«En las democracias actuales, el papel de los ciudadanos es minúsculo»
Wiebe E. Bijker
21/07/2015
Ángela Plaza
Wiebe E. Bijker es profesor de Tecnología y sociedad en la Universidad de Maastricht. Se formó como ingeniero de Física aplicada en la Universidad de Tecnología de Delft, estudió Filosofía en la Universidad de Groningen, y es doctor en Sociología e Historia de la Tecnología por la Universidad de Twente. Participó en la creación del máster europeo Sociedad, ciencia y tecnología (ESST) de la Netherlands Graduate Research School of Science, Technology and Modern Culture (WTMC), y del máster de investigación Cultura de las artes, ciencia y tecnología (CAST), de los que fue director. Actualmente, es presidente de la junta directiva del instituto de investigación NWO-WOTRO / Science for Global Development y miembro de la junta directiva del Instituto Rathenau (Instituto de Evaluación Tecnológica de Holanda).

Su investigación se centra en la relación entre tecnología, sociedad y ciencia. Desde la década de 1990, los aspectos políticos y normativos han sido su principal tema de estudio. Visitó la UOC, en el marco del programa Internationalization at Home de la Obra Social de La Caixa, para impartir la conferencia «Looking beyond Europe: Rethinking Science, Innovation and Democracy» (Una mirada más allá de Europa: una reflexión sobre la ciencia, la innovación y la democracia), centrada en cómo Europa podría aprender de otros países en ámbitos como la ciencia y la política. Su trabajo más reciente está relacionado con la vulnerabilidad en una cultura tecnológica, incluyendo la necesidad fundamental de aceptar cierta vulnerabilidad en una sociedad innovadora.

En sus investigaciones hace referencia a la vulnerabilidad en las sociedades tecnológicas. ¿Qué significa vulnerabilidad?

Los seres humanos han vivido siempre en condiciones de vulnerabilidad, pero antiguamente estas condiciones eran tormentas, terremotos, epidemias... Lo que ha cambiado es que vivimos en un mundo cada vez más dominado por la ciencia y la tecnología, y estas ciencias y tecnologías generan nuevos riesgos. Ulrich Beck, un sociólogo alemán que falleció hace un año, ha llamado a esta situación «sociedad del riesgo». Vivimos en una sociedad en la que el riesgo ocupa una posición cada vez más central, y eso se ve acrecentado por la ciencia y la tecnología. Por supuesto, la otra cara de la moneda es que la ciencia y la tecnología también nos ayudan a defendernos de estos riesgos. Un ejemplo ciertamente espantoso son las puertas de cabina de los aviones. Tras el 11 de setiembre, las puertas de cabina se montaron con todo tipo de dispositivos para bloquear la entrada; pero después, como ocurrió recientemente en el vuelo de GermanWings, se ha visto que estos dispositivos técnicos generan nuevos peligros. La ciencia y la tecnología ayudan a controlar los riesgos, pero, al mismo tiempo, provocan nuevos riesgos.

Estas situaciones demuestran que, como sociedad, no podemos tenerlo todo bajo control.

Vivir en un mundo con riesgos no solo es inevitable, sino que, en realidad, quizá no sea del todo perjudicial. Tal vez la palabra riesgo tiene una dimensión demasiado negativa. Por eso utilizo el término vulnerable, porque también tiene connotaciones ligeramente positivas. Si, por ejemplo, en un grupo de amigos, me siento vulnerable, eso significa que me abro, que escucho a los demás, que intento entender lo que hacen y también que cambio mi forma de comportarme para responder a los que me rodean. Lo mismo puede aplicarse a las sociedades. Cuando las sociedades están abiertas al cambio, a la flexibilidad, al aprendizaje, a la reacción creativa ante el peligro, es inevitable que sean vulnerables.

Tal vez, como sociedad, el miedo existe porque asociamos el hecho de correr riesgos o ser vulnerables a no estar seguros. ¿Quizá no entendemos que la vida es irremediablemente insegura?

Si, y quiero marcar una clara diferencia entre las cuestiones de seguridad o protección y las de vulnerabilidad. Hemos de pensar en la vulnerabilidad que crean internet y los medios sociales para nuestra privacidad, etc. Sin duda, internet ofrece muchas ventajas y oportunidades, pero también crea nuevas vulnerabilidades. Y se trata de un conjunto de vulnerabilidades mucho más amplio que la mera seguridad y protección, que a menudo se interpretan como algo principalmente físico y material. E internet es solo un ejemplo; creo que es importante que las personas se den cuenta de que ser vulnerable es inevitable, es parte de la condition humaine.

Y no olvidar nunca que estar vivo es precisamente eso...

La vida es vulnerable, y es ilusorio pensar que podemos vivir en una sociedad sin vulnerabilidad. La sociedad, las instituciones y los políticos han de darse cuenta de que la vulnerabilidad es un aspecto fundamental de la vida y que más vale considerarla como algo positivo.

Quizá ha llegado el momento de hacer un gran cambio en nuestra cultura. A veces los políticos utilizan la vulnerabilidad para aplicar algunas estrategias con la finalidad de restringir la libertad.

Por supuesto. Creo que es uno de los principales problemas de la política en este momento, y que les ha llevado a un callejón sin salida. El público tiene sujeto al gobierno, y a la inversa. Si ocurre algún desastre, se acusa de inmediato al gobierno de no disponer de reglamentos y normas de seguridad adecuados. Entonces el gobierno y el parlamento reaccionan estableciendo nuevas leyes o controles. Y entonces nos quejamos constantemente del aumento de leyes y reglamentos que atenazan la vida cotidiana y crean una carga administrativa excesiva. Los médicos y el personal de enfermería, así como los profesores y otros profesionales, pasan cada vez más tiempo realizando labores administrativas en vez de hacer lo que les corresponde: cuidar de los pacientes y enseñar a niños y alumnos. Este callejón sin salida al que se obligan el gobierno y el público está causado por la falsa ilusión de que es posible un mundo sin ningún tipo de vulnerabilidad. Así nos negamos a nosotros mismos la oportunidad de pensar en una nueva forma creativa para lidiar con la vulnerabilidad.

Su conferencia de este año en la UOC se titulaba «Una mirada más allá de Europa: una reflexión sobre la ciencia, la innovación y la democracia». ¿Cuáles son los temas principales que trató?

Quería dejar claro que podemos aprender muchas cosas mirando más allá de Europa. No solo encontramos nuevos ejemplos y datos, sino también nuevos conceptos, nuevas teorías y nuevas formas de mirar el mundo. Creo que estas sociedades son fundamentalmente distintas. La comparación con culturas no europeas puede ayudarnos, por ejemplo, a experimentar con nuestras democracias. La vulnerabilidad es un ejemplo de ello. No debemos exigir sin más que nuestro gobierno nos proteja frente a cualquier peligro, sino que se han de implantar nuevos mecanismos democráticos para aumentar la resiliencia de las sociedades. Creo que, por ejemplo, podemos aprender de India para mejorar nuestras democracias. India es la mayor democracia del mundo y ha mantenido la democracia durante el período más largo desde su independencia tras la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, también en India hay problemas de violencia entre las comunidades musulmana e hindú, y la mitad de sus presidentes han sido asesinados...; pero todos tenemos nuestros problemas.

Nada es perfecto...

Sí, nada es perfecto, pero podemos sacar una lección de eso. Vale la pena mirar más allá de Europa, porque hallaremos conceptos nuevos. Un buen ejemplo es lo que aprendí de un colega indio, Shiv Visvanathan: la justicia cognitiva. Tenemos derechos humanos universales, declarados por las Naciones Unidas; derechos de la infancia; derechos de los pacientes, de los consumidores... Visvanathan ha definido el concepto de justicia cognitiva. La justicia cognitiva hace un llamamiento ético para mantener los sistemas de conocimiento, incluso cuando no se basan en la ciencia, según la limitada definición moderna. En un mundo cada vez más dominado por la ciencia, algunas tribus de las laderas del Himalaya han mantenido su propio sistema de conocimiento paralelamente a la ciencia moderna. Sin duda hay algunas contradicciones, pero sería muy arrogante afirmar que, en todos los aspectos, la forma de vida occidental es mejor que un sistema de conocimiento local.

Quizá, como europeos, vivimos en una torre de marfil sin mirar más allá y perdemos la oportunidad de aprender de otros países. Es decir, perdemos la oportunidad de estar conectados, más allá de la ciencia, como seres humanos.

Sí, y quiero evitar que la gente piense: «Sí, está bien, de acuerdo, si se trata de mitología, vayamos a Oriente; para las obras de arte, también; pero sin duda para la ciencia quedémonos en Occidente».

Tal vez la ciencia se ha convertido en una nueva religión para algunos, que asumen que no hay otra verdad.

Esto es verdad solo en parte, a mi modo de ver. Vivimos en un mundo totalmente científico y tecnológico; podríamos pensar, pues, que la ciencia es la nueva religión. Pero al mismo tiempo la autoridad de los científicos, los sacerdotes de esa religión, se ha ido a pique. Es una paradoja: sí, la ciencia es la nueva religión; pero no, no hemos dado forma democrática a nuestras sociedades ni hemos aceptado los consejos de los científicos. Algunas veces los gobiernos no piden asesoramiento científico y luego cometen grandes errores, que podrían haberse evitado si el consejo científico desempeñara un papel adecuado en nuestras democracias.

¿Y cuál es el papel del ciudadano en nuestra sociedad, en el mundo?

Creo que los ciudadanos han de tener un papel mucho más importante en las interacciones entre ciencia, tecnología, sociedad y política del que tienen hoy. No les culpo por ello, porque nuestras democracias se basan en constituciones que fueron redactadas en el siglo xix, siguiendo a Montesquieu. En la actualidad, el papel de los ciudadanos se limita a votar una vez cada tantos años. Puede que sean miembros de un partido político o formen parte de una asociación deportiva, pero en general eso es todo. En el funcionamiento básico y continuo de nuestras democracias, no hay papel para los ciudadanos. Y creo que, en un mundo tan científico y tecnológico, eso es un déficit democrático. En realidad, deberíamos pensar en dar al ciudadano un papel más activo.

Por lo tanto, ¿hemos de dar a los ciudadanos un papel más específico a todos los niveles?

Participación de los ciudadanos en la formulación política y en la reflexión sobre la sociedad ?si la sociedad ha de evolucionar hacia una u otra dirección? y sobre cómo queremos que la ciencia y la tecnología nos ayuden a definirnos como sociedad. Este es el tipo de democracia que deberíamos desarrollar.

Quizá la tecnología podría ayudar a reeducar no a los ciudadanos, sino a los políticos, para ser más receptivos a lo que la gente tiene que decir.

Estoy seguro de que las tecnologías serán un elemento importante para que la democracia evolucione en esta dirección, pero no debemos ser ingenuos sobre el papel de la tecnología, sobre la posibilidad de una solución técnica. Hace veinte años, había quien pensaba que internet democratizaría radicalmente la sociedad, porque todos podríamos hablar entre nosotros, todo el mundo tendría toda la información... Sería como estar en el centro del ágora ateniense, donde nació la democracia. La idea de que la tecnología de internet resolvería el déficit democrático ha demostrado ser una ilusión, pero al repensar la democracia deberíamos pensar ciertamente en incluir internet y los nuevos medios sociales. El gobierno debería pensar sobre las nuevas formas de comunicación entre ciudadanos, partes interesadas, organizaciones de la sociedad civil y el propio gobierno. No veo soluciones fáciles y creo que nuestras sociedades han de ser realmente inteligentes para concebir nuevas formas de democracia, también utilizando la tecnología. Pero si lo dejamos únicamente en manos de la tecnología, será un gran desastre.

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