El libro digital
E l l i b r o d i g i t a l
Antonio Rodríguez de las
Heras
Degà de la Facultat d'Humanitats, Comunicació i Documentació
de la Universidad Carlos III, de Madrid
El espacio digital: diez observaciones | Densidad, accesibilidad y actualización | ¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas? | Interacción, ubicuidad y deslocalización | Amorfia y asincronía | Hipertextualidad
Densidad, accesibilidad y actualización
(1) Veamos la primera de estas observaciones: la densidad del espacio digital. El espacio digital ofrece una ilimitada capacidad de almacenamiento; una altísima densidad. No hace falta insistir mucho en explicar esta propiedad porque la podemos tener al alcance de nuestra mano; no es, por tanto, algo muy abstracto. Nos maravillamos cuando abarcamos con la mano un disco de doce centímetros de diámetro y nos decimos :¡que ya no es un CDRom, que es un DVD; que ya no son "megas", que son "gigas"! Y sin embargo es la misma superficie discoidal para contener cada vez más cantidad de información. De la misma manera que asomándonos a ese brocal de la pantalla y mirando ese pozo sin fondo que es el mundo de la red, vemos que sigue recibiendo cada vez más y más información sin que dé en ningún momento sensación de colapso. Por tanto, las capacidades de almacenamiento del mundo digital son espectaculares.
Pues bien, ¿daña eso de alguna manera las aspiraciones librescas? Todo lo contrario. El hombre ha venido soñando con el libro-mundo, con ese libro en donde se pudiera contener todo, en ese libro único que pudiera guardar todo el saber. Es un sueño cultural que se ha manifestado en múltiples autores. Flaubert, por ejemplo, intentó en sus últimos diez años una novela enciclopédica -"Bouvard et Pécuchet"- que recogiera todos los saberes. Goethe proyectó una novela sobre el universo y Novalis un "libro absoluto". El "Libro de Arena" es, en descripción de Borges, un libro con infinitas páginas en donde ninguna es la primera y ninguna es la última. Y para Mallarmé el mundo existe para concluir en un libro. Y en las culturas o religiones del libro está el empeño en que toda la verdad la guarde un libro. Estoy pensado ahora en otro autor, Italo Calvino en sus "Seis propuestas para el próximo milenio", conferencias escritas para pronunciar en Estados Unidos, pero que impidió su muerte; en una de ellas, "Multiplicidad", también muestra esta aspiración de poder conseguir un libro que recogiera todo. Una aspiración que sobre el soporte material del papel no se puede cumplir. En todo caso, acercarnos a su expresión plástica como hace el escultor argentino Vanarsky en su escultura móvil, el "Libro-mundo". Pero, realmente, esto no es posible con los materiales que tenemos en este lado del espejo, en este lado de la pantalla.
Este sueño no encontraría obstáculo material en el mundo digital. Tendremos otros problemas para realizar el libro-mundo, pero no el de la capacidad de acoger en uno -en un libro- todo -todo lo que queramos-.El espacio digital puede absorber texto sin resistirse, sin que aparezca el límite de páginas, sin que se hinche hasta hacerse inabarcable el volumen de ellas. Por tanto, la densidad es una propiedad interesante, que, como ven, no perturba los sueños que tenemos depositados en el libro.
(2) La segunda propiedad es aparentemente contradictoria con la primera en el mundo de tres dimensiones, pero no en el digital. El espacio digital nos ofrece también una gran accesibilidad a cualquier punto de él y, por consiguiente, a ese libro que queremos construir al otro lado del espejo. Desde aquí esto nos parece difícil, porque si, por ejemplo, hacemos cada vez más densa esta sala instalando más gente, más sillas y objetos, una persona que entrase por aquella puerta y quisiera alcanzar este micrófono tendría cada vez más dificultades de moverse debido a la gran cantidad de cosas aquí almacenadas. Pero esto no es así en el mundo digital.
En el mundo digital, a medida que crece su capacidad de contener aumenta también su conductividad. Es más rápida y precisa la accesibilidad en ese espacio y, por tanto, lo será también en un libro que allí se instale. Empeño que se muestra a lo largo de toda la evolución del libro; desde las tabletas de arcilla. Ya no sólo en una caja de tablillas, sino con el rollo de papiro o de pergamino la accesibilidad era difícil porque obligaba a enrollar y desenrollar el volumen para alcanzar una columna. El gran invento del códice permite, hojeando, alcanzar con facilidad cualquier lugar del texto. Y esto trae consecuencias tan interesantes como la de poder hacer los autores citas exactas, ya que desaparece el tedio de la consulta en el volumen -desenrollando y enrollando- que movía a la tentación de hacer citas de memoria. Por la accesibilidad que proporciona el códice, el diccionario adquiere su utilidad. La accesibilidad es, por tanto, otra propiedad interesante que se potencia en el nuevo espacio, como ya comprobamos con un simple procesador de textos, en el que conseguimos llegar a cualquier parte de un escrito con sólo señalar una palabra. Así pues, podemos soñar con grandes libros, podemos soñar con gran densidad de información contenida en un libro, porque no por eso reducimos la facilidad de acceso.
(3) La tercera propiedad es la actualización. El retoque que se hace a un objeto digital no deja rastro, no deja ninguna cicatriz. Por el contrario, si pretendo reformar esta mesa ante la que hablo y llamo a un carpintero para la tarea, aunque sea un pequeño ajuste dejará un resto de serrín y virutas. En cambio, en el mundo digital cualquier alteración que se haga no dejará ninguna señal. Esto nos lleva a fijarnos en otro afán que mantenemos con respecto al libro: que el libro sea blando; que se pueda actualizar. De esta búsqueda viene el palimpsesto: aprovechar la resistencia del pergamino (a diferencia del papiro) para raspar con una hojilla, ya no sólo los errores, sino en ocasiones todo el contenido de un libro a fin de que sus páginas queden libres para otro texto. Luego la imprenta facilita progresivamente la consideración provisional del libro, que puede reimprimirse o tener una vida corta para dejar paso a otro que amplie, complete o corrija el primero.
Pero estas posibilidades son bien reducidas ante la capacidad que ofrece el ordenador. ¿Cómo ha llegado el ordenador personal a los hogares y a las oficinas a partir de los años 80? Es un proceso sorprendente por veloz y contundente; aunque en principio podría parecer que todo iría en su contra: un aparato carísimo, que necesita un punto de electricidad para que funcione y un manual para saber usarlo, y que, sin embargo, va a dejar fulminada en unos años la máquina de escribir, la mítica máquina de escribir (hasta los periodistas se desprenden de ella, cuando les era tan inseparable como el cigarrillo). La máquina de escribir es, a excepción del disco de vinilo, el aparato de nuestra época con más rápida obsolescencia. El disco de vinilo tardó cinco años y la máquina de escribir poco más.
¿Cómo rompió las resistencias hasta en nuestro mundo de las letras, que ya es decir? Cuando incluso los más reacios comprobaron que en un artículo o un libro podían realizar correcciones en el texto hasta el momento de enviarlo a la imprenta, y que los cortes y añadidos en el texto no dejaban ninguna cicatriz. Y así entró el ordenador personal en el gran consumo, utilizando el procesador de textos como caballo de Troya, encandilando al usuario, a pesar del coste del aparato y de las dificultades de uso, con la presentación de una propiedad: el texto se hace blando en el ordenador. La información es como arcilla mojada hasta que se pasa a la impresora que es el horno, que es el sol.