14/5/26 · Comunicación

El tique de compra digital: entre el ahorro ecológico y la exclusión social

Expertos de la UOC alertan de que la digitalización "por defecto", a pesar de los beneficios ambientales y económicos refuerza formas sutiles de edadismo y desigualdad social

La desaparición de los comprobantes físicos puede poner en riesgo la autonomía y la privacidad de las personas mayores
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La patronal de supermercados ha planteado al Gobierno una modificación normativa para que el tique de compra sea, por defecto, digital. Así, cuando los clientes hagan una compra, no recibirán el comprobante físico, salvo que lo pidan específicamente. La propuesta llega de la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (ASEDAS), la patronal de cadenas de supermercados que representa a Lidl, Mercadona, Día, Aldi, Consum o Spar, que ha hecho una petición formal al Gobierno para modificar la normativa y eliminar la obligatoriedad de imprimir los tiques físicos.

La propuesta apuesta por la "digitalización por defecto", como ya ocurre en países como Francia, el Reino Unido, Suiza, Suecia o los Países Bajos. Aun así, este cambio puede generar dificultades para determinados colectivos. "La digitalización por defecto es una forma de violencia estructural, la haga quien la haga, y afecta más a las personas mayores porque es el segmento de la población que menos digitalizado está", explica Mireia Fernández-Ardèvol, catedrática de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigadora del grupo CNSC (Communication Networks and Social Change).

A pesar de que los datos muestran que cada vez hay más personas mayores que acceden a internet, todavía hoy los niveles de uso siguen siendo inferiores a los de la población general. A partir de los 75 años, el uso de internet cae drásticamente con la edad; el 49 % de las personas entre 75 y 84 años utiliza internet semanalmente, cifra que baja al 17,7 % a partir de los 85 años, según datos del ONTSI (2025). "Dentro de unos años no será una forma de violencia estructural que afecte más a las personas mayores, pero ahora mismo lo es", pronostica la experta.

 

No es nostalgia, es autonomía

Aunque de momento es solo una propuesta, si saliera adelante supondría reducir el uso de objetos físicos en la vida cotidiana, como ya ha ocurrido con la libreta bancaria, la tarjeta física sanitaria, los teléfonos públicos o las entradas en papel. "Cuando hay una sustitución de un elemento, la persona puede sentirse desvalida, experimentar incertidumbre e inestabilidad, y sentir que tiene que volver a construir o reaprender determinadas cosas para poder hacer ciertas actividades", comenta Daniel López, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC e investigador del grupo CareNet.

Por ejemplo, la libreta bancaria no es un objeto central para los bancos, pero es, según el experto, una "infraestructura de confianza", un comprobante físico que ofrece autonomía y se constituye como un objeto familiar para muchas personas mayores. "Una tecnología es obsoleta cuando ya no hay una comunidad que la use. No se trata solo de que el diseño cambie o de que determinadas organizaciones o empresas quieran sustituir una tecnología por otra, sino de que siga siendo útil y significativa para determinadas comunidades", detalla López. De hecho, en los últimos años, tecnologías como los discos de vinilo han despertado un creciente interés a una parte de la población.

El edadismo tecnológico como forma sutil de discriminación

La modificación de la normativa se basa, según ASEDAS, en argumentos medioambientales. La patronal aprecia que actualmente en España se emiten unos 5.000 millones de tiques al año, que consumen cerca de 4.500 toneladas de papel y generan hasta 10 millones de euros en costes de impresión. Según la patronal, muchos recibos acaban directamente en la basura, y una tercera parte se dejan en la misma línea de cajas.

La impresión de los tiques también conlleva un gasto medioambiental: según la patronal, el papel térmico utilizado suele contener bisfenol A (BPA) o bisfenol S (BPS), lo que dificulta su reciclaje y genera un residuo tóxico que acaba mayoritariamente en vertederos, en lugar de ser reutilizado. Para Fernández-Ardèvol, las empresas que impulsan medidas o innovaciones orientadas a la sostenibilidad no suelen tener en cuenta la discriminación por edad. "El edadismo está en todas partes y, por tanto, también puede estar ligado a prácticas que lo que quieren es promover la sostenibilidad", indica. A pesar de que estas innovaciones se hacen para ser más eficientes y ahorrar costes, también implican otros gastos asociados, por ejemplo, al mantenimiento del sistema digital, puntualiza la experta.

Si se aprobara la medida, la gestión del tique digital no formaría parte de las actividades en las que la gente mayor (aquellos de más de 75 años) tiene más facilidad —como la comunicación básica por WhatsApp, que lidera la lista de tareas, con un 39,3 %—, según los datos del informe del ONTSI. De hecho, si el tique digital llegara al correo electrónico o bien a la aplicación del supermercado, esto exigiría competencias digitales avanzadas (como descargar una aplicación móvil, registrarse y saber navegar por ella) en un colectivo en el que solo el 21% de las personas mayores usan el correo electrónico, y un 22% busca información sobre bienes y servicios. "Este hecho puede situar a algunas personas en situación de vulnerabilidad porque no tienen, quizás, los recursos necesarios o el apoyo para hacer los ajustes, y esto puede generar situaciones de desigualdad y discriminación", afirma López. 

“La digitalización por defecto es una forma de violencia estructural que hoy todavía afecta especialmente a las personas mayores”

Diseño universal vs. innovación excluyente

El informe del ONTSI alerta de que la baja adopción de estos servicios más complejos supone un claro riesgo de exclusión ante la creciente digitalización de los servicios tanto públicos como privados. Es un problema que afecta al conjunto de la sociedad, independientemente de la edad. "Pero en el caso de las personas mayores que no tienen interés en esta dimensión digital, los estamos forzando a unos mayores niveles de dependencia de otras personas", afirma Fernández-Ardèvol.

La investigadora alerta de que las consecuencias, cuando esta dependencia digital no es querida, son muy graves para la privacidad y la autoestima de las personas mayores. "Aquellos documentos que querrían que fueran privados dejan de serlo, y obviamente afecta su autoestima. A nadie le gusta no sentirse independiente", ejemplifica.

El problema de raíz es también de representación cuando se piensa en los servicios o las innovaciones. "El diseño de los entornos digitales actualmente es edadista, porque no es una dimensión que se incorpore habitualmente cuando se piensa en los productos o los servicios; y, si se hace, es desde una mirada estereotipada", añade la catedrática e investigadora del grupo CNSC.

En plena transición digital, el debate ya no es solo tecnológico o medioambiental, sino también democrático: ¿quién queda fuera cuando el mundo físico deja de ser la norma? "Hay muchos elementos en juego, cuando nos fuerzan a ir a lo digital sin posibilidad de mantener la dimensión analógica. Desde cuestiones vinculadas a la privacidad a temas de autonomía y respeto de nuestros derechos como ciudadanos y ciudadanas", afirma.

Integrar una mirada heterogénea en el diseño de masas continúa siendo un reto pendiente. "Quien produce estos productos para consumo de masas considera que no sacará rendimiento de ellos si aplica principios del diseño universal; al final, con algunas excepciones, el mercado responde a las expectativas del propio beneficio económico", concluye Fernández-Ardèvol. 

Expertos UOC

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