30/4/26 · Institucional

"En la UOC convertimos los datos en decisiones para innovar en las aulas virtuales"

Sílvia Sivera, directora del eLearning Innovation Center (eLinC) de la UOC

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Silvia Sivera, Director of the eLearning Innovation Center (eLinC) at the UOC

Sílvia Sivera es directora del eLearning Innovation Center (eLinC) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el centro de educación superior que lidera la innovación en educación en línea y que, entre otras iniciativas, impulsa el#UOC2TheFuture, la cita anual de la comunidad UOC en que el profesorado, el estudiantado y los agentes colaboradores debaten sobre los escenarios emergentes de innovación educativa. En el marco de este congreso interno, Sivera reflexiona sobre los grandes retos de la universidad ante la revolución tecnológica: desde el uso ético de la inteligencia artificial hasta una iniciativa pionera que pone los datos del proceso de aprendizaje a disposición de toda la comunidad universitaria.

“En la UOC convertimos los datos en decisiones para innovar en las aulas virtuales.”

La revolución tecnológica plantea retos muy profundos para las universidades. ¿Por dónde empezar?

Ciertamente, la revolución tecnológica lo ha cambiado todo. Hay una transformación social, cultural y económica, y es el momento también de hacer una transformación pedagógica. Uno de los grandes retos que tenemos las universidades es revisar nuestro modelo educativo. Debemos asegurarnos de que el aprendizaje —qué tenemos que aprender y cómo lo tenemos que aprender— y esta supuesta democratización del conocimiento y las facilidades que nos da la tecnología, el acceso al conocimiento, no impliquen crear nuevos sesgos o nuevas desigualdades. Y también, evidentemente, debemos pensar en el papel de la universidad en estos momentos en la sociedad.

¿En qué ámbitos es más urgente innovar?

La innovación es imperativa en dos ámbitos muy generales. Uno es el ámbito de la docencia, en el que hay que repensar cuáles son el rol y la función del docente hoy en día: qué enseña, por qué lo enseña y cómo lo enseña. Y el otro es el ámbito del aprendizaje, que es la parte del estudiantado: cómo está aprendiendo, cómo lo ayudamos y qué responsabilidad tiene en lo que está aprendiendo.

Hay un proceso clave, que es el de la integridad académica. Debemos garantizar que unos y otros tengamos muy claras las reglas y los valores sobre el aprendizaje. ¿Queremos aprender y entender primero —es decir, tener las herramientas que nos facilitan la generación de contenidos, de resultados y de actividades— o nos interesa el proceso? Tenemos que buscar vías innovadoras para resolver este callejón sin salida que está creando fricciones en el pacto entre docentes y estudiantes. Esto también nos obliga a tener una mirada muy personalizada y a atender la diversidad de estudiantes.

En este sentido, tanto docentes como estudiantes deben hacer un pacto para que lo que aprenden en la UOC y en todas las universidades sea conocimiento real que puedan aplicar, que hayan entendido, que sea de su autoría y que se haya hecho siguiendo unas normas éticas. Hay que tener una relación basada en la confianza, no en la desconfianza continua.

La inteligencia artificial es, ahora mismo, el gran debate en la educación. ¿La consideras una amenaza o una oportunidad?

Puede ser ambas cosas. Tenemos que ser prudentes, y en la UOC hemos puesto ciertos límites. Por ejemplo, no hay que utilizar la IA para evaluar: un estudiante debe tener claro que su trabajo será evaluado por un humano. Esto es un límite y es un posicionamiento ideológico ante la pedagogía y cómo entendemos que debe ser el proceso de enseñanza en la UOC.

Yo considero que una buena herramienta de inteligencia artificial bien utilizada puede ser un aumentador de capacidades, pero tenemos que enseñar los límites éticos. Hay que enseñar a utilizarla muy bien para sacarle el máximo de posibilidades y ser muy conscientes de que estas herramientas también se alimentan de una información con la que debemos tener cuidado. No podemos introducir datos personales, no hay que alimentar la consolidación de ciertos sesgos, por ejemplo.

En la UOC tenemos un manifiesto de la IA: damos pautas y establecemos muy claramente qué puede hacerse y qué no. Y lo que queremos es que el estudiantado no se sienta amenazado ni puesto continuamente en entredicho sobre si ha utilizado una IA o no. Nos interesa, sobre todo, que pueda demostrar que durante el proceso ha aprendido.

La UOC es una universidad digital. ¿Qué ventajas concretas aporta esto en la práctica?

El hecho de ser una universidad digital nos permite tener datos de todo. Desde hace un tiempo, hemos empezado a ponerlos a disposición de los diferentes actores de la universidad, porque, desde el eLinC, consideramos que deben ser una palanca para la innovación continua.

Ahora mismo disponemos de dashboards —para asignaturas, programas, direcciones de estudios y vicerrectorado— donde se puede ver en tiempo real qué ocurre en las aulas: si el estudiantado interactúa, si entrega las actividades a tiempo, si los docentes las dinamizan. Son datos agregados, y próximamente tendrán acceso a ellos también el profesorado colaborador y el estudiantado. Creo que esto es pionero en el mundo: dar a cada actor los datos que él mismo genera en el proceso de enseñanza y de aprendizaje para que todo el mundo —estudiantado, docentes y equipos de gestión— pueda tomar decisiones basadas en evidencias y mejorar esos procesos de manera continua.

Como profesora, desde que empieza el curso ya puedo observar qué ocurre y tomar decisiones en consecuencia. Si estamos pendientes de esos datos, podemos reaccionar a tiempo.

Para el estudiantado, el acceso a esta información le permite compararse con el resto. Un estudiante que entra poco en el aula, consulta pocos materiales y obtiene resultados modestos puede ver que sus compañeros participan más en los debates o acceden a recursos que él no ha consultado. Esto le permite deducir que, si cambia algunos hábitos, sus resultados académicos pueden mejorar.

¿Cómo se impulsan el talento y la creatividad entre el profesorado?

Para desarrollar el talento y la creatividad entre el profesorado, propongo una fórmula de tres elementos: tiempo, espacios y ganas.

El tiempo es imprescindible, porque un profesor universitario, además de la docencia, hace investigación, transferencia y divulgación de conocimiento. Hay que blindar tiempo dentro de su jornada laboral para que pueda continuar nutriéndose, desarrollando el talento y orientándose hacia la innovación.

Los espacios son de muchos tipos. Por un lado, están los formativos: ante la irrupción de la IA y las nuevas tecnologías, el profesorado también debe reciclarse y adquirir nuevos conocimientos y habilidades. Por el otro, están los colaborativos: el #UOC2TheFuture, la cita anual de la UOC para reflexionar sobre estas cuestiones, es el punto de encuentro del profesorado para pensar en innovación, compartir experiencias e inspirarse en lo que hacen los demás. Además, queremos crear una red —un club de innovadores— formada por docentes de los diferentes estudios que actúen como referentes y embajadores de la innovación desde cada ámbito y disciplina.

Y, finalmente, están las ganas: en la UOC siempre he dicho que venimos motivados de casa y que nos gusta mucho nuestro trabajo, pero también nos ayuda tener referentes, inspirarnos, encontrarnos, recibir la visita de gente de fuera y tener oportunidades de intercambio.

¿Qué papel desempeña el modelo pedagógico de la UOC en todo este proceso de innovación?

Igual que la tecnología, la pedagogía no es neutra. Los modelos centrados en la transmisión de contenidos se basan en una jerarquía del conocimiento; los centrados en el estudiantado fomentan la autonomía, la participación y el pensamiento crítico, y los orientados a las competencias buscan que el estudiantado aplique lo que ha aprendido en un contexto productivo concreto.

La UOC tiene un modelo pedagógico centrado en el estudiantado desde su creación, pero que va más allá: contempla la trayectoria de la persona a lo largo de toda su vida y la acompaña en cada etapa de su recorrido. La versión ampliada de este modelo se denomina Insignia. Su objetivo es situar todavía más al estudiantado en el centro, empoderarlo y darle herramientas para que pueda tomar decisiones informadas sobre su propia trayectoria académica y profesional.

El punto de partida es el autoconocimiento: saber qué competencias se tienen, cuáles faltan y cómo se relacionan con las demandas del entorno. En este sentido, uno de los retos pendientes es la conexión entre la universidad y el mercado de trabajo, que a menudo es un problema de lenguaje: es necesario que ambos actores hablen el mismo idioma. Por eso, dentro del modelo Insignia se está trabajando en la traducción de las competencias que pide el mercado laboral con las que figuran en las memorias de las titulaciones. A través de herramientas como el GPS profesional y otros recursos de acompañamiento, el objetivo es que cada estudiante pueda diseñar su propio itinerario académico para mejorar su capacitación o reinventarse profesionalmente: es lo que conocemos como reskilling o upskilling.

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