El libro digital
 

E l   l i b r o    d i g i t a l

Antonio Rodríguez de las Heras
Degà de la Facultat d'Humanitats, Comunicació i Documentació
de la Universidad Carlos III, de Madrid

 

El espacio digital: diez observaciones | Densidad, accesibilidad y actualización | ¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas? | Interacción, ubicuidad y deslocalización | Amorfia y asincronía | Hipertextualidad

Interacción, ubicuidad y deslocalización

(5) La quinta propiedad proporciona una nueva relación del lector con el texto. Es la interacción. Mucha gente, cuando hablamos del libro digital, plantea que no va a dar al lector las sensaciones que proporciona el códice en nuestras manos. Y hay razón en esta desconfianza. Aun contando con los incipientes libros electrónicos que están saliendo al mercado (pequeños, ligeros, con alta calidad de pantalla) la frialdad de una pantalla es marcada,  para lo que nos tiene acostumbrados la hoja de papel (en sus comienzos despreciado, como también lo fue el pergamino ante la calidad y precio del papiro). Sin embargo, una observación más detallada de la nueva relación con el texto en pantalla suaviza la visión negativa que la costumbre y la sublimación de lo establecido imponen ante lo nuevo. Fíjense, cuando teníamos el libro sobre un volumen o rollo, el lector tocaba el reverso del rollo -que no estaba escrito- o los ejes sobre los que se enrollaba la tira para avanzar en la lectura.  En el libro códice se avanza en la lectura pinzando con los dedos la hoja escrita. ¿Y en el libro digital?

En el futuro libro digital el lector tiene todavía un contacto más directo con la escritura, porque lo que toca el lector para moverse por el texto (por el hipertexto) es la propia palabra. Se toca las palabras para que esas palabras desplieguen más texto. El lector ya no entra en contacto con el soporte (¿en qué lugar del espacio digital está la superficie discoidal conteniendo, diluidas, las palabras?), sino con las palabras sostenidas en la pantalla. No hay, por tanto, alejamiento, sino mayor relación. Y, además, con la organización hipertextual, que luego veremos, la intervención del lector sobre el libro no consiste en pasar sus páginas sino en desplegar su texto.

(6) La sexta propiedad la disfruta el libro desde hace siglos con la invención de la imprenta, pero en el espacio digital se potencia: es la ubicuidad. Hasta la imprenta, el libro residía en un espacio concreto —biblioteca de universidad, de monasterio, de palacio— y había que desplazarse a ese punto para llegar a la información. La imprenta proporciona la ubicuidad al libro, produciendo unas consecuencias culturales trascendentales. Esta posibilidad de que un libro pueda abrirse a la vez en muchos lugares se potencia en el espacio digital,  ya que se libera de todas las servidumbres del material del soporte, que en el libro de papel hay que transportar a cada lugar.

(7) Y otra propiedad, la séptima, es la deslocalización. Nos daremos cuenta enseguida de lo que me voy a referir si les hago mención de una experiencia que todos tenemos con sólo asomarnos a Internet. Si fijamos la atención y miramos la barrita que el navegador tiene en la parte baja de la pantalla, observaremos que muestra el sitio desde el que se nos está mandando la información. Comprobaremos al cabo de un rato que, a medida que vamos tocando las palabras activas y avanzando en la lectura, estamos pasando de un sitio a otro, de un servidor a otro, sin darnos cuenta. De manera que al final de una consulta hemos pasado probablemente por varios servidores alejados quizá muchos kilómetros, sin que en ningún momento hayamos percibido más que el retardo que aún Internet impone a la navegación. Con nuestra lectura hemos encuadernado unas páginas que residen en lugares distintos.  La información, por tanto, ya no reside en un único lugar y, sin embargo, el lector tiene la percepción de que  toda la información está tan próxima como las páginas de un libro.

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El sueño de poder acceder a una información que no resida en un solo punto ya lo encontramos en el  siglo XVI con un ingeniero humanista, Agostino Ramelli. Ramelli nos describe en un libro muy bello sobre artefactos e invenciones de la época, que no todas se llegaron a materializar, una "rueda de libros". Se trata de una especie de noria, en la que en cada cangilón estaría depositado un libro abierto; el lector, sentado tangencialmente a la noria,  y ayudado por un ingenioso juego de palancas, movería la noria de manera que con rapidez se pusieran al alcance de sus ojos los libros que de otra manera habrían estado depositados en un armario o en los estantes de una biblioteca.

El sueño, por tanto, de tener en un invento —en este caso, una noria— la información al alcance de la mano; con el que se pudiera decir: "¡Sólo tengo un libro!". La rueda de libros se sueña en el siglo XVI, pero en el siglo XX, en 1945, Vannevar Bush diseña el "Memex", ya no con cangilones y palancas, sino con microfichas, motores eléctricos y pantallas, pero con la misma intención de tener próxima una información muy abundante. Las máquinas de Ramelli y de Bush terminan realizándose, al final del siglo XX, con Internet. Así pues, la aspiración de hacer asequible mucha información sin tener que someterse a la servidumbre de las distancias está presente a lo largo de la historia del libro.

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