Doy un simple vistazo a la economía catalana durante los últimos años: este año, en 2008,
culminaremos el decimoquinto ejercicio de crecimiento económico ininterrumpido, con tasas de
crecimiento "a la americana", próximas al 3%, en el periodo 1994-2008, con la creación de cerca de
un millón de puestos de trabajo (3,5 millones en la actualidad) y con una inflación en el conjunto
del periodo relativamente contenida, lo cual nos podría llevar a afirmar que la economía catalana
ha ido muy bien, va muy bien y seguirá yendo muy bien. Las causas de este hecho son diversas, pero
muchas son excepcionales: efectos de las últimas devaluaciones competitivas; entrada y política
monetaria expansiva de la zona euro;
boom de la construcción; diferenciales de salarios y rentas; flujos de migración, etc. No
me extenderé. Aun así, ya empiezan a ser varias, a mi entender insuficientes, las voces autorizadas
que se han alzado afirmando que el modelo de crecimiento y de competitividad de la economía
catalana, que tan buenos resultados ha comportado en las últimas dos décadas, se está agotando y
que, además, este agotamiento se acelera cada día que pasa.
Un elemento explicativo, a menudo poco considerado, de este cambio de ciclo es la clara
inadaptación de las fuentes de crecimiento y de competitividad de una gran parte de nuestro tejido
productivo a la nueva realidad generada por el proceso de construcción de una economía y de una
sociedad del conocimiento, que tiene en el proceso de globalización, en la revolución digital y en
los nuevos patrones de demanda de familias y empresas sus pilares fundamentales. En la empresa,
este nuevo panorama supone la aparición de un nuevo modelo estratégico, organizativo y productivo,
que convenimos en llamar "la empresa red". Esta nueva manera de hacer empresa basa su
funcionamiento en el establecimiento de redes (internas y externas) de negocios y supone una
profunda transformación del funcionamiento productivo en un sistema de configuración variante de
cooperación y competencia, en el que el mercado es global (sin límites de espacio y tiempo), en el
que el trabajo y la producción se organizan en red (más autonomía y descentralización de la toma de
decisiones) y en el que se diluye la cadena integrada de valor. Hago tres consideraciones al
respecto: primera, la empresa red necesita de un potente instrumento tecnológico (las tecnologías
de la información y la comunicación –TIC– son la base de la infraestructura de la
empresa red); segunda, el análisis de la empresa red no se puede aislar de su motor, el proceso de
globalización económica, que impone nuevos requerimientos competitivos, basados en la innovación y
la flexibilidad, para la obtención de ganancias de productividad y competitividad, y tercera, el
proceso de consolidación de la empresa red no es independiente de la estructura de la empresa
existente. Los rasgos, claramente distintivos, de la empresa catalana condicionan, y mucho, el
proceso de consolidación de una nueva forma de hacer negocio que se adapte a los requerimientos del
entorno globalizado y basado en el conocimiento.
Para explicar el posicionamiento de la economía catalana ante los retos que plantea la nueva
situación económica, en la Universitat Oberta de Catalunya hemos hecho una investigación, el
proyecto de investigación
PIC empresas: la empresa red en Catalunya. TIC, productividad, competitividad, salarios y
rendimiento en las empresas catalanas (www.uoc.edu/in3/pic/esp). Hemos obtenido dos
conclusiones muy relevantes y que reflejan los problemas estructurales que, hoy, presenta la
economía catalana.
Primera. En la alborada del siglo XXI, la empresa catalana es pequeña, familiar, flexible,
con un nivel de formación claramente mejorable, unas relaciones laborales duales y un bajo nivel de
competitividad internacional.
Aunque, como evidencia la literatura internacional, la dimensión (el 88% de las empresas
catalanas tiene menos de cinco trabajadores y aporta el 59% del VAB privado) en sí misma no es un
impedimento para competir en el nuevo entorno innovador y globalizado, entre otras razones porque
las empresas pequeñas son más flexibles y están más arraigadas en el territorio, hemos detectado
tres elementos que sí que lastran el potencial productivo de la economía catalana. En primer lugar,
el tejido productivo de Cataluña se caracteriza por una actividad empresarial todavía muy centrada
en sí misma y poco abierta al exterior. De los datos obtenidos, sólo una de cada tres empresas
exporta y, encima, sólo un 7,8% de las empresas catalanas vende fuera de España más de una tercera
parte de su producción. En segundo lugar, el nivel medio de formación de la empresa catalana es,
francamente, mejorable. El trabajo directivo presenta un nivel de estudios mayoritariamente
universitario (un 53%). Aun así, el nivel de formación medio de los trabajadores son los estudios
secundarios (con un 53,7% de los casos), seguidos, prácticamente a partes iguales, por los niveles
de formación universitaria (21,5%) y de educación primaria o sin estudios (22,4%). Además, el
análisis de los determinantes de la formación en la empresa nos confirma que la inversión en
capital humano se realiza en los trabajadores, sobre todo directivos, ya formados. Así pues, la
ampliación de formación sigue ampliando el diferencial, el gap, entre trabajadores formados y no
formados. Y, en tercer lugar, la empresa catalana está digitalmente bien equipada, aunque el grado
de penetración de los usos de las TIC es bajo. Si bien un 91% de las empresas catalanas tiene
conexión a internet, un 87,4% dispone de correo electrónico y un 46,1% tiene página web, sólo un
21,7% compra por internet y un 11% vende a través del comercio electrónico. Además, la construcción
de un indicador de usos de las TIC, construido a partir de la utilización de estas tecnologías en
los principales elementos de valor de la actividad empresarial, nos certifica que un 71,7% de las
empresas catalanas hace un uso muy primario de las TIC, en especial en tareas de administración y
contabilidad.
Segunda. Sólo una quinta parte del tejido productivo catalán tiene un modelo competitivo y de
eficiencia adaptado a los requerimientos de la competencia global.
Hemos investigado los determinantes de la productividad y la competitividad de las empresas
catalanas. Con respecto a la productividad, hay que hacer dos consideraciones. La primera, relativa
a sus hechos, es que hemos observado una desaceleración del crecimiento de la productividad del
trabajo de las empresas catalanas (del 4,6% en términos nominales en el periodo 1995-1999 al 3,7%
en el periodo 2000-2004). Esta desaceleración lleva implícita muchas malas noticias y alguna buena
noticia. Las malas noticias están vinculadas con un patrón de crecimiento extensivo, basado en un
aumento del trabajo, a menudo mal cualificado, y en una muy débil extensión de las mejoras de
eficiencia resultado de los usos de las TIC y de los procesos de coinnovación vinculados con éstos,
en el conjunto del tejido productivo. La buena noticia es que un reducido conjunto de empresas, las
que usan avanzadamente las TIC, explican las leves mejoras de eficiencia de la economía privada en
Cataluña. La segunda, relativa a sus fuentes, es que las relaciones de complementariedad entre las
TIC, el cambio organizativo y la cualificación del trabajo, en un contexto de estabilidad laboral,
de flexibilidad de la jornada y de cultura organizativa innovadora, sólo explican el potencial de
crecimiento de un 20% de las empresas catalanas, curiosamente aquellas que hacen un uso muy
intensivo de la tecnología y del conocimiento. Con respecto a la competitividad hemos observado
que, pese a la preponderancia de un modelo competitivo muy primario, basado en la inversión en
capital físico y la presencia de establecimientos en los mercados internacionales, se observa un
patrón competitivo más efectivo y adelantado, pero minoritario, el de las empresas que utilizan
intensivamente las TIC, basado en la combinación de la inversión en capital físico e intangible
(inmaterial y humano), la experiencia productiva de la empresa y la presencia en los mercados
internacionales.
De hecho, y voy acabando, podemos concluir afirmando que en la búsqueda de un impacto
positivo de las TIC sobre la actividad y los resultados empresariales en Cataluña, hemos tenido que
captar otras dimensiones no tecnológicas de los procesos de coinnovación, en especial la intensidad
de uso de la tecnología y el conocimiento, el cambio organizativo y la calificación de los recursos
humanos, para captar mejoras materiales, tanto para la empresa (productividad, competitividad,
rendimiento) como para el trabajador (salarios). Eso es así porque hoy la estructura productiva
catalana es dual. En la gran mayoría de las empresas catalanas (alrededor de cuatro quintas partes)
la débil presencia a) de los usos avanzados de las TIC y los flujos de información y de
conocimiento, b) de la internacionalización y la adaptación diferenciada de la actividad al proceso
de globalización, c) de las nuevas formas de organización de la producción, el trabajo y las
relaciones laborales, basadas en la autonomía funcional y en la descentralización organizativa, d)
de la inversión en intangibles, e) de la financiación, las estructuras formales y las redes de
cooperación en innovación y f) de la ampliación continua de la capacitación de los trabajadores y
el enriquecimiento de los puestos de trabajo, acaba por debilitar, y mucho, el potencial productivo
y competitivo de la economía catalana. Precisamente por este patrón de crecimiento, intensivo en
mano de obra y falto de la presencia continua de procesos de coinnovación, la productividad del
trabajo evoluciona a ritmos preocupantemente bajos y, en un contexto competitivo dominado por la
globalización, los problemas de competitividad son relevantes.
En cambio, otro conjunto de empresas, mucho más reducido (menos de una quinta parte), basa su
potencial de crecimiento en a) la interacción entre la inversión en capital físico e inmaterial, b)
el capital humano, c) la reorientación estratégica, d) las nuevas formas de organización de la
producción y del trabajo y e) una dinámica continua de innovación, en especial de carácter
tecnológico digital, pero también en la gestión de los recursos humanos y en las relaciones
laborales. Precisamente en este segundo conjunto de empresas, claramente inferior al anterior, pero
con un potencial de crecimiento a largo plazo muy superior, se determina la evolución favorable,
presente y futura, de la eficiencia y de la competitividad de nuestro tejido productivo.
En síntesis, y a la luz de los datos obtenidos, no se puede afirmar que la economía catalana,
ni tampoco ninguna economía, con serios problemas de productividad y competitividad, vaya bien y,
mucho menos, que irá bien. Precisamente, por su capacidad de anticipación, en el sentido que
reflejan las potencialidades de crecimiento de una economía, detectamos síntomas que hoy nos dicen
que la economía catalana tiene un resfriado y que mañana, si no actuamos en la dirección correcta,
puede convertirse en una pulmonía. Los antídotos para cuidar el resfriado también son evidentes. No
hay secretos. De entrada, un buen diagnóstico, una visión de largo plazo que supere los ciclos
electorales, una firme voluntad, incluso a la hora de tomar medidas impopulares, y una percepción
de que no se puede perder más el tiempo, me parecen totalmente imprescindibles. Esperamos, pues,
que trabajadores, empresarios, patronal, sindicatos, sociedad civil, universidades y, muy
especialmente, la política pública no escatimen esfuerzos en el fomento del nuevo modelo de
crecimiento económico que ya nos sugiere una pequeña parte de nuestro tejido productivo. Sin un
tejido productivo eficiente y competitivo a escala global no habrá elecciones que valgan. El futuro
está en juego.