20/4/26 · Salud

La implicación familiar, clave en la recuperación después de un ictus

Una neuropsicóloga de la UOC advierte que la evolución del paciente mejora cuando la familia entiende los cambios cognitivos y emocionales

La mortalidad ha descendido, pero la prevalencia crece por envejecimiento, hipertensión, obesidad y diabetes
Manos

En España, los ingresos hospitalarios por enfermedad cerebrovascular han crecido un 40 % en los últimos 15 años, según la Sociedad Española de Neurología. En 2024, la prevalencia fue de unos 120.000 casos de ictus (con 25.000 fallecidos), según el Ministerio de Sanidad. Aunque la mortalidad ha descendido en un 2,3 % gracias al diagnóstico precoz y a tratamientos como la trombólisis o la trombectomía, la prevalencia y la carga asistencial continúan aumentando debido al envejecimiento poblacional y factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes, el tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad.

Patricia Sariñana, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y neuropsicóloga experta en daño cerebral en adultos, pone el foco en un elemento que suele quedar fuera del primer plano: el papel del entorno familiar en la rehabilitación. El mensaje es simple, pero no menor: la recuperación no depende solo de lo que se haga en la consulta o en el hospital, sino también de cómo se acompaña al paciente en casa.

"La recuperación no es solo una cuestión de técnica, sino también de entorno", explica Sariñana. Acorde con su experiencia, la familia influye de forma decisiva en tres planos: la estimulación diaria, el clima emocional y la motivación de la persona, que tras un ictus puede quedar muy afectada. También interviene en algo menos visible, pero muy importante: la reconstrucción de la identidad de quien ha sufrido el daño cerebral. "La forma de acompañar puede convertirse en un factor protector o en una fuente añadida de estrés", resume. Cuando el entorno entiende el proceso y aprende a acompañar sin invadir ni sobreproteger, puede convertirse en un agente terapéutico más.

Sus recomendaciones coinciden con las de la Federación Española de Daño Cerebral (FEDACE) y con la evidencia disponible. Revisiones de universidades europeas y estadounidenses han observado mejoras en movilidad y autonomía cuando se combinan ejercicio adaptado, rutinas funcionales en casa y la participación de la persona cuidadora.

 

Cuando el daño no se ve, pero pesa

Uno de los retos más frecuentes en casa es que muchas secuelas del ictus no son evidentes a simple vista. Puede que la persona camine, hable o parezca físicamente recuperada, pero siga teniendo problemas de atención, memoria, planificación, control emocional o fatiga cognitiva. Y ahí empiezan muchos malentendidos.

"Sus dificultades no son voluntarias. Si la persona tiene problemas de memoria, dificultades emocionales, mayor lentitud o menor control emocional, no es que no quiera, sino que su cerebro está procesando la información de manera diferente", subraya Sariñana. Ese matiz cambia mucho las cosas, ya que evita atribuir los síntomas a falta de interés, desidia o mal carácter y ayuda a rebajar la tensión en el hogar. También permite responder mejor ante conductas como la apatía, la irritabilidad, la labilidad emocional, la impulsividad o la desinhibición, que suelen desconcertar mucho a las familias.

Según la experta, entre los síntomas que más alteran la convivencia aparecen la fatiga mental tras tareas aparentemente sencillas, los olvidos, la dificultad para seguir conversaciones largas o hacer varias cosas a la vez, la apatía, la irritabilidad, la impulsividad o los problemas para organizarse y tomar decisiones. Son secuelas invisibles, pero muy reales, y con frecuencia más determinantes en el día a día que la afectación física. De hecho, muchas familias se sorprenden porque el paciente físicamente está bien, cuando el verdadero peso de la lesión está en la parte cognitiva y emocional.

Por eso, Sariñana insiste en que la familia necesita comprender qué ocurre en el cerebro después del ictus: "El cerebro no se apaga, sino que se reorganiza". Esa reorganización neuronal requiere tiempo, repetición y descanso, además de un entorno que no añada más sobrecarga cognitiva y emocional de la necesaria. También exige asumir que la recuperación no sigue una línea recta. "Hay avances, estancamientos y retrocesos", señala. Aprender a tolerar esa incertidumbre es uno de los grandes retos familiares, pero también una oportunidad para fortalecer el vínculo desde la paciencia y la confianza.

 

Apoyar sin invadir ni sustituir

En la práctica clínica, uno de los errores más habituales no nace de la dejadez, sino justo de lo contrario, del miedo y de la buena intención. Familiares y cuidadores tienden a exigir demasiado o demasiado pronto, o a sobreproteger en exceso. Ambas cosas pueden perjudicar la recuperación. Otro fallo frecuente es interpretar los cambios conductuales como falta de esfuerzo o de voluntad cuando en realidad responden a una alteración neurológica. Ese error de lectura genera conflictos innecesarios y aumenta la carga emocional en casa.

"El equilibrio entre apoyo y autonomía es delicado y requiere orientación profesional", advierte Sariñana. Hacer por la persona lo que todavía puede intentar hacer por sí misma reduce sus oportunidades de práctica y, con ello, de recuperación funcional. Pero pedirle más de lo que puede asumir en ese momento también dispara el estrés y el conflicto. Por eso, la especialista recomienda fomentar una autonomía guiada: dar tiempo, ofrecer pistas en lugar de soluciones inmediatas, dividir las tareas complejas en pasos pequeños y alcanzables y respetar los tiempos reales que necesita la persona para responder o ejecutar una acción.

Además, la profesora recomienda medidas muy concretas para el día a día: establecer rutinas estructuradas que aporten previsibilidad, evitar interrupciones y espacios con exceso de estímulos auditivos o visuales, validar emocionalmente antes de corregir, respetar los periodos de descanso —sobre todo ante la fatiga cognitiva— y coordinarse con el equipo clínico para mantener pautas coherentes. "Cuando la familia se forma y entiende el proceso, deja de actuar solo desde el amor y empieza a hacerlo también desde el conocimiento", afirma. En términos neuropsicológicos, se trata de crear un entorno que reduzca la sobrecarga y favorezca la reorganización funcional.

Ese aprendizaje también debe incluir a la propia persona cuidadora. La sobrecarga física y emocional de quien acompaña a diario puede deteriorar tanto la calidad del apoyo como el clima del hogar. En otras palabras: un cuidador exhausto no es un detalle secundario; es parte del problema rehabilitador. Sariñana lo resume con una fórmula útil: "Acompañar bien no significa hacer más, sino saber cómo y cuándo estar".

Por otra parte, el ejercicio físico merece un capítulo propio. El entrenamiento adaptado tras un ictus ha mostrado en estudios británicos mejoras de unos 30 metros en el test de marcha de seis minutos, y los programas con participación de la persona cuidadora se asocian a avances modestos pero relevantes en autonomía funcional.

Además, la experta de la UOC sitúa la actividad física entre las intervenciones con mayor respaldo en la recuperación tras un ictus, ya que favorece la neuroplasticidad, mejora el estado de ánimo, reduce el riesgo de nuevos eventos vasculares y aumenta la autonomía funcional. No se trata necesariamente de deporte intenso, sino de actividad adaptada y regular: caminar, hacer ejercicios supervisados y trabajar el equilibrio o la fuerza según indicación profesional.

La familia puede apoyar integrando el movimiento en la vida cotidiana, con paseos compartidos, rutinas activas, actividades al aire libre y pequeños objetivos progresivos. Cuando ese ejercicio se convierte en un espacio de conexión y no en una obligación, su impacto es aún mayor porque no solo mejora el cuerpo, también refuerza la autoestima y devuelve la sensación de capacidad y control.

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