18/3/26 · Salud

Nutrición femenina: qué cambia en cada ciclo vital y cómo adaptarse

Las necesidades no son fijas, ya que las hormonas, el metabolismo y la composición corporal van cambiando

Tres expertas de la UOC explican qué priorizar, qué limitar y qué creencias conviene desterrarar
Mujer comiendo

La nutrición en la mujer no es una ciencia estática. La alimentación femenina debe entenderse como un proceso que evoluciona con los cambios hormonales, metabólicos y corporales. Desde la primera menstruación hasta la posmenopausia, pasando por un posible embarazo o lactancia, cada etapa impone demandas energéticas y nutricionales distintas.

Expertas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) coinciden en una base común: una dieta equilibrada, variada y lo menos procesada posible, ajustada al nivel de actividad física y a las circunstancias personales. A partir de ahí, matizan las prioridades (hierro, calcio, vitamina D, proteínas, fibra) y lo que conviene limitar según el momento vital (grasas trans, alcohol, pescados con elevado contenido en mercurio, carnes procesadas y azúcares libres y/o añadidos o exceso de sal). También recuerdan que el estilo de vida influye: moverse, descansar y evitar hábitos nocivos forman parte de la ecuación.

 

La lógica detrás de los cambios (por qué no comemos igual siempre)

Para entender por qué la alimentación debe adaptarse, conviene mirar qué pasa dentro del cuerpo. Mireia Obón, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, explica que en la edad fértil los estrógenos se mantienen altos y "proporcionan protección al sistema cardiovascular y óseo". En la juventud, además, el metabolismo basal suele ser más alto porque la proporción de masa muscular es máxima. A partir de los treinta años, ese equilibrio cambia: empieza la pérdida de masa y de función muscular (sarcopenia), y el metabolismo basal disminuye.

En el embarazo, las necesidades dependen del trimestre porque están ligadas al crecimiento fetal. Si hay lactancia, los requerimientos también se modifican: "La producción de leche supone un gasto adicional de energía y nutrientes". En la menopausia, la caída de estrógenos marca un punto de inflexión. Obón expone que "la mayoría de los cambios que aparecen durante la menopausia están directamente relacionados con la disminución en la producción de estrógenos": se pierde protección cardiovascular y ósea, el metabolismo se ralentiza y tiende a cambiar la composición corporal (menos músculo y más grasa, con mayor acumulación abdominal). Por eso ganan relevancia el ejercicio y, en especial, la fuerza.

 

Etapa 1. Pubertad y adolescencia

Desde el punto de vista de los hábitos, Cristina Jardí, también profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, recomienda construir una base de hábitos que acompañe el crecimiento y el desarrollo: un patrón de dieta mediterránea que incluya abundancia de frutas y verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y aceite de oliva; consumo frecuente de pescado y moderado de lácteos, carnes blancas y huevos, y bajo consumo de carnes rojas, embutidos y ultraprocesados. Además, este patrón prioriza productos frescos, locales y de temporada, la actividad física regular y compartir las comidas como parte de un estilo de vida saludable. En esta etapa también es importante prestar atención al hierro y al calcio para prevenir la anemia y favorecer la salud ósea.

Marta Massip Salcedo, directora de la especialización en Nutrición y Estilos de Vida Saludables de la Mujer de la UOC, señala con claridad el principal riesgo: "el consumo excesivo de refrescos azucarados, bebidas energéticas o snacks procesados".

En cuanto a los hábitos, Jardí propone objetivos concretos: actividad física diaria, sueño adecuado, gestión del estrés y educación nutricional que prevenga conductas poco saludables, además de evitar el tabaco y el alcohol desde edades tempranas.

 

Etapa 2. Edad fértil (menstruación y vida adulta)

Obón insiste en una alimentación "equilibrada, variada y adaptada al nivel de actividad física" y a las circunstancias (incluidas las preferencias dietéticas como el veganismo o el vegetarianismo), porque pueden requerir "una valoración individualizada". Entre las prioridades, destaca el hierro por las pérdidas menstruales, y también el calcio y la vitamina D para la salud ósea, pensando en la prevención de una osteoporosis futura. En el día a día, recomienda priorizar los hidratos de carbono complejos (preferentemente integrales), las grasas saludables (como el aceite de oliva, los frutos secos y el pescado) y un aporte suficiente de proteínas, por su papel en la salud metabólica y cardiovascular.

Massip pone un ejemplo claro de lo que conviene limitar: "las grasas trans, ya que promueven un estado inflamatorio que puede agravar el síndrome premenstrual y desequilibrar la producción de estrógenos".

Respecto a los hábitos, Jardí recuerda que, si existe deseo gestacional, conviene cuidar especialmente la vitamina D, el hierro, el ácido fólico y el yodo. Para el control metabólico, recomienda mantener un peso saludable y combinar ejercicio aeróbico y de fuerza, además de dormir lo suficiente y gestionar el estrés.

 

 

“ Durante el embarazo, la prioridad no es comer más sin criterio, sino mejor y con restricciones de seguridad”

Etapa 3. Embarazo

Obón explica que las necesidades energéticas "dependen del crecimiento fetal" y, por tanto, del trimestre. Recomienda priorizar los hidratos de carbono complejos e integrales, y cuidar su distribución para evitar picos de glucosa. En cuanto a las proteínas, se propone un aporte superior al de una mujer no embarazada, ajustado por trimestre. Además, aumentan las vitaminas y los minerales, por lo que es clave una alimentación variada; entre los micronutrientes relevantes, menciona el ácido fólico, el yodo y el hierro, además del calcio y la vitamina D.

Por su parte, Jardí añade un punto práctico: la suplementación con ácido fólico antes y durante el primer trimestre reduce el riesgo de defectos del tubo neural, y la seguridad alimentaria ayuda a evitar infecciones que podrían afectar al feto. La experta recomienda una actividad física moderada si no hay contraindicación médica, junto con descanso adecuado y la reducción del estrés, por su impacto en el bienestar físico y psicológico.

Massip desmonta una idea extendida y resume el enfoque: "No hay que 'comer por dos'". La prioridad no es comer más sin criterio, sino mejor y con restricciones de seguridad: evitar el alcohol y los pescados con alto contenido en mercurio "por su toxicidad para el sistema nervioso del feto" (por ejemplo, el atún rojo o el pez espada).

 

Etapa 4. Lactancia

Obón señala que, en general, pueden aplicarse recomendaciones similares a las del embarazo. En mujeres que amamantan de forma exclusiva durante los primeros seis meses, existe un requerimiento energético adicional. Los hidratos de carbono y los lípidos se mantienen parecidos al embarazo, pero "los requerimientos de proteínas son más elevados".

Por su parte, Jardí desmonta la idea de que haya que restringir alimentos para prevenir gases o alergias: "La evidencia actual no respalda la restricción preventiva de alimentos en mujeres sanas", salvo diagnóstico confirmado de alergia en el lactante. Aclara también que los gases intestinales de la madre no se transfieren a la leche y que la producción se regula por "oferta y demanda": lo decisivo es una succión eficaz y frecuente. "No existen alimentos específicos con evidencia sólida de que aumenten significativamente la producción de leche".

Además, la experta advierte además sobre lo "natural" como sinónimo de seguro: "Algunas sustancias vegetales pueden ser tóxicas o interferir con las hormonas durante el embarazo y la lactancia", por lo que recomienda consultar su seguridad con fuentes fiables.

 

Etapa 5. Menopausia y posmenopausia

Obón recomienda una dieta equilibrada, variada y moderada en grasas saturadas. Las raciones han de ser iguales o ligeramente inferiores a las de la etapa adulta, y conviene controlar los azúcares libres y/o añadidos. Como fuentes principales de hidratos de carbono, aconseja los cereales integrales, las legumbres y las patatas. En cuanto a las proteínas, sugiere priorizar el pescado frente a la carne y aumentar las proteínas vegetales. En esta etapa, "las legumbres son un alimento esencial", por su contenido en proteínas, fibra y fitoestrógenos, con bajo aporte de grasas saturadas.

Para el calcio, Obón es concreta: "Se recomienda asegurar una ingesta adecuada de calcio, que puede obtenerse mediante lácteos u otros alimentos ricos". Y añade un básico: una ingesta adecuada de líquidos, aproximadamente dos litros al día (agua, caldos o infusiones).

Massip explica que en la menopausia "la caída de estrógenos reduce la tolerancia a la glucosa", por lo que recomienda minimizar el azúcar refinado y optar por hidratos de carbono de absorción más lenta, combinados con fibra. En la posmenopausia, añade otro límite con motivo claro: "Es importante no excederse con el consumo de sal (sodio) para proteger la salud cardiovascular y evitar la excreción urinaria de calcio".

Jardí resume el marco fisiológico: el descenso de estrógenos se asocia a cambios en la distribución de la grasa, pérdida de masa ósea y mayor riesgo cardiovascular. Frente a eso, el ejercicio de fuerza y la actividad aeróbica ayudan a preservar la masa muscular, la densidad ósea y la salud cardiovascular. En personas mayores, recomienda un aporte proteico algo superior para prevenir la sarcopenia, y ejercicios que combinen fuerza y equilibrio para reducir las caídas.

 

Mitos persistentes (y qué dice la evidencia)

Jardí aborda varios mitos frecuentes. En el embarazo, insiste en que el aumento energético recomendado "es moderado y progresivo", y que una ganancia excesiva se asocia con mayor riesgo de diabetes gestacional e hipertensión. En la menopausia, desmonta el "es inevitable": los cambios pueden atenuarse con ajustes energéticos y entrenamientos de fuerza. Sobre los fitoestrógenos, recuerda que pueden reducir de forma modesta los sofocos en algunas mujeres, pero "no deben considerarse un tratamiento equivalente" a la terapia hormonal.

Sobre el calcio, aclara que la prevención no empieza en la menopausia: el pico de masa ósea se alcanza aproximadamente en la tercera década de vida. Y sobre el metabolismo "lento por naturaleza", es tajante: el metabolismo basal depende sobre todo de la masa muscular y de la composición corporal, más que del sexo.

Las tres expertas coinciden en un mensaje útil: no hacen falta reglas extremas, sino adaptación. La dieta debe ajustarse a los cambios de cada etapa y sostenerse con hábitos realistas. La salud femenina no se juega en un alimento milagroso, sino en decisiones repetidas y coherentes con cada momento vital.

Expertos UOC

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