14/7/26 · Salud

¿Se puede heredar un trauma?

La ciencia estudia cómo guerras, abusos, violencia familiar o duelos pueden dejar huellas psicológicas, sociales e incluso epigenéticas en las generaciones siguientes

Una experta advierte de que la era digital y la IA pueden abrir nuevas formas de revictimización por exposición reiterada a imágenes o contenidos traumáticos
Hombre desolado

¿Se puede heredar un trauma? La respuesta científica exige matices. "No es como un jarrón que vaya pasando intacto de generación en generación", explica Alicia Álvarez García, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC. Lo que puede transmitirse no es necesariamente el trauma como tal, sino una mayor susceptibilidad a desarrollar un trastorno de estrés postraumático (TEPT), respuestas aprendidas o dinámicas familiares y sociales marcadas por hechos traumáticos no elaborados.

El trauma transgeneracional ha cobrado interés a partir de estudios sobre descendientes de supervivientes del Holocausto y de víctimas de genocidios, guerras o poblaciones desplazadas. La literatura científica reciente apunta a una combinación de mecanismos psicológicos, familiares, sociales y biológicos. Entre estos últimos, la epigenética ocupa un lugar central: no modifica el ADN, pero sí puede influir en la forma como se expresan los genes. Un estudio publicado por investigadoras de los Estados Unidos y Jordania en Scientific Reports en 2025, con tres generaciones de refugiados sirios expuestos a la violencia de la guerra, analizó firmas de metilación del ADN (una forma de regulación epigenética) asociadas a esa exposición.

 

Trauma individual y trauma social no son lo mismo

Álvarez, autora del libro sobre el trauma ¿Cuánto pesa tu mochila? (Arpa Editores), propone distinguir entre dos planos. Por un lado, está el trauma individual o relacional: una persona que ha vivido una situación extrema —un campo de concentración, una guerra, violencia familiar o abusos— y que desarrolla un TEPT. En esos casos, las generaciones posteriores pueden heredar no la enfermedad, sino una vulnerabilidad: una mayor probabilidad de responder de forma traumática ante determinados acontecimientos.

Por otro lado, existe el trauma social, que afecta a amplios grupos o a países enteros. "El trauma social hablaría de esos cambios en el ámbito social que se transmiten de generación a generación debido a que toda la población ha vivido un mismo hecho potencialmente traumático que ha modificado la forma de comportarse", señala la experta. En este caso no se transmite una patología individual, sino una forma colectiva de recordar, callar, reaccionar o interpretar el conflicto.

Ese marco permite analizar la huella de la Guerra Civil y el franquismo en España. El llamado guerracivilismo no sería una herencia directa de un trastorno individual, sino una forma de trauma social o de memoria colectiva no resuelta. Algunos estudios han analizado precisamente cómo la Guerra Civil fue reformulada como trauma cultural durante la Transición, una lectura que ayudó a explicar tanto el miedo a la repetición del conflicto como el llamado pacto del olvido.

“La literatura científica reciente apunta a una combinación de mecanismos psicológicos, familiares, sociales y biológicos”

La experta de la UOC añade que, en España, muchas formas actuales de funcionamiento social y político siguen vinculadas a la Guerra Civil y al franquismo. Cuando estos procesos se enquistan, pueden acabar formando parte de la identidad de un país. Por eso cuesta tanto revertirlos.

Álvarez cita también Alemania y Chile como ejemplos de países en los que determinados acontecimientos históricos siguen marcando las dinámicas políticas, sociales e identitarias. 

 

Epigenética, amígdala y aprendizaje vicario

Uno de los campos que más ha renovado el debate es la epigenética. "No es que el trauma cambie la genética, sino que cambia la epigenética", resume Álvarez. El trauma no reescribe el ADN, pero puede influir en mecanismos que regulan la expresión de los genes (epigenética), especialmente en sistemas vinculados al estrés y la alerta. Un artículo de 2024 sobre mecanismos epigenéticos en TEPT resume el estado de la cuestión de este campo emergente.

La experta recuerda que algunos estudios han demostrado la transmisión de efectos durante hasta tres generaciones de ratones. Aunque en humanos el terreno es más complejo, una investigación realizada en Estados Unidos demuestra que se han hallado indicios en víctimas del Holocausto. No obstante, una revisión crítica de 2024 realizada en Taiwán sobre la herencia epigenética transgeneracional advierte que sigue siendo un campo controvertido, especialmente cuando se extrapolan a las personas los mecanismos observados en animales.

Un ejemplo divulgativo es la amígdala, una estructura cerebral clave en la detección de amenazas. Álvarez la compara con una "alarma contra incendios". Si su tamaño o funcionamiento está alterado, una persona puede ser más sensible a estímulos amenazantes, detectar peligro donde otros perciben neutralidad o reaccionar con mayor facilidad ante situaciones ambiguas. Un estudio de 2025 sobre el maltrato infantil materno, el desarrollo de la amígdala y la ansiedad en la descendencia explora la posible relación entre las experiencias adversas de una generación y el desarrollo cerebral de la siguiente.

La transmisión, sin embargo, no siempre es biológica. Álvarez introduce una distinción temporal clave: si el trauma se produce antes de la reproducción y no se trata, puede haber una mayor probabilidad de efectos biológicos o epigenéticos en la descendencia. Si se produce después, lo transmitido será más probablemente conductual: miedo, evitación, alerta o respuestas aprendidas por los hijos.

Es el aprendizaje vicario: si una madre desarrolla una fobia o una conducta de evitación tras una experiencia traumática, sus hijos pueden aprender esa forma de funcionar. En ese caso, no heredan el trauma en sentido biológico, sino una respuesta basada en el trauma del adulto. La diferencia es fundamental para no convertir el trauma transgeneracional en una etiqueta que lo explique todo.

La vulnerabilidad no equivale a destino. Dos personas pueden vivir el mismo acontecimiento y no desarrollar el mismo daño psicológico. Influyen la historia previa, el entorno, las estrategias de afrontamiento, el apoyo social y el acceso a atención especializada. Saber que existe una susceptibilidad puede servir para prevenir: cuidarse más, reforzar las redes de apoyo y pedir ayuda antes de que la respuesta traumática se cronifique.

 

Cuando lo adaptativo se vuelve disfuncional

El trauma no empieza como una reacción absurda. Muchas respuestas traumáticas surgen como mecanismos de supervivencia ( hiperalerta, evitación, vigilancia constante o reacciones intensas ante determinados estímulos),  y pueden ser adaptativas ante una amenaza real. El problema aparece cuando permanecen en el tiempo, aunque el peligro ya haya desaparecido.

"El punto del trastorno de estrés postraumático es que las respuestas que en su momento fueron adaptativas —es decir, los esfuerzos de tu cerebro para integrar aquello tan anormal que acabas de vivir—, si duran en el tiempo, se vuelven desadaptativas y tú acabas siendo disfuncional", explica Álvarez. Esa es una de las claves para entender por qué el TEPT puede cronificarse.

La buena noticia es que el trauma individual puede tratarse. "En general, todo es tratable", sostiene la experta. Si existe trauma y la persona accede a terapia con un psicólogo especialista, puede elaborarse y reducirse su impacto. En el plano colectivo, la reversión es más compleja: las sociedades no se abordan en consulta y los traumas históricos se entrelazan con la memoria, la política, la justicia, la identidad y el relato público.

La era digital añade otro frente. Álvarez se muestra clara: la inteligencia artificial (IA) y las nuevas tecnologías pueden generar revictimización. Que produzcan trauma dependerá de la exposición, la intensidad, la repetición y la vulnerabilidad de cada persona. Recuerda su experiencia en la atención psicológica tras los atentados de las Ramblas de Barcelona (2017): no solo necesitaron ayuda las personas que estuvieron allí, sino también otras expuestas a lo ocurrido a través de los medios y las pantallas. La repetición de imágenes puede desencadenar respuestas de estrés agudo y, en algunos casos, evolucionar a síntomas postraumáticos.

Con la inteligencia artificial, el problema se amplía. Imágenes falsas pero verosímiles, ultrafalsificaciones (deepfakes), recreaciones violentas, suplantación de víctimas o contenidos humillantes pueden convertirse en nuevas formas de daño psicológico. A ello se suma la situación de los moderadores de contenido, expuestos reiteradamente a asesinatos, abusos, suicidios o violencia extrema. Un estudio de 2025 sobre la salud mental de moderadores analizó el malestar psicológico y el trauma secundario en estos trabajadores.

Álvarez lo sitúa dentro de un concepto ya conocido: la traumatización secundaria. No hace falta haber sufrido directamente un hecho violento para desarrollar síntomas: también pueden aparecer en profesiones expuestas de forma constante al sufrimiento ajeno, como sanitarios, equipos de emergencia, periodistas, psicólogos, trabajadores humanitarios o moderadores de internet.


En conclusión, el trauma no se hereda como una maldición familiar, ni puede explicarlo todo, pero ciertas experiencias extremas pueden dejar huellas en el cuerpo, en la conducta y en la memoria colectiva. Reconocer esas marcas permite tratarlas y evitar que sigan organizando la vida de quienes no vivieron directamente el daño original.

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