«En un año la forma de operar de Airbnb estará más estandarizada y respetará más las normativas locales»

 Foto: Mayo Fuster

Foto: Mayo Fuster

25/10/2018
Germán Sierra
Mayo Fuster, investigadora y coorganizadora del Sharing Cities en el congreso Smart City

 

Entre el 12 y el 15 de noviembre, Barcelona acogerá la cumbre Sharing Cities, en el marco del congreso Smart City. Este encuentro, que llega a la tercera edición, se ha convertido en un referente mundial para el debate de las ciudades en torno a la economía colaborativa. Este año, la treintena de ciudades invitadas, entre ellas Nueva York o Ámsterdam, debatirán acciones conjuntas para hacer frente a uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan: la regulación de la actividad de grandes plataformas como Uber o Airbnb, y las políticas de promoción de los modelos colaborativos. Sharing Cities está coorganizada por la UOC y el Ayuntamiento de Barcelona. Hablamos con Mayo Fuster, investigadora del IN3, donde lidera el grupo de investigación DIMMONS, experta en economía colaborativa y coimpulsora de la cumbre.

 ¿Qué es economía colaborativa y qué no lo es?

Empezamos por lo que no lo es: cuando existe un proceso de producción o consumo colaborativo entre grupos de personas por medio de una plataforma digital tenemos economía de plataforma, que no es necesariamente colaborativa, y algunos ejemplos son Uber o la Wikipedia. Uno de los modelos de esta economía de plataforma es la economía colaborativa, que se caracteriza porque predominan las relaciones de igual a igual, es decir, relaciones que mayoritariamente no son de carácter contractual o profesional. Es un entorno en el que individuos ofrecen e intercambian sus servicios y cocrean nuevos recursos, pero sin una gran empresa detrás que centralice el poder. En ese sentido, otro elemento es que hay una gobernanza participada: existen unas reglas de uso establecidas muy democráticamente y los usuarios pueden cambiarlas. Se favorece la transparencia, se defiende la privacidad y la reutilización del conocimiento con datos abiertos. Finalmente, las plataformas de economía colaborativa velan por la sostenibilidad del entorno en el que operan.

 No tiene nada que ver con algunas de las grandes empresas que penetraron en el mercado vendiendo el discurso de la economía colaborativa.

Efectivamente. Estas empresas velan por su beneficio, no son transparentes, no abren su código, sus usuarios no pueden tomar decisiones que alteren su gobernanza, no tienen en cuenta la sostenibilidad de los lugares en los que operan y el mejor ejemplo lo tenemos en la gran plataforma de alquiler de viviendas que ha alterado el mercado de la vivienda en Barcelona.

 ¿Cuáles son los obstáculos con los que se encuentra la economía colaborativa para desplegarse: la regulación, la lucha contra grandes empresas con un negocio similar o el mercado financiero?

 <p>Me parece más importante el poder expansivo de la economía colaborativa que los obstáculos con los que se encuentra para desarrollarse. Como modelo productivo, y de la mano de la tecnología digital, ha generado unos impactos disruptivos en muchas industrias y va a llegar a la mayoría de ámbitos. Dicho esto, en cuanto a financiación, a raíz de la crisis económica mundial se produjeron grandes trasvases inversores del ámbito inmobiliario al ámbito de plataformas menos participativas tipo Uber, en detrimento de plataformas de economía social. Esto derivó en falta de financiación. La falta de regulación también afecta a la economía colaborativa; hay muy poca claridad y es difícil que en una economía tan transversal se delimiten terrenos de acción claros.</p>

 Con relación a la financiación, ¿muchos de los proyectos dependen exclusivamente del capital que puedan levantar sus promotores?

Así es. Disponemos de un estudio en la UOC muy reciente de economía colaborativa en Barcelona con una muestra preocupante: un 40 % de las empresas se habían financiado de forma privada por falta de crédito. Afortunadamente, existen nuevas vías para resolver esto, como el matchfunding, que es una financiación colectiva (crowdfunding) bajo el principio de corresponsabilidad: una administración como el Ayuntamiento de Barcelona ofrece a los proyectos que se presentan duplicar o triplicar la cifra que previamente este proyecto haya podido conseguir en plataformas de financiación colectiva como Goteo.

 Hace poco, los taxis hicieron huelga en Barcelona para denunciar el número de licencias otorgadas a plataformas como Uber y Cabify. ¿Es Barcelona una de las ciudades punteras en la denuncia de lo que no es economía colaborativa?

En muchas ciudades se producen movilizaciones en contra de Uber o Cabify. Barcelona se colocó en el mapa de la protesta porque una asociación de taxistas llevó al tribunal europeo la cuestión de las licencias aduciendo que los conductores de estas plataformas debían regirse por la regulación del taxi/transporte y no como empresa de información. El tribunal resolvió a favor de esta asociación y fue una victoria a escala europea. Barcelona también es líder en el modelo colaborativo. La Comisión Europea elaboró un informe sobre las diez experiencias continentales de este modelo más potentes y tres están en Barcelona: Guifi.net, Toolkit y Goteo.

 La justicia dio la razón a Glovo recientemente al declarar que la relación contractual que establece con sus trabajadores no es la de falsos autónomos. ¿Tenemos una justicia obsoleta para un modelo de negocio tan sofisticado?

Absolutamente, y no solo en este ámbito. En el caso de Glovo, te refieres a una resolución, pero ha habido varias y son contradictorias. Yo creo que finalmente se elevará a un tribunal europeo para que resuelva al respecto.

 Sharing Cities es uno de los cinco ejes temáticos del congreso Smart City de este año. ¿Qué objetivos os planteáis?

La cumbre Sharing Cities llegará a la tercera edición y podemos afirmar ya que es el encuentro más importante de ciudades que existe. Vendrán 40 ciudades, con presencia de 22 alcaldes o vicealcaldes. El encuentro está coorganizado entre el Ayuntamiento de Barcelona y la UOC. El objetivo principal es concluir con una declaración de las ciudades con una serie de diez principios que las ciudades se comprometen a hacer prevalecer en la economía de plataforma.

 ¿Te parece que el poder de las empresas digitales globales es tan fuerte hoy en día que las ciudades deben afrontar su desarrollo con una estrategia común de regulación?

Absolutamente; de hecho, en la cumbre se organizará un grupo de trabajo para potenciar la colaboración entre ciudades con el objetivo de incorporar y hacer prevalecer unos estándares en las negociaciones con grandes plataformas, pues empiezan a poseer un poder excesivo. Si Barcelona va sola a negociar con Airbnb, lo tiene más complicado que si va junto con otras 35 ciudades. Buscamos esta gran colaboración para hacer lobby. Quiero remarcar que las ciudades que vendrán tienen gobiernos de todo tipo: derechas, izquierdas y liberales. Todas están de acuerdo en que las plataformas ponen en duda la soberanía de las ciudades para hacer prevalecer su modelo. No se trata de un ataque, sino de poner unas reglas del juego que, de hecho, las beneficiarán, porque al mercado no le va nada bien la incertidumbre con la que operan ahora.

 ¿Cuán lejos estamos de esta colaboración entre ciudades a escala global?

Yo creo que en un año veremos el establecimiento de la estandarización de los requisitos en las plataformas. La idea es que, dentro de un año, el modo de operar de Airbnb en todo el planeta esté más estandarizado y respete más las normativas locales, como la no publicación de anuncios de viviendas ilegales. Estas plataformas son muy potentes y tienen muchos intereses, pero si las ciudades se acaban poniendo de acuerdo, su poder se multiplica. El nivel de interés de Sharing Cities es tan elevado que hemos tenido que cerrar la convocatoria a ciudad para participar. Hay muchas ganas de trabajar en estrategias conjuntas.