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Entrevistas

Entrevista con Juan de Dios Ramírez-Heredia
«No hay ningún rector universitario gitano, pero todo se andará»
Mayo de 2008 / Por Jose Medina
Ramírez-Heredia es el primer <i>honoris causa</i> de origen gitano. Foto: Unión Romaní.
Ramírez-Heredia es el primer honoris causa de origen gitano. Foto: Unión Romaní.
Este mes de abril se ha celebrado el Día Internacional del Pueblo Gitano, una fecha que pretende reconocer la historia, la lengua y la cultura de un colectivo que durante muchos siglos ha sufrido la discriminación y el estigma social. Precisamente, una de las caras más conocidas en el Estado español en la defensa de los derechos del pueblo caló es el presidente de la Unión Romaní, Juan de Dios Ramírez-Heredia. Ramírez-Heredia es conocido, entre otras cosas, por haber sido el primer diputado gitano en el Congreso y también en el Parlamento Europeo, donde ocupó un escaño a lo largo de trece años. En el 2004 este gitano se graduó en Derecho en la UOC y su trayectoria ha sido reconocida durante este pasado mes de febrero, en el que ha sido investido doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz.

¿Qué supone para ti personalmente y para tu actividad profesional y «activista» este reconocimiento de la Universidad de Cádiz?

Un honor inmenso, inimaginable. De la misma manera que cuando pisé el Congreso de los Diputados por primera vez, en junio de 1977, creí que conmigo entraban todos los gitanos españoles, esta vez, cuando el rector de la Universidad de Cádiz me colocaba el birrete doctoral sentí que bajo aquel «sombrero» estaban, a mi lado, una pléyade de gitanos y gitanas, luchadores por los derechos humanos que veían así cumplida, de alguna manera, nuestra reivindicación permanente de aspirar a que el reconocimiento de nuestra milenaria cultura gitana no fuera impedimento, antes al contrario, para lograr, como en este caso, la máxima distinción académica del mundo universitario.


En Cádiz, durante la investidura como doctor honoris causa, hiciste mención a la necesidad de que los niños gitanos estudien. ¿Qué trabas tienen hoy día para conseguirlo?


Sólo la cultura hace libres a los pueblos. Sólo la formación y el conocimiento pueden poner en nuestras manos las armas imprescindibles para seguir siendo gitanos desde la dignidad y la autoestima. Por eso siempre digo a mi gente que no esperen que nadie les saque las castañas del fuego. Que hemos de ser nosotros los artífices de nuestra propia lucha para poder ser los administradores de nuestra propia libertad.
        Hubo una época en la que el derecho a una plaza escolar no estaba garantizado en toda España. Hoy no es así. Ningún niño residente en nuestro territorio carece de la posibilidad de ir a la escuela. Hoy, debo confesarlo, la pelota está en nuestro tejado. El absentismo escolar gitano, en algunas regiones, es muy alto. Por esa razón alabo el interés de nuestras autoridades por afrontar esta realidad mediante programas adecuados que provoquen una intervención directa ante los padres de los niños que no van al colegio, así como los esfuerzos que desde las propias asociaciones gitanas se están realizando por concienciar a nuestra gente.


Hace cuatro años que te licenciaste en Derecho en la UOC. ¿Cómo has sacado partido al título?

Hace unos días intervine en el Palacio de Justicia de Huelva, como abogado, en una causa penal. Se trataba de un asunto de especial relevancia. Frente a mí tenía a doce acusados en el banquillo y, esperando fuera, a más de cincuenta testigos para ser interrogados. El juicio oral duró tres días en jornadas de intenso trabajo. Los medios de comunicación siguieron apasionadamente todo el proceso. En el aire había la petición de muchos años de cárcel para los imputados. Y entre ellos, un alcalde.
        El magistrado juez del Juzgado de lo Penal n.º 2 condujo el juicio con mano firme, no exenta en algunos momentos de verdadera dureza. No me pude distraer ni un solo instante. Sobre todo porque la parte contraria disponía de ocho abogados, listos y sagaces, que no dejaban pasar ni el más mínimo comentario que pudiera perjudicar a sus defendidos. Es la servidumbre de las causas penales en las que está en juego no una cantidad más o menos importante de dinero, sino la posibilidad de ir a la cárcel o escapar de ello.
        Cuando tras la intervención del fiscal jefe de la Audiencia de Huelva pronuncié mi alegato para elevar a definitivas mis conclusiones y el juez declaró finalizado el juicio, sin siquiera quitarme la toga, salí de la sala para llamar a Paloma, mi mujer, que estaba en Barcelona. Mis palabras fueron, más o menos, estas:
        ―Paloma, por fin hemos terminado. Creo que todo ha ido muy bien. Mañana nos veremos en Barcelona, pero déjame que te diga una cosa: me siento en estos momentos infinitamente contento de haber estudiado en la UOC. Las horas que os he quitado a ti y a los niños por culpa de las dichosas PEC han sido más que rentables. Ha merecido la pena. Ahora te puedo asegurar que la formación jurídica que he recibido en esta universidad me ha permitido litigar con otros profesionales del derecho en igualdad de condiciones.


¿Qué camino tiene que recorrer hoy en día la sociedad en el Estado español para que los colectivos excluidos dejen de serlo y para que estén más vinculados, por ejemplo, al mundo del conocimiento, la investigación y la universidad?

Fíjate en lo que te voy a decir: la sociedad española no es racista, o al menos no merece ese calificativo, lo cual no quiere decir que no se den entre nosotros verdaderos comportamientos racistas. Bien lo sabemos los gitanos, que los venimos padeciendo desde hace tantos siglos. Mi larga experiencia en el Parlamento Europeo me ha permitido conocer los niveles de racismo que hay en países de larga tradición democrática muy cercanos a nuestro entorno cultural. No obstante, debo reconocer que en los últimos años la avalancha migratoria nos ha situado en un escenario distinto muy propicio para que los racistas, que cada día son más, crean tener motivos para serlo.
        El racismo es una enfermedad contagiosa cuyo único remedio está en la formación y en el conocimiento. Por esa razón creo que los pasos que la sociedad debe dar ―mejor dicho, los poderes públicos― deben ser aquellos que propicien, de verdad, la igualdad de oportunidades para todos.


¿Qué futuro le espera al pueblo gitano en el terreno de la educación? ¿Los gitanos también podrán estar más presentes en el mundo científico y universitario y ocupar cargos de importancia en la sociedad? ¿Es posible imaginarse en una universidad un rector gitano?

Mira: en estos momentos el índice de analfabetismo de la comunidad gitana española está cercano al 40%, lo cual es una cifra terrible. Pero hace treinta años, al principio de la democracia en España, esa cifra era del 80%. Ahora bien, a pesar de esos datos, hoy podemos contar por decenas a los universitarios y universitarias gitanos que hay en el país. Más gitanas que gitanos. Sorprendente, ¿verdad? ¡Claro que la inmensa mayoría están en Andalucía! No en vano allí viven la mitad de los gitanos españoles.
        Cuando llegué a las Cortes la primera vez, siendo diputado por Barcelona, y como tal firmé la Constitución, aquello representó para el mundo gitano ―y para la sociedad paya― una auténtica novedad. Que luego fuera el primer diputado gitano en Bruselas y Estrasburgo constituyó una sorpresa para muchos europeos. Pero hoy eso ya está asumido. Conozco a profesores universitarios españoles de derecho constitucional y de derecho internacional que son gitanos. Igualmente mantengo relaciones con tres catedráticos gitanos de universidades centroeuropeas y con algunos que ejercen en universidades de Estados Unidos. Pero llevas razón, no conozco a ninguno que sea rector de universidad, como tampoco conozco a ningún gitano o gitana que sea ministro o presidente del Tribunal Supremo. Pero, ¿sabes qué te digo? ¡Todo se andará!