22/7/26 · Justicia

Cuando el criminal toma la palabra: los límites éticos del true crime

El testimonio de condenados aporta contexto, pero mal utilitzado puede alimentar el morbo, limpiar su imagen y revictimizar a las víctimas

Expertos de la UOC analizan cuándo escuchar al autor de un crimen ayuda a comprenderlo y cuándo convierte el dolor de las víctimas en entretenimiento
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Gabby Petito, Lucy Letby, Montserrat y Triana Martínez, Diana Quer, Daniel Sancho, Marta del Castillo o los hermanos Menéndez son algunos de los nombres que forman parte de la cultura audiovisual de millones de espectadores y espectadoras. Unos corresponden a víctimas; otros, a personas condenadas o investigadas por delitos conocidos mundialmente gracias al éxito del true crime. Aunque el género tiene una larga tradición literaria y periodística, su auge audiovisual contemporáneo se produjo a partir de 2014, con el pódcast Serial y producciones como The Jinx, de HBO, o Making a Murderer, de Netflix. Lo que empezó con un ejercicio de literatura periodística se ha convertido en un fenómeno de entretenimiento de masas que se extiende por las plataformas y las redes sociales.

La persona consumidora promedio de true crime dedica 3,8 horas a la semana al género, una cifra que asciende hasta las 4,6 horas en la generación Z. "La morbosidad siempre ha sido un reclamo muy poderoso de este género. Este componente de realidad conecta al espectador con el lado más oscuro de la naturaleza humana", comenta Elena Neira, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). 

Según un estudio global de la consultora Digital i, el género se acerca ya al consumo masivo en Occidente. En 2020, el true crime representaba el 30 % de los veinte documentales más vistos de Netflix: es decir, seis títulos dentro del ranking. En 2024, esta proporción ascendió hasta el 75 %, así que quince de los veinte documentales con mayor éxito en la plataforma están basados ​​en crímenes reales. En España, el 42 % de suscriptores de Netflix consumió al menos veinte minutos de algún título de true crime durante el último año.

 

Cuando el lobo toma la palabra

Además de crecer, el género ha evolucionado. Muchas producciones han pasado de reconstruir el caso a incorporar la voz del asesino para que relate su propia historia. Es el caso, por ejemplo, de Desde la celda: crimen en León, Yo fui un asesino: el crimen de la catana o Las cintas de Jeffrey Dahmer.

¿Pero hasta qué punto escuchar la voz del criminal puede desdibujar el sufrimiento de la víctima? "Cuando quien habla es la persona condenada o sospechosa, cambia el marco; y en el true crime, que es un relato audiovisual, de audio o escrito, el marco lo es todo. La voz del condenado no es el problema en sí, sino cómo se utiliza esa voz", explica Marc Balcells, profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política y director del Curso online de true crime: entre la criminología y la ficción, de la UOC.

“El buen true crime puede sostener dos tensiones: la humanidad de quien cometió el crimen y la centralidad del daño causado a la víctima”

"Los riesgos son evidentes siempre que existe una versión desde una parte; el hecho de no poder contrastar los datos nos aleja de la realidad del caso —o de la realidad judicial— y sesga la percepción hacia la versión que sostiene la persona culpable encarcelada", afirma Neira. Cuando quien relata la historia es el lobo, el enfoque puede entrañar numerosos peligros si no se trabaja con rigor. Según la experta, en algunos casos también puede provocar una nueva victimización de las personas afectadas por el delito. 

"Si esta voz se convierte en un espectáculo sin contexto, sin contraste y, sobre todo, sin la víctima, supone un grave riesgo. En cambio, si está bien trabajada, se escucha sin desplazar el discurso de la víctima, nos ayuda a entender cómo se llega a esta situación y, por tanto, cómo se previene", añade Balcells. 

 

Otorgar glamur al asesino

¿Puede el true crime convertir al criminal en un personaje carismático o despertar empatía hacia él hasta desplazar a la víctima?  "El riesgo existe. Lo que hay que distinguir es la complejidad del 'glamur de los hechos', que es lo que a veces nos ciega, y al que nos trae un consumo poco crítico del true crime: la 'glamurización' del delincuente, del delito o del caso. No debemos olvidar que todas las personas involucradas son seres humanos y que hay una muerte", alerta Balcells.

Este debate se produjo con especial intensidad tras el estreno de la serie de Netflix sobre Jeffrey Dahmer. Las familias de las víctimas denunciaron que la producción exageraba determinadas situaciones para aumentar el morbo, reabría traumas pasados y obtenía beneficios económicos del dolor ajeno. La serie alcanzó unos índices de audiencia comparables a los de grandes producciones cinematográficas de sagas como Marvel, Avatar o Star Wars. "Los algoritmos premian las reproducciones y el tiempo de visualización, de manera que los true crime, que tiran del morbo, suelen estar particularmente premiados dentro de las plataformas de reproducción en línea. Al final, este tipo de true crime es una puerta abierta a la mente del criminal: el morbo por ver su carácter, su nivel de credibilidad, sus emociones... ", añade Neira.

 

¿La exposición pública rehabilita?

La exposición pública también puede contribuir a rehabilitar la imagen de la persona condenada. La serie Monstruos: la historia de Lyle y Erik Menéndez, por ejemplo, generó una nueva oleada de apoyo hacia los hermanos Menéndez, muy distinta del rechazo y las burlas que recibieron durante los años noventa. Figuras públicas como Kim Kardashian llegaron a visitarlos en prisión y se posicionaron a favor de su puesta en libertad.  "En estos documentales siempre parece haber un deseo implícito de lavar la propia imagen y de 'compensar' las horas de televisión que se han dedicado al crimen. En los casos muy mediáticos, esta exposición hace prácticamente imposible que el condenado pueda vivir en el anonimato cuando salga de prisión", explica Neira sobre la capacidad de estas producciones para rehabilitar públicamente a sus protagonistas.

Sin embargo, incorporar la perspectiva de la persona condenada no implica necesariamente justificar sus actos. "Que yo esté comprendiendo al criminal no quiere decir que lo esté absolviendo. El buen true crime puede sostener estas dos tensiones: la humanidad de quien cometió el crimen y la centralidad del daño causado, de la víctima y de su figura. Ahora bien, cuando solo queda el carisma del criminal, los hechos y el morbo, y desaparece la figura de la víctima, entonces ya es más marketing que narración histórica", advierte Balcells.

Para el experto, el testimonio también puede tener un componente rehabilitador: "Responsabilizarse públicamente puede ser parte del proceso de rehabilitación. El problema no es que un condenado hable, sino que hable sin asumir ningún tipo de consecuencia por sus acciones".

De la revisión legítima a la conspiración

En algunos casos, el true crime puede modificar la percepción social de un proceso ya juzgado y provocar, como ya ha sucedido en muchas situaciones, que grupos de seguidores investiguen en TikTok y otras redes sociales las dudas, los indicios y las posibles contradicciones. "Puede alimentar relecturas conspirativas sin prueba nueva, simplemente porque la sola duda genera audiencia, y esto es beneficioso para el documental, el pódcast o el libro, pero la línea divisoria vuelve a ser el método", explica Balcells. Según el experto, cuando hay una investigación rigurosa, documentación contrastada y hechos novedosos, cuestionar una sentencia puede ser una forma legítima de periodismo. En cambio, cuando solo hay insinuaciones, especulaciones o un montaje dirigido a sembrar dudas, se genera ruido, se daña a las víctimas y se erosiona la confianza en la justicia.

Dentro de este ámbito ha surgido el denominado New True Crime, que aborda precisamente el Curso online de true crime: entre la criminología y la ficción de la UOC. Este enfoque se centra en casos gestionados de manera deficiente por el sistema de justicia penal, ya sea por la actuación de la policía, los juzgados, las prisiones u otros organismos. "El New True Crime contribuye a destapar errores judiciales y condenas injustas que han permitido exonerar a personas injustamente condenadas, y esto no deja de ser un servicio público por parte del true crime", apunta Balcells.

 

Mercantilizar el dolor

En España, a finales de 2023 se generó un intenso debate social y jurídico cuando se supo que algunas editoriales y productoras habían tanteado a José Bretón para valorar la viabilidad de adaptar en un libro su testimonio sobre el asesinato de sus hijos. "El condenado tiene derecho a explicar públicamente su versión de los hechos. La pena nunca puede afectar al derecho a la libertad de expresión y tampoco está obligado a 'asumir' la 'verdad procesal' de una sentencia", detalla Oriol Martínez, profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC y experto en criminología y derecho penal. 

Finalmente, una editorial estuvo a punto de comercializar El odio, un libro ya editado e impreso que recogía su testimonio. Sin embargo, a pesar de contar con el aval de los tribunales para su publicación, el sello dio marcha atrás de forma definitiva y canceló el contrato ante la masiva repulsa social, la petición de amparo de la madre de las víctimas y la negativa de numerosas librerías a ponerlo a la venta. "En España, un condenado no puede lucrarse libremente contando su caso. Aunque legalmente puede conceder entrevistas, los tribunales pueden embargar los pagos o derechos de imagen para cubrir las indemnizaciones civiles adeudadas a las víctimas", señala Neira.

Sí pueden hacerlo, en cambio, sus familiares, como sucedió en el caso de Rodolfo Sancho, padre de Daniel Sancho, que participó en una serie documental para costear los elevados gastos legales y el juicio de su hijo en Tailandia. En Estados Unidos, por ejemplo, existen las conocidas como leyes Son of Sam, creadas para impedir que los delincuentes obtengan beneficios económicos de la explotación mediática de sus delitos y para facilitar que esos recursos puedan destinarse a compensar a las víctimas.

¿Dónde se sitúa, entonces, la frontera entre la libertad de expresión y el daño que su relato puede provocar a las víctimas? "El límite es el mismo que en los demás casos: explicar su versión de los hechos nunca puede comportar injurias —insultar a la víctima o a sus familiares— ni calumnias —imputarles delitos inexistentes—", puntualiza Martínez.

En 2024, la madre del Pescaíto hizo una rueda de prensa, entre lágrimas, pidiendo a medios y productoras que no explotasen la muerte de su hijo para hacer un true crime. El derecho al honor y la intimidad son derechos cuya protección depende, por regla general, de que las personas afectadas promuevan la actuación judicial mediante una denuncia o una querella.

¿Pero qué ocurre si la víctima ha muerto? En ese caso, pueden actuar sus familiares como personas afectadas indirectas. "Quién está en mejor posición para entender que se ha vulnerado su honor o su intimidad es precisamente el titular de estos derechos o, en su ausencia, sus familiares. Después deberá determinarse si esa percepción subjetiva es válida desde un punto de vista objetivo", señala.

 

Regulación para proteger a las víctimas

En esta línea, el Gobierno español busca reforzar la protección del derecho al honor y a la intimidad de las víctimas y de sus familiares con una nueva reforma legal sobre el true crime. Según el planteamiento presentado hace algunas semanas, la justicia podría detener cautelarmente la publicación de docuseries, libros o pódcast cuando se considere que vulneran sus derechos o reabren su dolor sin consentimiento. "La reforma protegerá ambas ópticas. En casos de true crime o de productos comerciales de estas características, el beneficio de la norma no será siempre —o únicamente— económico, sino también reputacional y mediático", sostiene Martínez.

Sin embargo, la reforma también podría limitar determinados trabajos periodísticos o documentales sobre crímenes reales, lo que se conoce como el "efecto desalentador": . "Si se establece un límite formal y muy cerrado a la libertad de expresión, puede desmotivar a los periodistas a publicar sus documentales o investigaciones por miedo a extralimitarse", advierte el experto en derecho penal.

En esta línea, Balcells añade: "Una cosa es proteger a las víctimas de la revictimización, que es hipernecesario y una demanda legítima, pero se debe calibrar la parte que penaliza que el victimario obtenga una proyección personal. Si se interpreta de una manera amplia, podría silenciar relatos valiosos del género, que muestran responsabilización y rehabilitación".

 

Distinguir entre buen y mal true crime

Un true crime ético no debería depender únicamente de quién toma la palabra, sino de cómo se construye el relato y tener en cuenta algunos elementos: "El consentimiento de las familias, la distinción clara entre hechos probados, la verdad judicial y sospechas, y la presencia de todas las voces pueden dignificar el resultado", advierte Neira, experta en comunicación e investigadora del grupo GAME.

Los criterios deontológicos también varían en función del entorno en el que se produce y distribuye el contenido. "Los medios públicos y las cadenas de televisión suelen aplicar criterios deontológicos más estrictos. En las plataformas de streaming, en cambio, a menudo pesan más la captación de audiencia y la retención del espectador", explica Neira.

La incorporación de la voz del criminal abre, por tanto, un debate que no depende únicamente de su presencia, sino del tratamiento que recibe dentro del relato. "Un true crime riguroso explica por qué pasan los crímenes, qué podemos aprender y qué dice de nosotros como sociedad, siempre aceptando que las personas pueden cambiar. Un true crime explotador solo pregunta cómo se mató", concluye Balcells.

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