«La UOC está en una posición muy favorable en una carrera que acaba de empezar»

 Xavier Prats Monné

Xavier Prats Monné

14/04/2021
Magda Farré
Xavier Prats Monné, asesor para iniciativas estratégicas de la UOC y ex director general de Educación y de Salud de la Comisión Europea

 

Xavier Prats Monné es asesor para iniciativas estratégicas de la UOC y ex director general de Educación y de Salud de la Comisión Europea. Nos cuenta su encargo para la UOC y el papel actual de las universidades, desde su visión optimista y con una larga trayectoria como asesor internacional en políticas públicas, educación y asuntos europeos.

¿Cómo te defines?

Quizá como un antropólogo optimista. Soy antropólogo porque siempre me ha interesado la complejidad de la relación entre individuo y sociedad. Y soy optimista porque el optimismo es una estrategia: si no creemos que a pesar de todo el mundo puede ser mejor, no tendremos la fuerza para hacer un mundo mejor. Siempre he tenido la suerte de estar rodeado de gente con esta misma visión, también en la UOC; personas que creen que el mundo puede avanzar y que pueden contribuir a ello.

Cuando trabajas en educación, ves que las cosas siempre pueden mejorar, incluso habiendo muchos problemas. Por ejemplo, de los países del mundo que tienen los mejores resultados escolares —Singapur, Finlandia, Estonia—, no hay ninguno que estuviera entre los mejores hace treinta años. El arco de la historia tiende hacia el progreso, a pesar de que se tarde años y estemos rodeados de dificultades que no pueden minimizarse. 

¿Con qué te quedas como director general de Educación en la Unión Europea?

Lo que más sorprende es, al mismo tiempo, el poder transformador de la educación —tanto para las personas como para la sociedad— y los pocos poderes que tiene la Unión Europea en materia de educación. Y otra paradoja que me impactó en aquella etapa profesional es que a la Unión Europea se le piden dos cosas legítimas pero incompatibles: que se ocupe solo de lo que interese a los ciudadanos, pero también solo de aquello en que tiene competencias. La educación, la salud y el empleo son los mejores ejemplos de que a veces no coinciden los intereses o las necesidades de los ciudadanos con las competencias de las instituciones europeas. 

También me impactó el contraste entre la gran cantidad de evidencias que tenemos sobre qué funciona en la educación y lo poco que se utilizan estas evidencias en la práctica. ¿Cuántos gobiernos evalúan el impacto de una ley educativa antes de aprobar una ley nueva? Si comparas sistemas educativos en Europa, ves que el problema que tenemos no es diseñar políticas sino aplicarlas: convencer, implicar y motivar a la multitud de actores que determinan el éxito o el fracaso de una política educativa o de una ley. 

Y la parte más positiva de la experiencia europea es poder aprender y mejorar gracias a los programas europeos de educación e investigación, como Horizonte 2020, Marie Sklodowska Curie y naturalmente el Erasmus, en los que, además de la movilidad, creamos un elemento de innovación sistémica gracias al cual países y centros educativos muy diferentes consiguen aprender unos de otros.

¿Cómo crees que debe ser la educación en línea?

Vivimos en sociedades que se han digitalizado desde hace un cuarto de siglo. Uno de los pocos aspectos de nuestra vida que no se ha digitalizado totalmente hasta ahora es la educación. En esto naturalmente la UOC es una excepción, porque ya nació como una universidad digital, pero con la COVID-19 muchas universidades han tenido que aplicar su digitalización en un semestre. Entonces se han visto carencias importantes en infraestructura y en competencias digitales; y la paradoja, por ejemplo, de que muchos jóvenes de diez, quince o veinte años viven inmersos en un entorno digital todo el día y todos los días, excepto cuando están en clase. 

En este sentido, a la educación en general y a la universidad en particular les falta seguir el ritmo de la sociedad, aprovechar el potencial de la digitalización y también ver sus riesgos: desde la posibilidad de adaptar y personalizar la enseñanza, hasta el peligro de determinismo de los logaritmos, que pueden negar prematuramente el potencial de aprendizaje de las personas. Dicho esto, los factores que determinan una buena educación son los mismos, sea en línea o presencial, y lo primero es la calidad del educador.

¿Qué dirías sobre la frase «la UOC es dar clases por internet»?

Decir que la UOC es una universidad «en la que se enseña por internet» es confundir el medio con el fin. Lo que me gusta de la UOC es que está mucho más cerca que otras de la misión que, en mi opinión, debería tener cualquier universidad en el siglo xxi: una institución abierta al mundo, que enseña cada vez a más personas, que las forma a lo largo de la vida sin limitaciones de edad ni de origen, y que no es una torre de marfil sino un campo abierto.

¿Qué encargo concreto has recibido de la UOC y qué valor aportas?

En primer lugar, no quiero ser un obstáculo para nadie, porque en esta universidad hay mucha gente que hace muchas cosas y que las hace muy bien. Dicho esto, mi encargo principal es promover la presencia internacional de la UOC y acercarla a organismos multilaterales, como la Unión Europea o el Banco Mundial, que tienen unos códigos de funcionamiento complejos que conozco por experiencia; por ejemplo, dando a conocer más lo que hace nuestra universidad para explotar el potencial de la educación digital y del conocimiento abierto, u ofreciendo oportunidades a la UOC para acceder al apoyo, a la visibilidad y a los intercambios que brindan estas instituciones. También espero aportar una mirada externa a las actividades y prioridades estratégicas de la UOC y alentarla en su ambición como universidad innovadora y joven, aunque solo sea porque, visto desde fuera, a menudo hay aspectos que tienen más valor de lo que parece cuando los has visto siempre. 

¿Cómo ha afectado la pandemia de la COVID-19 a la educación y a la UOC en particular?

Creo que la lección más importante que ha aprendido la comunidad internacional con la pandemia no ha sido principalmente respecto a la educación superior sino a la escuela: la estrecha relación que existe entre educación, desigualdad y exclusión social. Nos hemos dado cuenta de que incluso una pequeña interrupción en el sistema educativo puede crear unas carencias enormes, ya que para un niño o una niña de un entorno familiar o social con pocos medios, no poder ir a la escuela se convierte en un problema gravísimo. En el fondo, quizá ahora apreciamos más que nunca el valor de una buena educación. 

En segundo lugar, también se ha visto que la educación es cosa de todos: un sistema educativo funciona si participan estudiantes, familia y escuela. Muchos padres han comprendido lo difícil y a la vez necesario que es implicarse en la vida formativa de los hijos, y a menudo lo han tenido que hacer de golpe y en las peores condiciones posibles, durante el confinamiento. 

Finalmente, también hemos visto que la educación no había seguido el proceso de digitalización de la inmensa mayoría de la sociedad. El sistema educativo vivía confortablemente aislado de los cambios rupturistas de la tecnología. Hace un año, el día en que cerraron escuelas y universidades en todo nuestro país, muchos maestros y profesores universitarios nunca habían utilizado ningún tipo de herramienta digital en toda su carrera profesional, ni siquiera habían subido a la red un documento en formato PDF. Ahora hay que esperar que seamos capaces de aprovechar el momento para avanzar rápidamente. En el caso de la UOC, este año de pandemia ha sido una confirmación de su modelo, y, naturalmente, se ha tenido que adaptar menos a la situación que otras universidades. Será importante aprovechar la experiencia de un modelo propio en educación digital que tenemos desde hace 25 años para poder dar un paso adelante en todo lo que representa la digitalización en la educación, incluso para transformar radicalmente la manera de aprender y de enseñar. Pensemos, por ejemplo, en la educación continua. El futuro de la universidad quizás no es tanto pensar en qué grados y titulaciones tienes que ofrecer, sino cómo dar acceso permanente al conocimiento que produce la universidad gracias a la tecnología

Por lo tanto, ¿cuál es el posicionamiento actual de la UOC en la educación superior?

La UOC está en una posición muy favorable en una carrera que acaba de empezar. 

La mayoría de las universidades, en todo el mundo y sobre todo en la Europa continental y mediterránea, han arrancado mucho más tarde que la UOC en la educación digital. Es cierto que todavía hay un prejuicio hacia las universidades de formación en línea, sobre todo por parte de quienes ven que llevamos ocho siglos con universidades presenciales y no saben imaginar un futuro diferente. Los prejuicios como este son resistentes, pero creo que ahora la UOC tiene una gran oportunidad para demostrar la calidad de su educación, como ya ha hecho desde el comienzo de la pandemia.

Pero en mi opinión, debido a la combinación de globalización, cambio demográfico y tecnología, ahora se acerca un tsunami a la educación que nos afectará a todos. Nacerán más modelos, fórmulas híbridas, plataformas. Todo el mundo tendrá que adaptarse, porque la tecnología ha llegado a la educación de repente para quedarse, y creará la misma ruptura que han experimentado otros sectores. La flexibilidad de la que disponemos en la UOC, con una plataforma digital y un ecosistema de profesorado permanente y colaborador, puede llegar a ser una ventaja importante en una universidad que deberá ofrecer servicios muy diferentes.

¿Cómo crees que debe ser la UOC del futuro? ¿A qué grandes retos se enfrenta?

No me siento capacitado para dar una respuesta a una pregunta tan compleja, pero creo que delante tenemos al menos tres retos importantes. 

El primero es académico: romper silos. Hoy el conocimiento es interdisciplinario y la innovación es adisciplinaria, y sin embargo tradicionalmente las universidades se organizan verticalmente por departamentos. La UOC ha trabajado mucho por romper estas barreras verticales y debemos continuar. También hay que romper silos entre niveles educativos, por ejemplo, entre educación general y educación profesional de segundo y tercer grado: son divisiones útiles administrativamente pero inútiles para los ciudadanos. Por último, no hay que formarse solo en una única universidad y la UOC debe seguir abriéndose al mundo y debe potenciar su alcance demográfico, geográfico y lingüístico. El futuro es la atomización de las disciplinas, la colaboración entre universidades y la flexibilidad del currículo y el perfil académico. Y ese es un futuro que la UOC puede afrontar con fuerza, con seguridad en sí misma y con ambición.

El segundo reto importante es el apoyo tecnológico. La UOC nació hace 25 años con una plataforma extremadamente innovadora, pero ahora ya tenemos aquí la inteligencia artificial y la realidad aumentada, por ejemplo. Cambiar esto cuesta dinero y esfuerzos organizativos importantes. Hay que romper inercias, costumbres y sistemas. Pero es un progreso inevitable, porque creo que el futuro de la universidad, sea presencial o digital, depende de una mejor utilización de la tecnología. 

Finalmente, veo un reto institucional e incluso político: convencer a la sociedad y a sus representantes de que la UOC tiene un potencial extraordinario y una misión de interés público esencial para el país. Para entender esta misión y su importancia, basta volver a leer el acto fundacional de 1995 de la UOC, con la experiencia de estos 25 años de digitalización y de los últimos quince meses de pandemia.

¿Qué implicación tendrá la UOC con la sociedad?

Cualquier universidad, sobre todo si es pública, debe justificar su existencia y su utilidad para la sociedad: la tecnología, el cambio climático o el populismo son retos del mundo actual que no se pueden resolverse sin el conocimiento y, por tanto, sin una contribución intensa y activa de la universidad. La UOC tiene muy clara su implicación con la sociedad desde su comienzo y ya nació con la misión de estudiar el impacto de la tecnología en la sociedad. 

Al mismo tiempo, con la pandemia ha llegado una conciencia renovada de la importancia del conocimiento y de la cooperación científica: ha habido un esfuerzo de cooperación científica a escala mundial sin precedentes en la historia de la humanidad. Considerar dónde está ubicada físicamente la universidad ya no es lo más importante: lo que cuenta no es dónde tienes el despacho sino qué tienes en la cabeza. Hay que pensar más en una universidad global, y en eso también la UOC como universidad digital tiene ventaja.

Por último, quiero decir que una de las cosas que me parecen más importantes para el futuro de la UOC y para su misión de cara a la sociedad es que es una universidad joven y en femenino. Sabemos por experiencia que, cuando en una organización hay suficientes mujeres en puestos de responsabilidad, la organización se preocupa más por problemas reales de la sociedad, tiene más empatía y es más inclusiva. Aunque mi llegada no ayuda lo más mínimo al equilibrio de género en el seno de la institución, espero poder contribuir modestamente a que la UOC también sea una universidad feminista. 

Finalmente, ¿qué te sugiere...

Educación? Igualdad. 
Universidad? Conocimiento.
Digital? Oportunidad. 
Formador/formadora? Líder.
UOC? Futuro.