«La historia del cine rock español es la historia de una frustración»
Foto: Juan Terol
06/04/2017
Israel H. Ros
Eduardo Guillot, autor de Sueños eléctricos. 50 películas fundamentales de la cultura rock (Editorial UOC)

 

El rock nació en los años cincuenta y se ha convertido en uno de los géneros musicales más populares de todos los tiempos, a la vez que ha inspirado una gran cantidad de películas. Periodista y crítico cinematográfico desde la segunda mitad de los ochenta, Eduardo Guillot es autor de más de una decena de libros relacionados con el cine y la cultura popular. Actualmente escribe para los medios especializados Urban (suplemento del periódico Levante-EMV), la revista Rockdelux y el diario digital Cultur Plaza. También ha dirigido dos cortometrajes y una serie documental. Su último trabajo nos guía por el rock cinematográfico con el libro Sueños Eléctricos. 50 películas fundamentales de la cultura rock, publicado recientemente por la Editorial UOC.

¿Crees que la cultura rock inspira un estilo de vida? ¿Te sientes identificado con él?

Históricamente se identificaba al rock con la frase de «sexo, drogas y rock and roll», pero creo que es un estilo de vida que solo pueden permitirse llevar las estrellas y está cada vez más en desuso. No me identifico demasiado con él, y menos a mi edad.

La relación entre el rock y el cine nació cuando el séptimo arte «solo» tenía sesenta años. ¿Qué película marcó el inicio del sueño eléctrico?

Oficialmente, Semilla de maldad (Blackboard Jungle, 1955), donde sonaba Rock around the clock, de Bill Haley & His Comets, en los créditos de apertura y de cierre de la película. No era un musical, pero es la primera vez que sonó una canción rock en una película y eso la convierte en el título fundacional del género.

¿Por qué crees que este tipo de películas se hicieron tan populares en la época?

En los cincuenta eran populares, sobre todo, en los autocines, con la excepción de las películas de Elvis, cuyo estreno se convertía siempre en un gran acontecimiento a causa de su impacto mediático. Funcionaban porque eran productos de consumo fácil y rápido para los adolescentes, que al fin encontraron un reflejo de su cultura en el cine, aunque fuera con comedias más o menos tontorronas, pero salpicadas de un puñado de canciones. A partir de los sesenta, con la llegada del pop, el rockumental y otras derivaciones del cine relacionado con las músicas populares, las cosas cambian.

¿Podemos hablar ya de subgénero cinematográfico?

Acotar subgéneros es complicado, sobre todo teniendo en cuenta que el cine rock ya parte de una hibridación de propuestas estéticas, pero creo que a estas alturas todos reconocemos una película rock, más allá de que esa definición pueda englobar aproximaciones muy diferentes a la música, que van de la película biográfica al documental, pasando por la ficción, el musical o la película generacional.

Algunas de las películas que recoges en Sueños eléctricos no necesariamente tienen como protagonistas a cantantes o compositores. Ahí está Easy Rider o American Graffiti... ¿Por qué has decidido incluirlas?

En el primer caso, por su icónica banda sonora y su discurso sobre el fracaso de la utopía hippie. No hay película que explique mejor la imposibilidad de vivir de un modo alternativo en los Estados Unidos de los sesenta que Easy Rider. En cuanto a American Graffiti, supone la irrupción de la nostalgia en el cine rock, con unos personajes que viven en los sesenta pero que escuchan en la radio música de los cincuenta (otra banda sonora, por cierto, que se convirtió en un gran éxito).

Tanto en Estados Unidos, con Elvis Presley produciendo a razón de entre dos y tres películas anuales, como en las Islas Británicas, con los Beatles en cabeza, se apuntaron a producir películas representativas. ¿De dónde nacen esas ganas por aparecer en la gran pantalla?

Todo músico lleva en su interior a un actor en potencia; por lo tanto, no es extraño que la mayoría de estrellas hayan intentado hacer carrera como actores o, al menos, hayan dejado seducirse en alguna ocasión por el cine, incluso poniéndose al otro lado de la cámara. Por otro lado, la gran pantalla es un excelente escaparate, y cine y música se han utilizado el uno al otro desde el principio como herramientas de propaganda.

«Todo músico lleva en su interior

a un actor en potencia»

 

¿Qué diferencias encontrábamos a un lado o al otro del charco?

El rock and roll nace en los años cincuenta en Estados Unidos, país que marca la pauta hasta mediados de la década siguiente, cuando los Beatles, desde las Islas Británicas, imponen un estilo diferente. Pero no dejamos de movernos siempre dentro de la cultura anglosajona, por lo que más allá de las diferencias estilísticas de tipo sonoro, el uso que el cine hace del rock (y viceversa) es bastante similar. De hecho, hasta la llegada de los Beatles, en Inglaterra el cine estuvo buscando a su Elvis Presley local con objeto de emular al americano. Posteriormente, es más relevante la sensibilidad del director respecto al tema tratado y el enfoque particular de cada película que la nacionalidad.

De las que se produjeron (o se producen) en España, ¿con qué películas representativas te quedas?

La historia del cine rock español es la historia de una frustración. Una historia de excepciones. La tónica habitual era introducir la música pop en las películas para ridiculizarla, como sucedía en Una vez al año, ser hippy no hace daño (Javier Aguirre, 1969), donde aparecía un grupo llamado Los Hippy-Loyas, o para mostrar la faceta más domesticada de los roqueros patrios, como el Bruno Lomas de Codo con codo (Víctor Auz, 1967). De la producción de los sesenta destacaría Los chicos con las chicas (Javier Aguirre, 1967), con Los Bravos emulando a los Beatles en una entrañable versión local de ¡Qué noche la de aquel día! También A 45 revoluciones por minuto (Pedro Lazaga, 1969), un intento de retratar las dificultades con que se encontraban varios jóvenes artistas en su afán por lograr el éxito discográfico. Y, claro, la psicodélica y rupturista Un, dos, tres... al escondite inglés (Iván Zulueta, 1969).

En años posteriores, incluso tras la llegada de la democracia, no abundan los ejemplos destacables, pero sí algún título de culto como Percusión (Josetxo San Mateo, 1983), protagonizada por Kevin Ayers, o Gritos... a ritmo fuerte (José María Nunes, 1984), sobre la escena underground barcelonesa. En los últimos tiempos, el documental ha experimentado cierto auge, en consonancia con lo que sucede en otros países.

Y actualmente, ¿se está produciendo buen cine rock?

Se está produciendo mucho documental rock, beneficiado por las tecnologías digitales, que abaratan los costes; las posibilidades de difusión en festivales, canales televisivos... y, ¿por qué no decirlo?, el impacto popular: tengamos en cuenta que tres de los últimos cuatro Óscar documentales los han ganado películas musicales. También abundan las películas biográficas, que siempre funcionan comercialmente, e incluso las series de televisión como The Get Down, Vinyl o Roadies. Lo que echo de menos es más ficción interesante relacionada con el rock.

El rock and roll no es el único género que baila con el cine. El hip hop, la música electrónica, el punk... también destacan en la producción de películas. ¿Cuáles recomendarías?

Las que se incluyen en el libro, escogidas como representativas de cada estilo musical abordado. En el caso del punk americano, Blank Generation (Amos Poe e Ivan Kral, 1976). En el del punk inglés, The Filth & The Fury (Julien Temple, 2000). Para entender los orígenes del hip hop, Wild Style (Charlie Ahearn, 1982). Los adictos a la electrónica tienen Human Traffic (Justin Kerrigan, 1999). Incluso hay jazz en Let's Get Lost (Bruce Weber, 1988) y música cubana en Buena Vista Social Club (Wim Wenders, 1999). También reggae gracias a la imprescindible The Harder They Come (Perry Henzel, 1973).

¿Se te han quedado películas en el tintero? ¿Qué propuestas darían para una segunda parte de Sueños eléctricos?

No, he incluido las que creo que debían estar, según un criterio que combina la perspectiva histórica y el gusto personal. Eso no quita para que si se planteara un segundo volumen, no hubiera títulos donde elegir: The Rocky Horror Picture Show, Casi famosos, Calles de fuego, Anvil, Joe Strummer. The future is unwritten, En la cuerda floja... Por fortuna, la lista es inagotable.