¡Pobre san Valentín!

Récord de divorcios en España el pasado año: 111.854, un 33% más que en 1996. Y caen las bodas

Joaquina Prades

El País, domingo 15 de febrero de 1998

Difícil fin de siglo para San Valentín, patrón de los enamorados, que se celebró ayer. En estos últimos años los españoles se han casado poco y se han separado mucho. 190.780 parejas pasaron por la Iglesia o por el juzgado en 1996 para legalizar su unión, según datos del Instituto Nacional de Estadística. 6.000 menos que el año anterior: 35.000 por debajo del inicio de la década. Y 111.854 parejas se separaron o divorciaron en 1997, un 33,3% más que en 1996, y justo el doble que hace cinco años, según datos provisionales avanzados a EL PAÍS por el Consejo General del Poder Judicial. Los sociólogos, sin embargo, quitan hierro a estas cifras: en España no está pasando nada que no haya ocurrido antes en Europa, y el matrimonio, a pesar de todo, goza de buena salud. Simplemente han cambiado un par de claves: el vínculo ya no es para siempre y la independencia económica de las mujeres contribuye a poner fin al casamiento en cuanto la infelicidad se instala en casa.

Éstos han sido los dos grandes cambios que ha experimentado la relación de pareja en la década de los noventa. Y los cambios que explican, en gran parte, el auge incesante de la curva de divorcios.

Uno de los comportamientos más llamativos es que la mayoría de los casos es la mujer quien demanda la separación, independientemente de quién haya originado la ruptura de la pareja. Adriana G., una secretaria de dirección que vive en los alrededores de Madrid, conoce bien todo el proceso porque, apenas hace un mes, el tribunal de familia falló su separación. Atrás ha dejado una historia que reúne muchas de las características del divorcio de los noventa.

Adriana llegó al bufete de las abogadas Consuelo Abril y Ángeles Cerrillos, uno de los más experimentados de Madrid en el entramado legal que se teje alrededor de los sentimientos rotos, con la misma disposición de ánimo que la mayoría de los hombres y las mujeres que allí acuden: con mucha angustia y pocas ideas claras. Ella fue porque así se lo había aconsejado el psicólogo que la estaba tratando de su depresión: "No te pasa nada. Sólo que tu matrimonio te hace desgraciada y no quieres asumirlo", le había dicho él.

Acababa de cumplir 41 años. Siempre había sido una mujer animosa, de risa fácil y afectuosa con la gente, especialmente con las tres hijas habidas en sus 17 años de matrimonio. Cuando las niñas crecieron, Adriana dedicó más horas a la oficina. Con el sueldo subieron también los celos de su marido. Que si coqueteaba con los compañeros de trabajo, que si ya no atendía bien a las hijas, que descuidaba la casa, que era una caprichosa, que ni sabía lo que quería... El desgaste de tantos años de convivencia y la ausencia de pasión del comienzo terminaron por apagarles la ilusión. Ya no tenían nada que decirse. Pero en su matrimonio tampoco ocurría nada grave, nada que justificara en Adriana una decisión tan drástica: él no bebía, no la pegaba, no tenía amantes...

Por eso, cuando esta mujer entró en el despacho de la abogada y le dijo: "Soy un desastre. Toda la culpa es mía", Consuelo Abril pensó: "Han cambiado las formas, pero el fondo sigue intacto". La abogada vio el mismo sentimiento de culpa. La misma falta de autovaloración que venía contemplando desde hacía décadas. Esta letrada de 47 años y 25 de experiencia profesional aún recuerda los años setenta, cuando las causas que se tramitaban en el bufete arrastraban tras de sí una larga historia de humillación o violencia. "Entonces no existía la ley del divorcio y las rupturas eran dramáticas". Cuando animaban a las mujeres a hablar, algunas les decían: "No, no ¿Qué dice usted? Malos tratos, ninguno. Él se emborracha y se va con otras, pero nada más. Me pega alguna bofetada de vez en cuando, pero sólo cuando me la merezco. No, en mi casa, malos tratos, no".

Durante esta década, los malos tratos y la infidelidad eran las causas por las que se acudía al Tribunal de la Rota en busca de la separación o de la nulidad del matrimonio. Después, en los ochenta, con la promulgación de la ley del divorcio (1981), gran parte de los procesos se tramitaron para solventar irregularidades del pasado. Ahora, en la década de los 90 siguen los malos tratos, infidelidad, la ludopatía, la toxicomanía y el alcoholismo causas frecuentes de separación, pero una buena parte de los divorcios obedece ya, simplemente, a la infelicidad. Ahí está el gran cambio: la búsqueda de una vida mejor comienza a vencer al miedo.

"Las mujeres llegan a sufrir pánico porque imaginan un futuro negro, lleno de soledad, cada día con más arrugas en el rostro y menos ilusión por vivir. A los hombres les aterra tener que cambiar de casa, organizar la rutina doméstica y, sobre todo, dejar de ver a sus hijos". Pero cuando Abril y sus compañeras de despacho les formulan la pregunta: "¿Si te separas te vas a encontrar peor de lo que estás?", la mayoría sigue adelante con el divorcio.

Los hombres sufren especialmente la pérdida de los hijos, porque saben que los jueces, salvo casos excepcionales, les entregarán la custodia a la madre. Por eso dudan más a la hora de acudir al juzgado en busca de la separación, afirma el presidente de la Asociación de Padres Separados (APS). Carlos Arraiz. "Muchas mujeres han cometido abusos tremendos. Han chantajeado a sus ex maridos con los hijos y los jueces lo han consentido", se lamenta Arraiz.

La indefensión que él mismo padeció le llevó a fundar la APS, que hoy cuenta con más de 15.000 afiliados. "Me casé a los 22 años porque había dejado a mi novia embarazada", cuenta. "Estaba tan asustado que pensaba que, si me negaba a casarme, me meterían en la cárcel. Nunca quise a esa mujer y a los nueve meses de la boda pedí la separación. En tres años no me dejó ver a mi hijo, y los jueces lo consintieron. Mientras yo me mataba a trabajar para mantenerles a los dos, ella no dio un palo al agua y encima se sacó una carrera universitaria a costa mía".

Su lucha, y la de otras asociaciones similares que existen en España, ha contribuido a frenar los impulsos chantajistas a los que algunas mujeres recurren de vez en cuando para fastidiar a sus ex maridos. "Conozco el caso de un hombre", relata Herraiz, "que soporta que su mujer esté liada con otro, y que incluso se lo lleve a casa, con tal de no renunciar a ver crecer a sus hijos. Y no es un caso aislado".

¿Es ésta la única explicación al hecho de que la iniciativa legal en las separaciones sea generalmente de la mujeres? Los expertos opinan que no, que existe otra causa, muy frecuente, y que no es otra que la infidelidad.

"La inmensa mayoría de los hombres sólo se arriesgan a romper su matrimonio cuando han encontrado repuesto. Si piensan en dejar a su mujer es porque tienen otra. No falla nunca", asegura el demógrafo José Juan Toharia, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Consuelo Abril y sus compañeras de despacho confirman este comportamiento de manera muy gráfica: de la legión de hombre y mujeres que pasa por el bufete, la gran diferencia entre unos y otros está, aseguran, en que las mujeres, en ocasiones, se han enamorado de otro; los hombres, siempre.

¿Son entonces los hombres per se más infieles que las mujeres? "No" contesta Consuelo Abril. "Son víctimas de sus propios mitos. En el terreno sexual las mujeres tenemos ventaja. A nosotras no se nos tiene que levantar nada; podemos vivir periodos de inapetencia sexual sin mayores problemas. Sin embargo, para los hombres esto constituye un drama terrible. Lo viven como un tragedia, sufren muchísimo. La impotencia les desgarra por dentro". Por eso, opina esta letrada, el varón busca soluciones al precio que sea, casi siempre a través de mujeres sobre las que su ego herido puede ejercer un cierto dominio. "La mayoría de los que cambian de mujer eligen invariablemente a una chica más joven, a la que doblan en experiencia: o bien una empleada, o una compañera de trabajo que está profesionalmente por debajo de él. Los hombres no necesitan sólo la novedad para renacer sexualmente: necesitan sentirse algo superiores".

En el fondo subyace un cierto temor a la igualdad, cree la socióloga Carmela Sanz, de la Universidad Complutense de Madrid: "La revolución social de las mujeres en los últimos años ha sido de tal magnitud que a muchos hombres le ha cogido con el paso cambiado", comenta.

La soledad cotidiana

Este desajuste entre hombres y mujeres se prolongará, muy probablemente, durante unos cuantos años. Y eso, según los expertos, originará más separaciones, más divorcios y más mujeres solas, ya que éstas afrontan mejor la soledad cotidiana.

El catedrático Toharia resalta en este sentido el mayor sentido práctico de las mujeres a la hora de plantar cara a los problemas. "Eso se ve claramente cuando una familia sufre la pérdida inesperada de uno de los cónyuges. Si muere el padre, la familia sobrevive. Si muere la madre, la familia se descompone, a no ser que el padre busque rápidamente una nueva esposa", comenta.

El futuro parece encaminado hacia una mayor igualdad entre los sexos, que repercutirá a favor de las parejas. Abril Sanz, Toharia y el profesor Gerardo Meil, que lleva más de diez años estudiando el comportamiento social de las parejas, se muestran optimistas.

Ellos ven pasar curso tras curso a generaciones de universitarios cada vez más alejados de los mitos de sus padres: "Muy pocos creen ya que sus matrimonios durarán siempre. Pero todos están seguros de que, cuando la felicidad se acabe, no se resignarán. La buscarán de nuevo, en otra pareja, o solos, o como sea. Y eso, qué duda cabe, es positivo", concluyen. 

 

Cambios en la pareja

 

Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), CIRES y FOESSA, así como los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, revelan cambios importantes en el comportamiento de las parejas españolas. Las conclusiones que se enumeran a continuación proceden de dichos informes, recogidos en su mayor parte en el libro La postmodernización de la familia española, de inminente publicación, escrito por el profesor de Sociología de la facultad de Económicas de la Universidad Autónoma de Madrid Gerardo Meil Landwerlin.

Los casamientos más tardíos de Europa. La incertidumbre laboral, el elevado precio de la vivienda y la tolerancia de los padres para con sus hijos mayores son los tres factores que más contribuyen a retrasar la fecha de la boda. La media de edad de los españoles que se acercan al altar o al juzgado para casarse ronda los 28,7 años, en el caso de los varones, y los 26,2 para la mujeres. Un par de años por encima de la media europea.

Matrimonios desiguales, pero al revés. Algunas mujeres se planteaban antes el matrimonio como un medio de promoción social, y preferían elegir a una pareja más culta y preparada que ellas para que las ayudara a ascender en su medio social. Después, en los primeros años de los noventa, los matrimonios entre hombre y mujeres de extracción social casi idéntica se convirtieron en la norma general. Ahora, en los últimos años del siglo, se está abriendo paso con fuerza una nueva tendencia: la mujer elige marido, cada vez con más frecuencia, en un escalón por debajo de su nivel cultural. El sociólogo Meil cree que obedece a la presencia mayoritaria de las mujeres en la educación, y también porque éstas obtienen por lo general resultados académicos más brillante.

Aumentan las parejas de hecho. Son las uniones más difíciles de evaluar. Los sociólogos hablan de "certidumbre" sobre su aumento, especialmente entre parejas del mismo sexo. La tolerancia social hacia la convivencia sin papeles (sólo el 24,6% de los españoles la desaprueba, según el CIS) FACILITA SU CRECIMIENTO. Por el contrario, los expertos sospechan que las separaciones de estas parejas son muy superiores a las legalizadas: alcanzarían casi el 50%.

La fidelidad no es negociable. "Todas las variables que se exigen para el éxito de la vida conyugal se han suavizado, a excepción rotunda de la fidelidad". Esta afirmación del sociólogo Meil esta basado en diez años de estudio sobre el comportamiento social de las parejas en la Unión Europea (UE). En una encuesta del CIS de 1994 el 72,7% de los españoles censuraban los adúlteros: otro sondeo del mismo centro elaborado un año después añadía que el 93,2% de los españoles considera "importante o muy importante" la fidelidad sexual para mantener la estabilidad sexual mantener la estabilidad en la pareja. Entre las causas, el 80,7% respondió: "Por mi idea del amor". Sólo un 3,1% dijo temer al "que dirán". Sondeos más recientes avalan que la exigencia de fidelidad va en aumento tanto en España como en el resto de países de la UE: l mujer independiente económicamente ya no acepta la existencia de la otra, que llegó a ser una institución social durante el siglo XIX y buena parte del XX. Y al hombre sigue sin hacerle ninguna gracia ser portador de cuernos.

Más separaciones civilizadas. Cuando entró en vigor la ley del divorcio, en 1981, el conflicto era la nota dominante entre las parejas que se acogían a la nueva ley. A medida que han ido pasando los años, la tendencia ha cambiado. 1995 fue el primer año de la década en que cambió la inflexión: más separaciones por mutuo acuerdo que por litigio.

Crecen los hogares unipersonales. Aún no son un porcentaje de la población significativo, pero sí una tendencia al alza. A finales de los años 80 los hogares unipersonales correspondían sobre todo a las viudas; en los 90, la mayoría pertenece a las divorciadas, mejor preparadas que sus ex compañeros para afrontar la vida doméstica en soledad.

Justicia para los padres. Los tribunales de Justicia empiezan a equilibrar la balanza entre los cónyuges que pugnan por los hijos. Según datos recogidos por la Asociación de Padres Separados, los jueces siguen manteniendo una clara predisposición a conceder a las madres la custodia de la prole, si bien empieza a exigir con severidad que éstas cumplan al pie de la letra el régimen de visitas asignado al padre.

Un matrimonio es suficiente. En los países de la Unión Europea desciende de manera espectacular el segundo matrimonio entre divorciados. En España empieza a notarse un comportamiento similar: sólo el 38% de los varones divorciados y el 27% de las divorciadas vuelven a casarse.

El fin de los dramones. La separación se vive cada vez menos como una tragedia irreparable y más como una cambio que, aunque doloroso, puede conducir a una situación mejor. El entorno social ha sido decisivo en esta visión menos dramática de las rupturas matrimoniales: el 72,8% de los españoles aprueba el divorcio cuando una pareja no es feliz, incluso aunque existan niños pequeños de por medio (CIS). Esta visión favorable de la sociedad se traduce en un apoyo directo al separado dentro de su círculo íntimo. En el caso de las mujeres, más proclives a compartir su intimidad con las amigas, suele crearse a su alrededor una red de solidaridad femenina; mientras los hombres disponen cada vez más de centros de asesoramiento que protege sus derechos. Dicen los sociólogos que los españoles parecen tener cada vez más claro aquello de "mejor solos que mal acompañados".