12/3/26 · Salud

Apraxia del habla: claves para reconocer este trastorno neurológico tras un ictus

En la apraxia del habla, el cerebro no planifica correctamente los movimientos necesarios para pronunciar palabras y el principal reto es distinguirla de otros trastornos

Expertas de la UOC revelan claves para mejorar la comunicación diaria
Mujer hablando

Foto: Adobe Stock

La apraxia del habla adquirida es un trastorno neurológico que puede aparecer después de un ictus, un traumatismo craneoencefálico o un tumor, y también en algunas enfermedades que afectan al cerebro con el tiempo. A primera vista puede parecer "un problema para hablar", pero su rasgo clave es otro: la persona suele comprender bien y normalmente sabe lo que quiere decir.

Lo que falla es la organización que hace el cerebro para coordinar labios, lengua y voz y poder pronunciar las palabras correctamente, explican expertas de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Por eso el habla puede presentar bloqueos, pausas extrañas, errores que cambian de un intento a otro o a un ritmo poco natural.

En el entorno hospitalario se confunde con facilidad con otros trastornos frecuentes tras una lesión cerebral, como la disartria (cuando hay debilidad o mala coordinación de los músculos del habla) o la afasia (cuando cuesta encontrar palabras o construir frases). A veces, además, pueden coexistir. De ahí que la evaluación se base en observar pequeñas pruebas guiadas, como repetir sílabas, palabras o frases, y explorar movimientos orofaciales. El tratamiento suele funcionar mejor cuando se organiza por fases, con práctica frecuente y con una familia que entiende el problema y sabe cómo ayudar sin presionar.

 

Definición, diagnóstico diferencial y detección

Para la profesora colaboradora del grado de Logopedia de la UOC Mariví Cobo, la apraxia del habla es un trastorno neurológico adquirido que aparece tras una lesión cerebral (ictus, traumatismo craneoencefálico, tumor) o en enfermedades neurodegenerativas. Se caracteriza por una dificultad para planificar y programar los movimientos necesarios para hablar. Es decir, el paciente suele tener la idea y el mensaje, pero "tiene dificultad al ordenar los movimientos de lengua, labios y boca para producir de forma estable las palabras", agrega la experta.

Cobo lo resume con una comparación muy visual: "Es como un problema de software y no de hardware", en el que el hardware, los músculos, pueden estar razonablemente bien, pero el software, el "programa" que organiza los movimientos desde el cerebro, es el que falla.

En el hospital, el principal reto es distinguirla de otros trastornos con los que se confunde y que incluso pueden coexistir. El diagnóstico diferencial más importante es con la disartria y la afasia no fluente. La disartria también es un trastorno motor del habla, pero de ejecución: el problema está en la fuerza, el tono o la coordinación de los músculos implicados. Con la metáfora anterior, en disartria falla el "hardware". La afasia no fluente, en cambio, es un trastorno del lenguaje: el problema está en el sistema lingüístico (elección de palabras, gramática, organización de la frase), y afecta al contenido y a la construcción del mensaje. En la apraxia del habla, el núcleo del problema está en la programación motora, no en "saber qué decir".

En la práctica, Cobo propone un primer filtro muy concreto para afinar el diagnóstico: comprobar que la musculatura funciona (que no haya debilidad o rigidez que explique dificultades del habla), confirmar que la secuencia de movimientos es el problema (más que un sonido aislado) y verificar que el lenguaje y la comprensión se conservan. Solo con estos pasos, indica, puede hacerse un diagnóstico preciso y diferenciarlo de la disartria o la afasia.

Sobre la evaluación, Cobo explica que los protocolos clásicos internacionales describen qué aspectos observar (articulación, secuenciación, transiciones entre sonidos, prosodia e inconsistencias), pero no son test estandarizados con baremos.

Entre los instrumentos empleados, está el Protocolo de Martins y Ortiz (2004), "que es una herramienta clínica estructurada. Esto significa que el diagnóstico se apoya principalmente en la experiencia del profesional al analizar cómo habla la persona. Al no existir pruebas con puntuaciones estandarizadas, la valoración se basa en la observación clínica perceptiva", indica Mariví Cobo.

¿Qué es observable en la apraxia? En tareas de repetición de sílabas, palabras, pseudopalabras y frases, aparecen patrones típicoserrores que cambian cada vez, dificultad al pasar de un sonido a otro, pausas extrañas, habla más lenta o con acentos raros, y diferencia entre lo automático (contar, días de la semana) y lo voluntario (repetir una palabra concreta).

También se valoran movimientos orofaciales (sacar la lengua, soplar, inflar mejillas) para ver si la persona duda, necesita varios intentos o rinde mejor de forma espontánea que "a la orden". "Para completar la valoración y comprobar si también hay un problema de lenguaje, se utilizan baterías de afasia", añade Cobo.

Finalmente, sobre datos en España, esta experta es clara: "En España no tenemos datos sobre la incidencia y prevalencia en la apraxia del habla". Falta un registro nacional homogéneo y, además, el solapamiento con afasia o disartria dificulta medirla. En ausencia de cifras, la magnitud y la gravedad se estiman con indicadores clínicos: cuánto se entiende al paciente en conversación, si falla solo en palabras complejas o también en sílabas simples, la dificultad en transiciones, la inconsistencia de errores y la alteración del ritmo.

 

Qué hacer en el hospital y en casa

Laura Sáez, también profesora colaboradora en el grado de Logopedia de la UOC, plantea la intervención logopédica como un proceso por fases dentro del circuito hospitalario (agudos, rehabilitación y alta), adaptado al estado del paciente y apoyado en principios de aprendizaje motor (práctica repetida y organizada para "entrenar" el movimiento).

En la fase de agudos, lo primero es un buen diagnóstico diferencial, especialmente frente a la afasia y disartria, frecuentes tras lesiones cerebrales. En paralelo, se busca que el paciente tenga una comunicación básica eficaz. Aquí la intervención suele centrarse en facilitar la articulación con apoyos visuales, táctiles y rítmicos, trabajar con estructuras simples (sílabas y palabras cortas) y, si hace falta, utilizar de forma temporal sistemas aumentativos (gestos, escritura, imágenes). El objetivo es que la persona consiga comunicarse sin hundirse en la frustración: "Aquí se buscan éxitos rápidos que reduzcan la frustración y eviten patrones compensatorios ineficaces".

En la fase de rehabilitación, el foco pasa a mejorar la precisión, hacer el habla más automática y lograr que lo aprendido se use en situaciones reales. Sáez destaca que la evidencia apoya intervenciones basadas en aprendizaje motor: alta repetición, práctica estructurada y ajuste progresivo del feedback (las indicaciones y correcciones que se dan). En términos sencillos: se repite mucho, de forma ordenada, y se sube la dificultad gradualmente para que el habla gane estabilidad.

En la fase de alta, la prioridad es la generalización y la autonomía. Se pautan ejercicios para casa y se implica a la familia para mantener lo conseguido y prevenir regresiones.

“La corrección continua e interrumpir con frecuencia aumenta esa frustración y puede empeorar la ejecución”

Los consejos de Sáez a la familia y cuidadores empiezan por una idea central que evita malentendidos: "La base es entender que el problema no es de inteligencia ni de comprensión, sino de programación motora del habla". Por tanto, conviene evitar la prisa y la sobreprotección. Recomienda dar tiempo suficiente para responder, no terminarle constantemente las frases y no corregir cada error de inmediato. La corrección continua e interrumpir con frecuencia aumenta esa frustración y puede empeorar la ejecución. Es más útil reforzar lo que sale bien que señalar cada fallo.

También sugiere simplificar el contexto comunicativo: un tema cada vez, contacto visual y evitar ruido ambiental. Los apoyos visuales como gestos, escribir palabras clave o imágenes suelen facilitar la producción. Si el paciente trabajó "guiones" (frases útiles para situaciones concretas), la familia puede practicarlos en momentos reales, de forma breve y estructurada, priorizando calidad sobre cantidad. Y, si aparece cansancio, mejor parar: la fatiga es frecuente y forzar suele empeorar el rendimiento. En casa, la pauta general es constancia: "La constancia suele ser más eficaz que sesiones largas e irregulares".

Sobre el pronóstico, Sáez señala que la apraxia del habla adquirida puede mejorar significativamente, especialmente en los primeros meses tras la lesión, pero también puede dejar secuelas o cronificarse. Depende de varios factores: la causa (tras un ictus, suele haber mejoría por capacidad de reorganización del cerebro; en enfermedades neurodegenerativas, el curso puede ser progresivo), la gravedad inicial, la extensión y localización de la lesión, y la presencia de otros problemas asociados (afasia no fluente, disartria importante o dificultades cognitivas como atención o memoria de trabajo), que pueden limitar la recuperación y la generalización.

Un factor que sí puede optimizarse es la terapia. Sáez subraya el impacto de la precocidad e intensidad: la evidencia respalda intervenciones tempranas, intensivas y basadas en aprendizaje motor. Como referencia de intensidad, menciona rangos de 3 a 5 sesiones semanales en enfoques intensivos y, más adelante, de 2 a 3 sesiones; con sesiones de 30 a 60 minutos, ajustando por fatiga y capacidad de concentración. El mensaje práctico es claro: repetición frecuente, método y acompañamiento familiar bien orientado.

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