30/9/26 · Salud

Ni cerebro rosa ni azul: qué dice la neurociencia sobre la identidad de género

La identidad no depende de una sola variable: genes, hormonas, cuerpo, plasticidad y entorno interactúan durante el desarrollo

Emilia Redolar, neurocientífica de la UOC, explica por qué sexo, identidad, orientación y expresión de género no son sinónimos
Cerebro

Foto: Unsplash

¿Qué hace que una persona se reconozca a sí misma como quien es? La respuesta no reside en una sola región cerebral, en un gen o en una hormona. La identidad de género forma parte del sentido del yo que el cerebro construye al integrar el cuerpo, la memoria, las emociones y la relación con los demás. Genes, hormonas, anatomía, plasticidad y socialización intervienen en ese proceso, pero ningún elemento lo determina por sí solo. Tampoco equivale a la orientación sexual.

La neurociencia ha encontrado diferencias promedio entre algunos grupos cis y trans y ha formulado hipótesis sobre el desarrollo de las redes vinculadas a la percepción corporal. Pero no existe un marcador único ni una prueba cerebral que permitan determinar la identidad de una persona. Ese doble mensaje —hay una base biológica y, a la vez, una enorme variabilidad individual— es esencial para explicar un fenómeno que suele quedar sepultado por eslóganes.

 

Cuatro conceptos que no significan lo mismo

"Se confunden habitualmente términos como identidad, identidad de género, orientación sexual, sexo", advierte Emilia Redolar, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigadora del Cognitive NeuroLab,, adscrito al eHealth Centre. La distinción importa porque cada concepto responde a una pregunta diferente.

¿Tener ovarios o testículos, vulva o pene determina nuestra identidad de género? Redolar responde: "Ni mucho menos". Y advierte: "Los genitales son un estímulo tan sobresaliente, y una cuestión biológica insoslayable, que ofuscan la comprensión de que la identidad de género es la consecuencia de un largo proceso".

El sexo reúne rasgos biológicos como los cromosomas, las gónadas, las hormonas, los órganos sexuales internos y externos y los caracteres secundarios. En la mayoría de las personas, esos componentes siguen patrones concordantes, pero las variaciones intersexuales muestran que no forman una única variable indivisible. Según la Organización Mundial de la Salud, la identidad de género es la experiencia interna y profunda del propio género. La orientación sexual describe hacia quién se dirige la atracción afectiva, romántica o sexual. Y la expresión de género es la forma de comunicar socialmente rasgos asociados a lo femenino, lo masculino u otras posibilidades mediante la ropa, los gestos o la apariencia.

Una mujer trans puede sentirse atraída por hombres, mujeres, por ambos o por nadie, igual que una mujer cis. Del mismo modo, que una niña prefiera el fútbol o que un niño quiera pintarse las uñas no determina por sí solo su identidad. Los gustos y los roles cambian entre épocas y culturas. El sentido íntimo de pertenencia a un género es otra cosa. Confundir estos planos alimenta diagnósticos improvisados y debates en los que la evidencia suele llegar tarde y sin micrófono.

Estas preguntas también recorren Lo que somos bajo la piel, el ensayo que Redolar ha publicado el 23 de septiembre. El libro combina divulgación científica y relato personal para explorar cómo el cerebro construye la identidad general y la identidad de género, pero la cuestión rebasa con mucho sus páginas: afecta a cómo informamos, educamos y tratamos a las personas cuya identidad no coincide con la asignada al nacer.

 

Ni destino genético, ni folio en blanco

El desarrollo sexual no es una cadena mecánica en la que los cromosomas ordenan, sin excepciones, unas gónadas, unos genitales y, finalmente, una identidad. Esos procesos ocurren en momentos distintos y pueden seguir trayectorias diferentes. Los genes y las hormonas participan en la organización del sistema nervioso. Después, la experiencia modifica sus conexiones mediante la plasticidad cerebral, mientras que los mecanismos epigenéticos regulan qué genes se expresan y en qué grado.

"Ni todos los factores son biológicos ni todos son socioculturales", resume Redolar. "Los juguetes con los que juegan las niñas y los niños, los elogios que les hacen en la escuela, los adornos que utilizamos en las fiestas de cumpleaños... todo ello va calando y configurando el cerebro de nuestras criaturas", explica. "Mediante la plasticidad cerebral, las potenciales diferencias sexuales innatas quedan ligadas indisolublemente a lo adquirido". Estos mensajes influyen en la expresión y el comportamiento, pero no convierten la identidad en una simple imposición cultural.

La idea de un cerebro estrictamente femenino frente a otro masculino también se ha debilitado. Un análisis de más de 1.400 cerebros efectuado por un equipo internacional mostró que, aunque existen diferencias promedio asociadas al sexo, la mayoría de los cerebros combina características más frecuentes en mujeres, más frecuentes en hombres y comunes a ambos. Es el llamado cerebro mosaico: no niega las diferencias estadísticas, pero impide convertirlas en dos moldes cerrados capaces de predecir la personalidad, las habilidades o la identidad de cada individuo.

La psicología del desarrollo aporta otra pieza. Un estudio publicado en 2019 en Estados Unidos comparó a 317 niños y niñas trans de entre 3 y 12 años, que habían llevado a cabo una transición social, con hermanos y menores cis. Su identidad y sus preferencias se alineaban con el género vivido con una intensidad similar a la de los participantes cis y apenas variaban con el tiempo transcurrido desde la transición. El diseño transversal no permite resolver por sí solo cómo se origina la identidad, pero sí contradice la idea de que los menores trans expresan necesariamente una identificación débil o confusa.

 

Lo que ve una resonancia y lo que no puede decir

Los primeros estudios buscaron una estructura aislada que explicara la identidad de género. Hoy el foco se ha desplazado hacia redes distribuidas relacionadas con la autopercepción corporal, la atención, la introspección, las emociones y el control ejecutivo. Una investigación sobre conectividad funcional halló patrones distintos entre los grupos cis y trans en varias de esas redes y propuso que su interacción contribuye a la construcción de un "yo con género". Sin embargo, contó con 87 participantes y sus resultados son asociaciones, no una prueba causal.

El mayor trabajo estructural citado por Redolar es el metaanálisis del consorcio ENIGMA, con resonancias de 803 personas que no habían iniciado tratamiento hormonal: 386 trans y 417 cis. Detectó diferencias grupales en la superficie cortical y en el volumen de estructuras subcorticales y, al considerar la orientación sexual, también se observaron diferencias de grosor cortical. Los datos no encajaron en una simple traslación de "cerebro masculino" a "cerebro femenino", sino en configuraciones con rasgos propios y amplios solapamientos.

Eso no significa que existan cuatro tipos cerebrales nítidos, ni que una resonancia revele quién es alguien. Los promedios poblacionales no sirven como diagnóstico individual. Además, muchas investigaciones han utilizado muestras pequeñas, diseños transversales, categorías binarias y controles desiguales en edad, orientación sexual, tratamiento hormonal o experiencias sociales. Una revisión de 2025 sobre jóvenes identificó solo veinte estudios, la mayoría funcionales y transversales, y reclamó más trabajos longitudinales e inclusión de identidades no binarias. Su advertencia es inequívoca: la neuroimagen no puede probar ni refutar la identidad de una persona.

La conclusión más fiel al conocimiento disponible no es que la ciencia haya descubierto un "cerebro trans" universal, sino que la identidad de género es un rasgo multifactorial, con componentes biológicos, corporales, cognitivos, emocionales y sociales que se influyen mutuamente durante el desarrollo. "La identidad transgénero no es un trastorno, sino una forma diferencial de desarrollo", sostiene Redolar. En la misma dirección, la OMS trasladó la incongruencia de género fuera del capítulo de trastornos mentales en la CIE-11.

La neurociencia puede ayudar a desmontar dos reduccionismos opuestos: que todo está escrito en los genitales o que todo procede del aprendizaje social. También puede combatir la patologización. Pero su valor no consiste en expedir certificados de identidad, sino en mostrar hasta qué punto el cerebro humano es plástico, variable y resistente a nuestras casillas administrativas.

Expertos UOC

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