«La gente mayor es la que más adopta la tecnología móvil»
Foto: UOC
16/02/2017
Ángela Plaza

Barcelona volverá a acoger, dentro de pocos días, una nueva edición del Mobile World Congress, la feria de tecnología móvil más importante del mundo. Una vez más, los últimos avances en este sector serán noticia y pondrán en evidencia cómo el móvil se ha convertido en un objeto de comunicación imprescindible. ¿Pero todos los segmentos sociales hacen el mismo uso de él? ¿Y la gente mayor? Hablamos con Mireia Fernández-Ardèvol, investigadora del IN3 de la UOC y experta en comunicación móvil, personas mayores y TIC. Fernández-Ardèvol forma parte del grupo de investigación Redes de Comunicación y Cambio Social, dentro del cual se articulan varias líneas de investigación, de las que una está centrada en el envejecimiento y las tecnologías digitales.

A menudo asociamos la tecnología digital con ciertos segmentos de la población, pero obviamos a la gente mayor. ¿Es un estereotipo o las personas mayores están excluidas de las tecnologías digitales?

Algunas personas sí, algunas no. Obviamente, el cambio de paradigma está y todos nos hemos tenido que adaptar a él. Aquí rompería el primer tópico: nadie nace enseñado. Parece que los niños aprendan solos, pero no es cierto. Los más pequeños aprenden, repiten, insisten y no tienen sensación de frustración. Efectivamente, uno de los elementos de lo que llamamos brecha digital está relacionado con la edad. De todas formas, y aunque el segmento que utiliza menos los medios de comunicación digital —móvil e internet— es la gente mayor, también es el segmento en el que más crece la adopción. Si la juventud está al 99-100 % de uso, el único colectivo en el que todavía hay recorrido para crecer, en términos de adopción, es el de las personas mayores. ¿Cuántas personas mayores conoces, pensando en entornos urbanos, que no usen el móvil o WhatsApp?

Creo que ninguna.

Por supuesto, estoy pensando mucho en el contexto local y lo pongo como ejemplo. Todo el mundo conoce a alguna persona que se niega a utilizar estos instrumentos, sobre todo si nos referimos a un ordenador con internet, que es bastante más complejo si no se tiene un bagaje previo. A título de ejemplo, WhatsApp se ha convertido en una herramienta imprescindible en nuestro entorno y en un elemento clave para que los mayores adopten los teléfonos inteligentes. Lo han hecho por las presiones de todo el entorno, porque en el caso de España el sistema de tarificación ha dejado fuera a los SMS. ¿Qué ha hecho esto? Que enviar un SMS suponga un coste añadido y, por tanto, al final, quieran o no, han acabado con un teléfono inteligente para seguir conectados.

Además, es un sistema de mensajería muy similar a los mensajes instantáneos.

Con WhatsApp, a diferencia de lo que ocurre con Facebook, los mayores se adaptan de una forma muy natural precisamente porque es muy similar a los SMS. Son mensajes que se envían de uno en uno, hay grupos y también pueden enviarse fotografías o vídeos. Además, la percepción es que se trata de un canal de comunicación privado. No es como Facebook, donde no se acaba de controlar totalmente lo que compartimos, y la privacidad, particularmente para las personas mayores, es un tema muy importante.

¿La sociedad sigue encasillando a los mayores también en cuanto al uso de las tecnologías digitales?

En nuestras sociedades la gente mayor está estereotipada. Es habitual que pongamos estas etiquetas de «mayores igual a personas incompetentes en tecnologías digitales y que no saben adaptarse a los cambios». Son ideas poco contrastadas, prejuicios. Falta investigación. Y la investigación que hacemos muestra que la situación es mucho más diversa de lo que dicen los estereotipos. Y todo empieza por la forma en que nos aproximamos a la gente mayor. Si hiciéramos como en otros segmentos de edad, deberíamos distinguir cuidadosamente las diferentes generaciones. No podemos homogeneizar las personas de sesenta y cinco años hacia arriba. Alguien de sesenta y cinco años no tiene nada que ver con alguien de noventa. Las trayectorias vitales pueden ser completamente diferentes, y los usos de las tecnologías digitales también pueden serlo.

Tampoco debemos olvidar los que, conscientemente, dejan de lado las tecnologías.

Me gusta mucho explicar el caso de un señor de noventa y dos años que entrevistamos en Ontario para un estudio. Había creado una empresa y se había retirado a finales de los años ochenta. En aquella época los ordenadores eran «cosa de secretarias». En el momento de la entrevista vivía en una residencia y explicaba que se podía comprar todo lo que quisiera. Decía que no necesitaba ni ordenador ni teléfono móvil, y, por tanto, no tenía porque no quería. Este es el otro tópico que quiero romper: no usar tecnologías digitales también es un derecho. Y también empodera porque cada persona decide qué hace con ellas. La tecnología digital es un instrumento que nos ayuda a estar integrados en nuestros círculos sociales, pero existe el derecho a no utilizarla. No es una cuestión solo de gente mayor, sino que también hay jóvenes que deciden no saber nada de ella.

¿Las tecnologías digitales pueden servir de puente de conexión entre generaciones?

Una de las cosas que vimos cuando empezaron a popularizarse tecnologías digitales como el teléfono móvil es que permiten la comunicación persona a persona. Hemos dejado de llamar a un lugar para pasar a llamar a una persona. De este modo, hasta hace poco, los abuelos llamaban a casa y hablaban con los padres o las madres, quienes luego les pasaban a los niños. Actualmente la comunicación es directa; por tanto, nos estamos saltando intermediarios. Facebook es un lugar interesante para evidenciar este fenómeno. Estamos a punto de poner en marcha un proyecto, que liderará Andrea Rosales y que forma parte de una comparativa internacional, que se llama Grannies on the net —Abuelas en la red. El objetivo es hablar con abuelas sobre sus relaciones con la familia y, en particular, con sus nietos y nietas. Por ejemplo, cuando se empezó a popularizar Facebook había adolescentes que no querían tener agregados a los padres, pero sí a los abuelos, porque consideraban que estos no los censurarían.

La cuestión es que los cambios que se producen ahora son más rápidos y perduran menos en el tiempo, ¿verdad?

Cada generación tiene unas tecnologías. Lo que le sucede a la gente mayor es que ha tenido que aprender más cosas diferentes. Haber accedido a este conocimiento previo te permite dar el siguiente salto. Hay un conocimiento que va «a capas», es acumulativo. ¿Qué es lo que ha sucedido? Cuando esta transformación te llega cuando eres una persona mayor, normalmente parece que tengas menos tiempo para aprender los cambios. Lo que cuenta es la trayectoria vital, como decíamos antes. Por ejemplo, hay personas que, por circunstancias vitales, ya tocaban ordenadores en la década de los setenta y los ochenta y les resulta más fácil adaptarse porque tienen un bagaje. Alguien a quien en su entorno laboral no han pedido nunca que toque un ordenador y ahora, con ochenta años, lo tiene que hacer, si no tiene un mapa mental debajo, se le pueden presentar ciertas dificultades que quizás su entorno no termine de entender.

Uno de los estudios que habéis publicado en el blog de Redes de Comunicación y Cambio Social hace referencia a la ansiedad que pueden sentir los mayores cuando se encuentran delante de un ordenador. ¿Esto es extrapolable a otras generaciones?

La llamada computer anxiety —también existe la mobile computer anxiety— tiene que ver con cómo vivimos usar un ordenador y se produce en todas las edades. En nuestro caso la estudiamos específicamente en personas mayores. Me gusta mucho comparar este fenómeno, para desmitificarlo, con la ansiedad que puede producir coger el coche si no te gusta conducir. Si tú no conduces cada día y, encima, no te gusta hacerlo, el día que tienes que coger el coche no estarás cómodo. Nos referimos a este tipo de ansiedad, no a la que te bloquea. ¿Qué vimos con estos estudios? Que no es la edad lo que explica la ansiedad, sino la experiencia de uso. Cuanta más experiencia, más pequeña es esta sensación de ansiedad.

Antes hablábamos de cómo la sociedad estereotipa a los mayores. ¿También los ignora a la hora de hablar o de comercializar las tecnologías digitales?

Los segmentos con un poder adquisitivo más elevado son los de mediana edad. Los jóvenes interesan porque si se acostumbran a determinados productos, luego los querrán seguir utilizando. Además, la gente joven marca tendencia porque son los más innovadores en usos. Cuando digo los más innovadores significa que los otros grupos de edad también innovan, pero de una forma diferente. Las empresas se dirigen a los grupos de mayor poder adquisitivo y la gente mayor no tiene tanto. Además, ha habido muchas empresas que se especializaron en móviles para las personas mayores, con teclas grandes y muy caros. Estos aparatos identificaban a los usuarios como personas mayores. Esto no gustó a determinados sectores de personas de edad avanzada, que no querían llevar un móvil que los estigmatizara. Con los teléfonos inteligentes actuales cada uno puede personalizar el tipo de letra, por ejemplo, para leerla mejor, pero el dispositivo no estigmatiza porque es como el que utilizan el resto de personas de otras edades. Podemos hablar de diseño universal, aunque no se hayan pensado para estos colectivos. Las personas mayores los pueden adaptar a sus necesidades, capacidades e intereses. Hay momentos en que no te importa que te identifiquen como perteneciente al colectivo de personas mayores, pero hasta ese momento debemos intentar evitar los elementos que nos muestren como viejos porque nuestra sociedad no acepta la vejez.

Al fin y al cabo, la vejez es un estado al que todos llegaremos. Entonces, ¿la tecnología digital nos puede hacer partícipes de la sociedad de forma activa y sin ser estereotipados?

Lo que nos define como personas, y para lo que nos forman durante toda la vida, es ser independientes, ser autónomos y tener capacidad de decisión. Con determinados estadios de la vejez o enfermedades, hay quien sugiere distinguir entre tercera y cuarta edad. La tercera edad se refiere a las personas mayores que tienen una vida autónoma gracias a su condición física y mental. La cuarta edad serviría para hablar de personas con la misma edad cronológica, pero con unas condiciones que las hacen dependientes. Las tecnologías digitales podrían ayudarnos a continuar empoderados, pero no siempre es así. Hay un momento en que la sociedad te encasilla, por diferentes motivos, ya sea porque el sistema público u otras personas deciden por ti. Las recetas mágicas para una vejez activa y saludable no existen, cada individuo decidirá qué quiere. Hay individuos que quieren determinados niveles de socialización y otros que no. Debe haber libertad de elección. Tal como dice la ley de Kranzberg, las tecnologías no son ni buenas, ni malas ni neutrales. Esto también puede aplicarse a una tecnología digital y a su influencia en la autonomía de las personas mayores.

El acceso a todas las ventajas de las tecnologías digitales también depende del poder adquisitivo, y hay gente que no accede no porque no quiera, sino porque no puede.

Hay gente que pide dinero en la calle y que tiene un móvil de última generación. Y el comentario que oyes es: «¿Por qué tiene este móvil si está pidiendo en la calle?». Es que quizás ese móvil es el acceso a cualquier posible trabajo, la comunicación con su red social o la puerta para comunicarse con la Administración pública. Normalmente quien pide dinero en la calle difícilmente tiene un hogar; por tanto, no tiene ni teléfono fijo ni internet. ¿Y dónde se conecta a internet? ¿Por dónde pasa su ciudadanía plena? Pues seguramente pasa por aquel teléfono, con la tarifa más barata del mercado pero que, al menos, tiene voz y conexión de datos. No poder acceder a él genera desigualdad.

Vemos, pues, que las tecnologías digitales no solo ayudan a superar barreras, sino que también generan.

Hay dos brechas digitales, la de acceso y la de uso. La de acceso es la que mide si usas o no, por ejemplo, internet en el móvil. La reflexión general, sin embargo, es que quizá con eso no nos basta para valorar cuál es la brecha digital porque móvil, prácticamente, tiene todo el mundo. La clave puede dárnosla la brecha de uso, que es la que genera más diferencias. En el caso de los mayores, que utilicen WhatsApp no quiere decir que sean usuarios habituales de otros servicios de internet. Acciones como comprar en línea o hacer gestiones con las administraciones públicas aún son barreras que generan ciertas desventajas. Hay personas mayores que regularmente usan Facebook o WhatsApp, pero que cuando tienen que hacer algún tipo de actividad telemática más sofisticada, y donde tiene que asumirse el riesgo de hacerlo mal, es muy probable que necesiten la red de apoyo, normalmente la familia. Al final no hay tanta diferencia entre la gente mayor y los otros colectivos, porque si un usuario medio no sabe hacer alguna gestión, también pedirá ayuda. La cuestión es disponer de una red de apoyo, ya sea la familia o los amigos, que pueda echarte una mano.