«Una buena educación emocional garantiza una buena salud mental»

Foto: UOC
11/10/2017
Elisabet Escriche
Noemí Guillamón, directora del máster universitario de Psicología Infantil y Juvenil de la UOC

 

La educación de las emociones ha entrado en las aulas en los últimos años y poco a poco también lo hace en los hogares. Existen muchos estudios científicos que avalan que una buena educación en las emociones influye de forma positiva en la salud mental de los hijos. La UOC inicia este octubre el nuevo máster universitario de Psicología Infantil y Juvenil, que dirigirá Noemí Guillamón, y este aspecto educativo es uno de sus ejes principales.

 

¿Cuáles son los beneficios que se ven en niños que reciben una buena educación emocional?

Educar desde pequeños a sentir la emoción, situarla en el cuerpo y poner nombre a lo que sentimos, ya sea alegría, tristeza, rabia o miedo, nos ayuda a gestionar lo que nos ocurre en nuestra interacción con el mundo. Si identificamos lo que sentimos, es más fácil reaccionar ante la situación. Podemos sentir miedo ante las cosas que no conocemos o no podemos controlar, o rabia si las cosas no nos salen como queríamos, pero si sabemos reconocer lo que sentimos y tenemos a un adulto al lado (padre, madre, hermano mayor, maestro o psicólogo) que nos cuenta que está bien sentirlo, que nos ayuda a entenderlo, es más fácil que después aprendamos a hacer algo ante esta emoción. Muchas veces no podemos cambiar las cosas que nos ocurren, pero sí lo que hacemos con ellas, y eso pasa por una buena gestión emocional de las situaciones.

Una buena educación emocional garantiza una buena salud mental. De hecho, hay muchos estudios que avalan científicamente desde hace años que la (buena) salud mental de los padres está directamente relacionada con la (buena) salud mental de los hijos.

¿Qué pautas deben seguirse para educar correctamente las emociones desde casa?

En primer lugar, es importante que desde casa se dé espacio a todas las emociones, no solo a las positivas o a las negativas. Para algunos adultos puede ser fácil aceptar la alegría en los hijos, pero pueden tener dificultades para dar espacio a la tristeza, el miedo o la rabia en los más pequeños. Es importante saber y aceptar que todo lo que sentimos es válido y tiene razón de ser. Por lo tanto, no debemos coartar a un niño si llora o está triste, o reñirle porque se enfada o tiene miedo. El primer paso, pues, es aceptar y tolerar que el niño siente lo que siente. También es importante no dejarlo solo con esta emoción. Se aconseja que si el niño está triste o enfadado o tiene miedo, el adulto esté a su lado, ya que eso le transmitirá seguridad y confianza.

Los padres pueden ser unos grandes «contenedores» de las emociones de los hijos. Muchas veces es mucho más tranquilizador y reconfortante para un niño que su padre o su madre lo abrace mientras llora, o le dé un masajito cuando siente miedo, que dedicar espacio a la elaboración cognitiva de lo que ha sucedido, ha hecho o ha sentido en plena explosión emocional.

¿Y es aconsejable hablar de lo ocurrido?

Dependiendo de la edad y el nivel madurativo del niño, una vez calmado sí puede ayudar hablar de lo ocurrido, cómo se ha sentido y qué puede hacer para gestionar lo que le ha pasado. Pero el primer paso siempre debería ser contener las emociones del niño, permitirlas y estar ahí.

También es importante que los adultos se den espacio a sí mismos para sentir todas las emociones, ya sea llorar, reír o tener miedo. Vivimos en una sociedad en la que todo va cada vez más deprisa y no nos damos espacios para parar, descansar, llorar, reír o soñar. Y si no lo hacemos nosotros, es muy difícil que nuestros hijos lo aprendan a hacer, porque nosotros somos sus modelos de cómo se va por la vida. Por lo tanto, está bien dedicar un espacio a desahogarnos solos, con la pareja o los amigos; a descansar; a practicar una actividad deportiva que nos guste, ya sea salir a correr, jugar un partido de fútbol con los colegas del trabajo o hacer zumba, o pedir a alguien que atienda a los niños mientras nos duchamos durante más de un minuto. Y eso no significa descuidar a los hijos, sino invertir en salud mental para estar más disponibles para ellos y poder cuidarlos mejor.

Previamente a toda educación es necesaria una formación. ¿Actualmente los padres están preparados para educar las emociones?

Los padres pueden aprender a afrontar los problemas de forma que les deje espacio para poder estar presentes en la vida de los hijos, porque contener las emociones de los pequeños, estar ahí y ayudarles a elaborar lo que les pasa requiere mucha energía y disponibilidad emocional por parte del adulto.

Yo pienso que los adultos estamos cada vez más concienciados de la importancia de las emociones, del mismo modo que cada vez hacemos más deporte o nos esforzamos en comer más sano. Me parece que nuestra generación da mucho más espacio y atención al niño que el que pudieron darle generaciones anteriores, y creo que eso es muy positivo. Ahora bien, los adultos estamos aprendiendo sobre la marcha cómo hay que hacerlo, porque nuestros padres no siempre pudieron enseñárnoslo. Por lo tanto, diría que los padres estamos preparándonos para educar las emociones, hacemos lo que podemos con ello. Ser sensibles con este tema, leer blogs, libros, revistas, asistir a algún cursillo o taller o, simplemente, hablar con otros padres y compartir las dificultades que tenemos con nuestros hijos (en vez de mantener el discurso de «mi hijo es perfecto y yo soy un progenitor perfecto») puede ayudarnos en este aprendizaje. Y si creemos que tenemos dificultades que no sabemos gestionar, pedir ayuda a un profesional que nos acompañe en este camino puede resultar de mucha ayuda.

¿Cómo debe complementarse esta educación en la escuela?

Desde la escuela se puede trabajar en la identificación de las emociones básicas de los niños (alegría, tristeza, miedo y rabia), que los niños aprendan a identificar cómo son estas emociones, situarlas en el cuerpo (por ejemplo, cuando siento miedo el corazón se me acelera y sudo...) y en el comportamiento (cuando estoy contenta tengo más ganas de estar con los demás, de reír, de saltar...). Es necesario que desde la escuela también se potencie dar espacio a todas las emociones, permitirlas todas desde la aceptación y el respeto. Actualmente, hay muchos recursos (cuentos, música o programas educativos) que pueden ayudar a los maestros en esta empresa.

Es importante adecuar la educación emocional al nivel evolutivo del niño. Así, se puede ayudar a los más pequeños a identificar las emociones y discutir estrategias de afrontamiento ante temas complejos, como las relaciones románticas, la sexualidad o la violencia entre iguales con los adolescentes. Cada vez se dedica más espacio en las aulas a discutir estos temas y a formar a los niños y adolescentes en valores que incluyen la solidaridad, el respeto a la diferencia y la empatía.

¿Cuáles son los principales errores que cometen los padres en esta vertiente educativa?

Pienso que es importante aceptar que no sabemos, que estamos aprendiendo sobre la marcha y que muchas veces lo que acaba funcionándonos lo aprendemos a base de ensayo y error. Por lo tanto, en este punto sería comprensiva y respetuosa con nuestras dificultades.

Quizás el principal error en el que podemos caer es pensar que esto de las emociones es un tema que se aprende solo, que no es necesario dedicar un tiempo a enseñarlo porque tarde o temprano todos acabamos aprendiéndolo. Y esto no funciona así.

Tomar como válido el modelo de cómo se afrontan los problemas que nos han transmitido nuestros padres sin cuestionarnos si es lo que queremos enseñar a nuestros hijos, si nos ha servido o si quizás nos funcionaría mejor otro nos puede dificultar ayudar a nuestros hijos a afrontar la vida de una forma más sana. Y, de hecho, este mismo cuestionamiento, aplicado a cada uno de nosotros, también nos ayudaría a conducir nuestra vida de una forma más sana y auténtica.

Finalmente, quizás destacaría que, como en muchas otras cosas, el equilibrio es la clave. Está bien permitir emociones, darles espacio y contenerlas, pero eso no quiere decir no poner límites o no intervenir cuando la reacción emocional de nuestro hijo puede poner en peligro su salud o la de otro (por ejemplo, si rompe algo, pega al hermano...). Los niños necesitan límites para saber hasta dónde pueden llegar; los límites les dan seguridad y contexto y les enseñan mucho sobre lo que pueden hacer y lo que no pueden hacer, lo que está bien y lo que no está bien, y esto también es tarea de los padres.