«La democracia representativa necesita ser complementada activamente por la democracia participativa»

 Foto: UOC

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16/04/2019
Mariela Iglesias y Paco González
Boaventura de Sousa Santos

 

Boaventura de Sousa Santos es director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra, catedrático de Sociología en la Facultad de Economía de la misma universidad y distinguished legal scholar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison. Participante activo del Foro Mundial Social desde sus primeras ediciones en Porto Alegre, sus libros y conferencias abordan, entre otros temas, la globalización, los derechos humanos, los movimientos sociales, la teoría poscolonial y la democracia multicultural. Pronunció la conferencia de clausura del seminario «Ciudades, estado y globalización», organizado por la UOC y el Ayuntamiento de Barcelona este mes de marzo.

 

¿Cómo pueden cambiar el mundo, las ciudades?

Ahora es mejor pensar simplemente en la escala de la ciudad y no en el mundo, porque el mundo es muy vasto. Las condiciones de las ciudades son muy distintas. Hablamos bastante de la realidad europea, pero la realidad en África y América Latina es distinta, si bien hay algunas constantes comunes. Las políticas públicas tendrían que ser ante todo radicalmente democráticas. Deben contar con la participación activa de los que están al otro lado de la línea abisal. Normalmente, se producen políticas para ellos y para ellas, no políticas con ellos o con ellas. Esta participación es la que puede alterar los criterios de inclusión, porque si no, la inclusión social se convierte en excluyente, dado que quieres que sean como tú. Esto no puede ser, porque tienen otra cultura y otra forma de ser.

¿Cómo podemos democratizar la democracia?

La democracia realmente tiene que hacerse y pensarse a tres escalas: local, nacional y global. Si nos centramos en las escalas local y nacional, la democracia representativa es mala porque es escasa. No es porque sea mala en sí, es porque la democracia representativa realmente no sabe defenderse de los antidemócratas: Hitler fue elegido de forma democrática y Jair Bolsonaro, en Brasil, también. Mañana podemos elegir democráticamente a alguien de Vox, de extrema derecha. Por esto, la democracia representativa necesita ser complementada activamente por la democracia participativa. Y esto son los ciudadanos, que no tienen por qué ser miembros del partido, pero sí simpatizantes y colaboradores en la vida partidaria, social y política. Deben tener un aporte fuera de los partidos como sociedad civil organizada, con formas de participación, y también dentro de los partidos. Los partidos no pueden ser dinastías, no pueden ser élites, sino que tienen que promover la participación de sus militantes para formular la agenda política y decidir cuáles son los candidatos. Lamentablemente, esto no es lo que ocurre en la actualidad.

Muchas veces, la participación acaba institucionalizándose en las ciudades europeas y deja de lado a quienes están al otro lado de la línea abisal por falta de herramientas o porque no saben establecerse los puentes para que accedan a lo público. ¿Cómo pueden facilitarse esos caminos?

Todas las inclusiones al lado de la línea abisal de quien domina y quien manda son inclusiones de las que ellos mismos determinan los criterios. Por ejemplo, aquí, en Barcelona, si hablas con los senegaleses que venden productos en la calle, son vendedores ambulantes ilegales perseguidos por la policía. Pero esas mismas personas invitadas por Abu Ali (antes Toni Serra) a una muestra artística, presentan proyectos y cantan sus canciones sufís de Senegal. Son grandes artistas, son grandes cantantes, pero nosotros los concebimos como vendedores ambulantes ilegales. Nuestro estereotipo sobre estas personas hace que no los veamos como grandes cantantes y personas con cultura y personalidad, sino como ilegales que perjudican a nuestros comerciantes formados. Son criterios de reducción que nosotros utilizamos siempre, y por esto, la inclusión siempre acaba siendo excluyente.

¿Las ciudades tienen poder?

Tienen más capacidades de las que creen tener, sobre todo las ciudades de tamaño medio o grande, que tienen muchos recursos pero que, normalmente, están dominadas por los poderes fácticos. Por ejemplo, hay poderes fácticos que, realmente, por encima de todo quieren hacer inversión inmobiliaria, cuyo valor depende mucho de quiénes son los vecinos, y de esta forma están interesados en segregar y crear un apartheid social. Pero las ciudades tienen la capacidad de hacer cosas que antes pensábamos que no podrían hacer, como lo que está haciendo Manuela Carmena en Madrid con la política nacional de memoria histórica. Las alcaldías tienen que llevar los límites al límite, o sea, deben presionar los límites hasta donde puedan ejercer sus poderes, y estos límites son más relajados de lo que normalmente se cree.