La paradoja de la histocompatibilidad: compatibles para un trasplante, pero no para tener hijos
Un experto explica por qué tu pareja ideal para tener hijos resulta poco idónea como donante de órganosEl sistema inmunitario humano empuja hacia la diferencia genética para maximizar la diversidad y reducir riesgos en la descendencia
La histocompatibilidad es un concepto técnico que responde a una idea sencilla: tu sistema inmunitario necesita saber qué es propio y qué es ajeno. Y lo hace leyendo, en la superficie de las células, unas moléculas que funcionan como un identificador biológico. En palabras del doctor Luis Franco, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), "la histocompatibilidad, o complejo mayor de histocompatibilidad (MHC), funciona como un carnet de identidad inmunológico y genético".
Ese carnet tiene dos consecuencias que parecen contradictorias pero que no lo son. En medicina, especialmente en trasplantes, interesa que donante y receptor se parezcan todo lo posible para reducir las probabilidades de rechazo. En reproducción, a la especie le conviene lo contrario: mezclar diferencias para ganar diversidad genética y, con ella, resiliencia biológica. De ahí la paradoja que resume Franco: "Tu pareja ideal para tener hijos es, biológicamente hablando, tu peor donante de órganos".
Trasplantes: cuando parecerse es sobrevivir
En materia de trasplantes, "ser histocompatible" equivale a "ser compatible" en el sentido práctico: minimizar la probabilidad de que el receptor ataque el órgano. La lógica es directa: cuanto más "extraño" le parezca el injerto al sistema inmunitario, más riesgo de rechazo. El profesor Franco lo explica así: "Cuando realizamos trasplantes de órganos, analizamos siempre que estas moléculas se parezcan lo máximo posible entre donante y receptor para evitar rechazos".
Ese análisis se basa, sobre todo, en el sistema HLA (antígenos leucocitarios humanos), la versión humana del MHC. En la práctica clínica, se comparan los HLA de donante y receptor, se buscan anticuerpos anti-HLA y se hace una prueba de compatibilidad directa entre ambos para evitar sorpresas inmunológicas, además de ajustar la inmunosupresión.
Precisamente porque la histocompatibilidad refleja un parecido genético, los familiares tienden a ser más compatibles. "Los familiares son generalmente más histocompatibles entre sí, especialmente los hermanos", recuerda el profesor. Esto ayuda a entender por qué, históricamente, la donación entre hermanos (cuando es posible) se ha considerado una situación inmunológicamente favorable frente a donantes no emparentados.
Cabe señalar que la detección de esta compatibilidad está avanzando. Hasta hace no tanto, el emparejamiento se hacía de forma relativamente gruesa (por antígenos HLA). Ahora se intenta estimar el riesgo con más precisión, combinando medidas "moleculares" que anticipan mejor la probabilidad de que el receptor fabrique anticuerpos específicos contra el donante (dnDSA), que están asociados al rechazo mediado por anticuerpos y pérdida del injerto.
Dos trabajos recientes empujan esa transición. Uno, publicado en Frontiers in Immunology, propone integrar varias métricas para clasificar mejor el riesgo inmunológico en un trasplante renal y anticipar quién tiene más probabilidades de desarrollar anticuerpos donante-específicos (dnDSA). El otro, publicado en Transplant International, describe un algoritmo prospectivo multicéntrico para definir de forma más estandarizada incompatibilidades "inaceptables" antes del trasplante y evaluar consecuencias en resultados y composición de listas de espera.
Todo esto no elimina el dilema central del trasplante: hay que equilibrar el ideal inmunológico con la urgencia clínica y la disponibilidad real de órganos. Pero sí cambia algo importante: la histocompatibilidad deja de ser una cifra o una coincidencia por bloques y pasa a convertirse en una estimación más probabilística del riesgo biológico real.
Reproducción y atracción: la biología quiere diversidad
Sin embargo, en el ámbito de la reproducción, el objetivo evolutivo cambia radicalmente. Si lo que importa es la supervivencia de la descendencia y, a gran escala, la resiliencia de la especie, la diversidad genética se convierte en un seguro colectivo. El experto en inmunología de la UOC lo sintetiza con una frase: "La naturaleza es enemiga de la uniformidad".
La idea es doble. Primero, mezclar genomas diferentes incrementa la variabilidad de la descendencia y puede ampliar el repertorio inmunológico frente a infecciones cambiantes. Segundo, y este es el reverso de la ventaja en los trasplantes, reduce el riesgo de que dos portadores sanos compartan la misma mutación recesiva y la transmitan por duplicado, activando una enfermedad genética en el hijo. Dicho de forma llana: cuanto más parecido genéticamente es tu compañero reproductivo, más fácil es que compartáis fallos silenciosos en el mismo punto del ADN.
El experto cita un estudio comparativo en el que, al analizar parejas consolidadas y compararlas con emparejamientos al azar, se observó que las parejas reales resultaban menos histocompatibles entre sí que dos desconocidos escogidos al azar. La lectura prudente es que la biología podría empujar, al menos en parte, hacia la diferencia genética, aunque en la vida real esa señal compita con cultura, contexto y preferencias aprendidas.
De esta lógica divergente nace la paradoja inicial: para gestar hijos, la biología premia el cruce con alguien distinto; para donar un órgano, conviene alguien parecido. Ambas cosas son ciertas a la vez porque responden a objetivos distintos: uno, evitar el rechazo inmediato del sistema inmunitario; el otro, maximizar la robustez genética a largo plazo.
¿Se puede oler a la pareja ideal?
Es interesante analizar cómo reconoce el cuerpo esas diferencias. Algunas evidencias indican que podría haber una relación entre el olor corporal y las preferencias relacionadas con el MHC/HLA. Franco menciona el clásico experimento de "las camisetas sudadas" para ilustrar que el olor corporal y las preferencias olfativas pueden actuar como primera impresión biológica: algunas personas evaluaban como más agradable el olor de individuos con MHC distinto.
En su explicación, esa "química" se apoya en señales volátiles: aunque los marcadores del sistema inmunitario estén muy presentes en células sanguíneas, "el mecanismo para comunicar esta información al exterior son las feromonas", liberadas a través del sudor y de secreciones, y captadas por el olfato.
Una revisión con metaanálisis publicada en Philosophical Transactions of the Royal Society B (2020) examinó precisamente ese problema, centrándose en la diferencia entre estudios genómicos en parejas reales, la satisfacción de relación y las preferencias por olor, y concluyendo que la evidencia es heterogénea y que el efecto no aparece de forma consistente en "parejas reales", aunque sí puede manifestarse en preferencias olfativas en ciertos diseños. Otra revisión amplia en acceso abierto, también de 2020, discute mecanismos plausibles (olor, microbioma, metabolitos), pero insiste en las limitaciones metodológicas y en la mezcla de resultados.
Es decir, esa preferencia no sería fija ni determinante. Franco describe "dos modos operativos" del olfato según el estado hormonal. Durante la ovulación, la prioridad biológica es reproductiva, por lo que el cuerpo tendería a buscar variabilidad genética. Y, durante el embarazo y la lactancia, la prioridad biológica es la protección, por lo que aumentaría la preferencia por olores familiares. En esa misma lógica encaja su advertencia sobre anticonceptivos hormonales y preferencias: al simular un "falso embarazo", podrían inclinar temporalmente la preferencia hacia perfiles más familiares, y esa preferencia podría cambiar al dejar la píldora. Así lo indicó un estudio longitudinal clásico en Proceedings of the Royal Society B (Roberts et al., 2008). La lectura prudente es esta: puede haber efectos medibles en laboratorio, pero su relevancia en la vida real depende de muchos factores, como contexto cultural, perfumes, hábitos, aprendizaje, expectativas o disponibilidad de parejas.
El profesor también menciona que estas señales químicas no solo apuntan a la atracción, sino que podrían influir en otros comportamientos, como la competencia. Pone como ejemplo la sincronización menstrual entre mujeres, como hipótesis clásica pero polémica, ya que revisiones científicas no encuentran correlación consistente. Donde ve una evidencia más sólida es en animales: en insectos y roedores se ha observado que los machos aumentan el volumen de eyaculación al detectar el olor de rivales, una estrategia de competencia espermática. A la vez, subraya el límite: trasladarlo a humanos es difícil de probar, por el filtro de cultura, psicología y perfumes, y por un sistema de detección química menos marcado que en otras especies.
La conclusión operativa del experto es sensata si se formula con límites: la histocompatibilidad no "decide" el amor, pero "puede participar en la chispa inicial" como un factor biológico silencioso. Y lo que es indiscutible es la divergencia de objetivos entre trasplante y reproducción. En otras palabras: si estás pensando en hijos, tu biología puede inclinarse hacia la diferencia; si estás pensando en un trasplante, tu médico buscará la máxima similitud.
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Anna Sánchez-Juárez