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Opinión

¡¡¡Estúpidos, son la productividad y la competitividad!!!
Abril de 2008 / Por Joan Torrent, profesor de los Estudios de Economía y Empresa y director del grupo de investigación interdisciplinaria sobre las TIC (i2TIC)
La famosa frase "¡Estúpidos, es la economía!", que pone de manifiesto la importancia de la economía en las contiendas electorales y que, entre otros, permitió a Bill Clinton ganar las elecciones presidenciales en los Estados Unidos a Bush padre, está, en el caso español, más vigente que nunca. Por fin, se acaba una legislatura marcada, a mi entender, por una clara desorientación de la clase política en general –siempre hay algunas honrosas excepciones– en relación con el diagnóstico y los retos competitivos que la economía española y, por extensión, la catalana tendrán que afrontar en un futuro que cada vez se revela como más inmediato. Más allá de las valoraciones partidarias, muy a menudo exageradas en su aproximación optimista o pesimista en función del color político con que se observa, lo que es estructuralmente cierto es que, a principios del siglo XXI, la actividad económica en Cataluña llega al final de un modelo, y tiene que hacer frente, con decisión, a cambios profundos que la sitúen, nuevamente, al frente de las regiones europeas. Me permitirán, pues, que a lo largo de este artículo sea políticamente incorrecto y plantee una descripción, lo más imparcial, científica y divulgativa posible, sobre el estado actual de la economía catalana, así como de los principales retos que tiene que afrontar en el futuro inmediato.


Doy un simple vistazo a la economía catalana durante los últimos años: este año, en 2008, culminaremos el decimoquinto ejercicio de crecimiento económico ininterrumpido, con tasas de crecimiento "a la americana", próximas al 3%, en el periodo 1994-2008, con la creación de cerca de un millón de puestos de trabajo (3,5 millones en la actualidad) y con una inflación en el conjunto del periodo relativamente contenida, lo cual nos podría llevar a afirmar que la economía catalana ha ido muy bien, va muy bien y seguirá yendo muy bien. Las causas de este hecho son diversas, pero muchas son excepcionales: efectos de las últimas devaluaciones competitivas; entrada y política monetaria expansiva de la zona euro; boom de la construcción; diferenciales de salarios y rentas; flujos de migración, etc. No me extenderé. Aun así, ya empiezan a ser varias, a mi entender insuficientes, las voces autorizadas que se han alzado afirmando que el modelo de crecimiento y de competitividad de la economía catalana, que tan buenos resultados ha comportado en las últimas dos décadas, se está agotando y que, además, este agotamiento se acelera cada día que pasa.

Un elemento explicativo, a menudo poco considerado, de este cambio de ciclo es la clara inadaptación de las fuentes de crecimiento y de competitividad de una gran parte de nuestro tejido productivo a la nueva realidad generada por el proceso de construcción de una economía y de una sociedad del conocimiento, que tiene en el proceso de globalización, en la revolución digital y en los nuevos patrones de demanda de familias y empresas sus pilares fundamentales. En la empresa, este nuevo panorama supone la aparición de un nuevo modelo estratégico, organizativo y productivo, que convenimos en llamar "la empresa red". Esta nueva manera de hacer empresa basa su funcionamiento en el establecimiento de redes (internas y externas) de negocios y supone una profunda transformación del funcionamiento productivo en un sistema de configuración variante de cooperación y competencia, en el que el mercado es global (sin límites de espacio y tiempo), en el que el trabajo y la producción se organizan en red (más autonomía y descentralización de la toma de decisiones) y en el que se diluye la cadena integrada de valor. Hago tres consideraciones al respecto: primera, la empresa red necesita de un potente instrumento tecnológico (las tecnologías de la información y la comunicación –TIC– son la base de la infraestructura de la empresa red); segunda, el análisis de la empresa red no se puede aislar de su motor, el proceso de globalización económica, que impone nuevos requerimientos competitivos, basados en la innovación y la flexibilidad, para la obtención de ganancias de productividad y competitividad, y tercera, el proceso de consolidación de la empresa red no es independiente de la estructura de la empresa existente. Los rasgos, claramente distintivos, de la empresa catalana condicionan, y mucho, el proceso de consolidación de una nueva forma de hacer negocio que se adapte a los requerimientos del entorno globalizado y basado en el conocimiento.

Para explicar el posicionamiento de la economía catalana ante los retos que plantea la nueva situación económica, en la Universitat Oberta de Catalunya hemos hecho una investigación, el proyecto de investigación PIC empresas: la empresa red en Catalunya. TIC, productividad, competitividad, salarios y rendimiento en las empresas catalanas (www.uoc.edu/in3/pic/esp). Hemos obtenido dos conclusiones muy relevantes y que reflejan los problemas estructurales que, hoy, presenta la economía catalana.

Primera. En la alborada del siglo XXI, la empresa catalana es pequeña, familiar, flexible, con un nivel de formación claramente mejorable, unas relaciones laborales duales y un bajo nivel de competitividad internacional.

Aunque, como evidencia la literatura internacional, la dimensión (el 88% de las empresas catalanas tiene menos de cinco trabajadores y aporta el 59% del VAB privado) en sí misma no es un impedimento para competir en el nuevo entorno innovador y globalizado, entre otras razones porque las empresas pequeñas son más flexibles y están más arraigadas en el territorio, hemos detectado tres elementos que sí que lastran el potencial productivo de la economía catalana. En primer lugar, el tejido productivo de Cataluña se caracteriza por una actividad empresarial todavía muy centrada en sí misma y poco abierta al exterior. De los datos obtenidos, sólo una de cada tres empresas exporta y, encima, sólo un 7,8% de las empresas catalanas vende fuera de España más de una tercera parte de su producción. En segundo lugar, el nivel medio de formación de la empresa catalana es, francamente, mejorable. El trabajo directivo presenta un nivel de estudios mayoritariamente universitario (un 53%). Aun así, el nivel de formación medio de los trabajadores son los estudios secundarios (con un 53,7% de los casos), seguidos, prácticamente a partes iguales, por los niveles de formación universitaria (21,5%) y de educación primaria o sin estudios (22,4%). Además, el análisis de los determinantes de la formación en la empresa nos confirma que la inversión en capital humano se realiza en los trabajadores, sobre todo directivos, ya formados. Así pues, la ampliación de formación sigue ampliando el diferencial, el gap, entre trabajadores formados y no formados. Y, en tercer lugar, la empresa catalana está digitalmente bien equipada, aunque el grado de penetración de los usos de las TIC es bajo. Si bien un 91% de las empresas catalanas tiene conexión a internet, un 87,4% dispone de correo electrónico y un 46,1% tiene página web, sólo un 21,7% compra por internet y un 11% vende a través del comercio electrónico. Además, la construcción de un indicador de usos de las TIC, construido a partir de la utilización de estas tecnologías en los principales elementos de valor de la actividad empresarial, nos certifica que un 71,7% de las empresas catalanas hace un uso muy primario de las TIC, en especial en tareas de administración y contabilidad.

Segunda. Sólo una quinta parte del tejido productivo catalán tiene un modelo competitivo y de eficiencia adaptado a los requerimientos de la competencia global.

Hemos investigado los determinantes de la productividad y la competitividad de las empresas catalanas. Con respecto a la productividad, hay que hacer dos consideraciones. La primera, relativa a sus hechos, es que hemos observado una desaceleración del crecimiento de la productividad del trabajo de las empresas catalanas (del 4,6% en términos nominales en el periodo 1995-1999 al 3,7% en el periodo 2000-2004). Esta desaceleración lleva implícita muchas malas noticias y alguna buena noticia. Las malas noticias están vinculadas con un patrón de crecimiento extensivo, basado en un aumento del trabajo, a menudo mal cualificado, y en una muy débil extensión de las mejoras de eficiencia resultado de los usos de las TIC y de los procesos de coinnovación vinculados con éstos, en el conjunto del tejido productivo. La buena noticia es que un reducido conjunto de empresas, las que usan avanzadamente las TIC, explican las leves mejoras de eficiencia de la economía privada en Cataluña. La segunda, relativa a sus fuentes, es que las relaciones de complementariedad entre las TIC, el cambio organizativo y la cualificación del trabajo, en un contexto de estabilidad laboral, de flexibilidad de la jornada y de cultura organizativa innovadora, sólo explican el potencial de crecimiento de un 20% de las empresas catalanas, curiosamente aquellas que hacen un uso muy intensivo de la tecnología y del conocimiento. Con respecto a la competitividad hemos observado que, pese a la preponderancia de un modelo competitivo muy primario, basado en la inversión en capital físico y la presencia de establecimientos en los mercados internacionales, se observa un patrón competitivo más efectivo y adelantado, pero minoritario, el de las empresas que utilizan intensivamente las TIC, basado en la combinación de la inversión en capital físico e intangible (inmaterial y humano), la experiencia productiva de la empresa y la presencia en los mercados internacionales.

De hecho, y voy acabando, podemos concluir afirmando que en la búsqueda de un impacto positivo de las TIC sobre la actividad y los resultados empresariales en Cataluña, hemos tenido que captar otras dimensiones no tecnológicas de los procesos de coinnovación, en especial la intensidad de uso de la tecnología y el conocimiento, el cambio organizativo y la calificación de los recursos humanos, para captar mejoras materiales, tanto para la empresa (productividad, competitividad, rendimiento) como para el trabajador (salarios). Eso es así porque hoy la estructura productiva catalana es dual. En la gran mayoría de las empresas catalanas (alrededor de cuatro quintas partes) la débil presencia a) de los usos avanzados de las TIC y los flujos de información y de conocimiento, b) de la internacionalización y la adaptación diferenciada de la actividad al proceso de globalización, c) de las nuevas formas de organización de la producción, el trabajo y las relaciones laborales, basadas en la autonomía funcional y en la descentralización organizativa, d) de la inversión en intangibles, e) de la financiación, las estructuras formales y las redes de cooperación en innovación y f) de la ampliación continua de la capacitación de los trabajadores y el enriquecimiento de los puestos de trabajo, acaba por debilitar, y mucho, el potencial productivo y competitivo de la economía catalana. Precisamente por este patrón de crecimiento, intensivo en mano de obra y falto de la presencia continua de procesos de coinnovación, la productividad del trabajo evoluciona a ritmos preocupantemente bajos y, en un contexto competitivo dominado por la globalización, los problemas de competitividad son relevantes.

En cambio, otro conjunto de empresas, mucho más reducido (menos de una quinta parte), basa su potencial de crecimiento en a) la interacción entre la inversión en capital físico e inmaterial, b) el capital humano, c) la reorientación estratégica, d) las nuevas formas de organización de la producción y del trabajo y e) una dinámica continua de innovación, en especial de carácter tecnológico digital, pero también en la gestión de los recursos humanos y en las relaciones laborales. Precisamente en este segundo conjunto de empresas, claramente inferior al anterior, pero con un potencial de crecimiento a largo plazo muy superior, se determina la evolución favorable, presente y futura, de la eficiencia y de la competitividad de nuestro tejido productivo.

En síntesis, y a la luz de los datos obtenidos, no se puede afirmar que la economía catalana, ni tampoco ninguna economía, con serios problemas de productividad y competitividad, vaya bien y, mucho menos, que irá bien. Precisamente, por su capacidad de anticipación, en el sentido que reflejan las potencialidades de crecimiento de una economía, detectamos síntomas que hoy nos dicen que la economía catalana tiene un resfriado y que mañana, si no actuamos en la dirección correcta, puede convertirse en una pulmonía. Los antídotos para cuidar el resfriado también son evidentes. No hay secretos. De entrada, un buen diagnóstico, una visión de largo plazo que supere los ciclos electorales, una firme voluntad, incluso a la hora de tomar medidas impopulares, y una percepción de que no se puede perder más el tiempo, me parecen totalmente imprescindibles. Esperamos, pues, que trabajadores, empresarios, patronal, sindicatos, sociedad civil, universidades y, muy especialmente, la política pública no escatimen esfuerzos en el fomento del nuevo modelo de crecimiento económico que ya nos sugiere una pequeña parte de nuestro tejido productivo. Sin un tejido productivo eficiente y competitivo a escala global no habrá elecciones que valgan. El futuro está en juego.