«Nuestra esfera pública es una máquina de triturar vidas»

  Foto: Kim Manresa

Foto: Kim Manresa

28/12/2018
Ester Medico
«Estamos en una sociedad hecha de egos muy débiles e hinchados que se pinchan muy fácilmente»
Marina Garcés, filósofa y profesora de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC

 

Marina Garcés (Barcelona, 1973) se ha incorporado a la UOC este curso como profesora de los Estudios de Artes y Humanidades. Filósofa omnipresente, defiende que la filosofía «es una forma de vida» y que «filosofar siempre ha sido un acto subversivo». Este año ha sido galardonada con el premio Ciudad de Barcelona por el ensayo Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017). En los últimos años ha publicado obras como Un mundo común (2013), Filosofía inacabada (2015), Fuera de clase (2016) o Ciudad Princesa. En la raíz de su pensamiento encontramos un denominador común: hacer aflorar alternativas a la «crisis de civilización» que vivimos para sobrevivir «en un mundo cada vez menos vivible».

 

Querías estudiar periodismo pero finalmente optaste por la filosofía.

Me imaginaba que ser periodista me ofrecería la posibilidad de seguir buscando lo que me inquietaba y me interesaba por medio del lenguaje, pero la realidad del mundo mediático a comienzos de los años noventa me desmontó aquella idea tan romántica. En paralelo, en COU tuve un buen profesor de filosofía que me hizo ver que podía hacer mío un amplio abanico de cuestiones y problemas, siempre y cuando fuera hasta al fondo de ellos.

El término filosofía es una palabra griega que significa ‘amor por la sabiduría’.

Es una de esas palabras que no se agotan con ninguna definición, porque siempre están vivas. Es muy antigua, tiene 25 siglos. A veces la he definido como «la expresión de una voz singular que busca una razón común». Y es que la filosofía no es una teoría que podemos poner en boca de cualquiera, sino que es una de las primeras prácticas culturales de la que tenemos un autor propio, con la característica de que se piensa como una vida en relación con los demás y utiliza su voz para interpelarlos y ofrecerles la posibilidad de pensar juntos.

¿Qué papel tiene hoy la filosofía?

Estamos en un momento de cambio, en el que la filosofía está pasando de un cierto descrédito cultural, social y académico a un resurgimiento, no solo en el ámbito académico, sino también en el espacio público. Esto ocurre porque estamos en una crisis de civilización y, en este contexto, las preguntas fundamentales que nos permiten situarnos en este mundo tan incierto y tan oscuro de horizontes son necesarias.

¿Tenemos suficiente tiempo para pensar?

Hoy en día el momento reflexivo, la posibilidad no solo de ejecutar procesos, sino de detenerse y variar el rumbo, va en contra de los usos habituales e impuestos en relación con el tiempo, el trabajo, la vida, el consumo, la comunicación, etc. Por eso es aún más importante defender la práctica del pensamiento.

¿Cómo blindaremos la práctica de pensar?

Pensar es un acto de resistencia que depende de cada uno, pero que no podemos sostener solo individualmente. Necesitamos a los demás, porque desde el aislamiento absoluto tampoco se puede pensar. Por eso defiendo mucho la filosofía como eje vertebrador de la educación desde el comienzo, como hacen las escuelas que incorporan la filosofía desde los cursos de infantil y de primaria, de las que cada vez hay más.

Hablando de educación, tenemos más población con estudios universitarios que nunca y las TIC nos han abierto las puertas del conocimiento global. A pesar de ello, nos dices que somos «analfabetos ilustrados» y denuncias la «desertización intelectual» y los «proyectos de inteligencia delegada».

Analizo un fenómeno que es muy importante, porque pone en cuestión muchas cosas. Nuestra cultura es heredera de la Ilustración, que confiaba en que más educación, más conocimiento y más información ya era la condición que nos hacía más libres. Nos capacitaba para tomar decisiones autónomas tanto de individuo como de colectividad y, por lo tanto, para transformar el mundo y acercarlo a unos determinados valores éticos, de justicia, políticos, de mejora de las condiciones de vida, etc. Sin negar todo esto, nos encontramos con que existe una nueva ignorancia que no tiene nada que ver con no tener acceso a la educación. Somos grandes consumidores de información, de formación, nos transmiten conocimientos y tenemos competencias respecto a los objetivos, pero no necesariamente somos individuos más emancipados. ¿Por qué? Pues porque sabemos qué ocurre en el mundo y en nuestros entornos, pero no sabemos qué hacer ni cómo intervenir en ello. Este corte entre el pensamiento y la acción, entre el conocimiento y las consecuencias, que nos incapacita a pesar de todo lo que sabemos, es precisamente el analfabetismo ilustrado.

 

Crisis de civilización y democracia

¿El miedo nos domina y marca la lógica política actual?

El ser humano vive con miedo y hacer del miedo un argumento político significa, por ejemplo, que puede ganar unas elecciones la propuesta política que de alguna forma «nos proteja» más y mejor de nuestros miedos. Esto significa que estamos claramente en una crisis de civilización en la que no importan tanto los valores compartidos como las posibilidades de ofrecer seguridad. La crisis de civilización crea una gran inseguridad planetaria, porque solo imaginamos un futuro bajo formas catastróficas. ¿Cuál es la frase más repetida de nuestros tiempos?: «Esto acabará fatal».

Es lo que llamas «condición póstuma» en la obra Nueva ilustración radical.

Esta frase es la traducción cotidiana de una cosmovisión en la que los imaginarios de futuro que guiaban nuestra civilización han colapsado y sobre ello se ha construido el dogma apocalíptico, que es el que nos presenta el apocalipsis como irreversible. Hay toda una construcción ideológica y narrativa que convierte la crisis de civilización presente en la constatación de que irreversiblemente nos vamos al fin del mundo. Volviendo al argumento del miedo: quien gestione este apocalipsis y sus diferentes formas de salvación se asegurará el poder político, tecnológico, cultural y económico. A quien sea capaz de salvarnos, aunque solo sea a unos pocos, estaremos dispuestos a comprarle el producto. Esto es lo que sucede en la política contemporánea y también en todo un «ejército» de expertos en tecnologías y en falsas promesas de salvación. Hay que desmontar el dogma apocalíptico y desnudar a los comerciantes de salvaciones para desarrollar nuevas posibles emancipaciones en este contexto.

Son síntomas evidentes de que la democracia no está en su mejor momento.

Estamos en un momento de involución democrática a toda escala, de contrarrevolución política e ideológica. Lo vemos con los resultados electorales de muchos países, pero también en la aceptación de la creciente desigualdad del mundo y de la residualidad de grandes cantidades de masas humanas que son declaradas como inasimilables por el sistema actual y que, por lo tanto, se ven excluidas de cualquier expectativa de una vida digna. La crisis de la democracia incluye, pues, dos grandes aspectos: la creciente desigualdad (si se puede vivir o no en nuestros entornos con condiciones mínimamente dignas) y el creciente autoritarismo, que va ligado al reforzamiento de las relaciones de poder, con respecto a la relación entre vigilancia, seguridad y recorte de libertades.

¿Cuál es el nivel de malestar social que detectas como activista?

El malestar está muy claro en temas de vivienda, de precarización de la vida, de relaciones de género en el neopatriarcado... Todo esto está vivo y está ocurriendo de forma muy activa. Los jóvenes se están montando otros tipos de vida afectiva, material y económica. Ahora, esto no aparece en el volumen más alto del altavoz público.

¿Qué estallidos de malestar social nos podemos encontrar este 2019?

Una de las grandes líneas de fondo es todo lo que tiene que ver con la relación de la vida con el territorio (vivienda, destrucción del territorio y de las costas, turismo masivo, etc.). Luego está toda la cuestión de la frontera europea, la gran herida de nuestro entorno, que se va reforzando, cosiendo y recosiendo con vigilancia y concertinas, pero que también va infectándose. A veces, cuando pienso que varias décadas después hemos mirado atrás y nos hemos preguntado cómo las sociedades europeas de los años treinta y cuarenta pudieron convivir con el exterminio, el holocausto y otros fenómenos tan insoportables, pienso que en el futuro la gente se preguntará cómo podíamos convivir nosotros con esta frontera y con todo lo que implica (campos de refugiados dentro y fuera de Europa, externalización del cautiverio, miseria social producida por la guerra y las guerras climáticas, etc.). Por último, están las cuestiones ambientales, que son graves. Ya no es la ecología: es la propia vida.

¿Estamos perdiendo humanidad?

El ser humano no sabe qué es ser humano. Humano es un término que condensa ideales, monstruosidades, valores, historias de terror... Lo que nos hace humanos es precisamente saber que tenemos que pelearnos con todo esto para podernos transformar. Cuando de alguna forma renunciamos a hacerlo es cuando perdemos humanidad.

 

El ágora y el debate público

¿Tendemos a la simplicidad en el debate público?

Ya no solo es que caigamos en ella como tentación humana de extremar o exagerar nuestra propia posición, sino que incluso los algoritmos mediante los cuales nos relacionamos no solo en las redes sociales, sino también a la hora de hacer clic en noticias y leer contenidos, ya están hechos para retroalimentar y autoconfirmar. La vida que llevamos hoy en día dentro y fuera de la red está muy dirigida a autoconfirmar continuamente lo que ya pensamos, lo que ya somos, la forma en la que nos mostramos a los demás. En cambio, nos incomoda la disensión y evitamos hacer el esfuerzo de encontrarnos con lenguajes y formas de vida que no entendemos o no coinciden con las propias. El esfuerzo de la disidencia y la diferencia está penalizado como inoperante. Cuando todo tiene que producir efectos rápidos de aceptación o rechazo, y el clic es eso, el me gusta o no me gusta, abro esta noticia o no, retuiteo o no... Se imponen las lógicas binarias y todo lo que las complica o matiza se ve como una interferencia. Afortunadamente, hay muchos espacios de intercambio, de aprendizaje y de discusión, que son los lugares donde es posible crear una sociedad diferente.

¿Cómo pueden combatirse las dinámicas binarias?

Desde el mundo educativo y cultural tenemos que velar por la palabra y por la sensibilidad en todos sus aspectos, desde escribir bien hasta aprender a escuchar o a matizar. Para mí esto son tareas éticas y políticas fundamentales. Son precisamente estos actos de resistencia lo que nos permitirá transformar esta tendencia a la simplificación, la polarización y la banalización de todo.

Además, tenemos que convivir con la posverdad.

La palabra posverdad la utilizamos como cajón de sastre de muchas cosas: rumores, manipulación, mentira, propaganda... ¿Pero qué es específico de las noticias falsas o fake news? Desde la filosofía, que se relaciona de manera especial con preguntar por la verdad, es una cuestión clave. Lo específico de las noticias falsas son dos cosas: por un lado, la dimensión comunicativa que facilitan los medios de comunicación actuales, que multiplican las fuentes e intensifican el impacto de cualquier afirmación, información u opinión; y por otro lado, existe un aspecto más político de las noticias falsas, que está en el hecho de que nos comportamos como clientes en todos los aspectos de la vida. No es que nos cuelen mentiras, solo. Es que «compramos» las ideas y las posiciones que nos convienen más y lo que importa menos es si son verdad o son mentira. Nos da confort que nos digan lo que deseamos oír, porque la vida se vuelve más fácil.

¿Las redes sociales son la nueva ágora?

Son también un medio de comunicación y de consumo. Son esfera pública en el sentido de que ocurren cosas que se sitúan más allá de nuestras intimidades privadas. Pero como las redes sociales han hecho saltar la relación entre lo público y lo privado, al final no tenemos muy claro de qué están hechas. Todo se mezcla y de forma inmediata, es decir, sin mediaciones. Las redes sociales están construidas sobre deseos muy básicos del ser humano y por eso funcionan tan bien: ser visible, estar presente, ser influyente, ser amado, interactuar con los otros...

¿Un terreno abonado para los egos?

Estamos en una sociedad hecha de egos muy débiles en el fondo, ya no estamos en la sociedad del individuo fuerte, propietario o soberano. Son egos hinchados que se pinchan muy fácilmente. Solo con que no te respondan un tuit, ¡ya te han pinchado! Nos encontramos, entonces, con estos emotivismo ciclotímicos de entusiasmo y depresión, de amor infinito, de odio absoluto, de confianza absoluta, de depresión absoluta... Los egos se van alimentando e intoxicando con este emotivismo.

¿Somos más vulnerables que antes?

Lo que se ha vuelto más vulnerable es esa intimidad sobreexpuesta. Ahora buscamos la aprobación, que significa el aprecio y la aceptación, por la vía de mostrarnos todo el tiempo desde el lado más íntimo, más frágil, más psicológico, más emocional. Son dimensiones de la persona muy afectables y muy «heribles». Ahora vemos debates políticos e intelectuales en los que se responde de tal forma que el objetivo es hacer daño a la persona que defiende una posición. Nuestra esfera pública es una máquina de triturar vidas y hay que tener mucho cuidado en cualquier actividad pública en estos momentos para no dejarse triturar.

¿Por qué ocurren estos linchamientos?

La esfera pública debería servir para acoger el desacuerdo y el conflicto, ya que de este modo una sociedad incorpora el pluralismo, el perspectivismo y la diferencia, pero para que esto ocurra hay que tener argumentos, hay que dudar y recomponer los propios argumentos, saber discutir. Es mucho más fácil, básico y manipulable que nos relacionemos desde el estrato más bajo de las emociones.

 

El rol de la universidad

¿Las universidades son más necesarias que nunca?

En este mundo en transición, si las universidades quieren seguir llamándose universidades y no acabar siendo meras empresas de la educación superior de conocimiento patentado, tienen una responsabilidad histórica. Es una responsabilidad que tiene que ver con su definición y su razón de ser: es la única institución que tiene por función reunir todo el conocimiento disponible, tanto aquel que ya ha sido generado como aquel que se está generando, y hacerlo disponible universalmente para el conjunto de la humanidad. En este momento en el que la guerra de poderes y saberes es tan fuerte, en el que hay nuevos tipos de ignorancia y existen nuevos monopolios de la sociedad del conocimiento, el rol de la universidad es clave para intervenir de forma justa y, a la vez, libre en las transformaciones de nuestro tiempo.

¿Cómo ha sido tu aterrizaje en la UOC?

Muy dulce. La verdad es que estoy muy contenta. La acogida de los compañeros ha sido muy cálida. Y el nuevo máster que pondremos en marcha en octubre, el máster universitario de Filosofía para los Retos Contemporáneos, es un proyecto muy interesante que implica al conjunto de la UOC. Es un programa de matriz filosófica, pero de orientación interdisciplinaria. Y mi objetivo es que no sea solo un producto académico, sino que se convierta en una plataforma abierta de debate y de discusión pública importante; que nos sirva para pensarnos nosotros mismos (toda la comunidad UOC y más allá) y que sea una plataforma para dotarnos de herramientas, espacios y tiempo para pensar el mundo sin someternos a sus dictados y sus miedos.

¿Cómo compaginas la universidad con toda tu actividad pública y tu vida personal?

Haciendo algo muy malo, que es no descansar. Aun así, uno de los grandes cambios personales desde septiembre hasta ahora es que he dejado de ir y venir de Zaragoza, donde llevaba quince años como profesora titular de la Universidad de Zaragoza. Me he pasado media vida profesional y personal adulta yendo y viniendo. Y ahora me encuentro con que de repente tengo una vida cotidiana. Y es fantástico. Hago muchas cosas, pero todo me parece más fácil. Así pues, estoy saboreando la vida en Barcelona de otro modo, y también la relación con el trabajo y la familia. Por muchas cosas que haga, ahora cada noche duermo en casa, cada día puedo estar con mis hijos... Estoy muy contenta, sobre todo de poder reunir vida, trabajo, inquietudes personales y colectivas, vida cultural y vida activista.