10/6/26 · Salud

Parentificación: cuando cuidar en casa puede robar la adolescencia

Expertos de la UOC advierten de que ayudar en el cuidado familiar puede ser formativo, pero asumir como adolescente durante años responsabilidades adultas puede afectar

La escuela, la atención primaria y los servicios sociales son clave para detectar a jóvenes cuidadores sin criminalizar automáticamente a las familias
Adolescente triste

Cuidar a un hermano, acompañar a un abuelo o ayudar en casa no convierten automáticamente a un adolescente en víctima de parentificación. El problema aparece cuando esa ayuda deja de ser puntual, proporcionada y acompañada, y se convierte en una responsabilidad adulta, intensa, prolongada y solitaria. El problema afecta a entre un 4 % y un 10 % de los menores en la Unión Europea, según un informe del Parlamento Europeo.

Hasta un tercio asume niveles de cuidado altos o muy altos, incluidos menores que ayudan a familiares con discapacidad o enfermedades. Para Juan Luis García Fernández, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), "no todo cuidado familiar es negativo. Que un adolescente colabore puede formar parte de una dinámica familiar saludable". El problema aparece cuando la responsabilidad es prolongada, intensa, solitaria y desproporcionada para su edad. En ese punto hay parentificación: una inversión de roles.

Desde la neuropsicología, la parentificación puede tener un componente práctico (tareas domésticas, gestionar medicación, acompañar a citas, cuidar a hermanos) o emocional (sostener a un progenitor, escuchar sus problemas, sentirse responsable de su bienestar). La carga se agrava cuando se mantiene años sin otros adultos que distribuyan la responsabilidad.

García Fernández advierte de que el cerebro adolescente aún está en desarrollo, especialmente las redes ejecutivas de planificación, control inhibitorio, regulación emocional y gestión del estrés. Si durante años se organiza alrededor de la preocupación y la responsabilidad excesiva, pueden aparecer dificultades futuras, entre ellas fatiga mental, irritabilidad, ansiedad o depresión.

La adolescencia es una etapa de construcción de identidad, autonomía, relaciones con iguales y proyecto vital. Si un adolescente es cuidador principal, esas tareas evolutivas quedan desplazadas. En la escuela: bajón de rendimiento, absentismo, cansancio en clase. "Muchas veces no es falta de capacidad o motivación, sino de energía cognitiva", señala, debido, en parte, a la fatiga que provoca el cuidado.

El sueño y las relaciones sociales también se ven afectados. Algunos no desconectan, se despiertan por la noche o están pendientes del móvil. Otros se aíslan porque no tienen tiempo o sus amigos no entienden su situación. Desde fuera parecen muy maduros, pero a veces es una "autonomía forzada".

Un estudio de 2024 en The Lancet Public Health vinculó el cuidado informal en jóvenes con peor salud mental, especialmente si la intensidad es alta. Otro en Scientific Reports añadió que parte del impacto puede estar mediado por acoso escolar. La escuela no solo detecta, sino que puede amortiguar o agravar la carga.

 

Cuidar también forma parte de la vida familiar

Desde la política social, Daniel Rueda Estrada, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC e investigador del grupo GITSS SINERGIAS, plantea una visión complementaria: los adolescentes necesitan protección, pero también participan en dinámicas familiares donde aprenden solidaridad, responsabilidad y apoyo mutuo. El cuidado no es una tarea de adultos, ni "es una tarea adscrita a la condición sexual o de género", sostiene. La participación en tareas de cuidado puede ser normalizadora y educativa, siempre que no implique carga excesiva ni sustituya responsabilidades adultas.

En este sentido, una revista británica de referencia subraya que estos menores existen en todos los países, aunque su reconocimiento varía. El límite, para Rueda, es claro: el cuidado no puede repercutir negativamente en derechos propios de la edad: educación, salud, bienestar emocional, socialización o desarrollo personal. "La sobrecarga del cuidado, si afecta negativamente a la salud, al bienestar emocional o al rendimiento académico, es señal de que algo no funciona", advierte.

Ambos expertos coinciden: no se trata de si un adolescente puede cuidar, sino de cuánto, durante cuánto tiempo, con qué apoyos y a costa de qué.

 

Señales de alerta y acompañamientos necesarios

Las señales de alerta deberían ser conocidas por familias, escuelas, servicios sociales y atención primaria. Desde el punto de vista emocional, García Fernández recomienda prestar atención a la tristeza persistente, la ansiedad, la irritabilidad, el llanto frecuente, la culpa excesiva, la sensación de no poder fallar o frases como "si no lo hago yo, nadie lo hará" o "no puedo irme, no hay nadie más". También debe observarse la dificultad para pedir ayuda, la tendencia a minimizar lo que ocurre o la sensación de que las propias necesidades no importan.

En el plano académico, los cambios progresivos son especialmente relevantes: bajada del rendimiento académico, problemas de concentración, retrasos repetidos, absentismo, quedarse dormido en clase, no entregar tareas o abandonar actividades que antes le interesaban. Dese el punto de vista físico, el cansancio extremo, los dolores de cabeza, las molestias digestivas, los cambios de apetito o las alteraciones del sueño pueden indicar que el adolescente está sosteniendo una carga excesiva. En el ámbito social, el aislamiento, la pérdida de contacto con iguales o la renuncia sistemática al ocio por obligaciones familiares son indicadores que no deberían normalizarse.

La parentificación también puede dejar huella en la identidad. García Fernández señala que, si durante años el mensaje implícito ha sido "mi función es cuidar", "mi valor está en ser útil" o "no puedo fallar", el adolescente puede construir una autoestima excesivamente ligada al sacrificio. En la vida adulta, esto puede traducirse en dificultad para poner límites, sobreexigencia, hipervigilancia emocional, relaciones desequilibradas o decisiones vitales condicionadas por la culpa.

Eso no significa que toda experiencia de cuidado sea destructiva. El experto subraya que cuidar también puede generar competencias positivas: empatía, sensibilidad, madurez, capacidad de organización, responsabilidad y comprensión del sufrimiento humano. "Cuidar puede ser una experiencia formativa si está acompañada, distribuida y reconocida. Pero, si el adolescente cuida en soledad, con miedo, culpa y renuncia constante a su propia vida, el coste puede ser demasiado alto", afirma.

La respuesta institucional, según Rueda, no debería partir de la criminalización automática de las familias, sino de la detección temprana y el apoyo. La escuela, la atención social de base y la atención primaria de salud son pilares esenciales para identificar situaciones de riesgo. El papel de las tutorías es especialmente relevante, porque el profesorado puede observar cambios de rendimiento, cansancio, absentismo o aislamiento, y activar apoyos sin convertir la intervención en una medida punitiva.

 

Apoyos necesarios

Rueda también reclama una mayor coordinación entre los sistemas formales —educativo, sanitario y social— y los sistemas familiares o informales. Entre los apoyos necesarios figuran servicios de proximidad, recursos intermedios, apoyo emocional para cuidadores, servicios de respiro en el domicilio o mediante estancias temporales, y una revisión del sistema de dependencia para que responda a tiempo y con calidad cuando las familias no pueden asumir solas las necesidades de cuidado.

Un artículo publicado en 2024 en The Journal for Nurse Practitioners advierte, en esta misma línea, de que la parentificación puede aumentar el riesgo de problemas del desarrollo, físicos, académicos y psicológicos, y subraya que los profesionales sanitarios no siempre evalúan si un menor está asumiendo responsabilidades de cuidado excesivas.

El reto es evitar dos errores opuestos. El primero, romantizar el sacrificio adolescente y presentar como madurez lo que puede ser sobrecarga. El segundo, patologizar cualquier forma de ayuda familiar y excluir a los menores de la vida común del hogar. Entre ambos extremos hay un criterio más preciso: cuidar puede formar parte de crecer, siempre que no obligue a dejar de ser adolescente.

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