«En internet todo ha desembocado en la lucha y la necesidad de conseguir reconocimiento»

Foto: UOC
11/05/2017
Germán Sierra
Enric Puig, profesor de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC y cofundador del Instituto Internet.

 

Hace ya más de un año que Enric Puig dejó el iPhone en un cajón y decidió aprovechar más y mejor su tiempo y sus relaciones personales. Considera que estamos hiperconectados y que hemos vendido parte de nuestro tiempo y energía a las grandes empresas tecnológicas hegemónicas de internet. En 2016 publicó La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo, obra que recoge el testimonio de nueve personas que, por diferentes motivos, han decidido desconectarse de la red. Puig es profesor de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC y cofundador del Instituto Internet. Hablamos con él del impacto de internet y las redes sociales en nuestra sociedad, de cómo abordar esta dependencia y de la actividad del instituto que ha creado.

 

¿Cómo nace la idea de hacer un libro sobre la desconexión de internet?

No ha sido producto de una reflexión impulsiva, sino que viene de años de investigación sobre temas relacionados. Sin embargo, el detonante es una llamada para hablar de este tema en uno de los reportajes del programa 30 minuts de Televisió de Catalunya. El reportaje se llamaba «Penjats d’internet» (Colgados de internet) y fue todo un éxito de audiencia. Aquello me mostró que empezaba a existir sensibilidad social e interés por el tema, y ??estamos hablando de 2014. Con Genís Cormand, que era el periodista con el que habíamos realizado el reportaje de 30 minuts, decidimos que, puesto que Barcelona quería ser líder en tecnología y en discurso del móvil, era interesante abordar también este tema desde la vertiente humanística, y organizamos en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) la Enter Forum, un encuentro internacional de expertos sobre las repercusiones sociales de las nuevas tecnologías. Empecé a reflexionar sobre si hoy en día se puede vivir sin internet y, en caso afirmativo, cuáles eran las consecuencias de hacerlo, y empecé a buscar testimonios de gente completamente desconectada de internet con un discurso que nos hiciera reflexionar.

El proceso fue tan intenso que tú mismo decidiste probar la experiencia que vivían las personas entrevistadas. He tenido que llamarte para concertar la entrevista porque no tienes WhatsApp ni teléfono inteligente. ¿Cuándo decidiste prescindir de ellos?

A medida que hacía el libro me iba desconectando: primero, de las redes sociales; después dejé tan huérfano de aplicaciones el teléfono inteligente que finalmente ya no lo necesitaba. Utilizo el correo electrónico, que me parece una herramienta imprescindible, para mi trabajo de docente en la UOC. Pienso que existe un problema de base: durante años solo hemos visto los beneficios de todas estas herramientas; era el discurso imperante, que considero que ahora está cambiando. Yo, personalmente, he conseguido llegar al uso que me conviene, pero no es una posición dogmática o inamovible: si en cierto momento necesito WhatsApp, lo instalaré, o haré lo mismo con Twitter, pero dudo que lo haga.

¿Qué testigos te interesaban y cómo los localizaste, teniendo en cuenta que ellos habían renunciado a la red?

Me interesaban personas que no realizaran una huida bucólica a la naturaleza, sino que quisieran recuperar su entorno urbano, y gente de una determinada generación, sobre todo no nativos digitales que no fueran muy mayores. Los encontré gracias al boca a boca e hice una cantidad importante de cafés.

Hablas de los efectos perversos de la internet participativa, que es la que reclama nuestra participación para llenarla de contenidos y generar dependencia. Pero ¿qué otra internet existe?

Ha habido una progresión, un desplazamiento de la importancia de la información a la importancia del usuario, y aquí hay parte del problema: la información deja de ser el elemento central y la centralidad la adquiere la construcción del usuario en la red. Esto atenta contra los principios utópicos que fundamentaban el nacimiento de internet: la información descentralizada y el altruismo informativo. Todo ha desembocado en esta lucha por el reconocimiento y en la necesidad de este, que comienza en los blogs y termina en las redes sociales.

Afirmas que los teléfonos inteligentes no son tan inocuos como nos han querido hacer creer. ¿Quién nos ha querido hacer creer esto: Apple, Google...?

Se obvia la carga ideológica que existe detrás del teléfono inteligente. No se reflexiona lo suficiente sobre los modelos de negocio de estas empresas, que han conseguido hacer que las llenásemos de contenido nosotros mismos para así enriquecerse. El teléfono inteligente como dispositivo no se habría vuelto hegemónico sin esta operación.

Señalabas en una entrevista que no nos pueden obligar a tener un teléfono inteligente para tomar un autobús, pero esto entra en contradicción con muchas políticas de gobernanza urbana, porque las ciudades apuestan por aplicar la tecnología, por hacer la ciudad inteligente y conectada.

El problema es la mezcla de lo público con lo privado. Si llego a la parada de autobús y necesito un teléfono inteligente para saber a qué hora llega el próximo autobús y para comprar el billete, significa que estoy obligado a comprar el dispositivo, contratar una empresa privada de telefonía y, probablemente, descargar una aplicación también de un tercero y, en última instancia, tal vez incluso tener una cuenta de Facebook para hacerla funcionar. En definitiva, tengo que pasar por empresas privadas para hacer algo tan público como coger el autobús.

Los niños piden un teléfono inteligente cada vez más pronto. ¿Hay un consenso científico sobre cuál debería ser la edad ideal para tener uno?

No hay ningún consenso. Cada vez más neurólogos y más psiquiatras afirman que el uso intensivo de la tecnología en época de aprendizaje disminuye las capacidades. Primero deberíamos adquirir las capacidades y, una vez adquiridas, usar la tecnología como una herramienta. Cuanto más adquirido tienes un conocimiento, más provecho puedes sacar de la red para hacerla servir de complemento de lo que ya sabes y profundizar en ello. No es una casualidad que las escuelas Waldorf de Silicon Valley priven a sus estudiantes de la tecnología. Uno de los altos directivos de Google lleva a sus hijos allí y afirma que con trece años aún no saben qué es Google. La gente que sabe más de tecnología nos está dando lecciones escondidas.

¿Por qué hay gente que no puede vivir sin consultar Instagram o WhatsApp cada cinco minutos y otra que hace un uso muy racional de estas aplicaciones? ¿Qué tienen de diferente estos dos tipos de cerebros?

Esto ocurre por la misma razón que una persona puede estar sola en casa y otra no, o por el mismo motivo que una persona con cuatro visitas al casino ya puede vivir un preepisodio de ludopatía y otra con la misma experiencia no. Hay muchos aspectos psicológicos en juego, pero el hecho de que esto le ocurra a muchos individuos denota su naturaleza adictiva y esta es una cuestión que no debe obviarse: la carga ideológica de muchos de los modelos de negocio en internet, que reclaman nuestra participación y nuestros contenidos y que generan necesidad de reconocimiento. Un teléfono inteligente es un contenedor de preguntas insatisfechas. Cuando subimos una foto en Instagram, estamos pidiendo: ¿os gusta esta foto? Y realmente es una pregunta insatisfecha y siempre lo será.

¿Cuándo podemos hablar de adicción al móvil?

Es un tema muy comprometido. Piensa que mi libro inicialmente debía llamarse Cómo sobrevivir sin internet, pero terminó titulándose La gran adicción. Cuando hablamos de internet, hablamos de una adicción no reconocida por el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM). Hay adolescentes que duermen con el móvil pegado a la oreja para despertarse con la vibración de una llamada o un mensaje, y adolescentes encerrados en la habitación con el ordenador que orinan en una botella para no tener que salir al baño. Estos casos son de dependencia grave, pero luego existe toda una gama de grises: la gente se siente culpable porque pasa muchas horas en internet, porque consulta constantemente el WhatsApp... Lo más importante es saber que existe una relación de poder entre las tecnologías y nosotros y que se está perdiendo la batalla.

¿Qué ayuda ofrece por ahora la sanidad pública a las personas que son conscientes de que padecen esta dependencia y desean abordarla?

Muchos de los programas que empieza a existir se equivocan en su planteamiento: solo servirían para casos extremos. Para la mayor parte de la población, el tratamiento no debería ser clínico, porque estigmatiza. No podemos comparar la heroína con las redes sociales. Detectamos que, en muchos casos, la gente siente que tiene algún grado de dependencia y desearía hacer algo para remediarlo, pero su círculo social no le acaba de proporcionar las herramientas que necesita.

Por este motivo impulsasteis el Instituto Internet...

Sí, la idea es que estas personas puedan encontrar a otras con la misma preocupación y puedan ponerse en contacto con ellas y mantener algún tipo de encuentro, para que no tengan la sensación de que dedicar menos tiempo a las redes sociales es «desocializarse»; demostrar que existen herramientas al alcance y que es una buena estrategia que hay que seguir, porque a menudo no es que estés enganchado a la red social, sino a la virtualización de la socialización; sin embargo, el trasfondo es que deseas socializarte, aunque el canal no es el adecuado.

Nokia llegó al Mobile World Congress habiendo recuperado el histórico modelo 3310, un teléfono sin conexión a internet. ¿Te parece que es una boutade o corresponde a una creciente demanda de móviles sin internet?

No existe ninguna estadística, pero sí una cierta tendencia. Cuando saqué el libro a la venta, algunos medios hablaban de la nueva tribu urbana de los desconectados. Creo que era frivolizar la situación. Algo en lo que he reflexionado mucho es que la digitalización en cierta medida se implantó por una moda: quedaba bien ser digital; y, aunque el incentivo final de cierta moda pueda ser muy banal, las repercusiones finales no lo son tanto. También tengo que decir que es algo muy reciente y aún tenemos que ver su evolución.