Entrevista con John Edwards
«Todos somos traductores, a todas horas»
Abril de 2009
/ Por Salvador Tordera
El conocimiento de la lengua tradicional de una persona –ya sea el catalán, el gaélico, el
ucraniano u otro– no es necesario para identificarse con esa cultura particular. Sin embargo,
en los sitios donde la lengua original persiste es, obviamente, un baluarte cultural. El Dr. John
Edwards, de la Universidad Francis Xavier (Nueva Escocia, Canadá), profesor de Psicología, centra
su investigación precisamente en la relación entre la lengua y la identidad de grupo. Su campo de
investigación ha pasado de ser la psicolingüística (con especial atención en el modo cómo los niños
aprenden idiomas) a ser algo llamado «sociología de las lenguas», que considera la lengua un
indicador de algún aspecto de identidad individual o de grupo –de qué modo las personas y los
grupos se definen a sí mismos en términos lingüísticos. El Dr. Edwards asistirá a un seminario
sobre multilingüismo en la UOC en octubre.
Según el último censo de la UNESCO, hay 6.000 lenguas en el mundo. ¿Cuál es la causa de tal
diversidad?
La cuestión de los orígenes de las lenguas siempre ha sido controvertida –tanto, que en
1866, la Sociedad Lingüística de París decidió prohibir a sus miembros presentar artículos sobre
este tema –se consideraba que eran especulaciones infructuosas, pérdidas de energía
académica. Pero, por supuesto, la cuestión nunca desapareció. Los lingüistas están de acuerdo en
que la imagen de un «árbol» de lenguas es razonable: las lenguas que hoy existen en el mundo
representan la ramillas, las familias a las que pertenecen –indoeuropea, fino-ugria, altaica,
semítica, etc.– representan las ramas grandes, y a medida que nos vamos acercando al tronco
del árbol, nos acercamos a las lenguas originales de los seres humanos.
¿Cuántas había originalmente? ¿Había sólo una, o había varias –asociadas a las
diferentes partes del mundo en las que aparecieron los primeros seres humanos?
En cualquier caso, crecen y se desarrollan como un árbol, por lo que es fácil comprender cómo
el aislamiento geográfico y –claro– un periodo considerable de tiempo pueden combinarse
para producir ramificaciones –ramas y ramillas– de los troncos originales. Puede
esperarse que estas ramificaciones diverjan cada vez más de sus troncos padres. Un ejemplo moderno
típico hace referencia al desarrollo de las lenguas románicas actuales –catalán, español,
rumano, francés, etc.– a partir del latín vulgar. Una vez los núcleos del Imperio Romano
perdieron el estrecho contacto los unos con los otros que facilitaba una autoridad central
poderosa, empezaron a divergir cada vez más. En consecuencia, observamos una progresión, en la que
una variedad de dialectos latinos se convierten en lenguas separadas.
A pesar de esta riqueza de lenguas, y según su libro
Un mundo de lenguas, cada 15 días de promedio desaparece una lengua. ¿Cuáles son los
síntomas del declivio irreversible de una lengua?
Las causas más básicas del declivio de una lengua son la desaparición de una comunidad que la
hable o la subordinación a una lengua vecina. Obviamente, la primera es mucho menos habitual que la
segunda –aunque la historia antigua nos da pruebas de poblaciones que desaparecieron, puede
que por enfermedades, conquistas, cambio climático radical...
El declivio de una lengua se entiende más como un «síntoma» de un contacto cultural mayor (lo
que significa, por cierto, que es mucho más difícil «tratarla» de forma aislada). Una cultura y una
lengua «mayores» invaden a una «menor». Pongo las palabras entre comillas porque mayor o menor no
tiene por qué tener nada que ver con la cantidad real de hablantes –las características
importantes hacen referencia al prestigio, el dominio y el poder sociales, el peso político y otros
indicadores de importancia y estatus. El resultado final es que la variedad «menor» va cediendo sus
dominios de uso a la «mayor». El antiguo adagio dice «todos los caminos llevan a Roma» –pues
bien, todos los «caminos» lingüísticos llevan también a un centro poderoso.
¿Cómo podemos explicar fenómenos como la resurrección de la lengua hebrea, dada por
«muerta» hace menos de un siglo, y que ahora tiene más de dos millones de hablantes?
Generalmente el hebreo es considerado un caso especial, ya que floreció bajo unas
circunstancias sociales y políticas muy poco habituales. Primero, apareció un nuevo estado con el
propósito expreso de servir de hogar para una población unida por una religión –pero no unida
por una lengua vernácula. Por consiguiente, era necesaria una
lingua franca, una variedad que viniera aprobada por el estado para la nueva Israel.
Muchos judíos estaban familiarizados con el
yiddish, pero su proximidad al alemán no era atractiva (particularmente, claro está,
después de la Segunda Guerra Mundial). Pero de hecho, mucho antes de aquel oscuro período para la
población judía, los planificadores lingüísticos ya habían optado por el hebreo –el antiguo
vehículo religioso.
El hecho de «resucitar» el hebreo y convertir lo que había sido, más que nada, una lengua
religiosa en una lengua más vernácula fue más fácil por el hecho de que no había «muerto», de que
tenía una sólida y larga historia escrita, etc. (Incluso se sugiere, en algunos círculos
académicos, que existió un hebreo vernáculo en lugares de Europa no hace demasiado tiempo, en los
siglos XIX y XX.)
¿En qué consiste la ecología lingüística?
La ecología lingüística es un término de fácil comprensión –y necesario. Tan solo
refleja la evidente necesidad de considerar las lenguas en sus contextos social y cultural
completos. En este sentido, representa lo que los sociolingüistas y sociólogos lingüistas rigurosos
han intentado hacer siempre: observar la «vida social de una lengua» de un modo holístico, para
adoptar lo que se podría llamar un planteamiento gestáltico. El problema del trabajo contemporáneo
clasificado como ecología lingüística es que el término se ha utilizado para otras cosas –su
connotación principal, hoy en día, es la protección de la diversidad lingüística, el fomento de
lenguas «pequeñas», la resistencia a la invasión de las «mayores», etc.
No hay nada malo en esta postura, por supuesto, pero es algo engañoso implicar que representa
la principal –si no la única– motivación de la ecología lingüística. Después de todo,
si nos remontamos a Darwin y al sentido biológico de ecología, recordamos que deben considerarse
todos los aspectos de la «red de la vida» –incluso los que tienen rasgos negativos o
desagradables. La implicación para una lengua es que una ecología completa tiene que ser algo más
que una contraseña para la protección de la diversidad.
Mientras que lenguas como el español o el catalán disponen de instituciones que se encargan
de intervenir en sus dinámicas de uso, otras como el inglés, no tienen. ¿Por qué algunas sociedades
adoptan mecanismos para controlar la «pureza» de sus lenguas?
A medida que las sociedades europeas evolucionaban y crecía la conciencia nacional
–y a medida que la influencia y la utilidad global del latín disminuían– era del todo
predecible que la evolución de una lengua local al estatus de nacional u oficial sería una idea
cada vez más atractiva. El impulso inicial había empezado anteriormente, con la aparición de la
tecnología de impresión –que naturalmente sugería la necesidad de estandarizar la ortografía,
la gramática y el uso general. Entonces este proceso se extendió y se establecieron academias de
lenguas, consejos y organismos similares por todo el mundo. La principal función de estas academias
era siempre la mejora, el desarrollo –y la protección– de la variedad dominante
localmente. La más conocida en este aspecto es, sin duda, la
Academie française.
Prescriptivismo y purismo: estas han sido las dos consignas hermanas de gran parte de la
actividad institucional, y las iniciativas –si bien a veces lingüísticamente o socialmente
simplistas– siempre han sido reflexiones interesantes del nacionalismo y concepciones
emergentes de «grupalidad» (groupness). Al fin y al cabo, ¿qué hay más natural que tener un medio
plenamente desarrollado y «respetable» por medio del cual la cultura de uno se exprese
oficialmente? El inglés, en Gran Bretaña y Estados Unidos, no ha sido inmune a estas ideas y
aspiraciones.
Entonces, ¿por qué ninguno de los dos países estableció una academia de la lengua
formal?
Sin duda hubo algunos intentos de hacerlo, en ambos sitios –pero se quedaron en nada.
En Inglaterra, había fuertes sentimientos anticontinentales y antifranceses en los siglos XVII y
XVIII, a menudo acompañados por una sensación de que el autoritarismo y los impulsos reguladores
más allá del canal ¡eran inadecuados para los ingleses! En Estados Unidos, recién independizados,
cualquier cosa que oliera a monarquismo resultaba sospechosa.
Así que la «solución» en ambos contextos de habla inglesa fue, esencialmente, aprobar
academias de un único especialista –los lexicógrafos, cuyo trabajo se acabó aceptando como el
estándar lingüístico establecido. Tenemos, pues, el famoso diccionario de Samuel Johnson de 1755 y,
en Estados Unidos, el trabajo de Noah Webster. Este último es particularmente interesante, puesto
que Webster entendió que su tarea era tan «nacionalística» como lexicográfica: él es el responsable
de la introducción (o en algunos casos la promoción) de «americanismos» que han sobrevivido hasta
hoy –
color en vez de
colour,
center en vez de
centre, etc. De hecho, él tenía la esperanza que las variedades británica y americana del
inglés acabaran divergiendo hasta el punto de convertirse en lenguas separadas –y entonces
Estados Unidos tendría, como todos aquellos sistemas de gobierno europeos, su «propia» lengua.
¿Hasta qué punto puede la intervención política tener éxito a la hora de proteger las
lenguas?
Si dejamos de lado estados políticos donde el autoritarismo puede imponer lo que quiere
mediante la fuerza, y si nos restringimos sólo a las posibilidades disponibles en las democracias
liberales, encontramos que la respuesta depende casi por completo de la voluntad popular. Si esta
se da, la intervención del estado puede verse como una codificación de un sentimiento amplio, una
representación legislativa de los deseos y las esperanzas generales. La legislación de lenguas en
Québec es un buen ejemplo: ha tenido éxito porque –a grandes rasgos– tubo el apoyo de
la población.
Por otro lado, en los lugares donde la intervención no cuenta, o no puede contar, con el
apoyo favorable de la opinión pública, el éxito es poco probable. El irlandés es la única lengua
celta con estado propio, en el que su estatus está refrendado por la constitución. Esto no ha
significado que el irlandés haya resurgido como lengua vernácula para la población irlandesa.
Encontramos otros dos aspectos: primero, si las iniciativas legisladas hubieran ocurrido antes, las
cosas podrían haber sucedido de un modo diferente –en Irlanda, por ejemplo; segundo, sólo las
variedades «pequeñas» o subordinadas generan impulsos protectores, y estos se encuentran con la
dificultad que he descrito antes.
En este mundo multilingüe, al que usted compara con Babel, ¿son las sociedades monolingües
la excepción que confirma la regla?
Puedo decir, efectivamente, que el multilingüismo es más habitual globalmente que el
monolingüismo. Los habitantes de sociedades de habla inglesa, en particular –por como se ha
desarrollado la historia– tienen tendencia a pensar que su monolingüismo es «natural». Nada
más lejos de la realidad. No tenemos que remontarnos muy lejos en el tiempo, a la época isabelina,
para ver que los viajeros ingleses necesitaban alguna ayuda en otras lenguas en cuanto cruzaban el
canal, etc.
Por lo que respecta a la sociedad, evidentemente, muy a menudo el monolingüismo «oficial» es
la norma, pero esto dice poco o nada sobre las competencias lingüísticas de una población diversa.
Con este panorama tan amplio, ¿es el conflicto entre lenguas y sus identidades asociadas
inevitable?
El contacto no implica conflicto lógicamente, y en algunos contextos de la vida real no lo
genera. Las personas que se reúnen regularmente para comerciar, por ejemplo, pueden poner sus
varias lenguas en contacto de modos bastante restringidos y delimitados, y esto puede no llevar a
una fricción. Ahora bien, si consideramos el contacto cultural como precursor del conflicto
–grupos luchando por un territorio, recursos, etc.– entonces, en esa misma medida
podemos predecir que les lenguas también se situarán en relaciones de competición.
Peter Nelde formuló una ley sobre ello, por la que afirmaba que «no hay contacto sin
conflicto» –y me inclino a pensar que en esencia es verdad. Si hay contacto durante el tiempo
suficiente, y dada la propensión humana a la competición, al establecimiento de de dominio y
estatus, el conflicto parece virtualmente inevitable. Podemos esperar que las expresiones militares
de competición disminuyan, pero hay poco signos que indiquen que la competición lingüística
–con ganadores y perdedores– vaya a desaparecer.
En las sociedades con bilingüismo oficial y el deseo de igualdad, ¿qué factores determinan la
adopción de una identidad lingüística por encima de otra?
En las democracias liberales, en las que se supone que la legislación refleja la voluntad
popular (no de forma precisa, claro, pero sí a grandes rasgos), las políticas de bilingüismo
oficial –como todas las demás– tendrán más o menos éxito de acuerdo con el contexto y
el peso de las presiones más importantes, pero mayormente no oficiales. En Canadá, el bilingüismo
oficial (desde 1969) no ha traído una diferencia lingüística apreciable al grueso de la población,
ni ha disminuido las «dos soledades» del francés y el inglés. De hecho, aparte de la franja
bilingüe en las partes de Ontario y New Brunswick que limitan con Québec, el país tiende a una
mayor –no menor– polarización lingüística. Puede parecer irónico que la aparición del
bilingüismo oficial en Canadá coincidiera más o menos con la política oficial de monolingüismo en
Québec.
¿Qué me dice del caso de Bélgica?
Bélgica siguió un planteamiento diferente, que ha dado como resultado una especie
de «monolingüismos hermanados» en las dos mitades del país. Aquí también se da una polarización
lingüística –esta vez refrendada oficialmente según el territorio. Sin embargo, tanto en el
caso de Canadá como en el de Bélgica vemos intentos de crear políticas lingüísticas que, o bien van
a mantener un
status quo social ya existente, o van a intentar «fomentar» algún movimiento lingüístico
deseable. Esta última iniciativa no ha tenido un éxito evidente.
Vladimir Nabokov, Joseph Conrad o Samuel Beckett son algunos de los escritores que
triunfaron escribiendo en una lengua que no era su lengua materna. ¿Acaso no conocen fronteras las
destrezas lingüísticas?
Obviamente es verdad que hay individuos cuyas competencias bilingües o multilingües están
suficientemente desarrolladas para sobresalir en lenguas diferentes a su variedad materna. Hablamos
sólo de personas que son particularmente buenas en su facultad multilingüe –algunas de las
cuales, como es natural, se harán visibles gracias a su literatura u otras actividades. Quizá
merezca la pena apuntar que muchos de los escritores a los que elogiamos (con razón) por sus
destrezas literarias en una lengua que no es su primera lengua, siguen siendo claramente
«extranjeros» en su habla personal. Conrad es un ejemplo claro de ello. La formalidad de la
escritura impone una disciplina, y permite la reflexión, la reescritura, etc. –y por
consiguiente no es sorprendente que individuos que logran una gran fluidez con la palabra escrita
puedan no ser capaces de alcanzarla en la lengua hablada.
Además de la pérdida de significado inherente en las traducciones, algunos autores también
sienten la necesidad de revisar traducciones de vez en cuando para adaptarlas al espíritu
lingüístico de los tiempos. ¿Existe algo así como la traducción «perfecta»?
Puede ser posible una traducción más o menos «perfecta» en un lenguaje extremadamente simple,
extremadamente directo y extremadamente prosaico. Pero en el momento en que nos alejamos de esta
simplicidad, se presentan dificultades. Esto es simplemente porque las lenguas –si bien son
todas sistemas de comunicación válidos– no son iguales a la hora de representar la realidad.
En términos generales, las mayores dificultades de traducción se encuentran en los dos
extremos opuestos del espectro lingüístico. Por un lado, intentar expresar en una lengua los
términos de argot, las blasfemias, el lenguaje de la calle de otra lengua siempre ha presentado
grandes problemas. Por otro lado, las características densas, abstractas y alusivas de la poesía
pueden resultar igualmente problemáticas. Además, podemos observar estos procesos dentro de una
misma lengua –las palabras, las expresiones, el estilo de épocas pasadas no son los mismos
que los nuestros, y cualquier persona que intente leer un libro escrito hace un siglo puede
atestiguarlo. La respuesta obvia, pues, es la traducción –y la retraducción cuando sea
necesaria. Las traducciones de las tragedias griegas al inglés del siglo XVII obviamente no van a
«funcionar» para los lectores y el público de hoy.
¿Considera la traducción un arte?
También está claro que ningún ejercicio de traducción
verbum pro verbo va a ser suficiente. Por esta razón la traducción es un arte, y la razón
por la que dos traducciones contemporáneas del mismo trabajo en lengua extranjera pueden ser
bastante diferentes. Todos los actos de traducción implican una interpretación, y eso es algo que
todos tenemos que hacer, todo el tiempo, incluso dentro de los confines de nuestra propia lengua.
Debemos siempre «interpretar», o «leer entre líneas», o intentar entender lo que alguien «quiere
decir realmente», etc. En este sentido, todos somos traductores, a todas horas.
- Profesor en el departamento de Psicología en la St. Francis Xavier University (Canada)
- Licenciado en psicología, University of Western Ontario (Canadà), 1969
- Máster en psicología, McGill University (Canadà), 1970
- Doctor en psicología, McGill University (Canadà), 1974
- Miembro de la Asociación Canadiense de Lingüística Aplicada, la Asociación Americana de Lingüística Aplicada, la Asociación Canadiense de Estudios Étnicos y la Asociación para el Estudio de la Etnicidad y el Nacionalismo (Londres, Reino Unido)