«La única solución a la crisis energética pasa por el decrecimiento de nuestro consumo de energía»

 Antonio Turiel

Foto: UOC

10/11/2022
Eva Carnero
Antonio Turiel, científico experto en recursos energéticos

 

Antonio Turiel Martínez es científico y divulgador, licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como investigador científico en el Instituto de Ciencias del Mar, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en Barcelona. Este mes de noviembre ha participado en la Jornada Anual Alumni de la UOC, celebrada el día 3 en Barcelona y el día 8 en Madrid. El experto en recursos energéticos y oceanografía e investigador del CSIC lleva algo más de una década advirtiendo de la gran crisis de energía que se avecina. Hace un año quedó patente en su comparecencia ante el Senado, con una ponencia sobre cómo alcanzar una transición energética sostenible. "Nos podemos encontrar con una situación bastante complicada que podría llevarnos a un colapso", aseguró a la cámara. Además, hace unos meses publicó El otoño de la civilización (Escritos Contextatarios, 2022), con prólogo de Yayo Herrero y epílogo de Jorge Riechmann.

Desde el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania, las noticias sobre el conflicto bélico y la crisis energética forman parte del mismo mensaje. De este modo, los medios de comunicación establecen una clara conexión entre la guerra, la crisis energética y las consiguientes crisis. Este panorama parece que es solo el principio de lo que está por venir. ¿Estamos ante un escenario apocalíptico cuyo centro de gravedad es la crisis energética?

No es un escenario apocalíptico, a no ser que a algún loco le dé por apretar el botón nuclear. A lo que vamos es a un escenario previsto desde hace décadas: el descenso energético. La cantidad de energía y materiales de la que vamos a disponer va a ir inevitablemente decreciendo con el paso del tiempo por razones de agotamiento geológico. No es que se acabe de golpe, sino que se llega a un máximo (que ya hemos sobrepasado en el caso del petróleo y el uranio, y probablemente en el caso del carbón —para el gas natural todavía faltan unos pocos años—). A partir de ahí, la extracción y la producción de esas materias primas energéticas van cayendo con el tiempo, más paulatinamente si gestionamos bien la situación, o más rápidamente si lo hacemos peor. Esto ya estaba empezando a suceder antes de la guerra en Ucrania, y ahora el conflicto ha acelerado el problema. Por eso mismo, una vez la guerra acabe, el problema persistirá: podrá haber una pequeña mejoría inmediata, pero enseguida las cosas continuarán su curso de descenso.

No es el apocalipsis: es una situación nueva a la que podemos adaptarnos, y debemos hacerlo cambiando patrones de consumo y, en realidad, el modelo socioeconómico. No es el fin del mundo: es el fin de un mundo, uno depredador y destructivo, que en el fondo es mejor que deje de existir.

El problema de los recursos energéticos no es algo nacido en febrero de 2022 con la invasión de Rusia en Ucrania. La dependencia del gas ruso viene de lejos. Exactamente, ¿desde cuándo diría que está fraguándose este problema?

En el caso concreto de la enorme dependencia del gas ruso, el problema arranca con la fuerte sustitución del carbón por gas en los procesos industriales de producción de calor y en la generación eléctrica que se dio entre finales del siglo pasado y comienzos de este. Teóricamente, estos cambios fueron motivados por la lucha contra el cambio climático, ya que el gas es menos intensivo en emisiones de CO2 por unidad de energía producida. Sin embargo, en realidad había también una motivación económica: el gas era mucho más barato, porque se obtiene como un subproducto en la extracción de otros combustibles fósiles, y al mejorar la tecnología para su aprovechamiento y aplicación, se extendió su uso rápidamente.

El modelo de transición ecológica que actualmente se "vende" como solución a la crisis energética pasa por una reducción drástica del consumo tal y como lo conocemos hoy. ¿Cree que esta es la solución?

El modelo de transición energética (más que ecológica) que está publicitándose como el único existente y posible, yo lo denomino modelo de renovable eléctrica industrial (REI): grandes instalaciones de captación de flujos renovables para la producción de electricidad. El REI tiene muchas limitaciones, que raramente se discuten y que hacen completamente imposible su implantación a la escala que se pretende, y por supuesto es inviable pensar en que sustituirá todo el consumo fósil a los niveles actuales. Los problemas del REI son cuatro:

  1. El potencial máximo de producción de energía renovable es finito. Se han dado en la literatura estimaciones descabelladas sobre cuánta energía renovable puede captarse del ambiente. Actualmente, las estimaciones son mucho más moderadas y van desde cuatro veces el consumo actual hasta solamente el 40 % del consumo actual. Tanto si vamos a los valores máximos como, más aún, si vamos a los mínimos, está claro que es una cantidad finita y que se conseguiría dentro de este siglo si se mantuviera el ritmo histórico de aumento de consumo. Por tanto, nuestro sistema económico, que necesita del crecimiento para funcionar, tendría que estacionar en algún momento. Esta es la más pequeña de las limitaciones del REI.
  2. El REI depende de materiales escasos. No hay en el planeta suficiente litio, cobalto, níquel, manganeso, plata, neodimio o cobre para permitir el despliegue masivo que se pretende. Peor aún: mucho antes de agotar estos recursos, la extracción de las minas llegaría al máximo y comenzaría a decaer, por lo que alargaría el proceso de agotamiento, pero al mismo tiempo dificultaría la transición, al alargarla en el tiempo.
  3. El REI depende de los combustibles fósiles. Hoy en día, nadie ha cerrado el ciclo de vida de ningún sistema renovable usando solamente energía renovable. En todos los procesos —desde la extracción de los materiales, su transporte, la elaboración y la fabricación de piezas hasta su traslado, instalación, mantenimiento y, eventualmente, desmantelamiento—, se usan combustibles fósiles. No sabemos siquiera si estos sistemas serían viables si se usara solo energía renovable en su ciclo de vida.
  4. Tenemos problemas para aprovechar más la electricidad. La electricidad es un vector energético muy útil, pero solo representa el 20 % del consumo de energía final en el mundo, y menos del 25 % en el caso de los países más avanzados. Hay una dificultad real para incrementar el uso de la electricidad más allá de los niveles actuales, y no olvidemos que en España y en la Unión Europea el consumo de electricidad cae desde 2008. Las dos tecnologías en las que se confía para aumentar el consumo de electricidad —el coche eléctrico y el hidrógeno verde— no pueden masificarse debido a sus necesidades de materiales escasos, dependencia de energía fósil e ineficiencia, como muestran repetidos informes de la Agencia Internacional de la Energía, la Agencia Europea del Medio Ambiente o el IPCC. Sin embargo, la iniciativa política está ofuscada con estas dos tecnologías, por lo que condena la actuación pública a la inutilidad.

Parece que otra posible solución es el recién aprobado corredor verde (BarMar), que conectará Barcelona y Marsella y que transportará hidrógeno verde, gases renovables y una proporción limitada de gas natural como fuente de energía temporal y transitoria. Sin embargo, no está exento de críticas. ¿Cuál es su opinión respecto a esta iniciativa?

Es un anuncio de carácter político sin el más mínimo fundamento técnico. Lo más probable es que nunca llegue a hacerse. La estrategia europea del hidrógeno reconoce que Europa no puede autoabastecerse con el hidrógeno que puede producir a partir de energía renovable en su propio territorio, y España tampoco. ¿Qué hidrógeno verde podríamos exportar si ni siquiera cubriríamos nuestras propias necesidades? Es un proyecto basado en la desinformación y confusión de nuestras élites políticas, por no hablar de la complejidad técnica de un tendido por el mar y su elevado coste.

Además de la reducción del consumo, ¿ve en las energías renovables parte de la solución a la dependencia europea del gas ruso?

Como he dicho, las energías renovables del REI tienen muchas limitaciones. Además, en este momento se hace difícil integrar más energía renovable en Europa: durante las primeras décadas del siglo xxi se instalaron muchos sistemas renovables, y ahora, para poder integrar más, necesitamos dotarlos de sistemas de estabilización, so pena de que se creen tales inestabilidades que podrían hacer caer la red europea de alta tensión. De momento, la intermitencia de las renovables está supliéndose usando más gas en las centrales de gas de ciclo combinado, así que en este momento nuestro consumo de gas para producir electricidad no disminuye, sino que aumenta. Reducir el consumo no es tan simple como poner más centrales de energía renovable. Sería mucho más eficaz fomentar un consumo de proximidad, aunque eso también implicaría instalar mucha sobrecapacidad, con poca eficiencia en el aprovechamiento de recursos. No existe una solución sencilla, ni un modelo de transición rápido y asequible. De nuevo, la única solución pasa por el decrecimiento de nuestro consumo de energía.

¿Tienen las energías renovables un lado oscuro?

De momento, su lado oscuro es su impacto ambiental, que es mayor del que suele reconocerse, sobre todo debido a la extracción de materiales que no son tan abundantes y que, a medida que se van agotando, van obligando a consumir más energía fósil y a producir más residuos contaminantes por cada kilo de material extraído y procesado. Este problema no es exclusivo de las renovables, sino de cualquier actividad humana, y por eso hay que evaluar muy bien los impactos y decidir qué merece la pena hacer y qué no.

Otro problema está, evidentemente, en la cuestión de la equidad. Actualmente, están dándose ayudas económicas para la instalación de placas solares que benefician sobre todo a las personas que viven en una vivienda unifamiliar en la que disponen de una superficie amplia y bien orientada para la captación de energía solar, es decir, que viven en una vivienda que típicamente corresponde a una familia con ingresos más elevados. A la hora de diseñar estas ayudas, hay que pensar en cómo ayudar a las personas que viven en bloques de pisos quizá mal orientados o a los que otros bloques dan sombra, que justamente suelen ser familias con menos recursos.

El uso de energías renovables está ligado a otro aspecto: el reciclaje relacionado con la producción de este tipo de energías, de sus componentes. ¿Se está olvidando la gestión de estos residuos?

No se olvida. De hecho, es una cuestión cada vez más presente. El problema que plantea el reciclaje es que requiere mucha energía. De ese modo, con los métodos de fabricación usados hasta ahora y al no haber políticas públicas que impulsasen el reciclaje al finalizar la vida útil de los sistemas renovables, estaba fomentándose que se desechasen las partes de los aerogeneradores y de las placas fotovoltaicas de forma descontrolada, con lo que se creaban residuos en ocasiones peligrosos. Actualmente, se da cada vez más importancia a este aspecto, y en este sentido se trabaja para crear palas de aerogenerador más fácilmente reutilizables y reciclables. Sin embargo, con las placas fotovoltaicas y los residuos tóxicos que se generan en su desechado queda aún mucho trabajo por hacer.

¿Existe en el panorama internacional algún país que pudiera servir de ejemplo a España o a la Unión Europea para implementar una transición ecológica efectiva?

Yo creo que, al contrario, se están poniendo de ejemplo países cuyos modelos no son extensibles. Por ejemplo, Islandia (país con mucho potencial geotérmico gracias al vulcanismo y la escasa población), Dinamarca (aparte de la baja población, está muy interconectado con Alemania, con lo que no se le puede tomar aisladamente) o Noruega (país poco poblado, muy montañoso en zonas, con mucha precipitación en forma de nieve, lo que le da un gran potencial hidroeléctrico). Todos estos países, además, siguen dependiendo fuertemente del petróleo en el transporte (coches, camiones, barcos, aviones) y en la maquinaria en general, y también del resto de combustibles fósiles. La realidad es que no hay un país que sea una buena referencia, sino que esta debe construirse.

¿Cree que este punto crítico en el que nos encontramos podría, de algún modo, verse como una oportunidad para forzar el cambio de modelo energético y superar esta crisis?

Obviamente, esta crisis puede y debe ser una oportunidad para forzar un cambio del modelo energético, pero eso no quiere decir que ese cambio esté basado en desarrollos meramente tecnológicos que buscan sustituir los combustibles fósiles por renovables REI. El cambio tiene que ser mucho más profundo, con un fuerte componente socioeconómico que incluya un descenso del consumo espurio y el abandono del crecentismo como base de la economía.

¿Qué tendría que ocurrir para poder ser optimistas?

Simplemente que se implementase un modelo socioeconómico completamente diferente, uno que no esté basado en el absurdo de pretender el crecimiento ilimitado en un planeta finito. Desde el punto de vista científico-tecnológico se sabe qué hay que hacer para satisfacer las necesidades y mantener un nivel de vida muy semejante al que tenemos hoy en día en España, con un consumo de energía que sería la décima parte de nuestro consumo actual. La mayoría de la energía se malgasta simplemente porque hay incentivos económicos a su derroche, pero eso es algo que podríamos cambiar. Las transformaciones no son de innovación tecnológica, sino social. En ese sentido, son buenas noticias, porque el factor limitante no es el material, contrariamente a lo que quieren hacer creer los crecentistas.

¿Cuál cree que debería ser el papel de las universidades y centros de investigación en este asunto?

Lo primero sería incorporar a sus planes de estudios una revisión crítica del crecentismo y de la verdadera sostenibilidad, en todas las carreras, pero especialmente en las relacionadas con las ciencias económicas. No puede ser que más de cincuenta años después de la fundación de la economía ecológica por parte de Nicolau Georgescu-Roegen todavía se enseñen como paradigma fundamental los modelos de economías lineales y abiertas. Hay que tender a modelos lo más cerrados y circulares posible, en los que la economía es parte del ecosistema, y no al revés. De ese modo, los nuevos egresados podrán ayudar a definir políticas económicas verdaderamente sostenibles y orientadas a la satisfacción de las necesidades humanas, en vez de una acumulación incesante e insensata del capital por encima de la preservación del capital natural.