«Entender la pandemia como una emergencia sanitaria invisibiliza efectos y daños más lentos y graduales»

 Israel Rodríguez: «Investigamos más allá de la parte aguda de la emergencia, prestando atención a daños y procesos más lentos y graduales»

Israel Rodríguez-Giralt: «Exploramos nuevas maneras de entender las situaciones de desastre y de intervenir»

14/10/2021
Agustín López
Israel Rodríguez-Giralt, investigador y coordinador del grupo CareNet del IN3-UOC

 

Israel Rodríguez-Giralt es investigador y coordinador del grupo de investigación CareNet, delInternet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Su investigación explora nuevas formas de entender las situaciones de desastre y de intervenir, especialmente desde una ética del cuidado. De junio a septiembre de 2020, formó parte de un grupo de trabajo impulsado por la Generalitat de Cataluña para mejorar la estrategia de respuesta contra la COVID-19.

Vuestro grupo de investigación se focaliza en el cuidado. ¿De qué modo entendéis este concepto?

Se trata de un concepto polisémico, generalmente asociado a colectivos muy específicos, como por ejemplo enfermeras, médicos o personas que de manera informal atienden a otras personas. Pero los cuidados no pueden limitarse a la salud, al ámbito doméstico, a la gente mayor, a las personas con diversidad funcional... La idea de cuidado es mucho más transversal, hace referencia a todas las prácticas que sostienen y hacen posible la vida, que hacen visible que somos interdependientes, que compartimos vulnerabilidades y que necesitamos la ayuda y el apoyo de los demás.

¿Cómo influyó en esta aproximación vuestra investigación sobre la situación de Puchuncaví?

Puchuncaví es una localidad de Chile rodeada de empresas muy importantes para la economía del país, pero altamente contaminantes. Desde finales de los años sesenta, las comunidades que viven allí sufren una exposición sistemática y continuada que hace que el desastre esté muy cronificado y, por eso mismo, también muy invisibilizado. Con Manuel Tironi, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, estudiamos de qué forma las comunidades afectadas convivían —y le hacían frente cotidianamente— con esta toxicidad.

Y ¿qué conclusiones sacasteis?

Allá nos dimos cuenta de que a través del cuidado de sus familiares, pero también del cuidado de sus plantas, o de sus animales domésticos, a partir de pequeños gestos muy cotidianos, sus vidas tóxicas se hacían más soportables: primero, porque cuidando lo que era importante para ellos reparaban también, ni que fuera mínimamente, un entorno dañado por la contaminación. Pero lo más importante es que a través del cuidado se daban cuenta también de muchos de los efectos y escalas de la contaminación. Hacían visible, por ejemplo, el impacto lento de los metales pesados sobre la salud o sobre las dinámicas de las plantas. Esto los ayudaba a empoderarse y pensar formas de intervenir en su realidad y transformarla.

¿Os cambió, entonces, la forma de entender un desastre?

Tirando de este hilo, intentamos redefinir la idea de desastre, acercándola mucho más a la idea de violencia lenta o de desastre lento que han usado otros autores, como Nixon o Knowles. Situar el cuidado en el centro nos ha permitido hacer visibles otras formas de (in)justicia ambiental y explorar nuevas formas de investigar sobre estas comunidades y situaciones.

¿En qué sentido cambia la forma de hacer investigación?

Estas investigaciones nos invitan a mirar más allá de la parte aguda de la emergencia, poniendo atención a daños y procesos más lentos y graduales que afectaban a sus vidas. Para nosotros, esto significaba abrir la posibilidad de reimaginar el desastre como un desastre más lento, silencioso y sinuoso. Nos hablaban de una "niebla que lo rodea todo".

¿Cómo se relaciona este concepto de desastre lento con la pandemia de la COVID-19?

La llegada repentina del coronavirus nos ha llevado a pensar en la pandemia sobre todo como una emergencia sanitaria. El foco se ha puesto en "la curva", ya sea de defunciones, como pasó en los inicios, o de ingresos hospitalarios, como ha pasado posteriormente. La noción de emergencia sanitaria nos habla de las manifestaciones más graves y agudas del contagio, sobre todo desde un punto de vista biomédico. Pero este marco de comprensión invisibiliza también toda una serie de voces, de efectos y daños más lentos y graduales, menos inmediatos, pero igualmente capitales.

Por ejemplo, los hace invisibles en la salud mental, pero también en el ámbito socioeconómico, el de cohesión social, el de conectividad social, etc. Estos serían como la parte sumergida de un iceberg. En un contexto así, mi trabajo ha sido mostrar que la pandemia es también un desastre lento, encontrar formas de hacer visibles estos otros daños. He centrado mi atención no solo en los momentos más agudos, en las voces más llamativas, sino también en las dimensiones más crónicas y silenciadas, que, a menudo, nos hablan de desigualdad, de exclusión social o de abandono institucional.

Has participado en varias investigaciones sobre la COVID-19, una de ellas sobre las consecuencias para la salud mental. ¿Cuáles han sido las principales conclusiones?

La investigación ha sido coordinada por Constanza Jacques, del IDIAP Jordi Gol, y yo participé puntualmente. Lo que encontramos es que, durante los primeros meses de confinamiento, muchas personas que estaban a cargo de personas mayores en residencias o desempeñando tareas informales de cuidados, especialmente mujeres, estuvieron sometidas a un estrés enorme y a una gran desprotección de medios y mascarillas, pero también de apoyo institucional debido a que se colapsaron los sistemas de ayuda. Esto se refleja en los resultados que muestran niveles de depresión y angustia moderada o severa más elevados para las personas que encajan con este perfil. 

¿Otros proyectos?

Una investigación en la que he participado, coordinada por Daniel López, compañero de CareNet, nos ha permitido ver que las mujeres mayores de la ciudad de Barcelona, sobre todo a partir de los ochenta años, a menudo también las más empobrecidas, son las que padecen un mayor riesgo de aislamiento y soledad no deseada en tiempo de distancia "social".

Son datos que son importantes por el tipo de personas a las que afectan, en muchos casos invisibilizadas, y ponen de manifiesto parte de lo que pueden aportar las ciencias sociales: ayudar a las políticas públicas a conocer qué colectivos sufren más y ajustar a ello las medidas y las políticas.

También habéis estudiado en el pasado el colectivo de los menores. ¿Qué aspectos habéis analizado?

En el proyecto CUIDAR hicieron hincapié en niños y jóvenes, uno de los colectivos más olvidados en situaciones de desastre, tal y como hemos vivido también durante la pandemia. A menudo se percibe este colectivo de forma muy homogénea, a pesar de ser muy diverso en términos de edad, género y vivencias. Vemos a los niños y los jóvenes como un colectivo al que tenemos que cuidar y proteger, pero pocas veces los vemos como ciudadanos de pleno derecho, con voz y agencia en una situación de desastre.

Partiendo de esta idea, el proyecto buscaba sensibilizar a los políticos y los profesionales de emergencias, mostrándoles, a través de experiencias participativas con niños y jóvenes, que si quieren hacer el mundo más seguro para este colectivo, lo mejor es escucharlos. Primero, porque existe una realidad que los incumbe, tienen derecho de estar informados y tienen que poder opinar. Pero, además, hay un sentido práctico de todo esto, puesto que en situaciones de crisis, los niños y los jóvenes han demostrado aportar conocimiento, cuidado y apoyo a sus comunidades.

¿Cómo ves la situación que han vivido durante estos meses? 

Los niños y los jóvenes, junto con la gente mayor, han sido excluidos de la toma de decisiones, una realidad que refleja un problema estructural de la sociedad. Nos hemos dotado de unos derechos para evitarlo, pero las prácticas sociales e institucionales muestran que hay colectivos que son discriminados por razones de edad y esto hace que sus prioridades o visiones del mundo sean sistemáticamente desatendidas, lo cual incrementa la vulnerabilidad de estos y otros colectivos discriminados y crea las condiciones para que el desastre los afecte de forma más intensa, por ejemplo, en la salud mental.