4/6/26 · Educación

No sé qué estudiar: cómo prepararse para profesiones que todavía no existen

Una experta de la UOC defiende enseñar a explorar, rectificar y construir trayectorias en un mercado laboral en continua transformación por la IA

La comparación en redes y la multiplicación de opciones hacen que elegir estudios sea hoy más complejo que en generaciones anteriores
Chica dudando

Junio es el mes de las decisiones. Miles de jóvenes que terminan el bachillerato se enfrentan a la misma pregunta, repetida en cenas familiares, tutorías y conversaciones con amigos: ¿qué voy a estudiar? La incertidumbre no es solo una percepción. Según un estudio de la OCDE de 2025, el 39 % de los estudiantes de quince años en sus países miembros no tiene una expectativa profesional clara. El mismo informe muestra que casi la mitad —el 47,3 %— teme no estar preparada para la vida después de la educación obligatoria, y que el 46,1 % no considera que la escuela le haya dado confianza para tomar decisiones.

Pero ¿es realmente normal no tener una vocación definida a los diecisiete o dieciocho años? ¿O estamos ante un problema de esta generación, acostumbrada a la sobreestimulación y al miedo a equivocarse? La experta en innovación educativa Laia Lluch, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), lo tiene claro: "No solo es normal: es esperable, y deberíamos preocuparnos más cuando ocurre lo contrario".

Para Lluch, la idea de que a esa edad alguien debe tener una vocación cerrada es "una construcción cultural relativamente reciente y profundamente desajustada respecto a lo que sabemos hoy sobre el desarrollo humano". La adolescencia y la juventud temprana, explica, son etapas de exploración identitaria, no de clausura profesional.

 

Cuando el cerebro todavía está aprendiendo a decidir

La presión por elegir pronto choca directamente con la evidencia neurobiológica. Las funciones ejecutivas vinculadas a la planificación a largo plazo, la regulación emocional y la toma de decisiones complejas continúan madurando hasta finales de la veintena e incluso se extienden hasta los treinta años, como señala el influyente estudio de Jay N. Giedd. "Pedirle a una persona de diecisiete años una decisión definitiva sobre su futuro profesional es, literalmente, pedirle algo que su cerebro aún está aprendiendo a hacer", subraya Lluch. Y también, "porque hoy en día ninguna decisión es definitiva".

Añade un factor cultural clave: la pregunta "¿qué quieres ser de mayor?" acompaña a las niñas y niños desde edades muy tempranas, una práctica bien intencionada pero pedagógicamente discutible. Un primer paso muy importante es tener claro lo que no se quiere ser o hacer.

El problema, insiste, no está en quienes dudan, sino en una cultura que insiste en tratar como definitiva una decisión que, en el siglo xxi, ya no lo es. Lo que sí cabe esperar a esta edad no es certeza, sino "capacidad de explorarse con honestidad, hacerse buenas preguntas y tolerar la incertidumbre".

 

Cuantas más opciones, más vértigo

¿Es esta incertidumbre un rasgo de la generación Z o ya ocurría antes? La experta responde sin ambages: "La indecisión vocacional no es nueva, lo nuevo es el ecosistema emocional, sociocultural y económico en el que se experimenta". Una revisión sistemática publicada en 2025 en Educación XX1 confirma que se trata de un fenómeno evolutivo y multidimensional, no de un déficit individual.

La también investigadora del grupo GREDU (Grupo de Investigación en Educación) identifica cinco factores que actúan simultáneamente sobre los jóvenes actuales:

Primero, la paradoja de la elección que describió Barry Schwartz: cuantas más opciones (dobles grados, itinerarios internacionales, microcredenciales), más difícil resulta decidir y más insatisfacción produce la decisión final.

Segundo, la comparación social permanente en redes, donde se exponen a narrativas idealizadas de "vocaciones encontradas" que generan la falsa sensación de que todo el mundo lo tiene claro menos uno mismo.

Tercero, la precariedad estructural y la crisis climática, que instalan una incertidumbre de fondo sobre qué futuro es posible.

Cuarto, la presión familiar y meritocrática, que sigue interpretando la elección como una decisión que "define la vida".

Y quinto, la irrupción de la inteligencia artificial, que reconfigura aceleradamente qué profesiones tendrán sentido dentro de diez años.

"No es que esta generación esté más perdida —concluye Lluch—: está decidiendo en condiciones objetivamente más complejas que cualquiera de las anteriores. Y, aun así, decide".

 

La vocación no se descubre, se construye

Frente a la angustia por no tener una "vocación clara", Lluch apunta que "la vocación se construye a través de la práctica, el compromiso sostenido y la experiencia de competencia". Además, para un determinado perfil, el mandato de "encuentra tu única pasión" es contraproducente. La psicología vocacional viene describiendo desde hace décadas el fenómeno de la multipotencialidad: personas con intereses diversos que no se reconocen en la imagen de una vocación única.

Para ellas, la solución no es elegir menos, sino diseñar itinerarios híbridos, como en el modelo anglosajón, que asume la exploración como un asunto estructural: dobles titulaciones, secundarias, formaciones complementarias.

En lugar de buscar una vocación, la experta propone a los jóvenes pensar en cinco ejes:

  • Intereses reales y no idealizados: ¿en qué tipo de problemas, contenidos o actividades pierdo el tiempo sin darme cuenta? ¿Qué es lo que no me gusta hacer?
  • Capacidades demostradas, no autopercepciones infladas o deprimidas: ¿en qué me ha ido razonablemente bien cuando lo he intentado en serio?
  • Valores: ¿qué tipo de impacto quiero que tenga lo que haga? ¿Qué no estoy dispuesto a aceptar?
  • Tipo de vida deseada: ¿qué tipo de clima me imagino? ¿Con qué ritmo, entornos, grado de exposición pública?
  • Encaje con el contexto real: condiciones económicas, geográficas, familiares, de acceso.

Las salidas laborales son un criterio legítimo, pero subordinado. Elegir solo por empleabilidad algo sin anclaje en los otros ejes dispara el abandono. Y elegir solo desde el interés sin mirar las condiciones reales es idealizar, advierte. La buena decisión vocacional, sentencia, "no es la que acierta una vocación: es la que se construye con criterios explícitos, asumibles y revisables". Elegir bien hoy es aprender a decidir, a equivocarse y a volver a empezar.

 

Prepararse para profesiones que aún no existen

¿Tiene sentido elegir una carrera pensando solo en un empleo concreto? "Cada vez menos, y la evidencia es contundente", responde Lluch. Según el informe Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial, el 39 % de las competencias clave del mercado laboral cambiará antes de 2030, y se generarán 170 millones de nuevos empleos, a la vez que desaparecerán 92 millones.

Elegir una carrera pensando solo en un puesto concreto es, según Lluch, "optimizar para un escenario que probablemente ya no exista al graduarse". Pone un ejemplo: hace cinco años, aprender a programar era la competencia estrella del siglo xxi. Hoy, la IA ha transformado radicalmente qué significa "saber programar". Quien eligió ser programador hace un lustro se encontraría hoy con un perfil muy distinto al imaginado. Y esto será la norma, advierte.

Esto no significa que las competencias específicas no importen, pero deben construirse sobre una base más amplia. Y destaca tres prioridades transversales que deberían estar en el centro del acompañamiento vocacional:

  • Pensamiento crítico (cada vez más urgente en un entorno saturado de IA).
  • Capacidad de aprender a aprender (ninguna formación inicial cubrirá ya una vida laboral entera).
  • Competencias colaborativas, comunicativas y emocionales (las menos automatizables y las más infravaloradas en la orientación tradicional).

La pregunta correcta ya no es "¿qué quiero ser?", concluye, sino "¿con qué quiero aprender a transformarme durante las próximas décadas?".

 

El miedo a equivocarse y el papel de las familias

¿Y cómo gestionar el miedo a errar? La profesora de la UOC apela a la mentalidad de crecimiento de Carol Dweck: "El error no es evidencia de falta de talento, sino información sobre el proceso de aprendizaje". Cambiar de carrera, dudar y reorientarse no es fracasar, sino disponer de más información sobre uno mismo.

A las familias les pide un ejercicio delicado: distinguir entre acompañar y dirigir. "Acompañar es ofrecer información, dar seguridad emocional, escuchar sin juzgar. Dirigir es proyectar las propias frustraciones o miedos. La frontera se detecta con una pregunta: ¿lo que digo está al servicio de su decisión o al servicio de mi tranquilidad?".

Las cifras, además, desmontan el mito de la irreversibilidad. Según el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la tasa de abandono en el primer año del estudiantado que ingresó en 2020-2021 fue del 22 % en el conjunto del sistema (16,1 % si se consideran solo las universidades presenciales). Uno de cada cinco estudiantes cambia de rumbo. No es una excepción minoritaria: es un fenómeno masivo, subraya Lluch.

El sistema ofrece traslados de expediente, convalidaciones, FP de grado superior y microcredenciales. "La narrativa de 'elige bien o pierdes el tren' pertenece a otra época. Estamos transitando por un modelo de aprendizaje a lo largo de la vida. Ninguna decisión a los dieciocho años es definitiva. Lo que sí es definitivo es la capacidad de seguir aprendiendo, de releer las propias decisiones y de reconstruir el rumbo. Cuantas veces haga falta", concluye la experta.

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