«Si no abordamos las pandemias de forma planetaria, volveremos a fallar»

 Julio Villalobos, experto en gestión sanitaria

Foto: UOC

10/09/2020
Juan Vilá
Julio Villalobos Hidalgo, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC

 

Parecía que lo peor de la pandemia de la COVID-19 había pasado y, aunque se temía una segunda ola en otoño, todas las previsiones se han visto desbordadas en verano y con España encabezando la tasa de contagios de la Unión Europea.

¿En qué hemos fallado?, ¿se han aprovechado estos meses para reforzar nuestros hospitales?, ¿podemos seguir presumiendo de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo?

Responde a estas preguntas Julio Villalobos Hidalgo, profesor asociado de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Doctor en Medicina y Cirugía, es especialista en medicina intensiva e ingeniero industrial. Ha trabajado como gerente de organizaciones sanitarias públicas y privadas y como consultor internacional, y es socio fundador de la Sociedad Española de Directivos de la Salud (SEDISA), de la Sociedad Española de Informática de la Salud (SEIS) y de la Fundación Signo. 

¿En qué hemos fallado para tener tantos contagios?

Es complicado dar una respuesta a esta cuestión. Si nos comparamos con los países nórdicos, podemos hablar del tipo de relaciones que mantenemos con la familia, los amigos, etc. Pero resulta difícil de justificarlo si nos comparamos con países mediterráneos como Italia, Portugal o Grecia, que tienen una afectividad y un tipo de contacto social muy parecidos.

Entonces, ¿qué ha ocurrido?

La explicación de lo ocurrido puede estar en que sufrimos un confinamiento muy duro y la gente salió de él con muchas ganas. También ha crecido bastante el turismo interior y hemos viajado mucho por España. En otros aspectos, somos muy parecidos a Portugal, Italia o Grecia.

En primavera dijo que habíamos llegado tarde. ¿También ahora?

Hemos mejorado con relación al inicio de la pandemia, que nos cogió totalmente desprevenidos. También hemos mejorado en flexibilidad: la rigidez fue otra de las causas de que la crisis resultara tan grave.

¿En qué sentido se ha mejorado en la flexibilidad?

Los hospitales, por ejemplo, fueron muy flexibles y se olvidaron en parte de las especialidades: los oftalmólogos o los oncólogos trataron a un tipo de pacientes que jamás habían atendido. O el modo como se flexibilizaron los sistemas de compra para tener mascarillas, test, etc. Eso fue muy positivo.

¿Qué se ha hecho durante los meses que parecía que teníamos la situación controlada?

Pensábamos que ese intervalo iba a ser de unos meses, hasta que empezara la gripe, pero ha sido mucho más corto: apenas quince días. Creo que no hemos sabido estimar la gravedad de la pandemia, no solo sanitaria, sino también económica y social.

¿No se aprovechó ese tiempo?

No nos preparamos para la entrada y tampoco lo hemos hecho para la recaída. Como ha ocurrido, por ejemplo, con el comienzo del curso escolar: desde marzo debíamos haberlo previsto.

¿Están más preparados los hospitales?

En ello ocurre lo mismo. Están mejor, y también lo están la atención primaria o las residencias de gente mayor, pero no estamos preparados para una nueva crisis.

¿Cómo andamos de material: equipos de protección individual, test, respiradores…?

Al principio fue dramático. El número de camas de cuidados intensivos en Alemania casi cuadriplica el de España. Pero nos hemos ido adaptando a la situación gracias a los profesionales y ahora hay también una mayor dotación de material. Pero si viniera una crisis grave, lo volveríamos a pasar mal.

¿Está peor la atención primaria que los hospitales?

Sí, sobre todo porque la atención primaria debería ser la puerta de entrada y el filtro para los pacientes. Pero no está preparada.

¿Qué se debería haber hecho en la atención primaria?

Es difícil hacer cambios importantes en unos meses. Llevamos cuarenta años con un sistema hospitalario céntrico. La financiación, la formación y toda la cultura sanitaria pasan por los hospitales. Por ejemplo, un alto porcentaje de la formación de un profesional de la asistencia primaria se realiza en un hospital. En los últimos años esto ha mejorado, pero sigue ocurriendo. Se necesitan más medios y mejor formación.

¿La atención primaria sufrió más los recortes?

Los recortes en la atención primaria fueron similares a los de los hospitales, pero su déficit previo era mayor. Si miras los presupuestos de los últimos treinta años, aumentaban mucho más los destinados a la atención hospitalaria. Mucho peor aún es el caso de la prevención y la salud pública, a la que se dedicó solo el 2,1 % del gasto sanitario en las últimas cuentas consolidadas del 2018.

¿Podemos seguir pensando que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo?

Sistema sanitario sí, si atendemos a expectativa de vida, mortalidad infantil, etc. Y es un sistema que resuelve bastante bien las cuestiones urgentes. Pero no tenemos un sistema integral de atención a la salud. Olvidamos que el 80 % de los determinantes de la salud no se encuentran en el sistema sanitario, sino en la educación, los hábitos, la higiene, las condiciones ambientales y, sobre todo, los factores económicos y sociales.

Durante la primera ola, criticó la centralización del sistema sanitario.

Fui parcialmente crítico. Para tomar medidas de tanto calibre, había que centralizar. El problema es que no había ninguna experiencia. Las compras, por ejemplo, las llevan realizando las comunidades autónomas hace más de veinte años. Eso retardó la llegada de material, además de otros problemas. No se puede reconvertir un ministerio de la noche a la mañana. Habría que haberlo hecho con mucha más prudencia y consenso, contando con las comunidades y los expertos.

Las competencias volvieron luego a las autonomías. ¿Han gestionado mejor la pandemia?

Me temo que no, no lo han hecho con excelencia. Tampoco estaban acostumbradas a gestionar este tipo de problemas, además de todas las luchas políticas que desgraciadamente se han mezclado en ello. Las decisiones que las comunidades criticaron cuando las tomó el Gobierno español, las han adoptado luego ellas, e igual a la inversa. Debería haber habido unanimidad.

¿Qué ha pasado en las residencias?

Las residencias no son hospitales. Su labor es atender a personas frágiles en el día a día: medicarlas, levantarlas, ducharlas, etc. No son lugares en los que atender a pacientes graves, y hemos intentado que resolvieran problemas para los que ni siquiera los hospitales estaban preparados. A pesar de ello, y de la altísima mortalidad, las residencias, en general, han tenido un comportamiento más que aceptable. Deberían haber tenido una dedicación preferente para aislar a los mayores de forma adecuada.

¿Se han resuelto estos problemas?

No se han resuelto. Su reglamentación depende de las comunidades. Hay dieciocho acreditaciones distintas que marcan desde la ratio de personal hasta los metros cuadrados de las habitaciones. Debería haber una acreditación común e integrar las residencias dentro del sistema de salud para que dependieran de la atención primaria y de los hospitales en las cuestiones médicas. También habría que buscar otras alternativas, como viviendas tuteladas o la atención a domicilio.

La tasa de contagios es muy alta, pero la presión sobre los hospitales no tanto. ¿Podemos confiarnos?

Se diagnostica más porque se hacen más pruebas. Eso implica que se detectan casos menos graves o asintomáticos. La edad media de los pacientes hospitalizados ha disminuido, por lo que la gravedad también es menor. Pero eso no quiere decir que no pueda variar. Las personas mayores, además, toman ahora muchas más precauciones: usan mascarillas, evitan reuniones familiares, etc. Si se mantienen estas tendencias, los casos serán menos graves.

¿Se atreve a hacer una predicción?

Soy optimista por naturaleza y creo que el número de contagio no va a aumentar mucho más, pero hay que manejar muy bien dos factores: los colegios y las infecciones estacionales de gripes y neumonías. Si esos factores se controlan, seguiremos teniendo casos contagio, pero podremos atenderlos adecuadamente. Si fallan, las cosas pueden complicarse.

¿Acabaremos en algún momento con la COVID-19?

Saldremos de este problema y se convertirá en una enfermedad como la gripe normal cuando tengamos una vacuna. Calculo que en un año.

¿Surgirán problemas entonces para gestionar su reparto?

Los países desarrollados no tendremos problemas. El problema, desgraciadamente, será para los países sin un buen sistema sanitario ni capacidad económica para comprar la vacuna.

¿Será eficaz la vacuna si no se implanta a nivel global? 

A largo plazo, este problema no se arregla en Europa. Necesitamos epidemiólogos y sistemas que detecten y combatan los virus de forma inmediata en el lugar en el que aparecen. Para eso, los países ricos deben invertir más.

La estrategia ha de ser global.

Absolutamente, de ahí el interés de la UOC por ofrecer formación sobre salud planetaria, porque cualquier cosa que ocurra en Congo o Rusia repercutirá en España. Si no abordamos las pandemias de forma planetaria, volveremos a fallar.

¿La COVID-19 ha cambiado algo en este sentido?

Por primera vez en la historia, los políticos se han dado cuenta de que la salud es una condición necesaria, quizás no suficiente, para el desarrollo económico. Está demostrado: cuanta más salud tenemos, más producen las empresas, más estable es el empleo, nuestros niños se forman mejor, etc. La salud no es un gasto, es una inversión y una fuente de beneficios.

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