«No es la tecnología quien empuja los movimientos sociales, sino al revés»

 Foto: UOC/Bart Grugeon

Foto: UOC/Bart Grugeon

17/12/2019
Anna Bonet Martínez y Bart Grugeon Plana
Sasha Costanza-Chock, profesora de Medios de Comunicación Cívicos al Berkman Klein Center for Internet & Society de la Universidad Harvard

 

Diseñadora, creadora audiovisual y problemática. Así se autodefine la activista estadounidense Sasha Costanza-Chock, la única profesora transexual del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Su trabajo se centra en los movimientos sociales, la organización de los medios transformadores y el design justice, es decir, el diseño de servicios con principios de justicia. En el año 2014 publicó su primer libro Out of the Shadows, Into the Streets! Transmedia Organizing and the Immigrant Rights Movement, que trata de la tecnología y el movimiento de los derechos de los migrantes. A finales de noviembre visitó Barcelona con motivo del Sharing Cities Action Encounter, organizado por el Ayuntamiento de Barcelona y el grupo de investigación Dimmons del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de UOC.

 

 

Has investigado y escrito mucho sobre el binomio tecnología y movimientos sociales. ¿Cómo es esta relación?

No es la tecnología quien empuja los movimientos sociales, sino al revés. Los movimientos sociales pueden desarrollar nuevas tecnologías de comunicación, de organización y de movilización. Por ejemplo, este año se celebra el 20.º aniversario de Indymedia, una red mundial de publicación abierta y de software libre, creada en 1999 por el movimiento antiglobalización, ecologista, hacker y anarquista. Entonces no existía ninguna red social; ni Facebook, ni Twitter, ni YouTube, ni MySpace. Indymedia era uno de los pocos espacios abiertos en los que se podía publicar información desde la perspectiva de los movimientos sociales. ¿Qué pasó? Que la industria cultural se dio cuenta de que podía monetizar toda esta información, robó la innovación a los movimientos sociales y de software libre y lo convirtió en las redes sociales que conocemos hoy.

Actualmente han estallado varios movimientos sociales en diferentes partes del mundo (Hong Kong, Ecuador, entre otros). ¿Qué situación viven los movimientos sociales de Estados Unidos?

Cuando Donald Trump llegó al poder, en el año 2016, se produjeron movilizaciones en todo el país. Desde entonces, los movimientos sociales denuncian la pérdida de derechos que sufre la ciudadanía a consecuencia de su administración. La energía de estos movimientos se utiliza para hacer campaña electoral para las elecciones presidenciales de 2020, especialmente porque todos los movimientos coincidimos en la necesidad de echarlo del poder.

¿Y qué movimientos en concreto están surgiendo?

En este sentido, contra él y sus aliados —los milmillonarios y las personas de clase media-baja que son patriarcales, racistas o negacionistas del cambio climático— tenemos varios movimientos: sindicalista, LGTBQ, feminista, promigración, ecologista, afroamericano, etc. Las luchas se han integrado, nos hemos unido para hacerlo caer. Además, han aparecido algunos movimientos relacionados con la tecnología que son muy interesantes.

¿Por ejemplo?

Hay trabajadores de Amazon, Microsoft o Salesforce que piden que sus compañías tomen conciencia social. También es un ejemplo de ello el movimiento No Tech for ICE, que denuncia que algunas empresas tecnológicas ofrecen datos al departamento gubernamental que busca, detiene y deporta a las personas indocumentadas. Un caso similar es el de Google: en 2018 más de 20.000 trabajadoras se manifestaron contra la gestión de la empresa en relación con los casos de acoso sexual. Hay un movimiento que reclama una tecnología con ética, y esto es nuevo.

¿Promueves el design justice como respuesta a todo esto?

La Design Justice Network, de la que soy miembro y formo parte del Comité de Dirección, es una red que nació en 2015 tomando como base una decena de principios transfeministas, interseccionales y de justicia social y ecológica. Desafiamos los diseños que perjudican a las personas más vulnerables y marginadas, y lo utilizamos para imaginar y construir un mundo más seguro, justo y sostenible. Actualmente ya somos más de 400 personas, entre diseñadores, arquitectos, artistas, tecnólogos y organizadores comunitarios.

¿Qué acciones lleva a cabo esta red?

Somos una lente crítica. Como vivimos en un sistema opresor, lo hemos aprendido a reproducir. Nosotros proponemos cambiarlo mediante el acompañamiento y el apoyo en los procesos de diseño. El design justice puede aplicarse a todos los ámbitos: desde el diseño de las ciudades y de las viviendas hasta la portada de una publicación o el desarrollo de un proyecto social. Actualmente estamos trabajando con un grupo de enfermeras que quieren un espacio donde puedan compartir recursos para inventar nuevas herramientas médicas, y también luchamos contra un proyecto de construcción de una ciudad inteligente experimental en Toronto, Canadá, que no es nada inclusiva y que hace peligrar la privacidad de datos de los habitantes.

¿Tenéis la esperanza de que el design justice contribuya a lograr estos cambios estructurales?

De hecho, no es solo el capitalismo lo que nos oprime. Como dice la filósofa negra norteamericana Patricia Hill Collins, se trata de una matriz de dominación que es la intersección entre el capitalismo, el heteropatriarcado y la supremacía blanca. Esta opresión de raza, género y clase hace muchos años que existe y se resiste a desaparecer. Desde la Design Justice Network queremos construir un mundo donde quepan mundos muy diversos; no solo el mundo diseñado por las multinacionales, que destruye todas las formas de vida local. No tenemos otra alternativa, de una manera o de otra llegaremos al mismo lugar. Una opción es continuar como hasta ahora, destruyendo el planeta hasta que muramos casi todos y solo sobrevivan unos cuantos, que necesariamente deberán crear nuevas maneras de existir. La otra es empezar a cambiarlo desde ya, en un proceso menos violento. Debemos construir un mundo alternativo, porque, si no, el mundo tal como lo conocemos colapsará.