«Cuando empecé mi primer año de Historia, en 1949, las clases eran un poco militares»

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02/01/2019
Àngels Doñate
Salvador Aldana, estudiante nonagenario del grado de Diseño y Creación Digitales

 

Salvador Aldana es un hombre del Renacimiento, un pequeño Leonardo valenciano al que todo le interesa. Antes de los once años ya había leído la obra completa de Blasco Ibáñez y se entretenía con los Episodios nacionales, desmontaba un tren eléctrico pieza a pieza y hacía fotos con una de las primeras Kodak que le había regalado su padre. En 1949, con dieciocho años, entró en la Universidad de Valencia en la facultad de Filosofía y Letras (para cursar Historia). Y ya no ha dejado el campus universitario: en 2018, con noventa años, estudia el grado de Diseño y Creación Digitales en la UOC. De una universidad militarizada a una democrática, de una presencial a una virtual... cuando la curiosidad es el motor, no hay límites. Estudio, docencia, investigación, creación artística, escritura... ¿Su secreto? Trabajo duro y pasión por igual. Salvador no le teme a nada, ni siquiera al Photoshop o al PowerPoint, que para tantos compañeros de generación son un misterio indescifrable. «El día que me aburra, lo dejo», afirma.

 

Segundo semestre en la UOC. Dos asignaturas aprobadas, matriculado en dos más. ¿Cómo llegó hasta el Campus Virtual? ¿Y hasta el grado de Diseño y Creación Digitales?

Mi mujer, pianista profesional, estudia Derecho en la UOC. Me dijo: ¿por qué no estudias tú también? Siempre he dibujado, he hecho exposiciones fotográficas... Pero, además, me ha interesado conocer nuevas tecnologías, no tengo miedo al ordenador y utilizo programas como Photoshop o PowerPoint para las presentaciones o conferencias que doy sobre arte (en este momento, preparo una sobre el modernismo). Hasta ahora lo he hecho por libre, pero quería mejorar y me matriculé en este grado.

Su vida ha estado ligada a la universidad desde...

En 1949 empecé mi primer año en Filosofía y Letras, para estudiar Historia. ¡Hice la carrera con beca porque mi nota más baja era un ocho y medio! No voy diciendo lo bueno que soy. Voy trabajando. En aquel entonces, las clases eran un poco militares. Entraba el profesor y nos poníamos de pie. No sonaba un timbre para decirnos que la clase había acabado. Un bedel abría la puerta y decía: «Señor profesor, la hora». Acabé la carrera con premio extraordinario y empecé el doctorado. Pertenezco a la primera generación que pudimos hacer la investidura de doctor en la Universidad de Valencia. ¡Antes todo era en Madrid! Cuando me convertí en profesor, tenía 200 o 250 alumnos en clase. Las cosas ya habían cambiado y teníamos una universidad más democrática: hablábamos con los alumnos, no utilizábamos el «aquí mando yo». Por aclamación, fui elegido académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y, al cabo de un tiempo, presidente, y ahora sigo siendo académico de número. También pertenezco a la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi. (Lo que no menciona por modestia u olvido es que también pertenece a la de San Fernando de Madrid y a la de Santa Isabel de Hungría de Sevilla.)

Y hoy, universidad virtual.

Me interesaba lo que no se da en las facultades como la mía, de Historia del Arte. Allí no se enseña al alumno a crear la obra de arte. Se le pasan fotos de diferentes piezas en la pantalla y se comentan. Ahora yo estoy creando. Es cierto que esta es una universidad diferente: o te acomodas o lo dejas. Yo la he elegido. Soy curioso, así que estoy abierto a otras disciplinas y lenguajes, como el de lo virtual. En un mundo moderno tienes que estar entendiendo lo que pasa, y ahora la tecnología es clave. Me gusta definirme como aprendiz de muchas cosas, maestro de nada.

¿Qué es lo que más le cuesta de ser alumno virtual? ¿Y qué ha ganado?

¡La comunicación! Todo pasa por el correo electrónico. Las esperas, los problemas técnicos... Para hablar con el profesor no es como en la presencial: no se puede ir al despacho, hay que esperar. He ganado un enfoque diferente: no es lo mismo ver una imagen de una manifestación que crear unos episodios de cómic sobre un desahucio.

¿Su secreto para seguir en activo a los noventa?

Nunca me he parado. Tengo amigos muy ricos en amistad, pero no soy de clubs, ni de barras, ni... Me pongo a hacer una cosa, descanso y leo. En casa tenemos una buena biblioteca, como ya tenían mis padres. Leo mucho y tengo mi Kindle. Pero reconozco que me gusta el tacto del papel entre mis manos, acariciar el lomo, el olor de la tinta..., todo eso no se tiene en el libro electrónico. Pero no solo leo: también escribo. He publicado más de cincuenta libros sobre historia del arte y ahora, novelas históricas. La última, sobre los judíos sefardíes (Cartas a Gert: historias de sefardíes). Si algún día me paro, es que ya se acabó, que estoy seco.

¿Un pequeño Leonardo nace o se hace?

Mi padre era un gran aficionado a la lectura. Con él iba a los museos. Mi madre era pianista, con una carrera brillante. De ellos heredé muchas cosas. Mi licenciatura la hice sobre la revolución de 1820. Luego me incliné por la historia del arte. Cambié por los genes: me incliné por contemplar la belleza y tratar de explicarla.

¿Un consejo para sus compañeros que empiezan primero?

Que se cuiden, que no hagan excesos. Tener buenos hábitos, estar interesado y no sentir hastío por nada son los mejores consejos. Y hacerse preguntas constantemente: ¿por qué esto?, ¿por qué no lo otro? Nos crecen unas 1.400 neuronas al día... ¡vamos a darles trabajo! A mis compañeros jóvenes, les diría: «Si no estudias, no serás nada». Formarse, tener conocimientos, es fundamental. Hay que dedicar horas al estudio. No hay misterio, por eso has de amar lo que elijas. Sobre todo, hay que vivir tu profesión, que no te aburra. Aunque sea poner tornillos, ¡ha de gustarte! Tienes que gozar con lo que haces. Hay que destripar tu profesión, desmenuzarla..., nadie te va a dar el conocimiento en bandeja.