El libro digital
 

E l   l i b r o    d i g i t a l

Antonio Rodríguez de las Heras
Degà de la Facultat d'Humanitats, Comunicació i Documentació
de la Universidad Carlos III, de Madrid

 

El espacio digital: diez observaciones | Densidad, accesibilidad y actualización | ¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas? | Interacción, ubicuidad y deslocalización | Amorfia y asincronía | Hipertextualidad

Amorfia y asincronía

(8) Pasemos a la octava propiedad.  Para algunos no es muy adecuada la palabra que uso para etiquetarla: la amorfia. Pero, a la espera de otra más afortunada, sigo recurriendo a ella para nombrar esta propiedad del espacio digital. Si los objetos en este espacio son ubicuos y las partes que lo componen no coinciden necesariamente en un lugar, los objetos digitales no tienen forma. Esto último me lo discuten los filósofos, pero tal reserva no impide que lleguemos a lo que en esta conferencia nos interesa: y es que con amorfia quiero también señalar las formas nuevas que pueden surgir en el espacio digital, sin correspondencia alguna con las existentes de este lado.

Cuidado con reducir el espacio digital, y en consecuencia la pantalla electrónica, a un espejo en el que sólo refleja, más o menos fielmente, lo que hay de este nuestro lado. Lo inquietante y sugerente del espacio digital es que tiene capacidad para crear cosas radicalmente nuevas que no se pueden realizar en el espacio tridimensional. Ya la inteligencia artificial, y más aún las incipientes experimentaciones sobre vida artificial, apuntan esta rica posibilidad. Lo más sugerente de las aportaciones de la vida artificial no es la simulación virtual de la vida tal como se manifiesta en nuestro mundo natural, sino la sorpresa con que se han encontrado los investigadores ante la emergencia de formas de vidas que no tienen su correspondencia original con las llamadas naturales.

Y el libro, y ya entramos  en lo que nos interesa, ante esta propiedad, ¿cómo se va a comportar? Pues el libro puede participar de tres maneras, y las tres ya se están dando en estos momentos.

(a) La primera sería una relación, con respecto a esta propiedad, que llamo resonante. Se introducel libro en el espacio digital, adquiere las propiedades que acabamos de ver — por ejemplo, el libro se hace blando— y luego se devuelve a nuestro espacio de tres dimensiones. Operaciones parecidas viene el hombre haciendo desde que controla el fuego. Al calentar, por ejemplo, el metal, éste adquiere una maleabilidad que posibilita imponerle formas a voluntad; luego se retira y se enfría. Se ha conseguido trabajar el metal con una facilidad que no se hubiera podido hacer en frío. O bien, el hombre mete la arcilla en agua, adquiere así plasticidad, le da forma, la saca, la pone al sol y ha conseguido unas formas imposibles sin esta operación.

Ahora, con esta nueva hoguera que es el espacio digital, el hombre se pone delante, introduce el texto, para que adquiera propiedades tan interesantes como la de hacerse blando, por lo que puede corregir el texto en pantalla, formatearlo…Y cuando está listo, se saca al sol, se introduce en el agua para que se enfríe...   se imprime… y el libro está de nuevo sobre papel. En la actualidad, las editoriales, a excepción quizá de algunas artesanales, utilizan este sistema. Lo mismo sucede con la generación de imágenes por ordenador, y que una vez logradas pasan a una cinta analógica. También hay ya editoriales que imprimen y encuadernan los ejemplares bajo demanda de los compradores particulares; no producen una tirada previa a la demanda.

(b) La segunda forma de relación del libro ante esta octava propiedad del espacio digital es la que llamo especular. Es cuando se trasladan los objetos, sucesos o acciones, y en concreto el libro, al otro lado no con la intención de que terminen retornando sino de que permanezcan definitivamente allí, pareciéndose todo lo posible al original correspondiente. En el caso del libro, es intentar reproducirlo en el otro lado, como si fuera un espejo, pero no para luego imprimirlo. Y este libro, definitivamente sin páginas de papel, recibe el nombre de libro electrónico.

Hay ya una oferta discreta, pero variada, de libros electrónicos. La mayoría de ellos es más una tableta electrónica http://www.rocket-ebook.com/, con una superficie de lectura, que un códice que ofrece, abierto, dos superficies de lectura (¿para qué dos, si no hay hojas con anverso y reverso?) http://www.everybook.net/. Con una buena calidad de pantalla y autonomía, se cargan directamente de la red o a partir de un ordenador con varios libros comprados a la editorial. Leídos éstos, pueden ser borrados o pasar a la librería de un disco de almacenamiento. En algunos casos, hay también la posibilidad de simular el libro electrónico en la pantalla de un ordenador personal http://www.glassbook.com/.  

La aparición de los primeros libros electrónicos nos indica además la forma en que el espacio digital va a estar presente, a materializarse, en el espacio que habitamos: con un creciente número de aparatos distintos y específicos para usos concretos de lo que guarda el mundo digital. El ordenador personal ha dejado de monopolizar la ventana de acceso al espacio digital. El televisor, conectado a la red, ha rejuvenecido, cuando hace muy pocos años se le veía ya como un viejo aparato electrónico sin posibilidades ante el rampante ordenador multimedia. Ahora la pantalla de un televisor está empezando a ser una atractiva interficie para actividades diversas y no sólo marco del flujo audiovisual. La nueva generación de teléfonos móviles se presentan como miniventanas para asomarse a Internet. Ya están las recientes consolas de videojuegos conectadas a la red. Y el gran negocio potencial de las empresas discográficas virando hacia pequeños aparatos reproductores de la música que se "baje" de la red... Esta es la satelización de aparatos diversos que produce el invisible espacio digital.

(c) Y, por último, hay una  tercera posibilidad para el libro de aprovecharse de la octava propiedad que hemos atribuido al espacio digital: es la emergencia. Se trata de apostar por crear cosas que no tengan su original en el otro lado del espejo, que sean completamente distintas.

Es decir, pensar en un libro que no tuviera páginas, en un libro que rompiera definitivamente con el concepto de página y de hoja de papel. Y esto supone un gran esfuerzo. Es más, por el momento vamos en sentido contrario: reforzando la percepción de la pantalla como si fuera una página de papel. Les he hablado hace unos minutos sobre cómo ha influido la estrategia del caballo de Troya, en forma de procesador de textos,  para introducir el ordenador personal, presentándolo como una máquina de escribir. Apoyándose en la metáfora que crea la ilusión de estar sentado ante una pantalla como si se estuviera ante una máquina de escribir, con la hoja incrustada en el carro de la máquina. Metáfora muy eficaz para pasar sin trauma de la máquina de escribir al ordenador.

Esta inclinación se acrecienta con la llegada de Internet y la utilización de la interfaz de la página web. Se sigue insistiendo en la pantalla como página. Sin embargo, la facilidad que proporciona la metáfora para que el lector se vaya habituando al nuevo espacio de lectura de la pantalla frena la creatividad y la búsqueda de nuevas formas. ¿Es que no se puede aprovechar de otra manera ese espacio en donde quedan sostenidas las palabras?

Hay que explorar la distribución de las palabras en la pantalla, así como su aparición y desaparición en ella. Al no ser una hoja de papel, no hay necesidad de aprovechar su superficie llenándola de texto; al no estar impresas las palabras, sino sostenidas durante un espacio de tiempo, pueden aparecer y desaparecer a los ojos del lector con unos efectos y ritmo que no se limiten a simples pantallazos. El texto sostenido en pantalla se puede dosificar, la medida no tiene por qué ser la de la caja de una página impresa. Y estas palabras en pantalla, pocas, pueden ser colocadas con mucha más libertad que la ofrecida por la página de un libro, y encadenarse y fundirse con otras, tras un clic, o desaparecer sólo parte del texto para dejar su lugar a nuevas palabras. Muchas posibilidades de aprovechar la "cinestesia", que es la propiedad que adquiere el texto en pantalla y a la que no puede aspirar sobre el papel.

Cuando comenzó a difundirse el códice, el lector de volúmenes enrollados se resistía con el fundamento de que la lectura se le fracturaba al pasar la hoja, acostumbrado como estaba al suave desplazamiento de las columnas de texto en el rollo. ¿Por qué seguimos empeñados, una vez que nos hemos acostumbrado a leer con esa brusca fractura, a que también se fracture nuestra lectura en la pantalla? ¿Por qué no pueden diluirse lentamente esas palabras blancas en el negro de la pantalla, y quizá no todas a la vez, para que otras nuevas encajen en la parte del texto que ha quedado aún pendiente?¿Por qué no incitar con estos recursos de la cinestesia a percibir -y explotar- la profundidad de la pantalla? Aparecerían entonces unas capacidades expresivas que no son alcanzables sobre el papel, pero que pertenecen al libro digital. El resultado sería que emergería un libro en la pantalla que no es la imagen virtual del códice de papel. Ya no hay papel, ni tampoco página.

(9) Paso muy rápido por la novena propiedad. La asincronía en el espacio digital amplifica la capacidad que la imprenta proporcionó al libro facilitando la lectura individual  y, por tanto, en el momento en que deseara el lector. Así pues, con la imprenta el libro se puede abrir desde múltiples lugares y en momentos distintos. El sueño de un libro permanentemente abierto (por estar en muchas manos) y en el que incesamente se inicie una nueva lectura se cumple todavía mejor en un libro del espacio digital, accesible desde cualquier punto  y en cualquier momento.

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