Los perfiles polímatas ganan valor en el mercado laboral de la IA
Estos profesionales integran conocimientos profundos de ámbitos distintos para formular preguntas, crear soluciones transversales y abordar problemas complejosLos polímatas pueden liderar proyectos por su capacidad de traducir necesidades entre áreas técnicas, comerciales y humanas
La especialización sigue siendo imprescindible, pero ya no basta siempre. La expansión de la inteligencia artificial (IA), la aceleración tecnológica y la transformación de los modelos de negocio están aumentando el valor de los profesionales capaces de comprender múltiples campos y, sobre todo, de relacionarlos entre sí. Son los llamados perfiles polímatas: profesionales que combinan amplitud de conocimientos con un dominio profundo de una o varias áreas y, sobre todo, que son capaces de integrar esos saberes para formular preguntas y resolver problemas complejos.
Dos expertos de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) explican por qué la polimatía puede convertirse en una ventaja educativa y laboral, pero también por qué no debe confundirse con una acumulación superficial de conocimientos.
El perfil responde a una necesidad concreta. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial, elaborado a partir de las respuestas de más de un millar de grandes empleadores, estima que el 39 % de las competencias básicas de los trabajadores cambiarán o quedarán obsoletas antes de 2030. Junto con las capacidades tecnológicas, las empresas consideran esenciales el pensamiento analítico y creativo, la flexibilidad, la resiliencia, el liderazgo y la colaboración.
No es saber un poco de todo
"La distinción más útil no está en cuánto sabe alguien, sino en qué hace con lo que sabe", señala Laia Lluch, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC e investigadora. Una persona multidisciplinaria reúne competencias de distintos campos y puede aplicarlas de forma independiente. El perfil polímata no se define por acumular disciplinas, sino por ponerlas en diálogo: integra conocimientos profundos de ámbitos distintos para formular preguntas, crear soluciones transversales y abordar problemas complejos.
"Las personas multidisciplinarias saben de varios campos; las polímatas piensan en el espacio que los conecta", resume Lluch. Esta forma de trabajar entre dominios exige aprender continuamente y reconstruir los propios esquemas mentales. De ahí surgen capacidades como la metacognición —comprender y regular el proceso de aprendizaje—, el pensamiento crítico y la creatividad. Quien conoce marcos distintos descubre que un mismo problema cambia según la disciplina desde la que se observe y cuestiona con mayor facilidad los supuestos que cada área da por sentados.
La investigación empírica centrada específicamente en la polimatía todavía es limitada. Por eso no conviene equipararla, sin más, con la creatividad o el desempeño en varios ámbitos, rasgos más próximos a la multipotencialidad. Sí existe una literatura más consolidada sobre la integración interdisciplinaria de conocimientos, uno de los elementos centrales de la definición empleada por Lluch.
Un estudio de universidades de Estados Unidos y de Hong Kong, publicado en 2023, analizó el contenido de más de 110.000 cursos impartidos en 80 universidades estadounidenses. Los autores observaron que una mayor exposición a contenidos interdisciplinarios se asociaba con ingresos medios más altos después de la graduación, especialmente entre los titulados en ciencias. El trabajo no mide la polimatía como perfil personal ni demuestra una relación causal, pero sí respalda el posible valor educativo y laboral de aprender a integrar conocimientos de campos distintos.
Este resultado conecta con una de las advertencias de Lluch. Los sistemas educativos suelen reconocer el rendimiento en áreas cerradas, pero valoran menos la capacidad de transferir y conectar conocimientos. "Si nuestros sistemas de evaluación solo reconocen el rendimiento dentro de un dominio cerrado, estamos penalizando estructuralmente a quien aporta valor en las intersecciones", afirma. Una evaluación capaz de medir la aplicación del conocimiento a situaciones nuevas permitiría distinguir entre la dispersión y el pensamiento transversal.
Esta penalización institucional de quienes trabajan entre disciplinas también se ha observado en el ámbito académico. Una investigación de universidades estadounidenses, publicada en 2024, siguió la trayectoria de 154.021 personas doctoradas en Biomedicina y analizó más de 2,6 millones de artículos. Aunque el trabajo interdisciplinario producía resultados relevantes, los investigadores que más atravesaban las fronteras entre campos al comienzo de su carrera tendían a dejar de publicar antes y, con el tiempo, a reducir el grado de interdisciplinariedad de sus investigaciones. El estudio se limita a las carreras científicas, pero ilustra cómo unas estructuras organizadas por disciplinas pueden desincentivar precisamente la capacidad de integración que afirman valorar.
La amplitud, sin embargo, no basta. El riesgo de saber "un poco de todo y mucho de nada" existe cuando no hay ninguna raíz profunda. Para Lluch, un polímata necesita al menos una o dos áreas en las que haya experimentado qué significa dominar una materia, equivocarse, corregir y perseverar. Esa experiencia aporta el criterio con el que explorar otros campos sin comportarse como un simple "turista" del conocimiento.
Por eso, el equilibrio no consiste en situarse a medio camino entre la especialización y el generalismo, sino en autorregular el aprendizaje: saber cuándo profundizar y cuándo ampliar. "La polimatía no es una suma de especializaciones yuxtapuestas, sino una forma de pensamiento que trabaja entre dominios", insiste Lluch. No depende únicamente de un talento innato, sino de una forma entrenada para aprender, cuestionar y reencuadrar problemas.
De trayectorias no lineales a perfiles híbridos
Las empresas siguen necesitando especialistas, sobre todo en profesiones técnicas, científicas o reguladas. Sin embargo, valoran cada vez más que ese conocimiento profundo se combine con una visión amplia y con competencias transferibles. "El debate no debería plantearse como una elección entre especialistas y perfiles polímatas", sostiene Carlos González-Reyes, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC e investigador del grupo i2TIC-IA Lab. "La capacidad de integración se convierte en un factor diferencial" cuando la tecnología, los negocios y las competencias cambian con rapidez.
Esta evolución también modifica la lectura de las carreras poco lineales. Una sucesión de trabajos o sectores diferentes puede parecer falta de foco, pero gana valor cuando el candidato o candidata explica el hilo conductor, las competencias adquiridas y su utilidad para el nuevo puesto. Una investigación publicada en Management Science, basada en ocho años de datos del personal de una gran empresa sanitaria estadounidense, concluyó que los empleados que hacían movimientos laterales tenían más probabilidades de ser ascendidos posteriormente y obtenían un crecimiento salarial significativamente superior al de trabajadores comparables. Los autores atribuyen parte de esa ventaja al desarrollo y la demostración de nuevas habilidades.
La relación entre la amplitud formativa y la movilidad interna sigue cobrando actualidad. Un estudio publicado en 2026 por la Universidad de Tsinghua (China) analiza precisamente cómo la amplitud y la profundidad de la formación actúan como predictores distintos de los movimientos laterales en las organizaciones. La cuestión relevante no es, por lo tanto, si una trayectoria contiene cambios, sino si esos cambios han ampliado las capacidades y permiten aportar valor en situaciones nuevas.
En las empresas, los perfiles polímatas pueden actuar como integradores. Son capaces de traducir necesidades entre áreas técnicas, comerciales y humanas, así como de conectar lenguajes que suelen permanecer separados y de observar un problema desde varias perspectivas. González-Reyes sitúa su mayor utilidad en el liderazgo, la gestión de proyectos, la innovación, la transformación digital, la consultoría y el emprendimiento, funciones en las que es necesario coordinar especialistas y convertir conocimientos diversos en decisiones compartidas.
"Más que sustituir a los expertos, actúan como integradores capaces de traducir necesidades entre las áreas técnica, de negocio y de personas", explica. Esa función resulta especialmente importante en equipos multidisciplinarios: la diversidad de conocimientos no produce innovación por sí sola si nadie logra comprender las aportaciones, establecer conexiones y construir un marco común.
La inteligencia artificial refuerza esta necesidad, pero no convierte automáticamente al generalista en el profesional del futuro. La IA puede automatizar tareas, procesar información y facilitar el acceso al conocimiento, mientras que los especialistas siguen siendo necesarios para comprobar resultados, detectar errores y aportar criterio experto. Lo que gana peso es la combinación de profundidad técnica, capacidad de contextualización, pensamiento estratégico y colaboración.
Lluch añade que los sistemas de IA son especialmente eficaces cuando el problema ya está bien delimitado, pero más frágiles al decidir qué pregunta merece la pena formular o al integrar campos que no suelen dialogar entre sí. "La IA opera magníficamente sobre lo ya formulado, pero es el pensamiento humano —el que transita entre disciplinas y las pone en relación— el que mejor formula", afirma.
Para González-Reyes, la demanda se orientará hacia perfiles híbridos capaces de aprender de forma continua, de trabajar con herramientas de IA y de adaptarse sin perder el dominio técnico. La ventaja competitiva no residirá en saberlo todo ni en encerrarse en una única especialidad, sino en combinar raíces profundas con la capacidad de tender puentes. En un mercado que transforma sus competencias cada pocos años, saber conectar puede ser tan importante como saber mucho.
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Anna Sánchez-Juárez