Del estudio individual al aprendizaje en red: así afronta la generación Z la selectividad
Vídeos, anotaciones compartidas y grupos de mensajería forman parte de una preparación cada vez más colaborativa y digitalEl reto es convertir el consumo rápido de contenidos en aprendizaje profundo
El estudio en grupo es un antídoto contra la ansiedad frente a la selectividad
La inteligencia artificial puede hacer en cinco segundos lo que antes requería cinco horas de estudio. Y, precisamente por eso, saber aprender se ha convertido en la competencia más urgente e insustituible del siglo xxi. Esta es la paradoja a la que se enfrentan los jóvenes de la generación Z al preparar la selectividad, explica la experta en innovación educativa Laia Lluch Molins, profesora e investigadora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
El estudiantado que usa dispositivos digitales hasta una hora al día para actividades de aprendizaje en la escuela obtiene, de media, 14 puntos más en matemáticas que quienes no los usan, según el estudio PISA 2022 de la OCDE. Otro informe de la Comisión Europea, publicado en 2025, señala que el estudiantado percibe la tecnología como útil para aprender y acceder a múltiples fuentes, pero también advierte sobre más distracciones, dificultades para filtrar información y estrés cuando el volumen de contenido lo desborda.
"El mayor error que podemos cometer es pensar que la generación Z estudia peor que las anteriores. Estudia de manera diferente, y, en muchos aspectos, de forma más sofisticada", explica la experta de la UOC.
Las herramientas digitales han democratizado el acceso al conocimiento de una forma que habría sido impensable hace veinte años, y eso en sí mismo es una revolución educativa. La generación Z estudia en un entorno hiperconectado, rodeada de vídeos explicativos, resúmenes compartidos, documentos colaborativos y grupos de mensajería en los que resolver dudas al instante. En plena cuenta atrás para la selectividad, ese ecosistema digital ha cambiado tanto las herramientas como la lógica del aprendizaje.
Frente a la imagen tópica de una juventud dispersa o incapaz de concentrarse, la realidad apunta más bien a una forma de estudiar distinta, híbrida y multimodal. Esta generación se mueve con soltura entre formatos, plataformas y lenguajes, y combina el estudio individual con dinámicas colectivas que van desde el intercambio de apuntes hasta la explicación mutua de conceptos más complejos y difíciles.
Según Lluch, la cuestión de fondo no es tanto el acceso a la información como la manera de procesarla. En generaciones anteriores, el estudio estaba más ligado a materiales cerrados y recorridos lineales. Hoy, en cambio, una misma alumna puede preparar un tema a partir de una explicación en vídeo, contrastarlo con unos apuntes compartidos, resolver dudas por mensajería y completar el proceso con recursos creados por otros estudiantes.
Esa diversidad de apoyos puede enriquecer el aprendizaje, pero también introduce una exigencia mayor: saber discriminar, organizar y convertir todo ese caudal de información en comprensión real.
Del consumo rápido al aprendizaje profundo
Uno de los grandes cambios que trae consigo el entorno digital es la relación con la inmediatez. El acceso rápido a explicaciones, esquemas o respuestas puede facilitar el estudio, pero también alimentar una falsa sensación de dominio (como la denominada "ilusión de fluidez"). La familiaridad con un tema no equivale necesariamente a haberlo entendido.
"La comprensión profunda —la que hace falta para superar una prueba de madurez como la selectividad— requiere tiempo, esfuerzo cognitivo y, sobre todo, elaboración activa", señala Lluch. El reto, añade, consiste en ayudar al alumnado a pasar del simple consumo de contenidos a una apropiación y aplicación reales del conocimiento: cuestionarlo, reformularlo y conectarlo con lo que ya sabe.
Las herramientas digitales han ampliado de forma drástica las posibilidades de acceso al conocimiento. Un estudiante puede escuchar varias explicaciones sobre un mismo problema, detenerse en los pasos que no entiende y revisar los contenidos a su ritmo. Esa flexibilidad resulta especialmente útil en una etapa marcada por la presión, la acumulación de materias y la necesidad de repasar de forma intensiva.
Pero el uso de vídeos, resúmenes o plataformas colaborativas no es eficaz por sí mismo. Todo depende de lo que ocurra después. Tomar notas, hacerse preguntas, explicar con palabras propias o contrastar la información con otros conocimientos previos es lo que convierte un recurso en aprendizaje.
Lluch advierte, además, de que esta necesidad de elaboración activa se vuelve todavía más importante con la irrupción de la inteligencia artificial. "No es que la IA sea el problema: es una herramienta extraordinaria. El problema es confundir obtener una respuesta con haber aprendido, o delegar directamente en la IA la tarea de pensar", afirma. En un contexto en el que un sistema puede generar en segundos esquemas o soluciones aparentemente impecables, el riesgo no es solo la pasividad, sino también delegar en la tecnología la parte más exigente del proceso intelectual.
La selectividad, precisamente por su carácter individual y por exigir aplicación, comprensión y capacidad de relación entre ideas, obliga a ir más allá de la simple exposición al contenido. Ver, leer o recopilar materiales puede ayudar, pero no sustituye el trabajo mental necesario para fijar conocimientos y utilizarlos con criterio.
Aprender con otros también reduce la ansiedad
Si hay un rasgo que define buena parte de la preparación de la generación Z es la dimensión social del estudio. Grupos de WhatsApp, Discord o Telegram, documentos compartidos, videollamadas para explicar ejercicios y carpetas con materiales colectivos se han convertido en herramientas habituales de preparación. No son solo canales prácticos, también reflejan una manera de aprender en red.
Para Lluch, ese componente colaborativo no es accesorio, sino central. "El aprendizaje es siempre social. No existe el aprendizaje en el vacío", subraya Lluch, que cita a Lev Vygotsky como referente desde los años treinta del siglo pasado. La evidencia posterior demuestra que el desarrollo cognitivo se produce en la zona de desarrollo próximo, en ese espacio en el que alguien más avanzado, o simplemente diferente, nos ayuda a llegar más lejos de lo que llegaríamos solos y solas.
Compartir dudas, explicar un tema a otra persona o construir resúmenes en común no solo agiliza el estudio: también obliga a reorganizar las ideas, detectar lagunas y verbalizar lo que se sabe. Cuando un estudiante enseña a otro, consolida su propio conocimiento. Por eso, prácticas tan comunes entre jóvenes como enviarse audios resolviendo dudas, grabar pequeñas explicaciones o comentar ejercicios pueden tener un efecto muy positivo en la preparación de la selectividad.
Además, el estudio colaborativo cumple otra función menos visible, pero decisiva: amortiguar la presión emocional. La selectividad no solo pone a prueba contenidos académicos; también somete al alumnado a una tensión elevada, con impacto directo en la concentración, la memoria y la confianza.
"Ese estrés excesivo, si no se gestiona, actúa directamente sobre la memoria y la capacidad de concentración", explica Lluch. En ese contexto, compartir el proceso con otros compañeros y compañeras ayuda a relativizar el miedo, normalizar las dudas y sostener el esfuerzo. El grupo no solo aporta recursos: también aporta acompañamiento, pertenencia y alivio.
La posibilidad de expresar inseguridades, comprobar que otros atraviesan dificultades parecidas y celebrar pequeños avances convierte el estudio en una experiencia menos aislada y, muchas veces, más eficaz. La preparación no se limita, así, a memorizar contenidos, sino que incorpora habilidades como la comunicación, la cooperación y la gestión emocional.
Eso no significa, sin embargo, que el estudio colaborativo sea una solución infalible. También tiene límites claros. Uno de los principales riesgos es que el grupo se convierta en una dependencia que debilite la autonomía individual. Otro es la sensación engañosa de que, si entre todos dominan un tema, cada uno lo ha interiorizado por separado.
Lluch advierte de esa "ilusión de dominio colectivo", especialmente peligrosa en una prueba que se realiza en solitario. Por eso insiste en que no se trata de elegir entre estudio individual o colaborativo, sino de combinarlos con criterio. Los estudiantes que mejor aprenden no son necesariamente quienes más horas acumulan, sino quienes saben cuándo trabajar a solas, cuándo contrastar con otros, cuándo revisar y cuándo parar.
En el fondo, la forma en que la generación Z afronta la selectividad abre una pregunta más amplia sobre qué significa aprender en el siglo xxi. La tecnología multiplica los recursos; el grupo amplía el apoyo; pero el aprendizaje sigue exigiendo algo que ninguna herramienta puede sustituir: elaborar, equivocarse, practicar, conectar ideas y hacerlas propias. Para Lluch, este reto interpela a los docentes a preguntarse cómo pueden enseñar mejor y diseñar experiencias de aprendizaje que fomenten la colaboración genuina, den voz al estudiantado y le ayuden a desarrollar pensamiento crítico.
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Anna Sánchez-Juárez