Hace cincuenta años, los móviles parecían un invento de las novelas de ciencia ficción y, hace tan sólo veinticinco, formaban parte del uniforme de los yuppiesy profesionales de élite. Hoy basta con darse una vuelta por cualquier calle o plaza para darse cuenta de cómo han cambiado las cosas: se han convertido en productos de consumo de masas y cientos de millones de personas en todo el mundo, sobre todo jóvenes y niños, los han incorporado a su vida comunicativa diaria. El reinado del teléfono fijo ha llegado a su fin y, actualmente, en países como el nuestro, hay más teléfonos móviles que habitantes. Pero los cambios no sólo se han dejado notar en el primer mundo: la comunicación inalámbrica ha demostrado ser ideal para que los países en vías de desarrollo puedan reducir la brecha de conectividad a la que parecen condenados. Una vez más, la historia nos da una lección: las personas acaban utilizando la tecnología para propósitos muy diferentes a los que concibieron sus creadores y la modelan según sus hábitos, valores y proyectos.
Esta nueva realidad abre multitud de interrogantes: ¿son los móviles una seña de identidad o una moda?, ¿cómo afectan a la vida familiar y laboral?, ¿se están modificando los conceptos de tiempo y espacio?, ¿realmente nos hacen más libres y autónomos como nos venden los anunciantes?, ¿qué nuevas desigualdades comporta la llegada de esta tecnología entre países desarrollados y en vías de desarrollo?
"Las respuestas a estas preguntas afectan a nuestras vidas y también condicionan las políticas públicas, las estrategias de negocio... A pesar de todo, y debido a la rapidez de las transformaciones tecnológicas y a la impaciencia por obtener una ventaja competitiva en el nuevo sistema, se toman decisiones sin comprender demasiado bien las implicaciones sociales, económicas y políticas de las tecnologías de comunicación inalámbrica. A menudo las suposiciones que se ocultan tras estas decisiones son injustificadas", según Mireia Fernández Ardèvol, investigadora de la UOC.
Una de las primeras consecuencias que han traído los móviles ha sido un aumento de autonomía de los participantes en el proceso comunicativo, en cuanto a espacio, tiempo y, de algún modo, las normas culturales y sociales. Facilitan que se esté disponible siempre y que se pueda elegir con quién se comunica uno, desde dónde y cuándo, por lo que han hecho que la red de contactos dependa de los deseos de los usuarios. Pero estas 'ganancias' no están reñidas con un aumento de la seguridad, ya que permiten al usuario relacionarse libremente con el mundo pero manteniendo un contacto incluso más fuerte con su red personal en caso de necesidad.
U El móvil nos ha dado un poder inimaginable a todos como ciudadanos, miembros de una comunidad. Una de las prácticas comunicativas más importantes ha sido la aparición espontánea de comunidades de práctica instantáneas que tratan de movilizar a otros, invitan a reunirse o a compartir. ¿Quién no ha recibido algún SMS en el que lo invitan a una fiesta en un local alternativo o a participar en diferentes manifestaciones contra el precio de los pisos? Sin duda, en la memoria de muchos están los SMS que se enviaron para convocar movilizaciones en diferentes ciudades españolas, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Ese sábado 13, el tráfico de mensajes por móvil aumentó un 20% y el domingo 14, un 40%. La tendencia general en nuestra sociedad de grupos que esquivan las estructuras formales de interacción y participación encuentra en la plataforma tecnológica la capacidad para llamar a la acción. Eso sí, ese mensaje sólo tendrá éxito si se distribuye en una red de afinidad. La comunicación inalámbrica aumenta de forma considerable el poder de las personas, facilita el acceso a la información y las hace independientes de las fuentes formales.
Se ha demostrado que las personas adaptan la tecnología a sus necesidades y no al revés. Inventan nuevos usos e incluso se ha creado un nuevo lenguaje, adaptando el existente a los formatos y límites que imponen esta nueva tecnología y su coste. Los usuarios son los auténticos productores de contenidos y utilizan la comunicación móvil para la vida familiar y profesional, pero también para transacciones comerciales o distribución de música. A pesar de lo que muchos creyeron en un principio, este uso no es una cuestión de moda -aunque el diseño y la personalización sean importantes para los jóvenes- sino de identidad. Para los usuarios, tener móvil es una fuente de valoración personal y permite sentirse parte de una sociedad que funciona así. Por eso, el acceso a la comunicación inalámbrica es un derecho social. Lo que hace un siglo era el acceso a las bibliotecas o la escolarización es ahora el derecho al acceso fiable y asequible a la red móvil de comunicación.
Se han desdibujado los límites de espacio y tiempo y, a menudo, se entremezclan los contextos organizativos y las prácticas sociales. Esto es que lo ocurre cuando, en horario de trabajo y desde el aeropuerto, el sujeto llama a su familia o aprovecha para organizar la cena del sábado con sus amigos. Las redes de interacción individual tienden a independizarse de organizaciones, instituciones, normas y límites materiales en función de su conveniencia y la adecuación a los proyectos individuales. En términos materiales, esto resulta en un extraordinario fortalecimiento de la cultura del individualismo.
¿Cuál es el momento correcto para que este individuo pueda aislarse del entorno en que se halla para hacer su llamada? ¿Cuándo pueden los alumnos enviar un SMS en horario escolar? Necesitamos una nueva definición de las normas de educación para que establezcan cómo comportarnos en estos procesos comunicativos.
Los problemas que se presentan
En este mundo del siglo XXI es fácil imaginar que las limitaciones de acceso a este sistema de comunicación se convierten en un grave problema social. En nuestras sociedades desarrolladas han aparecido nuevos factores que amplifican la brecha digital: junto con la renta, la ubicación territorial o el grado de educación, ahora la edad y las discapacidades físicas son factores excluyentes.
Sin embargo, hay que ser positivos: si se dan las mínimas condiciones, los usuarios realizan verdaderos esfuerzos para tener acceso a la red, como demuestran algunas experiencias. Así, las tarjetas prepago y el alquiler de tiempo de conversación han contribuido a la difusión de su uso en los países en desarrollo y entre los segmentos de población con rentas bajas en los países desarrollados. En China, el sistema telefónico Little Smart se ha extendido ampliamente entre la población trabajadora, alejada de los sofisticados profesionales de Shangai, o en remotos puntos de países africanos han aparecido nuevos negocios gracias a los móviles.
Pero, además de ser fuente de posibles desigualdades, la rápida difusión de la comunicación inalámbrica muestra nuevas vulnerabilidades como los virus, nuevos peligros como un aumento de accidentes de tráfico o un crecimiento de la ansiedad por las consecuencias que puede tener para nuestra salud vivir rodeados de campos electromagnéticos o por los temas relacionados con la privacidad.
Según los autores del libro, estas pruebas nos recuerdan que el poder de la tecnología no elimina los males humanos, sino que más bien los amplifica, a no ser que sean arrancados de la raíz social.
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