaciones enviadas a César Borgia. En la primera (22-26 de junio de 1502), Maquiavelo acudió en calidad de acompañante de Soderini, con lo cual sólo pudo captar una parte de su poderosa personalidad. Aun así, Maquiavelo ensalzó su resistencia física y mental y su preocupación por los soldados, sin dejar de percibir las armas borgianas para conseguir sus objetivos: fuerza y prepotencia.

Sin embargo, es en la segunda legación (octubre de 1502 - enero de 1503), cuando Maquiavelo tiene oportunidad de conocer a fondo, si ello es posible, al mítico personaje. En esta ocasión, Maquiavelo acudió solo para negociar la ayuda que Borgia recibiría ante la rebelión de sus condottieros feudatarios, que veían peligrar su futuro ante los cada vez más poderosos Estados Pontificios.

Las entrevistas entre ambos dejaron una profunda huella en Maquiavelo. El trimestre pasado con Borgia le permitió ver cuáles eran sus virtudes y defectos y comprobar cómo resolvía los problemas que le salían al paso. Viendo y oyendo a Borgia, Maquiavelo terminó de perfilar su teoría de que el dirigente debe:


"... saber comportarse a veces como una bestia; de entre ellas ha de elegir a la zorra y al león, porque el león no sabe defenderse de las trampas ni la zorra de los lobos. Es pues necesario ser zorra para conocer las trampas y león para atemorizar a los lobos"[13].

Esta conclusión maquiaveliana es consecuencia de haber visto en la corte de Borgia la naturaleza salvaje de la política; cómo el político ha de asegurarse una triple protección contra la fe, la moral y la religión. Y cómo la política tiene como elementos consustanciales e intrínsecos el disimulo y la retórica. Borgia, ejemplo de corrección política, de sagacidad y de frialdad, le demuestra qué es la alta política: una tensión no armonizable pero tampoco no cancelable entre kratos ('fuerza') y ethos ('moral').

Así podemos ver que, tal como acuerdan cada vez más los autores, el príncipe maquiaveliano nació de la heterogeneidad: en él se hallan rasgos de Alejandro VI y de Julio II; de Fernando el Católico y del emperador alemán Segismundo; del rey francés y, cómo no, de César Borgia, así como del propio Lorenzo de Médicis y de los autores clásicos, que constituían la base de su biblioteca. Con todos ellos, Maquiavelo elaboró un modelo sobre el cual definió las características que consideraba que debía tener el príncipe y donde expresó todo lo aprendido en su vida política.

3.2. Consolidación de su teoría

Siguiendo su obra y sus teorías, comprobamos que la posición política de Maquiavelo es "la política por la política" [sic], ya que no se puede estudiar la política junto con el pensamiento especulativo, el ético y el religioso. El propio Maquiavelo siguió de hecho un método lógico en el cual ningún ámbito influía en los demás.

A diferencia de otros humanistas, Maquiavelo observa una escisión entre ser (las cosas como son) y deber ser (las cosas como deben ser). Y es desde esta escisión desde donde mira los hechos políticos de su época. Siguiendo este pensamiento, podemos ver:

Un realismo político unido a un pesimismo antropológico.

Una nueva concepción de las virtudes del príncipe, con las cuales podría gobernar con eficacia y oponerse al azar.

Un retorno a los principios, ya que ello permite la regeneración y la renovación de la vida política.

Todo ello queda expuesto en El príncipe XV, libro fundamental para comprender el sistema que el autor propone. Como el título del libro indica (De las cosas por las que hombres y príncipes son alabados o vituperados), analiza cómo todos los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o denostados y clasificados por una característica concreta sin tener en cuenta sus otras virtudes o defectos. Pero, y ahí está la clave maquiaveliana:

"... quien deja lo que se hace por lo que se debe hacer, aprende más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son"[14].


¿Y por qué? Porque el hombre, aunque no es bueno ni malo por naturaleza, tiende a la maldad. Por tanto, el príncipe debe tener en cuenta esta tendencia hacia la negatividad y actuar en consecuencia. Ello no significa que, por sistema, el príncipe deba adoptar medios para ser temido, sino adoptar lo más adecuado para mantener el Estado[15].

Cómo mantener el Estado ha de ser el único objetivo del príncipe; si tiene éxito, los medios, sean los que sean, incluso los inmorales, serán calificados de honorables y todos los aprobarán.

Pero, más que en El príncipe, esta teoría se consolida en los Discursos sobre las décadas de Tito Livio, obra en la que aparece su máxima, justificación del fin para justificar los medios, y que plantea la dificultad que supone definir lo que es un buen fin[16].

Al contrario de lo que puede parecer, Maquiavelo no está defendiendo la utilización indiscriminada de la inmoralidad, puesto que ello supondría destruir el Estado y, como hemos dicho, éste ha de ser el único objetivo del gobernante, sino que el príncipe ha de usar todas sus armas para lograr su objetivo y, sobre todo, mantener el Estado. Algunas de esas armas, y quizá las más poderosas, son la virtú política y la virtú personal.

La virtú maquiaveliana se forma a partir de[17]:

La concepción cristiana de la virtud: admiraba la fuerza de carácter cristiana para aguantar las pruebas a que somete la vida, pero no la humildad ni la modestia, ni lo que siglos más tarde Nietzsche llamó moral de rebaño.

La admiración por las virtudes cívicas del mundo antiguo: puesto que dependían de una ley que justificaba la acción de un legislador todopoderoso que regeneraba el Estado, el cual podía tener así moralidad suficiente para ser fuerte y unificado. Como ejemplo presenta la República romana.

La virtud en el sentido de areté griega: dándole una significación de línea sofista, entendiéndola como fuerza contenedora de disturbios, ya que imprimía una norma contra el caos y el desmoronamiento del Estado.


Pero el príncipe también debe tener virtú personal; la capacidad de ser capaz, voluntarioso, fuerte, es decir, tener todas aquellas virtudes políticas y personales de César Borgia que tan poderosamente le impresionaron y que son su principal arma para lograr su objetivo y cohesionar un estado fuerte y duradero. Además, la virtú principesca se complementará con lucidez y sentido de la realidad, que le darán aquella capacidad de la que hablábamos para, de manera inmediata, captar el carácter del interlocutor y, gracias a ello, para tratar a cada uno según su temperamento[18].

Maquiavelo da una especial importancia a esta capacidad para tratar con habilidad los territorios conquistados. En El príncipe[19] hace constar la necesidad de acabar, antes que nada, con el príncipe reinante y su familia, así como de dispersar y empobrecer a la población para evitar levantamientos. Esta cualidad fue especialmente admirada en César Borgia y en los clásicos griegos y romanos, que justificaban así su expansión territorial y la larga duración de sus dominios.

Finalmente, el príncipe debe tener fortuna. Pero la fortuna maquiaveliana no sólo equivale a la suerte per se -ya que un príncipe puede ser perfecto, pero si las circunstancias, el entorno y la suerte no le sonríen, no tendrá éxito en su empresa-, sino que también está directamente relacionada con la habilidad y la capacidad principescas para aunar la fuerza y la prudencia, es decir, para ser león y zorra.


3.3. El "cinismo" maquiaveliano

¿Se puede hablar de "cinismo" dentro de su obra y su manera de pensar? Pensamos que no, que más bien estamos ante un autor tremendamente lúcido a la hora de estudiar a los personajes de la alta política. Muy crudo cuando ha de valorar sus defectos y, sobre todo, muy sincero cuando llega el momento de expresar su opinión.

La descripción que nos hace Maquiavelo de qué y cómo ha de ser un alto mandatario es real y realista, no contiene ningún afeite ni disfraz. Quizá por eso no le hizo ninguna gracia a Lorenzo de Médicis y recompensó al autor con dos botellas de vino[20] y con el ostracismo político.

Desde nuestro punto de vista, no es Maquiavelo quien debe ser tildado de cínico, puesto que se limita a transcribir las cosas como son. En todo caso, los cínicos son los que le defenestraron porque les molestó su sinceridad, los que manipulan, los que muestran una sonrisa en la cara y apuñalan por la espalda, los que prometen mucho y no dan nada.

Cuando Maquiavelo le dice al príncipe que debe ser astuto y ha de comportarse según cómo sea su interlocutor, ¿no está preconizando lo que hoy en día llamamos ser políticamente correcto? No es cinismo, es adecuación a las circunstancias para salvar la vida, para protegerse dentro de un mundo de "buitres" capaces de matar a quien sea para mantener y aumentar su poder personal.

Comparado de nuevo con sus contemporáneos, es mucho más cínico Cromwell cuando levantó falsos testimonios contra Moro y logró su decapitación, que Maquiavelo cuando dijo lo que hacían los gobernantes, a los que aún nadie había osado denunciar.

Sin embargo, en Maquiavelo hay un trasfondo de esperanza y optimismo y, por qué no decirlo, de utopía: cuando lo da todo por válido, siempre y cuando sirva para crear un estado sólido donde la población sea feliz. Es una utopía porque, como ya dijimos en el prefacio, no tiene en cuenta las disensiones, los descontentos, los contrarios.

Es una utopía imaginar un estado totalitario eterno, así como lo es creer que todos los príncipes que ese estado tendrá a lo largo de su existencia serán capaces de mantenerlo siempre joven y pletórico, como si cada príncipe fuera el fundador y con cada uno se produjera un eterno retorno.

Aquí, Maquiavelo nos enseña su lado más vulnerable, ya que nos demuestra que de su modelo, la República romana, y de su largo aprendizaje político en Europa y la Segunda Cancillería sólo se quedó con lo bueno, obviando deliberadamente lo malo.

Deliberadamente porque, si hubiera aceptado que la República romana tenía puntos débiles, que la monarquía francesa no era tan perfecta como él la imaginó y que César Borgia tenía muchísimos defectos, hubiera tenido que aceptar que su estado mixto ideal también era derrocable. Y sus ilusiones se hubieran derrumbado.

Soñar con ese estado ordenado y perfecto, con ese príncipe de ensueño que sabe cómo comportarse en cada momento y siempre tiene la solución a punto, como si viviera dentro de un guión matemáticamente calculado, era su utopía personal, en el sentido de que era su refugio, donde se aislaba y no veía la miseria que le rodeaba.


4. Conclusiones

Realistas o fantásticas, posibles o irrealizables, las utopías, los sueños, las ilusiones ayudan a vivir, ya sean surgidas de meras fantasías pueriles, ya sean nacidas en mentes preclaras como las de Tomás Moro o Nicolás Maquiavelo y tantos otros que nos lo demuestran.

En estas líneas hemos querido plasmar, a grandes rasgos, uno de los períodos más emocionantes de la historia universal y descubrir a dos de sus personajes más influyentes. Sus teorías, opiniones y obras influyeron poderosamente en la tratadística política inglesa, especialmente en el Leviatán de Hobbes y en la obra de John Locke, y continúan vivas entre nosotros, no sólo cuando las leemos o estudiamos, sino cuando analizamos de cerca nuestra política y a nuestros políticos y vemos cuánto queda aún de "maquiaveliano" en sus hechos, su evolución y sus maneras, a pesar de que el término y sus consecuencias hayan adoptado un tono peyorativo y contrario a lo que quería el autor.

Quizá Eliade tenía más razón de lo que creía y estamos aún dando vueltas en un eterno retorno sin fin.

Bibliografía:

CAMPILLO MESEGUER, A. (1984). "Moro, Maquiavelo, La Boétie. Una lectura comparada". Anales de filosofía. Murcia: Universidad de Murcia. Vol. II, pág. 27-59. Página web del Proyecto Clio: http://www.clio.net/clionet/articulos/moro.htm.

COPLESTON, F. (1971). Historia de la filosofía [edición española dirigida por Manuel Sacristán (1981)]. Barcelona: Ariel. Vol. 3.

GARCÍA-BORRÓN, J.C. (1998). Historia de la filosofía: Edad Media, Renacimiento y Barroco. Barcelona: Ediciones del Serbal. Vol. 2 ("La Estrella Polar").

GRANADA, M.Á. (1981). Machiavelli. El autor y su obra. Barcelona: Barcanova.

MACHIAVELLI, N. (1513) [1998]. El príncipe. Madrid: Tecnos.

REALE, G.; ANTISERI, D. (1983). Historia del pensamiento filosófico y científico. Del Humanismo a Kant [edición española dirigida por Juan Andrés Iglesias (1988)]. Barcelona: Herder. Vol. 2.



Enlaces relacionados:

Breve descripción del pensamiento de Maquiavelo:
http://netcall.com.mx/milenio/maquiavelo.htm
Universidad Abierta:
http://universidadabierta.edu.mx
Artículo comparativo entre Moro, Maquiavelo y La Boétie:
http://clio.rediris.es/articulos/moro.htm
[Fecha de publicación: abril de 2002]
Digithum / 4
ISSN 1575-2275




SUMARIO
1.Introducción
2.Maquiavelo y sus contemporáneos: conexiones y paralelismos con Tomás Moro y los utopistas
2.1.Formación humanística
2.2.Actividad política
2.3.Crítica de su tiempo
2.4.Formas de gobierno
2.5.Conclusiones
3.Maquiavelo y el príncipe: análisis de la obra y de las ideas en que se sustenta
3.1.Contexto histórico
3.2.Consolidación de su teoría
3.3.El "cinismo" maquiaveliano
4.Conclusiones


Nota1:

Campillo, pág. 43.
Nota2:

Reale y Antiari, pág. 123.
Nota3:

García-Borrón, pág. 732.
Nota4:

Campillo, pág. 28 y sig.
Nota5:

Campillo, pág. 35.
Nota6:

Granada, pág. 19.
Nota7:

Granada, pág. 23.
Nota8:

Granada, pág. 30.
Nota9:

Granada, pág. 33.
Nota10:

Gobierno de la ciudad.
Nota11:

Citado en Granada, pág. 39.
Nota12:

Granada, pág. 46.
Nota13:

Maquiavelo, El Príncipe XVIII, pág. 71.
Nota14:

Maquiavelo, pág. 62.
Nota15:

Reale y Antiseri, pág. 120.
Nota16:

Copleston, pág. 300.
Nota17:

Reale y Antiseri, pág. 121.
Nota18:

García-Borrón, pág. 727.
Nota19:

Libros I, III y VIII.
Nota20:

Citado en el estudio preliminar de la edición de El príncipe utilizada para este análisis.