"Los vigilantes de la metamorfosis.
El reto de los estudios literarios ante las nuevas formas y medios de comunicación digital"

Prólogo de la antología de textos 'Literatura y cibercultura', publicada por la editorial Arco Libros (Madrid), 2004, págs. 11-34

Domingo Sánchez-Mesa Martínez

Universidad Carlos III, Madrid

http://www.arcomuralla.com/Arco/Shop/Detail.asp?IdProducts=563

Tratando de recordarme que este sitio y los abismos que se abren más allá sólo son representaciones, que no estamos "en" la computadora de Cromo, sino en interfaz con ella, mientras el simulador de matriz de la buhardilla de Bobby genera esta ilusión…

(William Gibson, Quemando Cromo)

A día de hoy, la virtualidad es de largo una terra incognita
para el establishment literario

(Katherine Hayles)

Los momentos de gran aceleración histórica, si coinciden además con coyunturas milenaristas, son proclives a los argumentos proféticos y más o menos apocalípticos. Las sempiternas preguntas acerca de la crisis de la literatura, del futuro del libro, de la muerte del autor o del arte mismo siguen llenando páginas de estudios académicos, a menudo de la mano de celebraciones entusiastas de la revolución de los medios digitales o de las bondades de la sociedad del conocimiento. No abundan tanto, sin embargo, los análisis críticos de auténtico calado teórico y rigurosa base empírica sobre un momento histórico como el de este cambio de siglo, de transformaciones decisivas para los individuos y las sociedades a una escala verdaderamente global. La velocidad de estos cambios es el limo en el que ha devenido el actual contexto comunicativo. Es ya proverbial la llamada a la memoria de cuál era nuestro "modus comunicandi" hace tan sólo quince años. En efecto, nunca antes en la historia de la especie humana habíamos dedicado más tiempo y habíamos tenido más recursos a nuestro alcance para comunicarnos. La comunicación, como nos recuerda Dominique Wolton, está en el centro de la modernidad, inseparable del lento movimiento de emancipación del individuo y de la creación de los sistemas democráticos, con los dos impulsos sociopolíticos contradictorios heredados del XVIII y XIX que son la marca de la sociedad individualista de masas: la libertad individual y la igualdad de todos (Wolton 2000, 12-13).

Desde la perspectiva de los estudios literarios, el gran conflicto que plantea este nuevo contexto comunicativo es la tendencia dominante a privilegiar el aspecto técnico de la comunicación, arrumbando sus aspectos sociales y culturales en un segundo plano, así como la equiparación de la lógica de los valores comunicativos a la lógica de los intereses comunicativos. El recurrente adagio del acercamiento e igualación de los individuos gracias a los nuevos medios es altamente peligrosa, según Wolton, para quien se trataría más bien de asegurar la diferencia en la distancia como clave para la coexistencia. Desde estos presupuestos iniciamos nuestro breve panorama sobre el entramado literario en la cibercultura, convencidos, con el teórico francés, de que es la historia social, económica y cultural —por tanto también literaria— la que da sentido a la historia técnica y no al contrario.

Para empezar es preciso reconocer que tenemos aún muy poca perspectiva sobre el fenómeno de los medios digitales de comunicación e información. Como señala Xavier Berenguer: "poco puede decirse del ciberespacio como medio de comunicación a partir de unas manifestaciones tan primerizas como las actuales; de hecho la web, tal y como ahora la conocemos, es al ciberespacio lo que la linterna mágica es al cine" [1].

Elías Canetti hablaba del escritor como vigilante de la metamorfosis. Propongo extender este lema y pensar en el estudioso de la literatura —y del pensamiento literario—, como alguien atento a las fronteras entre literatura y tecnología, porque, entre otras cosas, la literatura no constituye, sino como construcción mítica, un territorio esencialmente escindido de las transformaciones socioeconómicas, políticas y psicológicas que vienen entrelazadas con los desarrollos tecnológicos. En este sentido, los estudios literarios, filosóficos y estéticos cuentan con una tradición que es preciso tanto dar a conocer a nuestros estudiantes como continuar bajo el estímulo y, por qué no decirlo, la presión de este nuevo contexto comunicativo que llamamos aquí cibercultura. Los ensayos de Heidegger [2], Brecht [3], Benjamin [4], Baudrillard [5] o Virilio [6], entre otros, forman una cadena que ayuda a justificar la necesidad, más que nunca, de una crítica de los medios desde las Humanidades. Esta es una tarea especialmente urgente para el área de conocimiento de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y para los estudios literarios en general, no como una cuestión de mera supervivencia académica, sino de pertinencia cultural y política (Talens 2000) [7].

¿Qué es la cibercultura?

En tanto término y concepto que designan este entorno comunicativo, fuertemente tecnologizado y de niveles de mediación sin precedentes, la cibercultura es el fruto de la confluencia de la aplicación cotidiana de los microprocesadores electrónicos a multitud de actividades humanas y de la apertura e internacionalización de espacios virtuales de trabajo, ocio, educación, comercio, creación artística, información, de comunicación en suma. Dicho entorno acaba cristalizando en un territorio anejo al espacio social físico con el que guarda una intrincada red de relaciones y cuyo funcionamiento demanda un estudio necesariamente interdisciplinar. Desde una perspectiva historiográfica y geopolítica, la cibercultura se vincula a la fase postindustrial avanzada de los modos de producción capitalista en las sociedades más desarrolladas. Aunque las desigualdades con las zonas del globo más empobrecidas lejos de limarse, parecen, aumentar —la brecha o divisoria digital de la que habla Castells (1999)—[8], éstas se ven también sometidas a las dinámicas y modos de producción y consumo derivados de la conjunción entre informática, cibernética, telecomunicaciones, retórica audiovisual y verbal y las nuevas formas de colonialismo cultural y militar. Este ciberespacio, cuya primera formulación se debe, no por casualidad, a un escritor (William Gibson, 1984), es un lugar no-lugar, un ámbito de relaciones sociales en el que, tras la digitalización electrónica de todas las formas simbólicas en un sistema de código único, el potencial de velocidad en la comunicación y transferencia de datos ha desplazado la percepción del espacio y la distancia hacia un espacio hecho fundamentalmente de tiempo.

La cibercultura lleva aparejados una serie de discursos más o menos utópicos al lado de otros más o menos radicales en su crítica (tecnofilia vs. tecnofobia) que manifiestan, no obstante, un fetichismo parecido. Los primeros, por las nuevas tecnologías o tecnologías digitales, supuestamente llamadas a cumplir hasta niveles insospechados la definición de McLuhan de los medios como extensiones de los sentidos humanos y potenciación superadora de los medios inmediatamente anteriores (McLuhan 1964) [9]; los segundos, por las tecnologías tradicionales, como el libro, reserva de la auténtica civilización heredera de los valores ilustrados. La cibercultura no se restringe, por lo demás, a los mundos virtuales del ciberespacio. Tiene que ver también con los presagios de una cultura ciborguesca, donde la progresiva hibridación de humanos y máquinas abarca desde nuestra interacción con los interfaces informáticos hasta la penetración de dispositivos tecnológicos y electrónicos en nuestro cuerpo, pasando por las transformaciones plásticas del mismo. En relación a esto último proliferan los discursos tecnoelitistas que profetizan la liberación de la carne, con el mito del vaciado de una mente en un ordenador como límite de esta utopía del perfeccionamiento de la especie [10].

En la cibercultura asistimos también a un cambio en nuestra percepción de la realidad a partir de los nuevos modos de comunicación. El imperio de la velocidad en la información y la comunicación no es fruto sólo de las tecnologías digitales, ya que existen factores de aceleración, políticos y sobre todo económicos, centrales al proceso de globalización. Experimentamos también cambios en nuestro entendimiento de la colectividad y de la identidad personal, de nuestro propio cuerpo, así como en nuestra percepción del tiempo y sobre todo del espacio. La creciente maleabilidad de las fronteras entre lo real y lo ficticio, siguiendo los planteamientos de Baudrillard, la progresiva disolución de lo real o de las referencias en imágenes y la asimilación del principio de catástrofe (con la amenaza terrorista a la cabeza) como un medio ambiente casi naturalizado, son otras de las características de la cibercultura. Por último, el principio de interacción con las máquinas que implica el prefijo ciber- puede considerarse su rasgo más distintivo. En cualquier caso —nos recuerda en este volumen Marie-Laure Ryan— "si vivimos una condición virtual, como ha sugerido Katherine Hayles, no es porque nos veamos condenados a la falsificación o al simulacro, sino porque hemos aprendido a vivir, trabajar y jugar con lo fluido, lo abierto, lo potencial" (pág. 101)

En esta coyuntura y a pesar de los prejuicios contra la pertinencia de estudiar estos cambios y las implicaciones de la escritura electrónica, lo cierto es que "la Literatura no permanecerá inmutable" (Hayles, 72). Así sucedió en el pasado con la vulgarización de los manuscritos, de la imprenta de tipos móviles o con el desarrollo de las telecomunicaciones y los medios audiovisuales de comunicación y entretenimiento (cine y televisión). Se impone pues un estudio crítico de los modos en los que el sistema literario se ve afectado por la irrupción y vulgarización progresiva de las tecnologías de la comunicación y la información y sus redes. Desde esta perspectiva, habrá que considerar desde los grandes proyectos de digitalización de bibliotecas y fondos (ADMYTE, Athena, Gutemberg) o los elencos de revistas electrónicas (Muse, Humanities-Wilson, etc.) a las nuevas formas de edición, venta y circulación de textos (sobre todo a través de Internet), los nuevos espacios sociales de creación y lectura (el ciberespacio), la aparición de nuevos géneros o modalidades literarias (el cyberpunk, la narrativa hipertextual, la poesía electrónica, el teatro virtual, los culebrones en línea, etc.) y por supuesto las nuevas modalidades de investigación y de enseñanza y aprendizaje literario.

Además de observar, estrato por estrato, el impacto de las TICs [11] sobre el sistema literario [12], será preciso revisar la historia del concepto de lo literario a partir de las nuevas premisas teóricas emergentes junto a las nuevas modalidades de textualidad y comunicación digitales. Ya no se trata tanto de que nos encontremos ante nuevos tipos de soportes literarios, sino ante más que probables cambios de "lo literario" mismo. Esta visión retrospectiva es tanto más útil, además, por cuanto sabemos bien que ningún estado tecnológico supera sin más al anterior, sino que más bien cada momento tecnológico se apoya sobre el inmediatamente anterior, solapándose con él y reproduciendo a veces sus apariencias para penetrar mejor en las rutinas perceptivas de los lectores o usuarios. Es lo que Bolter y Grusin denominan "remediación" (1999) [13] y a lo que Eco alude al afirmar que: "En la historia de la cultura nunca nada ha acabado con nada. En todo caso, lo ha cambiado profundamente" [14]. En efecto, la experiencia histórica demuestra que "cuando todo es posible, no se renuncia a nada" (Nunberg 1998, 23).

La literatura electrónica, digital, informática, con todas sus variantes, desde la narrativa interactiva y la poesía hipertextual o la holopoesía a las formas de teatro virtual, son una de las nuevas fronteras del fenómeno literario. Son manifestaciones literarias de un nuevo tipo de discursividad, de nuevas formas de textualidad, donde el énfasis no está tanto en el resultado de la creación literaria como en el proceso de creación, proceso que, además, tiene lugar en dos niveles o momentos: en el de la programación-actualización primera del "espacio inscrito" y en las actualizaciones subsiguientes que provoca la intervención del lector-usuario-jugador. Siempre nos encontraremos, no obstante, con la objeción o duda de si algunos de estos discursos o textos "son literatura o no lo son". ¿Qué tiene que ver el I-Ching o los MUDs con Moby Dick?, se pregunta Espen Aarseth (1997, 73-74), quien, por cierto, ha demostrado tanto la enorme versatilidad y variabilidad funcional del libro en la historia de la comunicación humana, como los rasgos literarios de los cibertextos que ocupan hoy la periferia de las instancias de canonización literaria.

A pesar de su común naturaleza textual, en tanto estructuras verbales creadas para provocar un efecto estético, el caso es que estas formas difícilmente encontrarán una valoración crítica literaria si los conceptos con los que son interpretadas y enjuiciadas son los de la cultura literaria de la palabra impresa y los principios estéticos modernos y románticos. Si, como sostiene Carla Hesse, nos encontramos ante una gran oportunidad de reinventar el sistema literario, es preciso no confundir el medio (el libro) con el modo (la cultura literaria moderna). A diferencia de lo que sostienen teóricos como Alvin Kernan —"la imprenta hizo literalmente a la literatura" (1990, 133)—, según Hesse el sistema literario moderno [15] no fue el fruto natural y automático del triunfo de la imprenta como medio de difusión cultural y almacenaje de la memoria, sino el resultado de una serie de operaciones institucionales que convirtieron al libro en la tecnología dominante al tiempo que moldeaban la subjetividad de los agentes culturales que debían hacer uso de ellos.

A la luz de lo dicho, insisto, sería ingenuo pensar que la literatura, como conjunto de prácticas insertas en el funcionamiento dinámico, complejo y conflictivo de las culturas contemporáneas, no se iba a ver afectada. No extraña que abunden las preguntas del tipo: ¿cómo inciden las nuevas condiciones de comunicación en los actos cognitivos de leer y escribir; en el mercado del libro, sobre la institución educativa de lo literario o la investigación filológica y literaria en general?, o ¿provocan realmente las nuevas formas de discurso digital una reconfiguración de las jerarquías tradicionales que hacen del canon textual, la autoría creativa, el texto impreso en formato libro o el concepto mismo de obra literaria, los pilares de la moderna cultura literaria?

Es cierto que la teoría predominante sobre la literatura digital y el hipertexto suele producir cierta insatisfacción, sobre todo por su tendencia a los razonamientos apodípticos, en virtud de los cuales el hipertexto electrónico se alza como culminación del encuentro entre las teorías postestructurales del discurso y la informática (Bajtín, Barthes, Derrida, Eco), a modo de "encarnación" del concepto postestructuralista de texto (Moulthrop 1989, Bolter 1991, Landow 1992, Lanham 1993). Anticipadas por toda una tradición de literatura y prácticas artísticas vanguardistas, la teoría crítica y la informática estaban supuestamente destinadas a encontrarse, siendo el hipertexto e Internet los medios que hacen posible ese encuentro o confluencia. Propongo pensar que esta revolución tecnológica en lo literario es más bien el resultado de una serie de presupuestos, teóricos y literarios, de una ideología marco —como la llama Ryan— que es la que hace posible esa confluencia, así como de operaciones de organización tecnológica bastante menos reguladas aún, eso sí, que las que configuraron el sistema literario moderno.

En este emergente y a veces extravagante contexto cultural que llamamos cibercultura, son varias las tendencias de la teoría literaria y la crítica cultural que han venido surgiendo en los últimos años. Trataré de cartografiar concisamente este panorama:

1. Los cyberhipes o propagandistas entusiastas de las bondades del ciberespacio. A su vez se pueden distinguir varias familias, desde los creyentes en el futuro de una era post-humana (Moravec), a los defensores de Internet como el espacio de una nueva esfera pública (Howard Reinghold y el mito de la nueva frontera). Son los profetas de las nuevas tecno-utopías: de la liberación de la carne, de la igualdad para los marginales, del potenciamiento del individuo, de la democracia de las relaciones en la red, etc.

2. Los críticos de la cibercultura que, sin negar la realidad de ésta, se cuestionan las posibilidades reales para una democracia virtual, un conocimiento virtual, una justicia virtual, una solidaridad virtual (Arthur y Mary Louis Kroker, Mark Poster, Jenaro Talens entre ellos). Los intentos por aplicar la geopolítica al caso de Internet suponen plantearse, por otro lado, lo que sucede en las redes en términos de juegos de poder (K. Robins, S. Godeluck, D. Apollon).

3. Los teóricos del hipertexto e historiadores de la pre-hipertextualidad (G.P.Landow, M. Benedikt, C. Keep, T. McLaughlin), para quienes el hipertexto constituye la encarnación de las teorías postestructurales de la escritura y la textualidad. También se parte de un convencimiento de que el hipertexto reconfigura la educación literaria (M. Joyce, Landow).

4. Los historiadores funcionalistas de los medios de comunicación, con énfasis en las textualidades literarias (E. Aarseth) y los investigadores del funcionamiento estético de los interfaces informáticos [16] (A. R. Stone, B. Laurel, X. Berenguer).

5. Los teóricos de los juegos de ordenador, y de la narratividad en las ficciones interactivas como nuevo campo de investigación (J. Juul, K. Hayles, E. Aarseth). Este campo abre la posibilidad de recuperar el factor lúdico como determinante de la especificidad de estas nuevas formas de textualidad.

6. Las teóricas feministas que han explotado estética y políticamente, sobre todo, el concepto de cíborg para plantear nuevas formas de identidad sexual y subjetiva (D. Haraway, C. Springer, G. Collaizzi).

En el contexto español, la reflexión sobre los fenómenos de comunicación digital en general, y sobre las nuevas formas literarias en particular, ha crecido mucho en la última década y lo ha hecho, como era lógico, desde distintos campos disciplinares. De forma sintomática, no han sido los estudios literarios lo que más se han señalado a este respecto. A las aportaciones sobresalientes en el contexto internacional del sociólogo Manuel Castells —aunque no exentas de crítica (Apollon 2003)—, se unen las del filósofo de la ciencia Ignacio Echevarría (1999) o desde el mundo del periodismo y la ficción narrativa, de José Antonio Millán, autor también de importantes publicaciones sobre el impacto de Internet en la lengua española (2000). Entre los historiadores, destaca la reflexión de A. Rodríguez de las Heras sobre la posible transformación del libro como tecnología de transmisión cultural en el mundo digital (1999).

Desde el punto de vista de los estudios literarios y del ámbito académico, a las consideraciones siempre precursoras de Jenaro Talens, tanto como teórico de la cultura (1994, 2000), como editor de algunas de las firmas de más enjundia en la interpretación crítica de la cultura electrónica, a través de los Documentos de trabajo de Eutopías, hay que añadir el punto de referencia obligado del espacio abierto por la revista electrónica Espéculo. Su editor, Joaquín Aguirre, uno de los teóricos más sensatos de la cibercultura, logró conjugar en sus páginas un foco vivo de crítica literaria e investigación filológica, con una puesta al día sobre el debate, teórico, crítico y creativo acerca de la literatura hipertextual a través de la sección Hipertulia, coordinada en algunos momentos por Susana Pajares, cuyos trabajos sobre la escritura hipertextual son también un hito en este joven campo de estudio.

La sección sobre medios interactivos y narrativa interactiva del Institut Universitari del’Audiovisual de la Univ. Pompeu Fabra ofrece un elenco de recursos de gran interés, siendo Xavier Berenguer el investigador clave en el ámbito que nos ocupa. De aparición más reciente y más explícitamente vinculado a la literatura comparada y la teoría literaria, se encuentra el grupo de investigación y su correspondiente revista electrónica, Hermeneia. Estudis literaris i terminilogia digital. Los trabajos de Laura Borràs y Joan-Elies Adell, junto al de investigadores españoles y extranjeros como Enric Bou o A. Vulleiman, convierten a este sitio también en una de las encrucijadas de obligada visita periódica para el investigador en literatura digital. Desde un perfil híbrido entre la filología y la informática, Nuria Voullaimoz ha proporcionado una de las síntesis más útiles sobre las transformaciones del sistema literario en su encuentro con lo que, siguiendo a Landow, ella llama hipermedia (2000).

En el ámbito de los encuentros académicos celebrados en torno a las relaciones entre literatura y cibercultura hay que destacar el organizado por la UNED en la UIMP en 1994, auténtica llamada de atención sobre el interés de las relaciones entre literatura y multimedia, cuyas actas (Romera et al. 1997) abrieron la veda de otros simposios y congresos importantes, tales como el segundo simposio de ASETEL [17] o el X Congreso de la Asociación Española de Semiótica [18], sin olvidar los encuentros organizados por el mencionado grupo Hermeneia en la UOC [19] .

Por último, existe todo un ámbito de investigación aplicada a la crítica textual y la edición filológica para la que las tecnologías informáticas son recursos y apoyos en la investigación lingüística y filológica [20]. Aunque parte inestimable de la cibercultura, dentro de lo que Vouillamoz denomina "traducción del corpus tradicional al formato digital", estimo que esta rama aplicada de la ciencia literaria se ve limitada a la hora de ocuparse de los retos que el nuevo paradigma comunicativo plantea a la literatura, más allá de la utilización de las herramientas informáticas (y no en red) en una fase empírica del estudio filológico.

Los textos de esta antología [21]

En la mayoría de los casos la selección se ha guiado más en pos de un componente crítico que descriptivo, si bien abundan los ejemplos de distintas modalidades de textos electrónicos y de situaciones de comunicación verbal y literaria virtuales. La inclusión de historiadores, filósofos, teóricos de la literatura y de la comunicación y de escritores o artistas en la nómina de autores seleccionados, habla por sí sola de la pluralidad de visiones que precisa nuestro ámbito de estudio, visiones que no siempre han de coincidir entre sí.

La estructura del volumen ha tratado de cubrir los que considero grandes bloques de problemas fundamentales en torno a la emergente cibercultura. Así, los textos de la primera sección despliegan una revisión de algunos de los conceptos principales de lo literario al ser considerados desde la perspectiva de la última revolución tecnológica digital y su impacto sobre el sistema literario.

Partiendo de una base teórico-literaria y procurando establecer anclajes o análisis comparativos con otras ciencias, no solamente humanas, Katherin Hayles discute el discurso sostenido por algunas disciplinas científicas (biología molecular, ingeniería genética, teoría de la información de base matemática) sobre la reducción de lo material, en todas sus manifestaciones, a información. Este fenómeno estaría en la base de la "virtualidad" como percepción cultural de que los objetos materiales se encuentran interpenetrados por patrones de información. Por el contrario, Hayles defiende y prueba el carácter radicalmente material de los procesos que llevan a esta percepción.

La cuestión del estatuto textual de los objetos y artefactos que están siendo alumbrados en el llamado "ciberespacio" es otro de los temas clave a los que debía atender esta antología. El carácter "literario" con el que se definen las nuevas fronteras de la realidad viene dado en parte por el modo en que ésta se expande a base de operaciones metafóricas, opciones que luchan entre sí por captar el imaginario de millones de sujetos. Dichas metáforas se debaten en la maraña de los intereses económicos, de sus enlaces tecnológicos y los deseos de trascender la perentoriedad de la materia. Situándose en este contexto, Marie-Laure Ryan lleva a cabo un ejercicio riguroso para aclarar los términos y los conceptos implicados en el debate, recurriendo a la reflexión filosófica para saber cómo manejar las palabras que parecen designar nuevas realidades y cómo revisar las palabras que designaban realidades cuya identidad y estabilidad se daban como incuestionables. Desenreda así las bases ideológicas y materiales de la, según ella, sorprendente asociación entre conceptos como ciberespacio y lo virtual (plenamente postmoderno el uno, de etimología medieval el otro). Reflexionando sobre los posibles cambios en la percepción de la textualidad, la lectura y la escritura mismas, Ryan establece además la posible comparación entre el principio de la "suspensión de la incredulidad" en la comunicación literaria y el efecto de "inmersión" propio del discurso de las tecnologías de la realidad virtual.

El concepto de cibertexto viene a enriquecer extraordinariamente el debate teórico y el repertorio conceptual con el que se está discutiendo sobre la naturaleza y el estatuto "artístico" o "literario", incluso "textual" de los nuevos tipos de "objetos" literarios. El noruego Espen Aarseth defiende polémicamente la necesidad de articular un discurso crítico que sea capaz de dar cuenta de lo específico de estos tipos de textos, sin colonizarlos desde categorías teórico-literarias y, al mismo tiempo, mostrando cómo este análisis sirve para revisar esas mismas categorías. Identifica así la genealogía del cibertexto mucho antes de la llegada de la cultura digital. El cibertexto es un concepto que no se limita a la textualidad informática, como lo literario no debe limitarse al soporte libro. Es una categoría textual amplia, no encerrada en un género literario de una u otra índole. Para Aarseth se trata más bien una "perspectiva para describir y explorar las posibilidades comunicativas de textos dinámicos", así como la historia de la variabilidad de lo literario. A fin de cuentas, lo que está en continua discusión es el canon de los objetos culturales y de las fronteras entre lo "literario" y lo "no literario", lo cual denota, para Aarseth, una de las limitaciones fundamentales de las Humanidades, a saber, que lo que no está dentro de un tipo o campo disciplinario no existe, así como las grandes dificultades para el estudio tanto general como de las zonas fronterizas de lo literario.

Desde la tradición humanista, Antonio Rodríguez de las Heras se plantea aquí uno de los temas que considero más interesantes y urgentes en la cibercultura: la memoria. En efecto, la saturación de información que circula y la mayor sofisticación y ubicuidad de los dispositivos electrónicos diseñados para almacenar la memoria pueden estar afectando a unas de las facultades que, desde los presupuestos del humanismo occidental, es una de las cualidades definitorias de lo humano. Tras un breve repaso del "arte de la memoria", la historia de los intentos por emular esa poderosa máquina de almacenaje de información, Rodríguez de las Heras contrasta la capacidad de los ordenadores para cumplir con las funciones principales de la memoria, funciones que ha desempeñado el libro extraordinariamente durante siglos. A lo largo de su análisis, apoyado en una rica gama de metáforas, desgrana las bases que le permiten aventurar el destino del libro en la cibercultura.

El segundo bloque de textos aborda cuestiones urgentes relacionadas con la identidad individual y colectiva, y por tanto con las nuevas percepciones de la subjetividad, el espacio, el cuerpo o el género sexual. Entran así dentro del campo de observación todas las preguntas acerca de las posibilidades de una política democrática en los entornos de comunicación virtual y fuera de ellos. El funcionamiento de la literatura en el sistema literario moderno la convirtió en un poderoso medio de representación y configuración de imágenes y modelos de subjetividad y de comunidad. ¿Cuáles son los nuevos entornos sociales y políticos en los que trabaja la imaginación literaria? ¿Qué tipos de sujetos sociales se están conformando en la cibercultura?

Las comunidades virtuales del ciberespacio viven en las fronteras entre el ámbito físico y el virtual. En esto coinciden la mayoría de los autores antologados. Nuevas interpelaciones nos salen al paso: ¿son las comunidades virtuales auténticas comunidades?, ¿hasta qué punto son una estrategia de supervivencia en sociedades urbanas que reducen nuestros espacios de encuentro público a los centros comerciales?, ¿se puede considerar al ciberespacio (Internet y la World Wide Web) como la nueva y anhelada esfera pública?, ¿constituyen el germen de una sociedad civil global, auténticamente internacional?, ¿qué nuevos tipos de funciones sociales se ponen a prueba en Internet?, ¿cómo configurar nuevas formas de política, propiamente posmoderna, en la cibercultura? [22]

Mark Poster apuesta por una teoría posmoderna no basada en una ontologización, sea cual sea, de la subjetividad, y que a la vez insista en el carácter construido de la identidad. Poster pretende empujar las formas de organización política y social más allá de las limitaciones de las democracias modernas y ve en Internet y su sistema de comunicación descentralizado el posible germen de una nueva forma de esfera pública, en términos habermasianos. Para Poster, Internet opera un cambio cualitativo en las relaciones entre la cultura y las tecnologías. Su efecto sobre los individuos es más propio de un espacio social que de una herramienta técnica. Y la cuestión clave es si se producen nuevas relaciones de poder en ese entorno social. El análisis de dichas relaciones en cuanto al género sexual en la comunicación electrónica en Internet le sirve para vislumbrar los matices de esta posible nueva esfera pública, ya no necesariamente construida sobre un modelo de identidad predeterminado y universal, pero tampoco absolutamente desjerarquizada.

Una visión menos optimista es la proyectada por el geógrafo cultural británico Kevin Robins, quien despliega en un rico tapiz enciclopédico una crítica profunda y radical de la política del ciberespacio. Con el propósito de abordar la sociología del ciberespacio, esa "alucinación consensual" de la que habló William Gibson en Neuromante, Robins se esfuerza en una desmitificación de sus discursos tecnoutópicos. El escapismo y el desprecio de "lo real" de determinados discursos neokantianos y posmodernos, frente a versiones más políticas como el ciberfeminismo, son señalados como inductores a un narcisismo irresponsable que borra la diferencia entre el "adentro" y el "afuera" del ciberespacio. Esta negación del contexto tiene su efecto en un debilitamiento ético que hace cada vez más urgente la reubicación de la cultura virtual en el "mundo real". Su conclusión es tajante: "La tecno-comunidad es esencialmente un ideal antipolítico". [23]

La tercera sección del libro aborda la cuestión de los posibles nuevos géneros literarios en la cibercultura. De alguna manera el debate sobre las potenciales nuevas modalidades de literatura ya se abrió en la primera sección, de la mano sobre todo de E. Aarseth y su concepto de cibertexto. Aquí se ha optado por permanecer algo más apegados a la división genérica clásica y ofrecer tres de botones de muestra: el primero, relacionado con el mundo de la narrativa, en el soporte tradicional del libro; en el segundo, el caso de la poesía, sí que saltamos al territorio tecnológico digital [24]; mientras que el tercero, a propósito de la performance, se mueve más en un entorno hipotético.

El ciberpunk es mucho más que un movimiento literario. Dani Cavallaro traza su genealogía en los clásicos —una actitud muy propia de la corriente más historicista de la cibercultura— para mostrarnos cómo la ciencia-ficción no ha sido tanto una cadena de predicciones sobre el futuro como una mirada analítica sobre el impacto de la ciencia, la tecnología y sus contradicciones en el presente —de ahí su vinculación con el género de la utopía. La deshumanización, la mecanización de las relaciones sociales, la perversión de las relaciones sexuales, la catástrofe, la saturación de información, la vigilancia y disciplina de los sujetos son algunas de sus constantes temáticas. Además de sus raíces puramente literarias (ciencia-ficción, novela negra, nueva novela gótica, ficción posmoderna), su parte "ciber" se vincula con la ciencia cibernética, con el cambio en las relaciones entre humanos y máquinas. La pregunta que late en el fondo de la propuesta de los pioneros del género en torno a 1983-1984, Sterling, Cadigan o Gibson, es "¿qué aspecto de la humanidad nos hace humanos?" La célebre novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) y su adaptación cinematográfica —Bladerunner (Ridley Scott 1984)—ya ofrecieron una lúcida reflexión sobre esta cuestión. El aspecto "punk" tiene que ver con unos ambientes contraculturales urbanos y unos personajes marginales, un intento, en suma, de mostrar la lógica tecnológica que subyace a la condición posmoderna, esto es, el cuerpo como mercancía y bien de consumo.

¿Qué es la poesía electrónica o digital?, ¿cuáles son las posibilidades que se abren para el poeta que decide afrontar el cambio a los soportes digitales?, ¿hasta qué punto la literatura se ve empujada más allá de sus límites?, ¿qué dificultades presenta el estudio de las poéticas electrónicas? Desde el entronque con prácticas como la poesía concreta o visual, con la tradición de las vanguardias, los proyectos experimentales de grupos como el OULIPO, hasta el análisis de algunas de las modalidades más representativas de estos nuevos espacios de creación literaria, como la poesía animada o los poemas de lectura única, Joan-Elíes Adell traza el potencial y las limitaciones de la poesía electrónica. Para ello destaca la compleja naturaleza semiótica de estos poemas, la necesidad de considerar el nuevo cuño de las dimensiones temporal, topográfica y cinética de los mismos, así como su curiosa cercanía a la oralidad. Comprobamos de nuevo que el creador digital lo es más de procesos y potenciales que de concreciones.

¿Cuál habrá de ser el estatuto del teatro en un medio de creación estética supuestamente post-simbólico como el del ciberespacio? A las performances de artistas internacionales como Orlan y Sterlac, se suman en nuestro entorno experiencias con los multimedia y los interfaces corporales como Epizoo (1994) o Afasia (1998), de Marcel.li Antúnez, ex-miembro de La Fura dels Baus. Los trabajos de Brenda Laurel (1993), Mark Dery (1996), Janet Murray (1997) o el aquí recogido de Mathew Causey (1999) ofrecen un elenco de estas prácticas e interpretaciones críticas sobre las mismas que van dando carta de naturaleza a lo que Baudrillard llama sujeto fractal. El actor como sujeto y objeto de unos espacios progresivamente distorsionados y fragmentados tecnológicamente hasta convertirse en espacios imaginarios, fluidos, de deseo (Grande 1998, 529). Al no haber una distancia o diferencia entre el cuerpo en escena y lo que representa, la performance multimediática se va diluyendo en sí misma, certificando la conversión de la representación en imagen del mundo, a diferencia del viejo anhelo de fusión entre teatro y vida o del teatro como vida. Mathew Causey nos interpela sobre la naturaleza de lo que llama performance post-orgánica, sobre las posibilidades que tiene un teatro de aspiraciones estéticas en dicho medio. Su propuesta, que no evita la tentación de la profecía, se basa en una ampliación de la noción de performance (la de librarse del imperio del "hinc et nunc") para incluir a la performance virtual, criticando al mismo tiempo dicho concepto, en especial, sus versiones totalizadoras.

En el teatro postorgánico, la representación ya no se agota en el tiempo presente. Aunque pareciera que Causey cae inicialmente en una terminología propia del discurso del ciberespacio —"la cultura post-humana creará un teatro post-orgánico"—; se preocupa sin embargo por marcar los límites de ese discurso para la futurible práctica teatral: si es cierto que un teatro post-humano no precisará de la intervención de ningún Otro, (no habría necesidad de "ver a Hamlet", ya que usted puede ser Hamlet...) ¿es posible un teatro sin su efecto distanciador, sin presencia, sin el aspecto cruel o metafísico en el sentido artaudiano?

La última sección está conectada con la pregunta ¿cómo enseñar y aprender literatura en el contexto digital? Se parte aquí del convencimiento de la trascendencia del entramado de aspectos pedagógicos, tecnológicos, políticos y económicos que se dan cita en el tan anunciado y celebrado cambio en la educación literaria a través de las TICs. Dos textos de tono y discurso muy distinto abordan aquí dicho entramado. El pionero novelista y educador hipertextual norteamericano Michael Joyce, haciendo gala de su peculiar estilo metafórico y no lejano del aura algo metafísica del discurso dominante sobre la cibercultura, apuesta por lo que llama una "nueva cosmología" educativa para una nueva era, un nuevo estilo docente y discente. Se trata de crear una nueva cultura menos jerarquizada de aprendizaje en el que los alumnos se encuentran "de igual a igual" con las voces de las autoridades de los profesores, quienes pasarán de percibirse a sí mismos como cronistas o custodios de un saber previamente establecido y estable a "gestores del conocimiento" (entendiendo la gestión aquí en sentido de acción constructiva, de coaprendizaje) o "colaboradores" en lo que constituye un vasto cambio cultural.

Desde una perspectiva más sociológica y fundamentalmente europea, Daniel Apollon nos ofrece un penetrante análisis de la retórica de las instituciones de las que depende el futuro inmediato de la educación superior en el continente. Insertando la evolución histórica de metáforas como "sociedad de la información o del conocimiento", "e-learning", "aprendizaje a lo largo de la vida", en el devenir histórico del paso de la modernidad industrial a la modernidad tardía o postindustrial, Apollon discute que dichos descriptores-creadores de realidad sociocultural puedan entenderse como meros trasuntos del progresivo proceso de tecnologización social, sino como síntomas de cambios más complejos. Y todo ello, con los ojos bien abiertos hacia las dinámicas de agudización de las diferencias de acceso al conocimiento entre distintos sectores profesionales y zonas del mundo, así como a las libertades que se supone que las nuevas tecnologías traen bajo el brazo. No olvidemos que una cosa es la universalización progresiva del acceso a Internet y otra el acceso al conocimiento, a cómo aprender en la cibercultura.

En última instancia, ¿cómo no atender a los recursos para la investigación y educación literaria que nos ofrecen las redes de comunicación y las herramientas y soportes multimedia?, ¿cómo no preparar nuestros curricula y la infraestructura de nuestros departamentos y facultades ante realidades, por difusas que sean ahora, como el nuevo Espacio Europeo de Educación Superior, o la llamada sociedad del aprendizaje continuo? A pesar de las críticas que genera el diseño de arriba abajo de sus políticas educativas, la llamada de la Comisión Europea parece clara:

"Poner el potencial de las nuevas tecnologías al servicio de las exigencias y de la cualidad de la formación a lo largo de la vida, de la evolución de las prácticas pedagógicas, representa un reto fundamental. Un nuevo entorno de aprendizaje puede crearse, favoreciendo la autonomía, la flexibilidad,el desenclaustramiento de las disciplinas, la puesta en relación de los centros de cultura y los saberes y facilitando el acceso a todos los ciudadanos a los recursos de la sociedad del conocimiento" [25].

Sobre el terreno académico, la experiencia parece demostrar que la introducción de las tecnologías digitales, como instrumento y recurso pedagógico, pero también como objeto de reflexión y crítica, puede favorecer ciertos cambios en los hábitos de aprendizaje que vinculen más a las disciplinas literarias con lo que sucede más allá de los muros de la academia. Promover el conocimiento de la historia de las relaciones entre tecnología y literatura, la formación tecnológica de los alumnos de Humanidades, la internacionalización de los curricula a través de cursos a distancia o semivirtuales, así como la investigación y prueba de entornos multilingües de comunicación digital, todo ello puede venir acompañado de otros cambios más profundos en la tradición pedagógica de nuestros estudios literarios. A tenor de algunos estudios empíricos, aquellos departamentos e investigadores que adoptan o integran fórmulas de enseñanza virtual y trabajo en red tienden a manejar un concepto de la literatura, una combinación de metodologías de investigación y unos estilos docentes más acordes, y no por ello menos críticos, con las condiciones arriba descritas de la cibercultura (Sánchez-Mesa y Lambert 2000).

Si estamos abocados al imperio del simulacro, cuyo síntoma global según Baudrillard es la intercambiabilidad de los signos y sus referentes, la función del discurso literario y de los discursos críticos sobre la literatura, esto es, la mediación, interpretativa, distanciada y potencialmente crítica, entre la representación verbal y artística y la realidad, aparece cada vez más como una alternativa a la hiperrealidad de los signos vacíos y al espectáculo sin final desplegado constantemente ante nuestros ojos. Aunque la literatura pueda afrontar, como es el caso del ciberpunk, el juego de imitar la lógica mediática del predominio del más absoluto presente, con objeto de liberar nuestras capacidades intelectuales y creativas de cara al futuro, también es cierto que podrá siempre mantenerse fiel a la lentitud de la construcción de puentes entre el pasado y el presente, conservando así su función de repositorio de la memoria y de creación imaginativa del futuro al tiempo que da cuenta e incide sobre el presente. Y esto podrá suceder independientemente del medio en el que se actualice. Esta es la ventaja y la maldición de la literatura, que siempre estará parcialmente "dentro" de la lógica del simulacro pero al mismo tiempo con "un pie afuera", en la penumbra magmática de lo "invisible", ahí donde los medios no pueden subsumir lo real en información.

Los vigilantes de la metamorfosis no debieran permitirse engrosar la lista de "analfabetos" informáticos y permanecer al otro lado de la brecha que empieza a distinguir entre el común de los ciudadanos y las nuevas élites de creadores y gestores de las formas emergentes de cultura digital. No se trata de convertirnos en programadores de la noche a la mañana, esto sería absurdo. Se trata simplemente de afrontar los retos del nuevo entorno comunicativo y sus consecuencias socioculturales en nuestro ámbito de investigación y docencia, la literatura y el pensamiento literario. Remito al lector a la conclusión del artículo que abre este volumen, donde Katherine Hayles convoca a los académicos para encarar una serie de tareas, la contextualización histórica entre ellas, y a mostrar que "las tecnologías no se desarrollan por sí solas", que es la gente las que las desarrolla, gente que "es sensible a las creencias culturales sobre qué pueden y qué deberían significar las tecnologías". Y es que, como recuerda Mary-Laure Ryan, no deberíamos perder de vista la importancia del factor de "uso" de estas tecnologías y estos medios, que están ahí también para ser resistidos, transformados o expandidos en direcciones tal vez distintas a aquellas para las que fueron diseñados. El arte, en definitiva, es tanto una cuestión de resistencia y transformación del medio como del aprovechamiento de sus capacidades materiales (pág. 115).

Aceptando que la cibercultura pone a prueba las fronteras de lo literario y los conceptos de autoría, lectura, propiedad intelectual, originalidad y creatividad artística, entre otros —sometidos ya en la modernidad tardía a una gran presión tanto por parte del mercado como de otras formas de comunicación cultural—, una respuesta ágil y coherente a los retos que plantea el nuevo entorno comunicativo deberá obrar en beneficio de la posición de los estudios literarios y de las Humanidades en general. Están en juego, entre otras cosas, los valores que se quieren transmitir a las nuevas generaciones de lectores, siempre y cuando convengamos que nuestros objetivos y nuestras responsabilidades están más allá de una retirada (¿definitiva?) a los cuarteles de invierno de una academia off-line.



[1] "El medio es el programa" presentado en las jornadas "La colonització del ciberespai"
Institut d'Estudis Catalans, Barcelona, noviembre 1999. Publicado con el título "El programa sin atributos" en La Ferla J. & Groisman M., ed. "El medio es el diseño", Universidad de Buenos Aires, 2000.

[2] La pregunta por la tecnología (1949). Trad. de Eustaquio Barjau, Conferencias y artículos. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994.

[3] "Teorías de la Radio (1927-1932)". Revista de Economía Política de la Información y la Comunicación www.eptic.com.br, vol.II, n. 2, mayo/agosto 2003

[4] "La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica" (1936). Trad. de Jesús Aguirre, en Discursos interrumpidos, I. Madrid, Taurus, 1982, págs. 15-60.

[5] Cultura y simulacro. Barcelona, Kairós, 1984. Para una exégesis de las tesis de Baudrillard sobre la cibercultura, véase Mark Nunes (1995) "Baudrillard in Cyberspace: Internet, Virtuality, and Postmodernity"; Style 29, págs. 314-327 [http://www.dc.peachnet.edu/~mnunes/jbnet.html].

[6] Estética de la desaparición. Barcelona, Anagrama, 1988, y El cibermundo o la política de lo peor. Trad. de M. Poole, Madrid, Cátedra, 1997. Otros textos y bibliografía secundaria en http://www.popcultures.com/theorists/virilio.html

[7] El documento surgido de la primera reunión de ASETEL en Madrid "La literatura en la Enseñanza de las Humanidades" (1999), llamaba la atención sobre la condición "relacional" del comparatismo y de la necesidad del estudio de "las nuevas tecnologías, no sólo en cuanto que medios potentes, cómodos y ágiles de acceso a grandes cantidades de información, sino también como medios de producción de objetos literarios y culturales, además de herramientas docentes ya sean efectivas o potenciales" (http://shylock.uab.es/asetel/).

[8] Aunque esa divisoria tienda a nivelarse (más del 50 % de penetración de Internet en los hogares norteamericanos frente al 1% en Africa o Asia del Sur, según datos de 2000), el mismo Castells incide sobre la desventaja que supondrá llegar tarde a la definición tanto de las aplicaciones y desarrollos de las nuevas tecnologías como de la creación de contenidos (Castells 2001b, 7). En contra de lo que pueda pensarse, además, los centros de provisión de contenidos de Internet está muy concentrados en las grandes metrópolis.

[9] Para una crítica radical de las tesis de McLuhan véase A. Kroker (1995).

[10] En este volumen se incluye la crítica de K. Hayles a Hans Moravec y su, Mind Children, The Future of Robots and Human Intelligence. Cambridge, MA, Harvard University Press, 1988.

[11] Tecnologías de la Información y la Comunicación.

[12] Una primera aproximación, extraordinariamente didáctica y abordada desde una perspectiva sistémica se encuentra en J. Aguirre (1996).

[13] Suerte de travestimiento o hibridación entre medios que alcanza los niveles discusivo, diegético, material-objetual, etc. (Bolter y Grusin 1999).

[14] Eco, Umberto (1998) "Epílogo". En G. Nunberg (comp.) El futuro de libro ¿Esto matará eso?. Trad. de Irene Núñez. Barcelona, Paidós; págs. 3003-314.

[15] Surgido de las revoluciones democráticas del siglo XVIII y basado en una visión de la cultura sustentada en los ideales de "individuo autónomo, que se crea y gobierna a sí mismo, poseedor de algunas propiedades, un acceso universal al conocimiento y la garantía del debate y la reflexión públicas y prudentes" (Hesse 1998, 33).

[16] "El propósito del interfaz es representar el flujo de datos y las estructuras de los ordenadores a los sentidos humanos, al tiempo que instaura un marco para la interacción humana traduciéndola de vuelta a la máquina" (Pold 2003, pág. 5). Para Pold las interfaces son una forma compleja de realismo, informacional y posmoderna.

[17] Encuentro celebrado en la Univ. de Zaragoza (febrero, 2001), "Teoría de la Literatura y Nuevas Tecnologías" http://shylock.uab.es/asetel/

[18] 'Arte y nuevas tecnologías', organizado por el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de la Rioja en un entorno tan simbólico para la historia de la escritura en español como el monasterio de San Millán de la Cogolla.

[19] Véase www.uoc.edu/in3/hermeneia/activitats.htm

[20] Véase, entre otros, F. Marcos Marín (1994) Informática y Humanidades. Madrid, Gredos. E. Irizarry (1997) Informática y Literatura. Análisis de textos hispánicos. Barcelona, Anthropos. J.M. Blecua. et al. (1999) Filología e informática. Nuevas tecnologías en los estudios filológicos. Barcelona, Universitat Autonoma de Barcelona.

[21] Cabe aclarar que este volumen ha sido diseñado de manera coordinada con otro de los títulos de esta misma serie sobre literatura e hipertextualidad, compilado por Teresa Vilariño y Ángel Abuín (Univ.de Santiago). La teoría del hipertexto ha venido siendo uno de los aspectos de mayor fortuna teórica y crítica en los estudios literarios sobre las nuevas formas de textualidad electrónica. Este amplio y rico panorama queda reservado para dicho volumen al cual habrá que considerar, con la independencia lógica, como una lectura en contrapunto con el presente volumen. Aquí he entendido que los vínculos entre lo literario y las TICs van bastante más allá de la fascinación provocada por el hipertexto durante la última década.

[22] Pocos conocen que el gobierno de Internet pertenece a una sociedad de carácter privado, apoyada por el gobierno estadounidense y otros gobiernos internacionales, llamada Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN), y que está gestionada por un consejo elegido democráticamente por unas 165.000 personas de todo el mundo, en listas abiertas (Castells 2001 b, 6).

[23] A. y M.-L. Broker (1996) abundan en esta percepción refiriéndose al doble efecto de "bunkerización" y "enmudecimiento" del ser (del sujeto) operado por las nuevas tecnologías electrónicas.

[24] En el citado volumen Literatura e Hipertexto, de esta misma serie, se traduce un texto de Eduardo Kac. Previamente se tradujo ya el texto de Tolva, "Ut Pictura Hiperpoesis", en el volumen Literatura y pintura, antologado por Antonio Monegal.

[25] Consejo europeo de Lisboa (24-5-2000) eLearning. Pensar la educación del mañana.