La nueva pirámide nutricional de EE. UU.: un modelo poco sostenible para la salud planetaria
El guía prioriza proteínas animales y grasas, y el texto promete comida real, pero la jerarquía visual puede inducir a errores, señalan expertas de la UOC
El Departamento de Salud de Estados Unidos ha presentado una nueva pirámide nutricional que rompe con décadas de tradición. Invertida visualmente y con un diseño poco intuitivo, esta guía ha generado confusión y debate entre expertos en nutrición y salud pública. Pero más allá de su forma, su contenido es lo que ha encendido las alarmas: prioriza el consumo de proteínas y grasas de origen animal, relegando a un segundo plano a las legumbres, cereales integrales y otras fuentes vegetales, lo que dificulta que el público traduzca el mensaje a la compra semanal y al plato de cada día. Un enfoque que, según numerosos especialistas, además de carecer de consenso científico sólido para la población general, ignora el impacto medioambiental y la sostenibilidad alimentaria.
En un momento en que la evidencia científica apunta hacia dietas basadas en plantas para reducir la huella ecológica y prevenir enfermedades crónicas, ¿qué implicaciones tiene esta guía para la salud humana y planetaria? Analizamos las claves con las expertas Anna Bach Faig, directora del máster universitario de Alimentación Saludable y Sostenible de la UOC, y Clara Gómez Donoso, investigadora posdoctoral del grupo NUTRALiSS.
El impacto medioambiental: la gran omisión de la pirámide
La nueva pirámide estadounidense genera dudas por su jerarquía nutricional y también por su coste ecológico. Las expertas señalan que "la carne, en especial la roja y procesada, y otros alimentos animales presentan una huella ambiental muy superior a la de fuentes alternativas". Esta declaración representa una contradicción fundamental en una era de crisis climática.
"No hay una evidencia robusta que justifique priorizar de forma generalizada las proteínas de origen animal" desde una perspectiva de salud pública y sostenibilidad. Promover su consumo por encima de opciones vegetales contradice las recomendaciones nutricionales para la mayoría de la población, y además ignora la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el uso de agua y la deforestación asociados a la ganadería intensiva.
La guía se presenta bajo el discurso de la "comida real", pero omite cualquier mención a la salud planetaria y contraviene la evidencia científica disponible en relación con la salud humana. En un contexto donde la sostenibilidad debe ser un pilar de las políticas y guías alimentarias, esta omisión resulta estratégica y preocupante. Las expertas enfatizan que dar protagonismo a estos alimentos "puede desplazar el consumo de alimentos con mayor beneficio para la salud, como las grasas insaturadas (por ejemplo, aceite de oliva y frutos secos), las legumbres, el pescado y los cereales integrales", que son clave tanto para la salud humana como planetaria por su menor impacto ambiental.
Comparación con otros modelos: de Harvard a la dieta mediterránea
¿Cómo se compara esta pirámide con modelos ampliamente respaldados por la ciencia, como el plato de Harvard o la dieta mediterránea? La diferencia es destacable y Bach y Gómez lo dejan claro: “A diferencia del plato de Harvard o la dieta mediterránea, que priorizan explícitamente frutas, verduras, legumbres, frutos secos, cereales integrales y aceite de oliva, esta pirámide no establece una jerarquía clara a favor de los alimentos vegetales".
De hecho, en la nueva pirámide, frutas y verduras se sitúan al mismo nivel que carnes y lácteos, un enfoque que dista mucho de las recomendaciones internacionales. La dieta mediterránea, por ejemplo, no solo es un patrón cultural, sino un modelo con respaldo científico sólido. Las expertas destacan que "la dieta mediterránea, con mayor sentido en nuestro contexto, se asocia a un menor riesgo de eventos cardiovasculares y mortalidad global, y, por tanto, a una mayor esperanza de vida". Un metaanálisis publicado en Nutrition Reviews (2024) corroboró que fue el único patrón alimentario que redujo significativamente la mortalidad cardiovascular.
Además, el ensayo clínico español PREDIMED (Prevención con Dieta Mediterránea) confirmó una reducción del 30 % en eventos cardiovasculares frente a una dieta baja en grasa. Estos datos contrastan con el énfasis visual en carnes rojas y mantequilla que propone la nueva guía estadounidense, sin establecer límites claros para el consumo de carne procesada o alcohol, y favoreciendo "el consumo de grasas menos saludables como la mantequilla".
“Las guías alimentarias sirven de base para establecer estándares de alimentación institucionales y definir otras políticas de salud pública”
Riesgos para la salud a medio y largo plazo
Aunque la pirámide acierta al promover un menor consumo de azúcares añadidos y ultraprocesados —un aspecto aplaudido por entidades como la American Heart Association—, su énfasis en proteínas animales podría tener efectos contraproducentes. Las investigadoras advierten que "fomentar el consumo de carnes y lácteos al mismo nivel que frutas y verduras, y por encima de legumbres y cereales integrales, así como no establecer límites explícitos para el consumo de carne roja, carne procesada y alcohol, puede tener consecuencias negativas sobre la prevalencia de enfermedades crónicas". Este enfoque también contradice la propia recomendación de la guía de limitar las grasas saturadas, ya que un mayor consumo de ciertas carnes y lácteos aumenta fácilmente su ingesta.
Las guías también aconsejan una ingesta proteica más elevada de lo habitual. En contextos como Estados Unidos, donde la mayoría de los adultos ya cumplen o incluso exceden la ingesta de proteína necesaria, favorecer un incremento adicional no aporta beneficios claros para la salud y puede desplazar a alimentos más favorables para la prevención de enfermedades crónicas. Las expertas explican que "los efectos de los macronutrientes (como proteínas y grasas) sobre la salud dependen del patrón alimentario en el que se integran y de qué tipo de alimentos se priorizan".
Por encima de la elección individual
Las guías alimentarias tienen un poder normativo que va más allá del consejo personal. Las expertas recuerdan que "las guías alimentarias no son solo recomendaciones a escala individual, sino que sirven de base para establecer estándares de alimentación institucionales y definir otras políticas de salud pública", como los menús escolares o las restricciones de marketing.
"Promover alimentos mínimamente procesados es un paso en la buena dirección, pero para que sea efectivo debe ir acompañado de políticas que reduzcan las desigualdades del entorno alimentario y corrijan los incentivos que dan ventaja a los productos ultraprocesados", explican. La realidad es que los ultraprocesados son baratos, accesibles y visibles gracias a materias primas subvencionadas y a un marco económico y regulatorio permisivo con el marketing, especialmente el dirigido a menores, que favorece su consumo frente a alimentos frescos y saludables.
La evidencia científica es clara: "Las políticas alimentarias con mayor impacto combinan medidas fiscales (impuestos y subsidios), estándares saludables de compra pública alimentaria (escuelas, hospitales) y normas de comercialización y etiquetado, mientras que la educación aislada rara vez basta para cambiar el consumo". Sin estas medidas que atiendan el precio, disponibilidad y dinámicas de mercado, crecen las desigualdades y se perpetúa un sistema que favorece a los ultraprocesados.
Según las expertas, la nueva pirámide nutricional de EE. UU. representa una oportunidad perdida para alinear las recomendaciones alimentarias con la evidencia científica actual y con los retos ambientales del siglo XXI. Aunque acertadamente promueve la reducción de azúcares añadidos y ultraprocesados, su énfasis visual en proteínas animales, su omisión de la sostenibilidad y su falta de jerarquía clara entre alimentos vegetales y animales la alejan de modelos más sólidos y holísticos.
"No hay consenso que sustente priorizar proteínas y grasas de origen animal para la población general", señalan. En un mundo que necesita urgentemente reducir la huella ecológica de la alimentación, guías como esta no solo pueden afectar negativamente a la salud a largo plazo, sino también frenar la transición hacia sistemas alimentarios más justos, resilientes y sostenibles.
Expertos UOC
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Anna Sánchez-Juárez